sábado, 13 de julio de 2019

¿Morir o sobrevivir?


¿Morir o sobrevivir?




¿Quién querría llevar tales cargas, gemir y sudar bajo el peso de una vida afanosa, si no fuera por temor a algo tras la muerte, la ignorada región de cuyos confines ningún viajero retorna? ¿Temor que desconcierta nuestra voluntad y nos hace soportar los males que nos afligen antes de lanzarnos a otros que desconocemos? Hamlet, William Shakespeare



Desde que las condiciones climáticas en el continente africano obligaron a los seres humanos a buscar alimento y abrigo en otras regiones menos hostiles del planeta, hace ya casi 250000 años, según las últimas investigaciones realizadas por la renombrada universidad alemana de Tubinga, la expansión de la especie humana en los cinco continentes ha sido, hasta nuestros días, una interminable, compleja y peligrosa aventura. 

La ocupación de nuevos territorios por parte del homo sapiens fue un acto natural. Probablemente el instinto de supervivencia sea el argumento biogenético que mejor aclare y explique el fenómeno de la migración de los seres humanos.   Entonces, sí ciertas aves emigran también por las mismas razones materiales y climáticas que nuestros antepasados, ¿por qué razón el señor Trump se sorprende, se horroriza y hasta se asusta que miles de salvadoreños traten de cruzar la frontera, incluso arriesgando sus vidas y las de sus hijos? ¿Quién puede detener los millones de habitantes del mundo periférico, pobre y subdesarrollado, que llegan a las costas y fronteras del llamado primer mundo? Nadie, ni muros ni vallas con alambres de púas pueden detener las masas anónimas de migrantes. La migración es, por sí alguien todavía tiene dudas, un fenómeno natural y, además, indispensable para el desarrollo de la humanidad.

Corriendo el riesgo de parecer hiperbólico, me atrevería a asegurar que son muy pocas las familias salvadoreñas que no tienen un pariente cercano o lejano viviendo en los Estados Unidos de Norteamérica, ya sea de manera legal o ilegal. La gente se va a los Estados Unidos no pensando en el “sueño americano” al que se refirió el historiador norteamericano James Adams en los años treinta del siglo pasado o creyendo en el mito de que “lavando platos se puede llegar a millonario”, sino que emigra preferentemente al norte del continente americano  porque guarda la esperanza de encontrar ahí, al menos una chamba[1], que no es lo mismo que un empleo permanente y bien remunerado, pero es igual.

El drama que se vive a nivel planetario en relación con la migración obligada o forzada de seres humanos indocumentados radica, en primer lugar, en la concentración de capital, poder político y riqueza por parte de la clase social dominante a nivel nacional e internacional, es decir, en la desigualdad económica y en la exclusión social de las grandes mayorías, en segundo lugar, en la salvaje explotación de los recursos naturales por parte de empresas transnacionales y la consecuente destrucción del medio ambiente en la periferia capitalista y  en tercer lugar,  en la proliferación de guerras  y conflictos étnicos o religiosos.

La migración de salvadoreños en la actualidad ya no puede ni debe entenderse como una crisis coyuntural, puesto que el trasfondo de esta “diáspora guanaca” son las consecuencias directas de la implantación a raja tabla del modelo económico neoliberal una vez finalizada la guerra civil en 1992. La guerra social en la que se encuentra el país desde los acuerdos de paz en Chapultepeque/México dura ya casi 30 años y ha generado más hambruna, más desempleo, más violencia y más desesperanza en toda la historia de El Salvador. Yo diría más bien, que la situación socioeconómica actual en que vive gran parte de la población salvadoreña y que obliga a muchos a abandonar el país, es la prueba fehaciente del fracaso total de la política-económica neoliberal impulsada y avalada por los gobiernos de ARENA y el FMLN. La migración masiva de salvadoreños es definitivamente una crisis del sistema capitalista neoliberal.

Hay que tener mucha hambre y pocas posibilidades en los países de origen para lanzarse a la aventura mortal de la migración ilegal, atravesando desiertos, ríos y mares con la esperanza de un “mañana mejor”.

Sí la cuestión para los “más pobres y tristes del mundo” es la de elegir entre morir en el intento de cruzar el Rio Grande o seguir sobreviviendo en El Salvador, entonces estamos, estimado lector, realmente frente a una verdadera tragedia de la sociedad salvadoreña.



[1] Trabajo

lunes, 24 de junio de 2019

¿Por un puñado de dólares?


¿Por un puñado de dólares? 


“el poder no cambia a las personas, sólo revela quiénes verdaderamente son”                                                                                                                                                                                                                                                                                                                          José (Pepe) Mujica


En honor a la verdad, el nepotismo efeemelenista hecho público por Bukele ni me duele ni me obliga a que me desvele, pues no sería la primera vez en la historia que un pariente cercano o lejano de un político  de pacotilla, que una vez sentado en la silla presidencial , se propone resolver el problema existencial de su familia, repartiendo puestos a destajo, sin importarle la anomalía y el relajo que dicha conducta causaría en la membresía  y en el pueblo en general, puesto que el tasajo de ternera lo recibió a lo mejor una nuera, quien ahora luce una pulsera de Cartier y un chacalele Rolex no por sus propios méritos, si no por los lazos familiares. Por eso aplaudo que   Bukele revele y desmantele el cahuín[1] salvatrucho que dejó la “joyita” de Cerén twitteando y tocando el ukulele.

Espero también que Bukele desmantele la trama de la ley de reconciliación y que apele a la razón de los diputados, para que no tiren los dados sin medir las consecuencias, es decir, que sean precisos artilleros, para que los crímenes de soldados y guerrilleros no queden impunes.  

Aunque este enredo huele a pedo, ojalá Bukele encarcele después de un legal juicio a Mauricio y que a Joaquín le ponga un cachinflín jurídico en el maletín; que a Jonás se le quiten las ganas de andar con jaranas y que por fin abra la boca como ballena y que no se enroque más con lo de Roque y que revele cuál fue su postura en la conjura. 

Todavía está por verse sí a Bukele no le pasará lo mismo que a Chacumbele, el famoso equilibrista cubano de los años treinta del siglo pasado que logró por primera vez el triple salto sin red. Nayib está en la cuerda floja, pero tiene, por si acaso perdiera el equilibrio, una red que lo protegerá del porrazo.  Mientras tanto, el director del circo “Don Capital Oligárquico” observa atento, tanto a los espectadores como a sus artistas.

Siempre he sostenido que la política no es negocio ni oficio,  sin embargo, la experiencia ha demostrado que muchas veces, para alguno de los mandos guerrilleros de alto y mediano nivel fue más fácil vencer el miedo en la guerra, que el traqueteo de las ráfagas de dólares en la paz.  Los “revolucionarios de profesión” de antaño, hoy los vemos convertidos en “empresarios de profesión”. 

Parafraseando al expresidente mexicano de los años veinte del siglo pasado, general Álvaro Obregón, está claro que solo una parte de los comandantes guerrilleros salvadoreños no resistieron los cañonazos de dólares.  Aunque hubieran sido miles o millones, vendieron su ética y moral revolucionaria por un puñado de monedas.





[1] Cahuín: intriga, chilenismo

domingo, 2 de junio de 2019

¡Cuidado con los cócteles!


¡Cuidado con los cócteles!

En una de mis reflexiones anteriores, hice alusión a la lucha de clases, desde la perspectiva del proceso de acumulación de fuerzas; actividad social que yo le he dado el nombre de “política vectorial.  Esto quiere decir, que tanto la “izquierdización” como la “derechización” de partidos o movimientos sociales son fenómenos que están íntimamente relacionados con la política de alianzas tácticas o estratégicas, es decir, con la suma de vectores. Ahora bien, hay que estar claros y conscientes que el sentido de la resultante política en estas   alianzas o coaliciones estará siempre determinado por el vector político de mayor magnitud.

El Salvador está hoy de fiesta y es legítimo que la alegría se desborde. Aún cuando se sabe que, no será Nayib Bukele quien resolverá todos los problemas de la lucha de clases.  
Esa labor le seguirá correspondiendo al pueblo organizado. Por lo tanto, más allá de tener a Bukele como primer mandatario de la república es lícito preguntarse: ¿Cómo se organizará o reorganizará la clase trabajadora salvadoreña en el futuro?

Los partidos o movimientos de derechas son por definición, vectores que se desplazan en dirección al Gran Capital, así mismo, los partidos o movimientos sociales considerados de “izquierdas”, con programas socioeconómicos que favorecen,  sin lugar a dudas,  a los sectores que se encuentran en los tres primeros eslabones de la pirámide jerárquica masloviana, pero que no cuestionan la quintaesencia  del modelo económico capitalista globalizado, también tienden a consolidar el sistema de economía de mercado. Es decir, avanzan y se desarrollan en la misma dirección.  

La melancolía revolucionaria que llevamos dentro nos induce a recordar años pasados, pero debemos tener conciencia de que se trata de una reacción emocional, por lo demás natural y humana, pero que en determinadas circunstancias puede convertirse en irracional, sobre todo cuando tratamos de repetir mecánicamente las experiencias del pasado.

A mi generación le correspondió enfrentar al estado oligárquico-burgués y a sus aparatos represivos. La situación actual, aunque peor, no significa que se tenga que actuar políticamente de la misma manera ni mucho menos pregonar consignas obsoletas. Tenemos sí, la experiencia y la madurez necesaria para afirmar con autoridad que la lucha de clases es, permítaseme el símil, un virus cuyo ARN sigue siendo la contradicción antagónica capital-trabajo; sin embargo, éste ha ido mutando y se adapta contínuamente a las condiciones materiales y subjetivas.

Toda época tiene sus particularidades y, por lo tanto, también sus luchas, sus discursos, sus programas y sus QUEHACERES. Por lo tanto, lo que El Salvador del siglo XXI necesita no son cabezas de chorlitos ni fosforitos ni incendiarios aspirantes a bomberos, sino mentes lúcidas y frías de pensamiento, pero con el calor, amor y los valores humanistas que llevaron a mi generación a ofrendar su vida por una sociedad salvadoreña, más justa, más culta y libre.

Los partidos políticos, los movimientos sociales, los gremios y sindicatos, es decir, los organismos que aspiran representar a la sociedad civil y humana, aunque si bien es cierto, tienen un aspecto formal y legal que es su fundación, lo fundamental es que nacen a partir de las necesidades materiales y subjetivas de la sociedad.

De tal manera que, aunque la sociedad salvadoreña es un inmenso laboratorio político-social e ideológico en el cual las nuevas generaciones harán/están haciendo sus experiencias, esto no significa que ahora se  trate de mezclar un poquito de socialdemocracia, una pizca de socialcristianismo, una buena porción de ecologismo, anarquismo, sindicalismo, sexualidad y emancipación femenina, agregarle unas góticas de  marxismo, leninismo  y endulzarlo con caramelo teológico liberal; agitar  bien el “zangolote”  y servirlo a los ciudadanos  en una copa de cristal y en bandeja de plata.

Tendrá que pasar mucho tiempo, puesto que la lucha de clases es larga y prolongada, hasta que el sabor amargo de casi medio siglo de derrotas se diluya muy atrás del paladar.

Con los cócteles hay que tener cuidado, sobre todo, con los político-ideológicos y con los molotov, porque pueden ser un “menjurje peligroso”, obnubilando la mente del ciudadano y creándole una falsa sensación de seguridad.

miércoles, 15 de mayo de 2019

Para debatir el presente de la “izquierda” salvadoreña, hay que echar un vistazo al pasado


Para debatir el presente de la “izquierda” salvadoreña, hay que echar un vistazo al pasado



El eje fundamental de cualquier análisis político-económico de la realidad concreta en la que se encuentra la “izquierda” nacional e internacional, es decir, el presente histórico de la lucha de clases tiene que ser, según mi opinión, la interpretación materialista histórica y dialéctica de las diferentes fases de desarrollo del modo de producción capitalista hasta nuestros días de capitalismo globalizado. Solamente así, se puede entender holísticamente, el papel político, real y concreto, desempeñando por las diferentes fuerzas políticas a escala local, regional o mundial en la sociedad civil y militar hasta el presente y, por otra parte, poder pronosticar cuál será su rol en el futuro, sí es que hasta entonces no han perecido en la lucha de clases. 

En el sentido marxista de la lucha de contrarios en la sociedad capitalista, los vectores tanto de “izquierdas” como de “derechas” están definidos por su dirección, sentido y punto de aplicación, entendiendo el concepto de dirección como el plano en que actúan estas fuerzas, es decir, el modo capitalista de producción definido por la contradicción antagónica: CAPITAL-TRABAJO.

La lucha por el poder político-económico y militar es, según los clásicos del marxismo revolucionario, en cualquier parte del mundo, un problema de acumulación de fuerzas o vectores políticos, es decir, un proceso de suma y multiplicación, ya sea por medios políticos a fin de lograr que la fuerza resultante final tenga una magnitud considerable y un sentido de clase social bien definido capaz de lograr que la correlación de fuerza incline la balanza a favor de los intereses clasistas, o bien, a través de la lucha armada. Así ha sido históricamente el desarrollo de las sociedades humanas, desde las más primitivas hasta las más desarrolladas.

Se puede afirmar entonces, que la cualidad de SER de “izquierdas” es concretamente la defensa de los intereses integrales de la clase trabajadora, tanto en la teoría como en la práctica.

Dado que la lucha de clases no es un sistema de coordenadas cartesiano, sino un plano multidimensional de intereses, en el cual lo importante es la correlación de fuerzas, encuentro equivocado e incluso hasta engañoso, según mi punto de vista, hablar de fuerzas de “centroizquierda” o de un “centro político”. Ahora bien, reconozco la utilidad orientativa y esquemática del concepto político de partidos de “derechas” e “izquierdas”, pero cuando se trata de llegar al contenido y carácter marxista de un partido, es decir, a la médula revolucionaria clasista hay que olvidarse de esta simplificación parlamentaria heredada de la revolución francesa.

La izquierda salvadoreña y el tobogán de su historia

La historia contemporánea de la izquierda salvadoreña tiene su fuente político-ideológica en la revolución rusa principalmente, aunque considero que la revolución mexicana y la lucha antiimperialista de Cesar Augusto Sandino en Nicaragua también influyeron fuertemente en el pensamiento revolucionario de la intelectualidad salvadoreña más progresista y humanista de principios del siglo XX.

De manera que parto del supuesto que la fundación del Partido Comunista Salvadoreño (PCS) en marzo de 1930 fue fruto de la lucha de clases a nivel mundial y que respondió a la necesidad histórica de crear una organización política que defendiera los intereses clasistas de campesinos, jornaleros y demás asalariados.

La insurrección campesina salvadoreña de 1932 tuvo como trasfondo histórico el tsunami político-ideológico y social a nivel mundial producido por el triunfo de la revolución bolchevique en octubre de 1917.  El levantamiento de campesinos y jornaleros, principalmente en la zona occidental cafetalera del país tuvo sus orígenes macroeconómicos en el marco de la crisis económica mundial de 1929 y la caída de los precios del café en la bolsa de valores, lo cual significó la superexplotación a que fue sometido el campesinado por parte de la oligarquía terrateniente cafetalera. El análisis exhaustivo de la insurrección y la posterior masacre de alrededor de 30000 campesinos va más allá de los fines primarios de esta nota. Tómese, por lo tanto, simplemente como un detalle histórico e importante en la lucha de clases en El Salvador.  

La influencia del triunfo de la revolución cubana es un hecho irrefutable en América Latina, puesto que la derrota de la dictadura militar de Fulgencio Batista demostró que sí era posible la toma del poder por medio de la lucha guerrillera. Tesis política sobre la toma del poder, que los partidos comunistas influenciados por la línea del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) habían cuestionado hasta ese entonces por estar en contradicción con la tesis política de “coexistencia pacífica” de Josef Stalin.

 No fue casual entonces que, a finales de los sesenta y principios de los setenta del siglo pasado, se dieran muchos cismas y escisiones en el movimiento internacional comunista. La raíz histórica de muchas organizaciones político-militares desde México hasta la Patagonia del siglo pasado se encuentra en los partidos comunistas.

La cuestión cardinal en la lucha ideológica, al menos al interior de los partidos comunistas estalinistas, no era la toma del poder en sí, sino en torno a la vía para lograr ese objetivo. Entonces, teniendo a Cuba como ejemplo, donde el foco guerrillero fue el detonante que provocó la insurrección popular victoriosa, resultaba difícil demostrar lo contrario y convencer a la militancia de la inviabilidad de la lucha armada.

La lucha ideológica que se dio al interior del PCS abarcó muchos aspectos, como el papel de los sindicatos, gremios, alianzas tácticas y estratégicas, participación en procesos electorales y finalmente el análisis y caracterización de la guerra con Honduras en 1969. Temas que en las décadas de los 50 y 60 del siglo pasado tuvieron gran importancia y relevancia en la sociedad y, en especial, en la única fuerza política marxista operativamente existente en El Salvador.  De esta lucha ideológica nacen las Fuerzas Populares de Liberación Farabundo Martí (FPL-FM) del vientre del partido comunista salvadoreño con la impronta marxista-leninista de sus progenitores y con el vademécum de la estrategia político-militar de toma del poder concebida como “Guerra Popular Prolongada” con aderezo vietnamita.

El nacimiento de las FPL-FM fue probablemente un parto doloroso, considerando que la matrona que asistió a la preñada madre fue el mismísimo secretario general del partido, Salvador Cayetano Carpio, conocido años más tarde por la militancia y el pueblo como comandante Marcial. Carpio –Saúl en aquellos tiempos–, nunca abandonó la ideología marxista-leninista e impregnó a la organización guerrillera de una mística revolucionaria casi religiosa y de un dogmatismo irracional, que a la larga se convertiría en un factor ideológico muy dañino. Casi en paralelo, surge el llamado Ejercito Revolucionario del Pueblo (ERP) con una estrategia “insurreccional” puramente militar y cuya primera “acción guerrillera” fue de aniquilamiento y requisa en las cercanías del hospital Rosales en 1972.

Después del asesinato del poeta revolucionario Roque Dalton el 10 de mayo de 1975 a manos de sus supuestos compañeros de lucha, surgen las Fuerzas Armadas de la Resistencia Nacional (FARN) y finalmente hace su aparición en la escena clandestina y subversiva el llamado Partido Revolucionario de los Trabajadores Centroamericano (PRTC) en 1976.

El común denominador de estas cuatro organizaciones, diferentes en cuanto a ideología, podría decirse que era la asunción de la lucha armada como la única solución posible para resolver el conflicto clasista en El Salvador, al menos hasta que comenzó abiertamente la guerra en 1981.

Con el triunfo de la revolución sandinista en julio de 1979 y el asesinato de monseñor Arnulfo Romero el 24 de marzo de 1980, el proceso revolucionario salvadoreño se radicaliza, a tal grado, que todos los implicados en esta lucha de clases, incluyendo la Casa Blanca, se preparan para el levantamiento popular. Es en esta coyuntura política que el Partido Comunista Salvadoreño se integra al proceso revolucionario apoyando abiertamente la lucha armada: “Tarde, pero a tiempo”, como lo expresara públicamente Schafik Handal, secretario general del PCS.

Luego vino la fundación de la alianza guerrillera Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) el 10 de octubre de 1980. Cada uno de los integrantes de esta alianza impulsó en el trascurso de los años a su manera y con sus propias fuerzas militares la guerra revolucionaria, coordinando en diversas ocasiones unidades guerrilleras para la ejecución de operaciones de carácter estratégico, como, por ejemplo, el segundo ataque al cuartel del Paraíso 1987 y la ofensiva final “Hasta el tope”1989.

Haciendo un análisis somero del contenido ideológico de los integrantes de la agrupación guerrillera FMLN se puede afirmar, que solamente las FPL-FM y el PCS tenían un proyecto comunista una vez tomado el poder político-económico y militar, al menos en teoría y acorde a su naturaleza marxista-leninista. Las otras tres organizaciones guerrilleras sustentaban conceptos y contenidos diferentes. Militarmente hablando, las FPL y el ERP, destacaron por sus acciones y por el número de combatientes en sus respectivos ejércitos guerrilleros, sin menoscabar la participación de las otras organizaciones, puesto que, sin su esfuerzo y su valentía, no hubiera sido posible la prolongación de la guerra, y, en definitiva, la negociación final en diciembre de 1991 y los acuerdos de Chapultepec firmados en enero de 1992.

Dado que el objetivo principal de la primera “ofensiva final” en enero de 1981 fue la de insurreccionar las masas y la toma del poder, las cinco organizaciones guerrilleras pusieron, por decirlo de manera campechana, “toda la carne a la parrilla”; lo cual significó que la mayoría de los cuadros de dirección política pasaran a asumir tareas militares con la consecuente debilitación y descuido del trabajo político en las ciudades, principalmente en San Salvador.

Estos objetivos, la insurrección y toma del poder, no se cumplieron por muchas razones de carácter político, logístico y, sobre todo, militar, tomando en consideración que ninguna de las organizaciones guerrilleras, por sí solas ni en conjunto, tenían en esos momentos históricos ni la experiencia ni la capacidad militar operativa, tanto en personal formado y preparado para la guerra como en armamento militar, para poner en peligro al ejército salvadoreño.   Además, es importante tener en cuenta, las diferencias existentes en el FMLN respecto a la interpretación del momento histórico, puesto que no había consenso en entender la coyuntura política como una “situación revolucionaria”, tal y como la analizaron Lenin y Trotski en octubre de 1917. Estas diferencias político-ideológicas jugaron un papel importante y preponderante en el desarrollo posterior del conflicto bélico y en su desenlace.  

Probablemente el primer programa de gobierno propuesto por la alianza estratégica del Frente Democrático Revolucionario (FDR) y el FMLN en 1980 conocido como Gobierno Democrático Revolucionario (GDR) es prueba fehaciente de que, en la alianza revolucionaria, hasta esos momentos históricos, habían prevalecido las posiciones marxistas anticapitalistas y antiimperialistas. El planteamiento del GDR fue a todas luces un proyecto marxista revolucionario, puesto que la consecución de dichos objetivos programáticos presuponía la toma del poder político-económico y militar del estado oligárquico-burgués.

La página roja de la izquierda salvadoreña en tiempos de la guerra revolucionaria
Cuando los historiadores políticos, nacionales y extranjeros, se dediquen a escudriñar los secretos de la página roja de la izquierda salvadoreña en un futuro lejano, inevitablemente  se toparan con las ruinas  político-ideológicas  que quedaron después del asesinato perpetrado contra  Mélida Anaya Montes, comandante Ana María, segunda responsable de las FPL-FM  y del  suicidio de Salvador Cayetano Carpio, comandante   Marcial, primer responsable de las FPL-FM, ambos hechos ocurridos  en abril de 1983 en la ciudad de Managua.

Mientras tanto, la dirigencia del FMLN intentó minimizar, trivializar e incluso hasta negar la repercusión de estos sucesos en la revolución salvadoreña. Sin embargo, había que ser muy ingenuo, iluso y políticamente ignorante para tragarse el rollo que en El Salvador no había pasado nada extraordinario que alterara la agenda política. Ni siquiera era necesario haber leído previamente a Shakespeare ni conocer la vida e historia de los Borgia, para deducir que detrás de la muerte “palaciega” de los dos comandantes guerrilleros, había una encarnizada lucha de poder, no solamente al interior de las FPL-FM, sino fundamentalmente en el FMLN.

Sabido es que todo drama y muerte palaciega tiene repercusiones directas a corto, mediano y largo plazo en la política y en el desarrollo de los procesos político-sociales y militares. La tragedia de Managua marcó el punto de inflexión de la revolución socialista salvadoreña. A partir de allí, la revolución tomaría otros derroteros.

Era del dominio público que al interior del FMLN/FDR no había consenso en relación con el papel estratégico del diálogo y la negociación y que, además, al interior de las Fuerzas Populares de Liberación (FPL) se desarrollaba una fuerte lucha político-ideológica por el poder. Más allá de la controversia y la mitificación del rol histórico de Salvador Cayetano Carpio, no se puede negar ni pasar por alto su peso específico en las filas de las FPL-FM, la organización político-militar numéricamente más fuerte en la alianza FMLN. Considerando estos aspectos, no es difícil deducir, que la resistencia y reticencia del comandante Marcial en torno al diálogo y la negociación se convirtió en un serio problema, tanto para la dirigencia de las Fuerzas Populares de Liberación Farabundo Martí como para el FMLN, así como también para los aliados estratégicos de la revolución salvadoreña.

No fue casualidad entonces, que nueve meses más tarde, en enero de 1984, naciera el plan de Gobierno provisional de Amplia Participación (GAP), una propuesta nueva de gobierno, la cual ya no presuponía la toma del poder, sino más bien, la reconciliación de clases.  En esta oferta quedó en evidencia que la posición beligerante del FMLN se había relativizado. El FMLN había dado, sin tan siquiera disimular, un giro estratégico. De hecho, la cuestión de la toma del poder dejó de ser el aspecto fundamental en su estrategia, sino que pasó a un segundo o tercer plano. Lo que el GAP pretendía era detener ahora la guerra revolucionaria que el mismo FMLN había iniciado con bombos, bombas y platillos tres años atrás. Con la jugada del GAP el FMLN se enrocó elegantemente trocando con premeditación el efecto con la causa.

No está demás decir, por si hay alguien por ahí que no lo sepa, que Salvador Cayetano Carpio, comandante Marcial, no comulgaba con esta política ni tampoco fue a misa cuando las campanas del diálogo y la negociación repicaron en 1981. Pero para ese entonces en 1984, Marcial ya estaba muerto y la Comisión Política de las FPL-FM se encontraba afanada y empeñada en desmitificar y desvirtuar la figura del comandante frente a la membresía del partido y sobre todo ante los combatientes del ejército popular de liberación (EPL). La campaña de desprestigio no cuajó en el “frente externo” y en los frentes de guerra se impuso la dinámica de las operaciones y combates y sobre todo que bajo régimen militar las órdenes no se discuten. Además, que las FPL-FM reorganizaron sus unidades de combate y a muchos jefes   guerrilleros se les asignaron nuevas unidades guerrilleras. De esta manera, la comandancia de las FPL-FM neutralizó cualquier intento de rebeldía guerrillera “marcialista”, ya que el poder real de un jefe militar depende de la confianza mutua y la lealtad de sus combatientes y esto en la guerra, solo se consigue con el tiempo y en el teatro de operaciones.  

De tal manera, que existen justificadas razones para considerar este replanteamiento estratégico del FMLN como el triunfo político-ideológico de una corriente mayoritaria, pragmática y moderada al interior del FMLN, contraria a las posiciones más radicales e intransigentes sostenidas por Salvador Cayetano Carpio.

Sin embargo, este giro político-ideológico del movimiento guerrillero no logró convencer al departamento de estado norteamericano. Por el contrario, los Estados Unidos incrementaron la ayuda al ejército salvadoreño, desarrollaron tácticas irregulares de combate diurnas y nocturnas para combatir al FMLN e hicieron uso de comandos especiales helitransportados. En fin, el gobierno de Ronald Reagan hizo militarmente todo lo posible para que el ejército salvadoreño diezmara o aniquilara a las fuerzas guerrilleras.

No obstante, las fuerzas guerrilleras se mantuvieron intactas y con alta capacidad táctico-operativa, a tal grado, que fueron capaces de concentrar casi toda su fuerza militar de choque en los alrededores de la capital salvadoreña en noviembre de 1989, a pesar del control aéreo, espacial y territorial del ejército salvadoreño. Esta proeza guerrillera, la ofensiva militar “Hasta el tope”, seguramente quedará en los anales de la ciencia militar, comparable probablemente con muchas acciones militares del Viet Cong durante la guerra del Vietnam.

Después de esta demostración de fuerza por parte del FMLN y su clara y abierta disposición incondicional para encontrar una salida política al conflicto militar, a los Estados Unidos solamente le quedó la alternativa de intervenir directamente (“vietnamización del conflicto”) u obligar al sector más duro de la oligarquía salvadoreña y al ejército a sentarse en la mesa de negociaciones con los guerrilleros.

El fin de la guerra civil y la continuación de la lucha de clases
En los doce años que duró el conflicto armado, el FMLN fue cambiando lentamente el azimut de sus naves.  Del GDR de 1980, pasando por el GAP de 1984 hasta llegar a la ciudad de Chapultepec en 1992 hay cambios sustanciales y fundamentales en cuanto al carácter y contenido de la revolución salvadoreña.

El conflicto político-económico y social que fue la causa y origen de la revolución salvadoreña no se solucionó en Chapultepec; ahí se puso fin a la guerra civil, que no fue más que la expresión más violenta de la lucha de clases, pero no se resolvió la contradicción fundamental CAPITAL-TRABAJO. Demás está decir, que no fue por falta de tiempo o por falta de interés del FMLN que en la mesa de negociaciones no se trataran temas neurálgicos socioeconómicos, sino porque el cuestionamiento del poder del estado oligárquico–burgués nunca estuvo en el menú del día en el banquete de las negociaciones el 31 de diciembre de 1991.

Una vez firmados los acuerdos de Chapultepec y finiquitado notarialmente al FMLN guerrillero, el naciente FMLN-partido político cambió su sentido y dirección. Si bien es cierto que se puso fin al conflicto armado y se lograron cambios a nivel político y jurídico, la lucha de clases continuó generando más conflictos sociales y económicos. La guerra social en que vive la sociedad salvadoreña desde 1992 es el mejor y a su vez el peor ejemplo.

En definitiva, para entender el presente de la sociedad salvadoreña y el rol desempeñado por la “izquierda”, representada por el FMLN, tanto como oposición legislativa y como gobierno, ha sido necesario haber echado de refilón un vistazo al pasado.  

Si en algún momento de la historia moderna de El Salvador hubo un movimiento revolucionario de izquierda, anticapitalista y antiimperialista –convencido estoy que sí lo hubo–, éste entró en un proceso involutivo a partir de 1982/83.

Pienso que la política real y pragmática del FMLN partido a partir de 1992 no puede considerarse ni de “izquierda” moderada ni de “izquierdista” ni MUCHO MENOS de marxista revolucionaria, a lo sumo se trató hasta la fecha de una política “izquierdoide”.

A manera de colofón hay que decir que el proceso involutivo de la guerrilla salvadoreña en su periplo o vía crucis hasta convertirse en partido político rigiéndose en base a los cánones y códigos del estado oligárquico-burgués no es un fenómeno aislado ni enfermedad propia de las organizaciones político-militares: Es un fenómeno mundial.

Ahora bien, este proceso de adaptación y acomodamiento de las fuerzas políticas, otrora de izquierdas, ha tenido diferentes expresiones locales. La metamorfosis del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) con Daniel Ortega y Rosario Murillo a la cabeza es comparable al Frente Patriótico de Zimbabue (ZANU-PF) con Robert Mugabe y su esposa Grace, en cuanto a corrupción y absolutismo se refiere. El FMLN, afortunadamente, no llegó a tales extremos.

Moraleja que no aleja la Utopía pues todavía hay mucha entropía revolucionaria  
Será la tarea de los jóvenes salvadoreños de cargar   las mochilas de contenidos políticos e ideológicos más acordes con los nuevos tiempos; ellos serán los responsables de darle nueva energía al partido FMLN en el marco de la lucha de clases y finalmente, dependerá de ellos asimilar dialécticamente las experiencias positivas y negativas del pasado, las criollas y las foráneas.  Ojalá la juventud efemelenista sepa elegir sus próximos dirigentes, porque estoy convencido que todavía quedan las cenizas de la braza revolucionaria que ardió en el frente en el siglo pasado. Eso sí, los jóvenes tendrán que soplar mucho y fuerte, para oxigenar bien el ambiente hasta que la chispa marxista vuelva a brotar, porque los de mi generación, ya no soplamos ni chiflamos, solamente peemos. Ya no estamos en la época del imperio romano en que senadores seniles y cacaricos dirigían los destinos del estado, la sociedad y la familia.

El futuro pertenece a las nuevas generaciones y no a la vieja guardia.



domingo, 5 de mayo de 2019

Las seis grandes tareas de “Hércules” Bukele


Las seis grandes tareas de “Hércules” Bukele



A partir del primero de junio, El Salvador estrenará presidente y un nuevo gabinete de gobierno. Todavía está por verse, sí lo nuevo por conocer será mejor que lo viejo conocido. A diferencia de la fórmula del FMLN que prometía “cambios” y la de ARENA “trabajo para todos”, Bukele, en cambio, no prometió nada, salvo derrotar al bipartidismo. La gran mayoría de los votantes eligió a Nayib Bukele no porque considerara que el “Plan de gobierno Cuscatlán” sería o será la medicina que sanaría o sanará todos los males de la sociedad salvadoreña ni mucho menos, porque finiquitaría o finiquitará al sistema neoliberal, sino que, pienso yo, por el hartazgo político del pueblo salvadoreño en relación con los partidos políticos FMLN y ARENA.

Ahora bien, esto no significa que las expectativas que se tienen en relación con el nuevo mandatario, el joven, elegante y bien peinado empresario Nayib Bukele no sean grandes. Por el contrario, de él se espera mucho.

En El Salvador reina la esperanza alrededor de la figura de Nayib Bukele, después de treinta años de experiencia con el régimen político impuesto y avalado por la oligarquía salvadoreña a través de ARENA y del FMLN, que sí se pueden cambiar las cosas.  Al menos se le ha dado en bandeja dorada la oportunidad para que demuestre que él sí puede. Está de más decir, que a Nayib se le ha dado una tarea hercúlea, sí se considera que el poder fáctico en El Salvador todavía sigue intacto e incólume.

Si bien es cierto que fue “Hércules” Bukele quien agarró con sus propias manos a las dos serpientes que la oligarquía salvadoreña le había colocado en su cuna de niño semidios y las estranguló en las urnas electorales en febrero de este año, es necesario no olvidar que la fuerza de sus extremidades superiores no fue un regalo divino, sino que emanó del pueblo salvadoreño, quien en definitiva ha sido el verdadero artífice de la derrota del FMLN y de ARENA.

Según la mitología griega, el rey Euristeo, monarca de la ciudad griega de Tirinto, ubicada en la península del Peloponeso, le encomendó a Hércules doce tareas que tenía que realizar para expiar los crímenes cometidos. De esta docena de trabajos,  7 tenían que ver con la muerte o captura de bestias salvajes o monstruos míticos como la Hidra de nueve cabezas y 5 con el robo de bienes materiales.

Juan Pueblo, rey imaginario del moderno Cuscatlán del siglo XXI le ha encomendado a “Hércules” Bukele solamente seis grandes tareas a cumplir, no para que borre sus culpas por delitos o desaciertos públicos cometidos, sino para que contribuya al progreso y desarrollo de la sociedad salvadoreña. Todos estos quiméricos trabajos tienen que ver con la vida, la justicia  y con el bienestar socio-económico de sus paisanos: 1) Acabar con la bestia del crimen organizado 2) Combatir el robo institucional y la corrupción estatal 3) Impedir que se apruebe el anteproyecto de ley de reconciliación nacional que restablecería la “amnistía absoluta e incondicional” para algunas de las graves violaciones de derechos humanos cometidas durante la guerra civil 4) incentivar la inversión de capitales en la economía nacional, para la creación de puestos de trabajo 5) combatir la violencia social y de género  6) garantizar escuela, vivienda y salud para los sectores más pobres de la sociedad salvadoreña.

La consecución exitosa de todas estas tareas llevará a “Hércules” Bukele irremediablemente a enfrentar directamente a la oligarquía salvadoreña.

Por lo general, los primeros tres meses de todo nuevo gobierno en cualquier parte del mundo marcan una pauta importante para saber cuál será el derrotero político, social y económico de la nueva administración.

Del primero de junio de 2019 al 31 de mayo 2024 será el tiempo que tendrá el presidente más joven en toda la historia de El Salvador, para coronar su mandato y jubilarse como Nayib Bukele, el carismático empresario y político de corte ultramoderno que intentó cortarle la cabeza a la Hidra oligárquica salvadoreña o el “herculiao” Bukele, que no pudo ni tampoco quiso hacerlo. 

sábado, 23 de marzo de 2019

En Chile 1973, un golpe de Estado duro; en Venezuela 2019: ¿Un intento de golpe a-gua(i)do?


En Chile 1973, un golpe de Estado duro; en Venezuela 2019: ¿Un intento de golpe a-gua(i)do?


El antecedente del golpe de Estado perpetrado por el general César Augusto Pinochet el 11 de septiembre de 1973 contra el gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende, legítima y democráticamente elegido, fue la intentona militar del 29 de junio 1973, conocida como el “Tanquetazo”. Hay que destacar que después de los sucesos del 29 de junio en Santiago de Chile se barajó a nivel político, la posibilidad de un “golpe blando”. Este plan fue propuesto por el partido Demócrata Cristiano a través de su presidente Patricio Aylwin, quien propuso la reestructuración de un nuevo gobierno y la incorporación institucional de las Fuerzas Armadas a este nuevo gobierno.

No pretendo, bajo ningún punto de vista, comparar uno a uno los procesos políticos ocurridos en la década de los 70 en la república chilena  con lo que está sucediendo  en la república bolivariana de Venezuela, sino simplemente ilustrar, que sí en Venezuela no se ha llevado a cabo un golpe militar duro, como el chileno, no es por falta de ganas ni por falta de recursos logísticos político-militares con los que cuenta el Departamento de Estado y el Pentágono, ya que me baso en la historia contemporánea de América Latina para afirmar indubitablemente que  no existe ninguna actividad político-militar en la cual no haya intervenido  directa o indirectamente el gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica.

A mi juicio, la variable, o, mejor dicho, la incógnita que puede hacer fracasar cualquier intento de golpe de estado duro en Venezuela es la posición de los altos mandos de las Fuerzas Armadas Venezolanas y la de los mandos subalternos. Además, habría que añadir otro factor reductor de las probabilidades del éxito complotista contra el gobierno de Nicolás Maduro, que es la falta de cohesión y unidad de las fuerzas políticas de derechas. Es decir, que serían muy elevados los riesgos que conlleva un golpe duro, dado que los consecuentes daños colaterales que produciría un conflicto militar interno serían muy elevados. Pienso que nadie está apostando por una solución militar en Venezuela.

Independientemente de la retórica agresiva de Donald Trump y su administración con relación a Venezuela y a Nicolás Maduro, Venezuela no tiene la importancia geopolítica estratégica que tiene Siria o Irak. Más allá de las reservas petrolíferas venezolanas, en mi opinión, ni el gobierno venezolano está poniendo en peligro los intereses del mundo capitalista en general ni es una amenaza para los Estados Unidos de Norteamérica.  

En Cuba, en la década de los sesenta y en Chile en los setenta del siglo pasado, respectivamente, los gobiernos revolucionarios iniciaron un proceso de nacionalización de empresas extranjeras y nacionales que sembró el pánico dentro de las grandes burguesías y oligarquías de ambos países. De tal manera, que, a mediados de siglo pasado, efectivamente el fantasma del comunismo sobrevoló el continente americano.  A Cuba no pudieron derrotarla, a Chile sí. Mientras que en Venezuela la riqueza patrimonial, es decir, el petróleo, fue nacionalizada hace ya décadas, concretamente en enero de 1976. Nadie armó escándalos ni nadie quedó traumatizado por ello.

Ahora bien, está claro que es preferible, desde el punto de vista de la administración Trump, tener relaciones con gobiernos derechistas y que gran parte del mundo occidental prefiere a Guaidó como presidente de Venezuela.  El problema es que Juan Guaidó es un político que todavía esta verde, como para resolver una crisis político-económica que está en proceso de maduración y la que Nicolas Maduro, a pesar de contar con el apoyo de las FFAA, aún no logra controlar. En definitiva, para la consecución de un golpe “blando”, los Estados Unidos necesitan un político duro y con más carisma, y, desgraciadamente, Juan Guaidó es demasiado aguado para estas lides.

Personalmente, no creo que la problemática venezolana requiera de la intervención militar por las razones arriba mencionadas. En el proceso de diálogo y negociación ya se encontrarán soluciones políticas al conflicto. Entonces está por verse, hasta qué punto Nicolás Maduro tiene la sartén por el mango, es decir, en qué medida la correlación de fuerzas políticas y militares está a favor o en contra de la revolución bolivariana.

Mientras tanto, sería recomendable que el resto de los países del mundo respetaran la soberanía del pueblo venezolano y emularan al gobierno mexicano de Manuel López Obrador, que basándose en la llamada doctrina Cárdenas, ha obrado consecuentemente, rechazando cualquier tipo de injerencia extranjera en Venezuela.

jueves, 14 de febrero de 2019

Los dados están echados en El Salvador: ¡La carreta neoliberal se quedó sin bueyes!


Los dados están echados en El Salvador: ¡La carreta neoliberal se quedó sin bueyes!


“De querer ser a creer que se es ya, va la distancia de lo trágico a lo cómico” Ortega y Gasset


 “La comedia es el genero literario de los partidos conservadores – escribe el filósofo español Ortega y Gasset en el capítulo 18, “La Comedia”, de su tratado “Meditaciones del Quijote”–.  De querer ser a creer que se es ya, va la distancia de lo trágico a lo cómico. Este es el paso entre la sublimidad y la ridiculez. La transferencia del carácter heroico desde la voluntad a la percepción causa la involución de la tragedia, su desmoronamiento–su comedia. El espejismo aparece como tal espejismo.”

La derrota del FMLN como la del partido ARENA en las recién pasadas elecciones presidenciales es, sin lugar a duda, la victoria no de un partido ni de un candidato en particular, sino el triunfo o “liberación político-ideológica” de una parte importante del pueblo salvadoreño. Ni siquiera la relativización de los resultados electorales en base a los porcentajes de participación ciudadana, puede endulzar el sabor amargo de la derrota. La fatamorgana seudo revolucionaria marxista se desvaneció.

Tanto el FMLN como ARENA funcionaron políticamente, a partir de los acuerdos de paz que pusieron fin a la guerra civil en 1992, como la yunta encargada de tirar del carruaje económico neoliberal.  Esta metáfora se me antoja más adecuada y más plástica para comprender el papel desempeñado por estos dos partidos a lo largo de todos estos años. Tanto los amigos de la guerrilla salvadoreña como sus enemigos se encargaron de limar previamente los cuernos ideológicos a los dos bueyes, uno rojo y el otro negro, en un largo proceso de domesticación. Una vez amansados, se les colocó el yugo que los mantuvo unidos durante 27 años.  La oligarquía salvadoreña con la puya en mano, además de dueña de la carreta y todos los costales arriba, se encargó de “bandiar[1]el vehículo, unas veces puyando al buey rojo, otras veces al negro y otras tantas al mismo tiempo a las dos bestias.

Ahora bien, sí los dados están echados en El Salvador y la carreta neoliberal se quedó sin bueyes, es lógico preguntarse: ¿Qué pasará con la carreta? ¿Quién ocupará el lugar de los bueyes? ¿Cuáles serán los nuevos derroteros? ¿Cuál será el destino de los bueyes defenestrados? ¿El tiangue o el matadero?
Muchas son las preguntas que todavía están abiertas y sin contestar en El Salvador. Lo que sí está claro es que la carreta neoliberal todavía seguirá dando vaivenes a lo largo y ancho del Pulgarcito de América y que Nayib Bukele logró convertirse en el presidente de la república salvadoreña más joven de su historia. Ahora él tiene la gran responsabilidad de hacer mejor las cosas o al menos intentarlo.

En todo caso, la victoria obtenida por una parte del pueblo salvadoreño en las urnas electorales el pasado 3 de febrero marcará un hito en la historia política de El Salvador. A los salvadoreños del siglo XXI ya no se les venderá el cielo con tamales y pupusas de chicharrón y queso con loroco.

No obstante, sigo  opinando que la oligarquía salvadoreña ronca pero no duerme y que todavía falta muchísimo para llegar a una situación histórica en la cual las grandes mayorías del pueblo salvadoreño, ya no estén conformes con la situación socio-económica y política existente y que la oligarquía primitiva no sea capaz de seguir determinando el destino del pueblo salvadoreño a sus anchas.

Por eso, hay que estar muy atento y movilizado, ya que la lucha continua.


[1] Bandiar:  Salvadoreñismo de bandear, es decir, conducir, guiar algo o alguien.

sábado, 8 de diciembre de 2018

¿Qué pasará al interior del FMLN sí pierde las elecciones presidenciales 2019?


¿Qué pasará al interior del FMLN sí pierde las elecciones presidenciales 2019?

A Gersón Martínez le tocó servir de telonero durante la presentación del programa de gobierno del FMLN el recién pasado 20 de noviembre. Por lo general, el telonero tiene la función de “calentar” el ambiente, antes que actúe la atracción principal de un espectáculo. En este caso, la presentación de la fórmula presidencial compuesta por Hugo Martínez y Karina Sosa.

No lo hizo mal, el ex Ministro de Obras Públicas, Transporte, Vivienda y Desarrollo Urbano utilizando la retórica y la mística revolucionaria de principios de la década de los ochenta del siglo pasado. El excomandante guerrillero y miembro de la Comisión Política de las Fuerzas Populares de Liberación Farabundo Martí (FPL-FM), se explayó como en los mejores tiempos de la Guerra Popular Prolongada (GPP), documentada ésta en la película realizada bajo la dirección del puertorriqueño Diego de la Texera (1981) y supervisada por el comandante Valentín Hernández, alias Gersón Martínez, “El Salvador, el pueblo vencerá”.  El exministro se refirió también, entre otras cosas, de manera panfletaria al Gobierno Democrático Revolucionario (GDR) y al Gobierno de Amplia Participación (GAP) propuestos por la alianza FMLN-FDR (Frente Democrático Revolucionario) durante el conflicto armado, tal vez para ilustrar mejor la metamorfosis política e ideológica experimentada en los últimos 35 años.

Entonces, en la tarde de presentación del programa de gobierno 2019-2024: Por un país mejor, la palabra mágica que salió de la boca de los dos ex miembros de las FPL fue: CAMBIO. Así, en mayúsculas.

Para reforzar la idea del “cambio” experimentado, no solo de forma explícita sino subliminalmente, los realizadores del evento tuvieron la brillante idea de incluir en el programa audiovisual a la argentina Mercedes Sosa interpretando la canción “Todo cambia” del chileno Julio Numhauser.

Una vez finalizado el video clip, apareció Hugo Martínez micrófono en mano, moviéndose sucesivamente de la izquierda a la derecha, deteniéndose un momento en el centro, mostrando así, artísticamente, el zigzag político-ideológico experimentado por el FMLN desde los acuerdos de paz en 1992 hasta ahora.   Como todo un cantante de rock, Hugo Martínez,  agitó y vitoreó a todo gaznate que el cambio seguro en El Salvador lo representa la fórmula presidencial Hugo y Karina, pero también supo integrar a su discurso el ritmo lento de la banda posrock Gregor Samsa.

Aunque es indiscutible que todo cambia en la vida, debido a las leyes naturales, también hay que decir que “todo” en la vida es relativo y pasajero. Todos los partidos políticos que intervienen en la lucha por el poder del estado son magnitudes políticas y, como tales, se caracterizan por tener un módulo o longitud y   una dirección determinada. Cuando no dan respuesta concreta a los intereses de las clases sociales que presumen representar, estos partidos tienden a desaparecer.

Bienvenidos sean los cambios, todos los cambios en la política e ideología que experimenta un partido revolucionario marxista, siempre y cuando, éstos fortalezcan la magnitud del partido, pero, sobre todas las cosas, cuando se mantiene el mismo azimut, en la teoría como en la práctica.

¿Qué cosas han cambiado en El Salvador a nivel socioeconómico desde los acuerdos de paz de 1992?

Según un análisis de la Universidad Católica de El Salvador de 1996, los acuerdos de paz se concentraron fundamentalmente en dos campos: el político y el judicial.

“Una revisión más detenida de los acuerdos de paz, así como de sus documentos preparatorios, muestra que la reforma política y judicial ocupó un lugar central en la negociación, mientras que la reforma económica sólo fue abordada como tema secundario y en aquellos aspectos que tenían que ver directamente con la transferencia de tierras en zonas de conflicto y con la reinserción de los desmovilizados de ambos ejércitos[1].

Tanto el partido ARENA, la garra política de la oligarquía salvadoreña, como el FMLN se han intercalado en su papel de “administradores del poder” del estado, constituyendo gobiernos elegidos de acuerdo con las leyes de la democracia capitalista desde la finalización de la guerra en 1992 hasta la fecha.

Es decir, que tanto ARENA (4 periodos presidenciales) como el FMLN (2 periodos) han tenido casi 26 años para hacer que las condiciones de vida de los trabajadores salvadoreños cambien de manera significativa. Y, la verdad es que no lo han hecho. Por el contrario, con la dolarización de la economía salvadoreña y la aplicación a raja tabla de las diez fórmulas del Conceso de Washington empeoró la situación.

Basándonos en la teoría de las probabilidades y tomando en cuenta las diferentes encuestas realizadas en las últimas semanas en El Salvador, la probabilidad de que el FMLN pueda continuar administrando el poder de la clase económica dominante y, en especial, el de la oligarquía salvadoreña, es mínima. Salvo que ocurriera un milagro, Hugo y Karina son los seguros perdedores en 2019. Ahora bien, con un santo salvadoreño en el cielo todo es posible.

Sí las diferentes encuestas aciertan con su pronóstico, el próximo presidente de la República de El Salvador será el candidato del partido GANA, el joven empresario Nayib Bukele.  
  
Ya se verá en el camino, sí Bukele y su hipotético futuro gobierno, serán capaces de poner fin a la cruenta guerra social en la que se encuentra empantanada la sociedad salvadoreña desde hace más de 25 años. Yo en lo personal me reservo el derecho a la duda.

¿Qué pasará al interior del FMLN sí pierde efectivamente las elecciones presidenciales 2019?

Ojalá se produjera una catarsis político-ideológica en el sentido gramsciano desde la base hasta la cúpula dirigente. Ya es tiempo de revisar y reorientar la lucha política y económica e intensificar la lucha de clases. Es vital realizar una autocrítica seria y profunda que conlleve al retorno de las raíces populares, marxistas y revolucionarias. De lo contrario el FMLN-FM, seguirá siendo una fuerza política, cuyo    vínculo con su pasado glorioso e histórico son solamente sus 6 letras.  Tanto pragmatismo político de hacer lo “concreto posible”, los ha llevado a olvidarse en los últimos 25 años de lo “históricamente necesario”.  

Y, eso, compañeros, no puede ni debe suceder. Son muchos los que murieron por la revolución salvadoreña.

martes, 18 de septiembre de 2018

Dago Gutiérrez afila la daga política


Dago Gutiérrez afila la daga política o la importancia de fortalecer el movimiento social Nuevas Ideas

En la medida que la campaña electoral en El Salvador se aproxima a la recta final en la carrera por la presidencia de la república en febrero 2019, la lucha político-ideológica que está desarrollando Nuevas Ideas, vía Dagoberto Gutiérrez, se vuelve cada vez más depurada, transparente, filosófica y, sobre todo, muy filuda.

La cuadriculación del terreno político es de suma importancia, sobre todo de cara al electorado con orientación marxista, progresista y humanista no afiliado al FMLN, que no ha visto con buenos ojos la candidatura de Nayib Bukele con el partido Gran Alianza por la Unidad Nacional (GANA) y que, por tal razón, podría votar en blanco o, en el peor de los casos, abstenerse a participar en las próximas elecciones.

Efectivamente, Bukele debería “hablar más políticamente”, pero no lo hace, pues al parecer no es necesario, ya que, en El Salvador, como en la mayoría de los estados con un régimen presidencial, el voto personalizado tiende a prevalecer más en la mente del electorado no militante, que los contenidos políticos partidarios. Es decir, se vota más bien por el físico que por el color de la bandera.  Esto quiere decir, que, en la fórmula general del voto popular, la variable que tiene mayor peso es la valoración o sobrevaloración que se tenga sobre un candidato, mientras que la evaluación que se tenga del partido político juega un papel secundario y en algunos casos, no tiene ninguna importancia.  En este sentido, bienvenido sea el hecho de marcar las distancias entre el movimiento social Nuevas Ideas, en tanto “sujeto político”, y, Nayib Bukele en su papel de “instrumento político” del pueblo. 

Exigirle a Nayib que haga más “política” y no “mercadotecnia electoral”, no es pedirle al candidato de GANA más retórica ni más galimatías ni más “espectáculo mediático electoral”, sino simplemente que asuma el papel de “sujeto político “en el sentido aristotélico, y que defina, de una vez por todas, cuál es su pensamiento político estratégico y cuál es “su programa” para resolver el intríngulis socioeconómico de la sociedad salvadoreña. Sería exigirle más compromiso político con las mayorías populares, lo cual significaría, definir sin recovecos, cuáles serían las medidas a corto, mediano y largo plazo que su hipotético gobierno acometería para garantizar el equilibrio que debería de existir entre la distribución del poder del estado y la satisfacción de las necesidades mínimas materiales y subjetivas del pueblo trabajador en la sociedad salvadoreña.

Nuevas Ideas, en tanto movimiento social, es un vector resultante, nacido a partir de la suma de varias fuerzas políticas individuales y/o colectivas e ideológicamente heterogéneas.   Nuevas Ideas, como la gran mayoría de movimientos sociales surgidos en las últimas tres décadas a nivel mundial, nace como respuesta o reacción frente a la incapacidad política de los partidos tradicionales de derecha, izquierda y pseudoizquierda de resolver concretamente los problemas sociales y económicos de los sectores populares.

En la coyuntura política actual todo parece indicar que una parte importante de la población electoral estaría dispuesta a buscar nuevos derroteros y nuevos desafíos, lo cual significaría el fin de la hegemonía bipartidista FMLN-ARENA, entendidos estos partidos políticos como instrumentos administradores del poder del estado capitalista. El nuevo gobierno también sería un simple “administrador” del estado, sin el poder político necesario para llevar a cabo las reformas económicas, políticas y sociales que la sociedad salvadoreña necesita con tanta urgencia.

Las transformaciones o reformas “democrático-burguesas” necesarias para garantizar un mínimo de bienestar social en el país, es algo que ningún gobierno puede lograrlo en el transcurso de una, dos, tres o más legislaciones, sobre todo tomando en cuenta que el poder fáctico en El Salvador, es decir la oligarquía –en sus tres versiones:  cafetalera, industrial y financiera–, hará hasta lo imposible para impedir cambios sustanciales en el statu quo salvadoreño.

A pesar de toda la inseguridad que depara el futuro y con el riesgo de encontrarnos atrapados en el tiempo como en la película “El día de la Marmota” (Groundhog Day), pienso que vale la pena fortalecer el movimiento social Nueva Ideas, que hoy por hoy, se está perfilando como una alternativa al FMLN real y concreta. 

Aunque todavía está por verse qué tan nuevas son las ideas de Nuevas Ideas, lo importante es que en esta coyuntura electoral el pueblo tiene la posibilidad de poner fin a una etapa de la lucha de clases en El Salvador que se ha caracterizado por la enajenación político-ideológica y la obnubilación de la conciencia de clase para sí de una parte de la izquierda salvadoreña. 

miércoles, 29 de agosto de 2018

La caminata con Otto me asustó más que el terremoto


La caminata con Otto me asustó más que el terremoto

Resulta que un día de estos, para no caer en el hastió y la modorra que provoca el seco y caluroso estío en la provincia de Alicante, se me ocurrió, a bote pronto, subir al punto más alto de la región. Desde la llanura, el Pico Campana, erguido, pelado y besando las nubes impone, debo reconocer, un relativo respeto. Pero de verdad que vale la pena alcanzar la cima, pues desde las alturas el panorama es impresionante y maravilloso.

Con sus 1409 metros de altura –medidos en dos ocasiones por el GPS de pulsera Polar M400–, el Puig Campana, es un piquito o un Piccolo, comparado con los picos suramericanos, africanos, tibetanos o los alpinos. No obstante, siempre vale la pena enfrentarse a cualquier obstáculo que pueda ofrecer el terreno, aunque después a uno le duela hasta el lugar más recóndito del cuerpo, precisamente ahí, donde los rayos del sol no llegan.

Sin embargo, antes de emprender la caminata, previamente consulté a unos amigos conocedores de la ruta, con el objeto tantear teóricamente un poco la topografía de la zona. Me llenaron de buenas y sinceras recomendaciones, y con más de alguna bienvenida advertencia. Escuchándoles atentamente me llegó volando el recuerdo de una caminata que hice a finales de la década de los ochenta del siglo pasado en los Alpes suizos junto con Otto M., un alemán lanzado y aventurero. En dicha ocasión, no pregunté a nadie, y confiando en la supuesta experiencia de Otto en los glaciares, me aventuré en terra incógnita.

No recuerdo el nombre del glaciar que escogió Otto para nuestra ruta ni tampoco la altura de la montaña suiza; pero la próxima vez que lo encuentre en la ciudad le plantearé la pregunta que desde hace años llevo guardada en mi interior. Un caso de represión emocional diría Sigmund Freud, pues la verdad es que la caminata con Otto me asustó más que el terremoto de 1965 en San Salvador. Sí las palabras hubieran sido proyectiles de hielo tipo carámbano, seguro estoy que el aventurero germano hubiera quedado patitieso como la momia Ötzi.

La escalada hasta la morena no me resultó ningún problema. Ante mí se abrió un blanco y negro telón, tan imponente como amenazante. Era la lengua del glaciar. Fue en ese momento, cuando me di cuenta de que mi guía alpino, es decir Otto M., de alpinismo no tenía ni la más mínima experiencia. A pesar de que llevábamos, según yo, el supuesto equipo necesario para escalar: Crampones

Mientras discutíamos la ruta a escalar, vimos a lo lejos, descender a un alpinista en medio del glaciar. A pesar de todo, Otto seguía empecinado en tomar una ruta que, según mi juicio, era la opción más absurda e insólita. Así que decidí tomar las riendas de mi destino, pues bajar al punto de partida, es decir, al estacionamiento de coches no estaba en mi itinerario. Mejor solo que mal acompañado, pensé. Así que ni corto ni perezoso mandé a Otto a tomar por el culo.

Después de varias horas de caminar y ya oscureciendo –Otto, afortunadamente utilizó su sentido común y siguió mi huella– llegué a la cima de la montaña. El responsable del refugio salió a mi encuentro en el puente de madera que comunica el glaciar con el refugio de montaña, vociferando algo en un cerrado alemán-suizo que en un primer momento no comprendí acústicamente; pero luego, alzando él más la voz me reprendió por la estupidez que había cometido al ascender el glaciar, primero, en solitario y segundo, sin el equipo adecuado. Minutos más tarde, le tocó el turno a Otto, el autor intelectual de la estúpida caminata, quien de vergüenza cambió del rojo tomate a un morado ciruela.

Esa noche en el refugio, escuchando las historias de los alpinistas ahí reunidos acerca de los peligros que encierran los glaciares, no podía creer la falta de responsabilidad de Otto al arriesgar su vida y la mía en tan descabellada aventura. En esas nocturnas horas no me faltaron vituperios para mandar a parir a Otto, lo que sí me faltó fueron horas para recuperar energías. Tan encabronado estaba que no pude pegar pestaña. Nunca en mi vida me había expuesto al peligro de muerte como lo hice ese día de otoño ascendiendo el glaciar con la inocencia angelical de un enfermo mental. Todavía anidan en mi recuerdo el ruido del agua corriendo bajo mis pies y las grietas profundas a derecha e izquierda del camino.

Al día siguiente, la angustia aumentó exponencialmente al contemplar la inmensa e interminable pared vertical que formaba el glaciar. De no haber sido por un experto alpinista alemán de Karlsruhe que generosamente se ofreció a descender con nosotros, yo ese día acompañado solo de Otto no hubiera bajado ni siquiera por todo el oro del mundo. De no haber sido así, ese día solamente en helicóptero me bajan del Glaciar.

Descendimos no por la ruta del día anterior, sino por una, más cerca, más segura y tomando las medidas mínimas de seguridad: Adelante, en la vanguardia, iba el verdadero guía, yo al medio y en la retaguardia, Otto, el falso guía. Los tres íbamos unidos por una cuerda atada a nuestras cinturas. No fueron pocas las veces que caí hasta la cintura en agujeros ocultos por un manto de nieve recién caída, fresca y virgen, conocida como polvo. Cuando por fin mis pies tocaron la tierra firme de los Alpes suizos, me volvió el alma al cuerpo y entendí en ese momento, de manera sensorial, que definitivamente el agua en su estado solido y líquido no es mi elemento.

Felizmente regresé sano y salvo a casa sin ningún rasguño en el cuerpo, convencido que soy cabra montuna y que mi amigo Otto, sin quererlo, se comportó como un cabrón, pero también con mucha fortuna.