viernes, 3 de diciembre de 2021

Entre la resignación, el fatalismo y la esperanza del homo consumens

 

Entre la resignación, el fatalismo y la esperanza del homo consumens

 

En la naturaleza existen millones de seres vivos los cuales pertenecen a cinco grandes grupos que la ciencia biológica conoce como el reino animal, el reino vegetal, el reino de los hongos, el reino protoctista y el reino móneras. Todo ser vivo es un consumidor de alimentos, a través de los cuales obtiene, por medio de procesos metabólicos simples o complejos, la energía necesaria para vivir, desarrollarse y reproducirse. Por lo tanto, todos los que habitamos el planeta tierra somos consumidores por naturaleza.

Ahora bien, el único animal en la tierra que se destaca por ser un consumidor empedernido es el homo consumens, máquina devoradora de recursos naturales renovables y no renovables. Insaciable especie que se encuentra dispersa a lo largo y ancho del planeta, y desgraciadamente, en estado de proliferación permanente y exponencial. Por lo tanto, no es de extrañar que el homo consumens sea la unidad básica y fundamental en la sociedad de consumo. Es obvio, que, sin él, el diversificado mundo industrial y el mercado no serían fuente de beneficios y exorbitantes ganancias para unos pocos. Está demostrado que el complejo industrial químico-automovilístico-militar junto con las plantas atómicas son los sectores que más daño le han causado y le seguirán causando a la naturaleza.

Aunque el “consumo” en sí, no es la causa primaria de las asimetrías sociales ni tampoco del desequilibrio o desorden ecológico en las últimas cuatro o cinco décadas, sí juega un papel importante dentro de la maquinaria industrial y es, a su vez, una de las variables esenciales que afecta la ley de la oferta y demanda, que es el principio básico en que se funda la economía de mercado. Es por esta razón que el homo consumens  se ha convertido en el blanco principal de los estrategas en mercadotecnia. La batida les ha resultado muy fácil a los cazadores del homo consumens, es decir, a los productores y a los comerciantes, astutamente asesorados por experimentadas y especializadas agencias publicitarias, conocedoras de la psiquis consumista humana. Los psicólogos publicitarios han sabido aprovecharse de manera inteligente y eficaz de las más sensibles debilidades del ser humano, especialmente, de la vanidad y la codicia, para condicionar su conducta de manera clásica, tal y cual lo hiciera el ruso Pávlov con sus perros.

Sin embargo, el dilema de la sociedad de consumo no es consumir o dejar de consumir. Más bien, soy de la opinión, que el gran reto del hombre y la mujer en la sociedad moderna actual y el de las futuras generaciones radica en la capacidad de aprender a vivir y convivir en sociedad y en armonía con la naturaleza. En este sentido, sí el  homo consumens  reflexionara antes de consumir un producto cualquiera, es de esperar que haga las del príncipe danés Hamlet y que exprese taciturno con una calavera de homo consumens en las manos: “To be a conscious consumer or not, that’s is the question”.

¿Cuáles serían los efectos en el mercado, si fuéramos consumidores conscientes y compráramos por voluntad propia aquello que queremos o necesitamos?  O, por el contrario, ¿Quién se beneficia cuando somos presa fácil y nos dejamos seducir por los mensajes subliminales del mercado que nos condicionan a comprar cosas (a crédito o al contado) que no necesitamos y que, en realidad, tampoco queremos comprar?

Estamos viviendo una época en la cual las catástrofes naturales y las provocadas por la mano del hombre, como el calentamiento global, han ido cada vez más en aumento, de tal manera, que no hay ninguna razón para sentirse tranquilo y seguro en el sofá o en la hamaca de su hogar. Si sumamos a este ambiente catastrófico la pandemia causada por el SARS CO V2, es comprensible, pues, que millones de personas expresen su preocupación, su temor y su desconfianza en las instituciones políticas, y, en definitiva, pienso yo, en el ser humano.   

Entre la resignación, el fatalismo y la esperanza del homo consumens moderno, me quedo con la esperanza que los seres humanos sí somos (y seremos) capaces de ir cambiando poco a poco la sociedad. Pienso así, no por romanticismo revolucionario o por miopía político-económica o por desconocer la naturaleza humana, sino porque observo y analizo lo que está sucediendo a nivel mundial con perspicacia. Son muchas las antorchas que están iluminando el túnel oscuro en que se ha trasformado la sociedad moderna. La lucha por la paz, la lucha por los derechos humanos, la lucha por los derechos de los animales, la lucha por el agua, la lucha por el medio ambiente, la lucha contra el gran capital financiero, la lucha contra el racismo, el sexismo y la exclusión de genero, la lucha emancipadora del movimiento feminista, la lucha contra la violencia de género, etc. etc. Sin olvidar aquellas medidas político-económicas tomadas hace un par de décadas que han sido exitosas, como la lenta recuperación de la capa de ozono, el cierre completo de plantas atómicas o la limpieza del río Rin. Todos estos ejemplos son válidos y constatan que sí es posible construir un mejor presente y un futuro esperanzador. Si bien no es mucho ni tampoco suficiente, pero peor es nada. ¿O?

En fin, son tantas las trincheras cavadas en todo el mundo, en las que todos los homo consumens conscientes podemos encontrar un lugar ad hoc, acorde a los intereses y necesidades particulares, para contribuir desde allí a la construcción de un mundo mejor, en el que la paz ciudadana, la concordia, la justicia social y el derecho de   vivir en armonía con la naturaleza sea lo que nos haga más humanos.

A pesar de estar consciente que muchos de los daños causados al medio ambiente en el pasado por el hombre son ya irreversibles, como lo es el cambio climático, no pierdo la confianza en el ser humano. No obstante, y a pesar de la gravedad del calentamiento global de la tierra, no caigo en el fatalismo ni en la resignación kafkiana ni en el nihilismo de Nietzsche. Los terrícolas todavía tenemos futuro.

No le parece, estimado lector, que es una buena y bonita forma de consumir los años de vida que tenemos haciendo algo bueno para uno mismo y para los demás.

Al menos así, digo yo, el CONSUMO (racional) tendría un carácter emancipador y, por lo tanto, revolucionario.  

martes, 2 de noviembre de 2021

Hacerse mayor con música

 

Hacerse mayor con música

Sí para Friedrich Nietzsche, el filósofo nihilista alemán,  la vida sin música es un error, para Arthur Schopenhauer, también filósofo  y coterráneo  del autor de  Así habló Zaratustra,  la música es  el verdadero lenguaje universal  y la expresión excelsa de las bellas artes.  Mientras que para Ludwig van Beethoven,  otro alemán para variar, la música es la revelación más alta que la sabiduría y la filosofía.

Por mi parte, entiendo la música como el alimento diario de la psiquis. Pienso que vivir sin música es como degustar viandas insípidas o bien,  beber atol chilate (bebida muy popular en El Salvador hecha de harina de maíz  sin azúcar y desabrido)  sin los típicos acompañantes dulces, como los nuégados (buñuelos) de huevo, plátanos fritos,  torrejas en almíbar y otros platos dulces. Mi dieta musical diaria es muy variada desde Tomaso Albinoni, pasando por Sebastian Bach o Benny Moré hasta llegar a Joaquín Sabina o Wilson Pickett.

La percepción de los sonidos es una cualidad somato sensorial filogenética en el ser humano y por lo tanto, la  captación y apreciación de la  música  es natural en él, puesto que la música no es más que el arte de combinar diferentes sonidos en una secuencia temporal  determinada de acuerdo a las leyes de la armonía, la melodía y el ritmo, utilizando para ello  instrumentos musicales e incluso la propia voz. Tanto así, que  Schopenhauer la considera como el arte más abstracto de todos, pero no por esto difícil de comprenderlo y entenderlo.  Por el contrario, para la música no hay fronteras  de ninguna clase.  Tal es así, que en mi familia tres generaciones  cantamos  a todo gaznate el Yelow Submarine  de los Beatles, cada vez que se nos brinda la ocasión.

En el universo de la música confluyen la razón, los sentimientos, las emociones y el estado de ánimo del  creador y del oyente. Es decir, que la música estimula los dos sistemas cerebrales, el límbico y el cortical,  de manera más intensa y profunda  que la literatura, la pintura, la escultura, la arquitectura, el teatro  y la cinematografía. Esto debido a que los efectos de  la música, por razones neurofisiológicas,  se anidan finalmente en las amígdalas cerebrales, precisamente ahí, en el lugar en el cual  los seres humanos tenemos la  memoria emocional y sentimental.  Por esta razón, nunca olvidamos aquellas canciones que tuvieron un contenido emocional   particular, y lo que es más emocionante, es que nos  hacen viajar sentimentalmente al pasado.  

Estoy convencido que todo ser humano vive constantemente esta experiencia neuronal. En mi caso particular, hay infinidad de canciones que me recuerdan lugares, situaciones y sobre todo, seres queridos y amados.

Escuchar a Mama, look at boo-boo, interpretada por Harry Belafonte en el Carnegie Hall, me traslada mágicamente a los años sesenta del siglo pasado. Entonces me contemplo largo y  tendido  en  el sillón de la sala de la casa de Napoleón,  amigo y compañero de colegio de secundaria,  hermano de la vida, mientras mamá Carmen prepara en la cocina un sabroso bistec encebollado para  el almuerzo.

With a Little Help from my Friends, en la versión de Joe Cocker en el Festival de Woodstock 1969, me trae el recuerdo de Antonio, otro  amigo  y hermano de la vida, compartiendo y gozando conmigo el documental homónimo en la sala del cine Cinelandia en las cercanías de parque Centenario, en cuya cancha de básquetbol mi amigo acostumbraba practicar con maestría ese deporte.

La orquesta Billos Caracas Boys tiene el sonido de los bailes en la colonia Atlacatl cuando todavía era un mocoso buscando novia. José Jiménez, alias Joselito, El Ruiseñor de España, perfuma los días en que mi hermana mayor cantaba a capela lavando su ropa en nuestra casa en La Rábida, y las rancheras de José Alfredo Jiménez sonaban  mejor cuando las cantaba  Mauricio Sandoval Centeno (R.I.P). En fin, son muchas las canciones que me recuerdan cosas especiales, muchas personas  y muchas situaciones, que bien podría seguir llenando cuartillas. Sin embargo, hay una canción en la que yo soy el único viajero en ese magical mystery tour: American Pie de Don Maclean

Hay música para todos los gustos y situaciones en la vida, por eso pienso yo, que hacerse  mayor con música y bien acompañado, es  envejecer de a poquito, con gracia, salero y con mucho arte.

!I’ve  got a feeling, a feeling deep inside….oh yeah….!

sábado, 16 de octubre de 2021

La Caja de Lustre

 

La Caja de Lustre

                                                                                                                          A mi amigo Luis aka Che

Hay cajas en el mundo que al abrirlas pueden contener tesoros, secretos o simplemente no contener nada más que recuerdos, tristes o alegres. Hay otras que la mitología las ha hecho famosas, como aquel cofrecillo de bruñido metal lleno de calamidades que Zeus le obsequió, malévolamente, a Pandora. En fin, hay muchos tipos y variedades de cajas y caixas de ahorro o anatómicas como la torácica que guarda y protege el verdadero tesoro humano que es el corazón. Mientras que hay muchas otras “cajas offshore” repartidas por lo general, en el Gran Caribe, donde al parecer las hermosas playas se prestan para el lavado de dinero y la evasión de impuestos fiscales de los poderosos de muchas naciones.  De tal manera, que los famosos “papers”, es decir, los documentos descubiertos por el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (International Consortium of Investigative Journalists, ICIJ) poco tienen que ver con la mujer mitológica de arcilla y agua que Hefesto modeló a petición de su padre, el poderoso Zeus, sino más bien, con la desmitificación de la ceguedad o miopía de la justicia, puesto que las compañías extraterritoriales (Offshore) al  no regirse por las leyes y el sistema fiscal del país donde están registradas legalmente, bajo la condición de cumplir plenamente con las exigencias nacionales e internacionales,   permiten de manera legal traspasar la delgada línea de lo licito a lo ilícito de manera astutamente intencionada. Esto sucede cuando se quiere evadir impuestos, ocultar patrimonios o poner en circulación (wash and dry) capital ilícito. Aunque habrá que esperar al análisis diferencial final del Consorcio Internacional, para diferenciar entre ovejas negras, grises y lobos feroces.  

Pero la “caja” de mi atención no es la de Pandora después de haber perdido la virginidad ni tampoco las “cajas” de las Islas Vírgenes, sino la caja de lustre de mi paisano interlocutor y, la mía por supuesto. Empíricamente he comprobado en más de doce lustros que la gente que lustra su lenguaje sacando la caja de lustre en el momento preciso y adecuado, me inspira cercanía, empatía, simpatía, y, además, me divierte de manera arcaica psicológicamente hablando. “Sacar la caja de lustre” para conversar con un paisano contemporáneo es para mí hacer un viaje al pasado, y encontrarme con el niño y el joven que fui, chambreando amenamente con los cheros en un parque cualquiera de San Salvador.

Por otra parte, “sacar la caja de lustre” no significa solamente decir palabras obscenas, como piensan algunos, tampoco es el caliche de los tacuaches o tamarindos ni un juego de palabras, sino simplemente utilizar el lenguaje del pueblo y, por lo tanto, comprensible para todo el mundo. Desde el más ilustre letrado hasta el iletrado “maistro lustrador” que lustra y lustra botas, zapatos y zapatillas a diario, para ganarse unos Quores o unos BiCoños.

Estoy convencido que todo pueblo tiene su propia “caja de lustre”.  En Chile, por ejemplo, existe el lenguaje “Huachaca” o “Guachaca”, palabra que viene del quechua “huajcha kay”, que significa “ser pobre”. Empero no se piense que la “caja de lustre” solamente la utilizan los pobres. Es patrimonio nacional en cada país.

Ahora bien, aunque reconozco que no me es fácil hablar con fluidez y maestría sobre temas que abarcan las ciencias, la filosofía, la teología o la sexualidad utilizando la “caja de lustre”, debido a la oxidación que produce la lejanía del terruño, sí pude entender y comprender este día la cátedra virtual que mi paisa Luís, ducho y experimentado Cajalustrólogo, me dio acerca del masaje terapéutico de roce y deslizamiento à la salvadoreña.

Decir palabrotas de manera grosera e insultante, es decir, echar puteadas o echar chuchadas, como decía mi suegro, es algo, que cualquiera puede hacer. Por el contrario, utilizar la “caja de lustre” de manera elegante y magistral, es un arte fino que solo se aprende en la calle y jamás se olvida.

domingo, 3 de octubre de 2021

Los soberbios tataranietos imperiales

 

Los soberbios tataranietos imperiales

 

Hace unos días se celebró en la hermosa ciudad española de Sevilla la Convención Nacional del Partido Popular (PP), en la cual participaron a parte de los delegados y lideres del partido, como invitados de honor, el hispano-peruano, Mario Vargas Llosa y el venezolano Leopoldo López; ambos, fieles representantes y apologetas del neoconservadurismo y el neoliberalismo mundial y paladines de la derecha más recalcitrante de América Latina.

Sin embargo, quien se llevó los aplausos y vítores fue el expresidente del Estado Español José María Aznar y actual presidente honorifico del PP. Según informa la prensa, Aznar pretendió mofarse del presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador (AMLO) a raíz de la petición que hiciera éste al Papa Francisco en octubre 2020, que tanto el Vaticano como la corona española y el Estado mexicano “deben ofrecer una disculpa pública a los pueblos originarios que padecieron de las más oprobiosas atrocidades para saquear sus bienes y tierras y someterlos desde la conquista de 1521 hasta el pasado reciente".

Por su parte, el mandatario mexicano en el marco de la conmemoración de los 500 años de la conquista española pidió perdón a los pueblos indígenas por las atrocidades que se cometieron durante esos siglos. Este acto de contrición simbólica por parte de AMLO provocó cínica hilaridad en el tristemente célebre, arrogante y soberbio exmandatario español.

De todas las palabras que rimarían con Aznar y que tienen relación con el reino animal, hay tres que me gustan mucho y se trata de rebuznar, graznar y voznar, pero no para conjugarlos en la composición de un poema de amor al estilo de García Lorca, Neruda o utilizarlos con la picardía de Roque Dalton, quien, pensando en sus compatriotas, escribió una bellísima e inmortal oda que él tituló “Poema de Amor”. Tampoco pretendo emular al gran Quevedo, aunque el entuerto que aquí trataré bien ameritaría dedicarle a este hombrecito unos versitos picantes. Más, resistiré a la tentación de transcribir aquí la estrofa de un fantasmagórico verso titulado A un hombrecito de gran nariz y de cerebro liso, pues podría oler a mofa y no es mi intención hacer de esta nota una mofeta literaria.

José María Aznar no es el único sujeto europeo que cree y piensa que la conquista española fue un regalo que le hizo la monarquía española a la América India y a sus vástagos mestizos y criollos. Todavía hay muchos, sobre todo en la clase política-económica dominante española, monárquica y derechista, que piensan que seguimos siendo súbditos de la corona. Estos son los soberbios tataranietos imperiales que, aunque no lleven la “sangre azul real” de Castilla y Aragón en sus venas y arterias, se sienten con el derecho de repetir el deslizado dicto real juancarliano: ¡Por qué no te callas, Andrés Manuel!

Lástima que en la época de la conquista española no hubo ningún clérigo ni pontífice de peso que condenara públicamente las matanzas de indígenas cometidas en el “Nuevo Mundo” y, en consecuencia, las prohibiera. Según las crónicas del Fray Bartolomé de las Casas, los españoles habrían matado 4 millones de indios solo en el Perú en el transcurso de diez años, el país de origen del marqués Jorge Mario Pedro Vargas Llosa, quien a, capa, espada y escudo, defiende la conquista española. Yo diría que más que marqués es un marquesote, pero sin el sabor y la lisura que da la Flor de la canela de Chabuca Grande.

domingo, 19 de septiembre de 2021

Recordando las Áreas Comunes universitarias salvadoreñas del siglo XX

 

Recordando las Áreas Comunes universitarias salvadoreñas del siglo XX

Siempre que se recuerda la historia de algo o de alguien hay que contar siempre con la posibilidad de cometer errores de cálculo de fechas o de interpretación de los sucesos mismos. Según mis cálculos, las Áreas Comunes universitarias salvadoreñas del siglo XX habrían comenzado en 1968 o 1969. ¡Craso error!

La reforma educativa universitaria impulsada por el Dr. Fabio Castillo Figueroa durante su rectorado 1963-1967 contempló, entre otras cosas importantes, la implementación de Áreas Comunes. Aunque la reforma docente fue aprobada en 1963, el Consejo Superior Universitario la puso en marcha recién el 26 de junio de 1965. Y yo, que pensaba que mi generación de bachillerato de 1969 había sido la que contempló el “nacimiento” de las Áreas Comunes. Más en realidad, lo que efectivamente vivimos en julio de 1972 en el Campus fue su muerte en el paredón.

Mi presencia en las aulas y cubículos de la Universidad nacional (UES) pasó desapercibida, ya que participé muy poco en la vida estudiantil. Literalmente, brillé por mi ausencia, limitando mi rol de estudiante universitario a un par de asignaturas por semestre, y, para ser honesto, y no darme ahora ínfulas de haber sido un revolucionario en ciernes, nunca participé en la vida política estudiantil de AGEUS; no por ignorar lo que estaba sucediendo en el país ni por apatía política, sino debido a que mi azimut académico estaba puesto en Europa. En mi mente las velas ya estaban alzadas en dirección al viejo continente. De tal manera que cuando el coronel Arturo Armando Molina, a la sazón presidente de la república, ordenó la ocupación y cierre del Alma Mater cuzcatleca el 19 de julio de 1972, yo ya estaba preparando las maletas para emigrar a Europa. Sin saber que sería para siempre.

Las diferentes manifestaciones realizadas por los maestros en 1965, 1967 y la huelga general del 21 de junio de 1968 aunque provocaron un cataclismo político-social en la sociedad salvadoreña, para un adolescente como yo, dedicado al estudio y al deporte, no tuvieron mayor importancia. En El Salvador no tuvimos un “Mayo de Paris” ni un Tlatelolco mexicano ni una Primavera Checa, las matancingas llegarían unos años más tarde. Sin embargo, más allá de tener yo conciencia o no de lo que en la sociedad estaba ocurriendo, en el “paisito” ya se estaba gestando, de manera subversiva, un tsunami político-social que finalmente desembocaría en el conflicto armado. En este marco de convulsión social, las Áreas Comunes universitarias salvadoreñas a las que ingresé en 1970, junto con un par de compañeros de colegio, se habían trasformado lentamente en un vivero guerrillero.   

Es en este marco histórico en el que las Áreas Comunes universitarias salvadoreñas jugaron un papel importante en el desarrollo político e ideológico marxista en una parte del estudiantado salvadoreño, cuya expresión concreta y directa fue el surgimiento de las primeras organizaciones guerrilleras. En este sentido, la clase social que impulsó y, en definitiva, dirigió la “guerra del pueblo” no fue la clase obrera ni el campesinado, sino la pequeña burguesía intelectual; mientras que la gran parte del ejército popular estuvo constituido por campesinos. En este sentido, la “guerra civil” salvadoreña fue el enfrentamiento de la clase campesina entre sí, puesto que la mayoría de la soldadesca del ejército salvadoreño es de extracción campesina.

No es exagerado afirmar, pues, que las Áreas Comunes universitarias fueron el común denominador de todas las fracciones político-militares que surgieron a principios de los años setenta. Gran parte de los altos dirigentes políticos de las organizaciones guerrilleras pasaron por la Universidad Nacional graduándose o habiendo interrumpido sus estudios por razones político-militares. Por lo tanto, la intervención militar en 1972 y el cierre del Alma Mater no fue arbitrario, sino parte de la guerra de contrainsurgencia norteamericana.

Sin embargo, todos los planes político-económicos impulsados por la clase política-económica dominante y avalados por el Departamento de Estado y el Pentágono para evitar la polarización social en El Salvador durante la década de los sesenta del siglo pasado no tuvieron los resultados esperados. A mi juicio, debido a la imposibilidad fáctica de impulsar una verdadera y profunda reforma agraria. Siendo El Salvador tradicionalmente un país agroexportador basado en el monocultivo del café la solución del problema de la propiedad privada de las grandes extensiones de tierra cultivable sigue siendo imprescindible. Tanto el cultivo del café como su exportación es patrimonio de la burguesía terrateniente, también llamada oligarquía cafetalera. Por lo tanto, es ilusorio y hasta utópico esperar que la oligarquía salvadoreña planifique, impulse, desarrolle o tolere una verdadera reforma agraria.  La burguesía industrial-agropecuaria, no vinculada a la oligarquía cafetalera, intentó en la década de los sesenta del siglo XX diversificar los rubros de exportación e intensificar el débil y precario desarrollo industrial   a través del Mercado Común Centroamericano, pero sin lograrlo integralmente, entre otras cosas, por los problemas fronterizos con Honduras que dieron origen a la tristemente llamada “guerra del fútbol” en 1969.

Es decir, El Salvador entró a la década de los setenta convertido en una gigantesca iguana adolorida y preñada con muchos huevos o problemas por resolver. El golpe de estado de 1979 que derrocó al General Carlos Humberto Romero fue la última acción cívico-militar, un tanto desesperada, para resolver el intríngulis salvadoreño y evitar lo inevitable. El asesinato de Monseñor Oscar Arnulfo Romero el 24 de marzo de 1980 marcó el point of no return de la lucha de clases en El Salvador. El eco de los tambores de guerra saludaba la década de los ochenta.

Entonces, recordando un día de estos, mi “visita de médico” a las Áreas Comunes universitarias salvadoreñas del siglo XX, me llegó la imagen nítida de aquella jovencita tímida, callada y reservada que solía encontrarme a menudo en la colonia 5 de noviembre, vistiendo su uniforme de colegiala, blusa blanca inmaculada y falda gris de cuadros, característico del colegio católico La Divina Providencia de San Salvador.

María Marta Valladares se llamaba la “vecinita del frente” de la casa de mis familiares. Más tarde, casi a diario nos encontrábamos en la parada de buses de la ruta 3 en las cercanías del “Manicomio” en la colonia Atlacatl. Sin intercambiar palabras ni miradas, nos bajábamos en el hospital Bloom camino a la Universidad, ella inscrita en la facultad de psicología y yo, en la de ingeniería y arquitectura. Éramos dos extraños, viviendo en un mundo tan pequeño, viviendo a la vuelta de la esquina, por así decirlo.

El desarrollo político siempre es un acto colectivo y los centros de estudio, sobre todo los superiores, son el ágora de las ideas y los pensamientos. Las Áreas Comunes universitarias fueron ese gran mercado de ideas revolucionarias para mi generación. Un par de horas en las aulas escuchando con atención e interés hablar de sociología, filosofía y economía eran suficiente para entender y comprender científicamente la problemática político-social y económica de la sociedad salvadoreña. A partir de ahí, el salto cualitativo a la acción directa y a la conspiración revolucionaria era solo cosa de tiempo, voluntad, interés clasista y una gran porción de dinámica de grupo que yo evité, pero las ideas y el pensamiento marxista estaban guardados ya en mi maleta transoceánica.

Cuando regresé al paisito, diez años más tarde, contemplando en el horizonte el volcán de San Salvador desde las montañas chalatecas, me enteré positivamente sorprendido que la comandante guerrillera Nidia Diaz era aquella jovencita de apariencia tímida y hasta huraña, con quien nunca compartí ni siquiera un amigable hola.

Nunca he perdido el tiempo pensando en qué hubiera pasado si hubiera sido un diligente y aplicado estudiante universitario de Áreas Comunes, tal como lo fui en el colegio, metido en la dinámica político-social de grupo de mi generación, pero es muy probable que no hubiera sobrevivido para contar estas historias. ¿Quién sabe?

Pero pensándolo bien, creo que las cosas fueron como fueron y son como son, y, en ese sentido, doy gracias a la vida que me ha dado más de lo que nunca imaginé.

 ¡Je ne regrette rien!


jueves, 5 de agosto de 2021

Los que cambiaron la mochila por la bolsa de valores

Los que cambiaron la mochila por la bolsa de valores

 

Demos por sentado que la prevaricación, el cohecho, el fraude fiscal, el tráfico de influencias, la malversación, el peculado y el blanqueo de capitales son delitos que a diario se cometen en todo el mundo, tanto en los países más desarrollados como en los países menos desarrollados. Es decir, que este tipo de transgresión de la ley es un mal común en todas las sociedades y en todos los estados, incluyendo al Vaticano. Por esta razón, en todos los países existen códigos jurídicos que penalizan estos hechos delictivos.

Ahora bien, entre más corrupto sea el aparato estatal burocrático menor es la cantidad de delitos penalizados. Por eso no es de extrañar que en países en los cuales el soborno y la mordida o cohecho forman parte de la idiosincrasia nacional, la gran mayoría de delitos quedan impunes, como sería el caso de México, país en el cual la ley que prima sobre las otras es la “Ley de Herodes”: ¡O te chingas, o te jodes! No por nada, el General Álvaro Obregón, presidente de los Estados Unidos Mexicanos entre el 1 de diciembre de 1920 y el 30 de noviembre de 1924, expresara en su momento que: “Aquí todos somos un poco ladrones. Pero yo no tengo más que una mano, mientras mis adversarios tienen dos” o bien, que “Nadie resiste un cañonazo de cincuenta mil pesos”. Poderoso caballero Don Dinero, diría Paco Quevedo, sobre todo tratándose de dólares, libras esterlinas, francos suizos o euros.

El monto total de dinero ilícito (2 millones 643 mil dólares) recibido por los diez exfuncionarios del gobierno salvadoreño de Mauricio Funes Cartagena (2009-2014), todos  dirigentes  del partido FMLN, acusados por enriquecimiento ilegal y lavado de dinero, parece una cantidad miserable (peanuts), comparada con los  100 millones de dólares americanos que supuestamente recibió el rey emérito  Juan Carlos I de parte del  rey saudita Abdallah por servicios prestados en 2008, según consta en el expediente de investigación de la fiscalía española.

Efectivamente, son tantos los ejemplos de corrupción que nos brinda la política mundial, que se podría escribir muchos libros al respecto. Desde los más rocambolescos fraudes fiscales de personas naturales, jurídicas y consorcios multinacionales hasta los cohechos más prosaicos, que por lo general suceden en un rincón de la periferia capitalista que bien podría llamarse San Pedro de los Saguayos, como en la película “La ley de Herodes” del mexicano Luis Estrada. Sin embargo, ese no es el objetivo de este ensayo.

Más bien, quiero poner mi atención en aquellos  hombres y mujeres que en un momento de sus vidas resistieron el bombardeo de los A37B (avión de combate norteamericano), el ametrallamiento de los helicópteros Bell UH o  las ráfagas de los G-treces o M16 de la tropa élite del ejército salvadoreño  o bien, opusieron resistencia político-social al estado militar-oligárquico  de los años previos al conflicto armado, y, que ahora están prófugos de la justicia del estado salvadoreño o guardando prisión preventiva por no haber resistido los cañonazos de dólares disfrazados de “pagos irregulares” o “sobresueldos”.

Al final de cuentas, sí las acusaciones por parte de la fiscalía general resultaran ciertas y comprobables, sería un hecho, triste y lamentable, por cierto, que estas personas otrora revolucionarias, cambiaron la mochila verde guerrillera por la bolsa de valores del capitalismo. 

domingo, 4 de julio de 2021

La pandemia también mató amistades

 La pandemia también mató amistades

 

Cuando el ser humano ideologiza las „cosas en sí “, sin estar consciente de ello o sin pretenderlo, puede cavar fosas profundas y apestosas que con el tiempo hay que cerrarlas por la pestilencia del agua. Pues sabido es, que tanto las ideas como el agua cuando no fluyen se pudren. La ideologización de las cosas encierra el peligro del fanatismo, que no es más que el verdugo de la discusión y del debate, y, por lo tanto, del desarrollo de las ideas y del pensamiento. Las ideologías se convierten en instrumentos manipuladores en el momento en que se utilizan para alcanzar el control del comportamiento individual o colectivo.   

Paulo Freire, el famoso pedagogo brasileño del siglo XX, en su libro “Pedagogía de la autonomía” asume tener conciencia del “poder” que tiene el discurso ideológico, sobre todo, el discurso que proclama la “muerte” de las ideologías, concluyendo que: “En el fondo, la ideología tiene un poder de persuasión indiscutible. El discurso ideológico amenaza anestesiar nuestra mente, confundir la curiosidad, distorsionar la percepción de los hechos, de las cosas, de los acontecimientos.”  

La “pandemia en sí” ha matado a amigos, a conocidos y a millones de desconocidos, y la peste ideologizada ha matado también a más de alguna amistad.

“Creer o no creer” en la existencia del virus SARS CO V2 se transformó desde los inicios de la epidemia en el argumento disyuntivo entre amigos. Controversia que fue aumentando de manera hiperbólica y correlativa a las medidas político-sanitarias impulsadas por los distintos gobiernos a escala mundial.  

Resulta pues, que al “ideologizarse” la cosa en sí, ponerse mascarillas, lavarse las manos, evitar el contacto personal, el confinamiento, la vacunación o la negación de las medidas sanitarias y profilácticas se convirtió en un acto de sumisión o de rebeldía frente al estado. Es decir, se cerraron los espacios para un análisis ecuánime y objetivo que ayudara a la comprensión holística de la crisis político-sanitaria, puesto que la “ideologización” de las “cosas en sí” desemboca siempre en una guerra de posiciones en la cual nadie está dispuesto a escuchar los argumentos, por muy fundados que éstos sean, de la otra parte.  

Para unos el acto de vacunarse no solo representa una forma de autoprotección, sino que, al mismo tiempo es asumido como un acto solidario frente a la sociedad civil. Mientras que, para algunos, en su lógica, la vacuna no es necesaria, puesto que niegan per se la existencia del virus; para otros, los “darwinianos”, un buen sistema inmunológico es suficiente para combatir el bicho, ya que la humanidad se adaptará, tarde o temprano, a las nuevas condiciones, es decir, la fuerza de la selección natural resolverá el entuerto provocado por el SARS CO V2, y el resto de los virus y de las bacterias zoonóticas habidas y por haber.

Por otra parte, también han surgido sentimientos negativos entre los amigos como la envidia y el resentimiento. Envidia, sí te vacunaron antes que a ellos; resentimiento o molestia por haber asumido consecuentemente el distanciamiento social.

En fin, los tiempos de crisis extremas como pueden ser las guerras o las luchas político-económicas o las pandemias son una especie de cedazo. Ponen en evidencia, en cierta medida, las virtudes y defectos de los seres humanos, que son en definitiva los elementos esenciales en las relaciones sociales en general, y, en particular, en las relaciones de amistad.

Afortunadamente las relaciones armónicas e integrales de amistad están unidas o conectadas por el sólido pegamento que dan los años de conocimiento mutuo, profundo y sincero; y que a fin de cuentas son el sostén de la verdadera amistad. Mientras que las relaciones de amistad, superfluas o asimétricas, pegadas con moco, se deshacen con el primer sacudón que produce la contradicción dialéctica.