martes, 18 de septiembre de 2018

Dago Gutiérrez afila la daga política


Dago Gutiérrez afila la daga política o la importancia de fortalecer el movimiento social Nuevas Ideas

En la medida que la campaña electoral en El Salvador se aproxima a la recta final en la carrera por la presidencia de la república en febrero 2019, la lucha político-ideológica que está desarrollando Nuevas Ideas, vía Dagoberto Gutiérrez, se vuelve cada vez más depurada, transparente, filosófica y, sobre todo, muy filuda.

La cuadriculación del terreno político es de suma importancia, sobre todo de cara al electorado con orientación marxista, progresista y humanista no afiliado al FMLN, que no ha visto con buenos ojos la candidatura de Nayib Bukele con el partido Gran Alianza por la Unidad Nacional (GANA) y que, por tal razón, podría votar en blanco o, en el peor de los casos, abstenerse a participar en las próximas elecciones.

Efectivamente, Bukele debería “hablar más políticamente”, pero no lo hace, pues al parecer no es necesario, ya que, en El Salvador, como en la mayoría de los estados con un régimen presidencial, el voto personalizado tiende a prevalecer más en la mente del electorado no militante, que los contenidos políticos partidarios. Es decir, se vota más bien por el físico que por el color de la bandera.  Esto quiere decir, que, en la fórmula general del voto popular, la variable que tiene mayor peso es la valoración o sobrevaloración que se tenga sobre un candidato, mientras que la evaluación que se tenga del partido político juega un papel secundario y en algunos casos, no tiene ninguna importancia.  En este sentido, bienvenido sea el hecho de marcar las distancias entre el movimiento social Nuevas Ideas, en tanto “sujeto político”, y, Nayib Bukele en su papel de “instrumento político” del pueblo. 

Exigirle a Nayib que haga más “política” y no “mercadotecnia electoral”, no es pedirle al candidato de GANA más retórica ni más galimatías ni más “espectáculo mediático electoral”, sino simplemente que asuma el papel de “sujeto político “en el sentido aristotélico, y que defina, de una vez por todas, cuál es su pensamiento político estratégico y cuál es “su programa” para resolver el intríngulis socioeconómico de la sociedad salvadoreña. Sería exigirle más compromiso político con las mayorías populares, lo cual significaría, definir sin recovecos, cuáles serían las medidas a corto, mediano y largo plazo que su hipotético gobierno acometería para garantizar el equilibrio que debería de existir entre la distribución del poder del estado y la satisfacción de las necesidades mínimas materiales y subjetivas del pueblo trabajador en la sociedad salvadoreña.

Nuevas Ideas, en tanto movimiento social, es un vector resultante, nacido a partir de la suma de varias fuerzas políticas individuales y/o colectivas e ideológicamente heterogéneas.   Nuevas Ideas, como la gran mayoría de movimientos sociales surgidos en las últimas tres décadas a nivel mundial, nace como respuesta o reacción frente a la incapacidad política de los partidos tradicionales de derecha, izquierda y pseudoizquierda de resolver concretamente los problemas sociales y económicos de los sectores populares.

En la coyuntura política actual todo parece indicar que una parte importante de la población electoral estaría dispuesta a buscar nuevos derroteros y nuevos desafíos, lo cual significaría el fin de la hegemonía bipartidista FMLN-ARENA, entendidos estos partidos políticos como instrumentos administradores del poder del estado capitalista. El nuevo gobierno también sería un simple “administrador” del estado, sin el poder político necesario para llevar a cabo las reformas económicas, políticas y sociales que la sociedad salvadoreña necesita con tanta urgencia.

Las transformaciones o reformas “democrático-burguesas” necesarias para garantizar un mínimo de bienestar social en el país, es algo que ningún gobierno puede lograrlo en el transcurso de una, dos, tres o más legislaciones, sobre todo tomando en cuenta que el poder fáctico en El Salvador, es decir la oligarquía –en sus tres versiones:  cafetalera, industrial y financiera–, hará hasta lo imposible para impedir cambios sustanciales en el statu quo salvadoreño.

A pesar de toda la inseguridad que depara el futuro y con el riesgo de encontrarnos atrapados en el tiempo como en la película “El día de la Marmota” (Groundhog Day), pienso que vale la pena fortalecer el movimiento social Nueva Ideas, que hoy por hoy, se está perfilando como una alternativa al FMLN real y concreta. 

Aunque todavía está por verse qué tan nuevas son las ideas de Nuevas Ideas, lo importante es que en esta coyuntura electoral el pueblo tiene la posibilidad de poner fin a una etapa de la lucha de clases en El Salvador que se ha caracterizado por la enajenación político-ideológica y la obnubilación de la conciencia de clase para sí de una parte de la izquierda salvadoreña. 

miércoles, 29 de agosto de 2018

La caminata con Otto me asustó más que el terremoto


La caminata con Otto me asustó más que el terremoto

Resulta que un día de estos, para no caer en el hastió y la modorra que provoca el seco y caluroso estío en la provincia de Alicante, se me ocurrió, a bote pronto, subir al punto más alto de la región. Desde la llanura, el Pico Campana, erguido, pelado y besando las nubes impone, debo reconocer, un relativo respeto. Pero de verdad que vale la pena alcanzar la cima, pues desde las alturas el panorama es impresionante y maravilloso.

Con sus 1409 metros de altura –medidos en dos ocasiones por el GPS de pulsera Polar M400–, el Puig Campana, es un piquito o un Piccolo, comparado con los picos suramericanos, africanos, tibetanos o los alpinos. No obstante, siempre vale la pena enfrentarse a cualquier obstáculo que pueda ofrecer el terreno, aunque después a uno le duela hasta el lugar más recóndito del cuerpo, precisamente ahí, donde los rayos del sol no llegan.

Sin embargo, antes de emprender la caminata, previamente consulté a unos amigos conocedores de la ruta, con el objeto tantear teóricamente un poco la topografía de la zona. Me llenaron de buenas y sinceras recomendaciones, y con más de alguna bienvenida advertencia. Escuchándoles atentamente me llegó volando el recuerdo de una caminata que hice a finales de la década de los ochenta del siglo pasado en los Alpes suizos junto con Otto M., un alemán lanzado y aventurero. En dicha ocasión, no pregunté a nadie, y confiando en la supuesta experiencia de Otto en los glaciares, me aventuré en terra incógnita.

No recuerdo el nombre del glaciar que escogió Otto para nuestra ruta ni tampoco la altura de la montaña suiza; pero la próxima vez que lo encuentre en la ciudad le plantearé la pregunta que desde hace años llevo guardada en mi interior. Un caso de represión emocional diría Sigmund Freud, pues la verdad es que la caminata con Otto me asustó más que el terremoto de 1965 en San Salvador. Sí las palabras hubieran sido proyectiles de hielo tipo carámbano, seguro estoy que el aventurero germano hubiera quedado patitieso como la momia Ötzi.

La escalada hasta la morena no me resultó ningún problema. Ante mí se abrió un blanco y negro telón, tan imponente como amenazante. Era la lengua del glaciar. Fue en ese momento, cuando me di cuenta de que mi guía alpino, es decir Otto M., de alpinismo no tenía ni la más mínima experiencia. A pesar de que llevábamos, según yo, el supuesto equipo necesario para escalar: Crampones

Mientras discutíamos la ruta a escalar, vimos a lo lejos, descender a un alpinista en medio del glaciar. A pesar de todo, Otto seguía empecinado en tomar una ruta que, según mi juicio, era la opción más absurda e insólita. Así que decidí tomar las riendas de mi destino, pues bajar al punto de partida, es decir, al estacionamiento de coches no estaba en mi itinerario. Mejor solo que mal acompañado, pensé. Así que ni corto ni perezoso mandé a Otto a tomar por el culo.

Después de varias horas de caminar y ya oscureciendo –Otto, afortunadamente utilizó su sentido común y siguió mi huella– llegué a la cima de la montaña. El responsable del refugio salió a mi encuentro en el puente de madera que comunica el glaciar con el refugio de montaña, vociferando algo en un cerrado alemán-suizo que en un primer momento no comprendí acústicamente; pero luego, alzando él más la voz me reprendió por la estupidez que había cometido al ascender el glaciar, primero, en solitario y segundo, sin el equipo adecuado. Minutos más tarde, le tocó el turno a Otto, el autor intelectual de la estúpida caminata, quien de vergüenza cambió del rojo tomate a un morado ciruela.

Esa noche en el refugio, escuchando las historias de los alpinistas ahí reunidos acerca de los peligros que encierran los glaciares, no podía creer la falta de responsabilidad de Otto al arriesgar su vida y la mía en tan descabellada aventura. En esas nocturnas horas no me faltaron vituperios para mandar a parir a Otto, lo que sí me faltó fueron horas para recuperar energías. Tan encabronado estaba que no pude pegar pestaña. Nunca en mi vida me había expuesto al peligro de muerte como lo hice ese día de otoño ascendiendo el glaciar con la inocencia angelical de un enfermo mental. Todavía anidan en mi recuerdo el ruido del agua corriendo bajo mis pies y las grietas profundas a derecha e izquierda del camino.

Al día siguiente, la angustia aumentó exponencialmente al contemplar la inmensa e interminable pared vertical que formaba el glaciar. De no haber sido por un experto alpinista alemán de Karlsruhe que generosamente se ofreció a descender con nosotros, yo ese día acompañado solo de Otto no hubiera bajado ni siquiera por todo el oro del mundo. De no haber sido así, ese día solamente en helicóptero me bajan del Glaciar.

Descendimos no por la ruta del día anterior, sino por una, más cerca, más segura y tomando las medidas mínimas de seguridad: Adelante, en la vanguardia, iba el verdadero guía, yo al medio y en la retaguardia, Otto, el falso guía. Los tres íbamos unidos por una cuerda atada a nuestras cinturas. No fueron pocas las veces que caí hasta la cintura en agujeros ocultos por un manto de nieve recién caída, fresca y virgen, conocida como polvo. Cuando por fin mis pies tocaron la tierra firme de los Alpes suizos, me volvió el alma al cuerpo y entendí en ese momento, de manera sensorial, que definitivamente el agua en su estado solido y líquido no es mi elemento.

Felizmente regresé sano y salvo a casa sin ningún rasguño en el cuerpo, convencido que soy cabra montuna y que mi amigo Otto, sin quererlo, se comportó como un cabrón, pero también con mucha fortuna.  

viernes, 10 de agosto de 2018

¿Quién ganará sí gana GANA en febrero 2019?


¿Quién ganará sí gana GANA en febrero 2019?

El nombramiento de Nayib Bukele como candidato oficial del partido derechista GANA para participar en las próximas elecciones presidenciales de febrero 2019 ha causado un “terremoto político”, según el conocido analista político salvadoreño, Dagoberto Gutiérrez. Este movimiento “telúrico” ha sido de tal dimensión que, hasta Dagoberto, antiguo cuadro político y dirigente del partido comunista salvadoreño PCS, ha quedado sorprendido; esa es la impresión que tuve, viéndolo y escuchándolo discurrir en una conversación televisiva digital (El Salvador Impressive, YouTube) el día 30 de julio.

Dagoberto se escabulló, como una trucha que recibe una ducha de agua caliente, y evitó olímpicamente contestar la pregunta que con mucha insistencia le planteó el periodista Ernesto López: ¿Hay un pacto de alianza entre GANA y Nuevas Ideas?

Dagoberto salió finalmente del atolladero dialéctico, pero, para mi gusto, muy maltrecho. Lo salvó la campana. Si bien es cierto que utilizó con elegancia, con humor y con mucha astucia todos los recursos retóricos, político-ideológicos, teórico-filosóficos que posee, lo que sembró durante esa conversación publica fue duda y confusión. Ahora bien, en definitiva, lo importante no fue lo que Dagoberto dijo o no dijo, sino lo que no quiso decir.

Durante la charla con el periodista, Dagoberto se mostró escurridizo y evasivo, algo muy inusual en él. No fue el maestro corifeo, elocuente y sabio que suele ser en este tipo de encuentros, sobre todo cuando su interés se focaliza en descubrir lo que “está más allá” de lo superficial. En este diálogo, los papeles se invirtieron, Ernesto López quería encontrar la verdad y Dagoberto se aferró a las arenas movedizas de la superficialidad y futilidad en la argumentación: “Bukele es militante de GANA, Bukele es dirigente de GANA y Bukele es incluso candidato presidencial de GANA”.

Sin embargo, días más tarde, el mismo Dagoberto en su comentario semanal retrasmitido vía digital por el canal “Informa TVX” (YouTube) el martes 7 de agosto (miércoles 8 en Europa), fue claro, diáfano y sin contrapuntos en relación a la política de alianzas y en particular, entre GANA y Nuevas Ideas.  Algo que hace siete días se negó a reconocer ante la pregunta del periodista Ernesto López, esta vez lo expuso sin galimatías. ¿Por qué recién siete días más tarde?

Pues probablemente las fuerzas políticas que marcan la pauta o el rumbo del movimiento social Nuevas Ideas ya llegaron a un compromiso político. Es decir, se pusieron de acuerdo en la táctica y en la estrategia política a seguir en la futura alianza con GANA y otras fuerzas políticas. Pienso que, en estas discusiones, debates y negociaciones políticas, la voz de Dagoberto Gutiérrez ha sido escuchada.

Los objetivos de la alianza “GANA-Nuevas Ideas y otros” son,  según entendí a Dagoberto, derrotar la estrategia del bipartidismo en El Salvador, logrando que ARENA no vuelva al poder y que el FMLN no continúe administrando los poderes del estado, y, segundo, asegurar la posibilidad (el subrayado es importante, ya que se trata solo de asegurar la posibilidad) de alcanzar las transformaciones político-económicas y sociales necesarias (reformas a todos los niveles) para que la sociedad salvadoreña pueda desarrollarse en paz.

Racionalmente entiendo la política de las alianzas como un vehículo de acumulación de fuerzas para lograr objetivos políticos concretos y/o programas de gobiernos específicos.  Sin embargo, pienso que pactar una alianza con GANA, para arrebatarle el gobierno al FMLN e impedir que ARENA vuelva al poder, sobrepasa el umbral de mi tolerancia política. La verdad es que se desvaneció en mí la gana que tenía de darle mi voto a Nuevas Ideas en febrero 2019.

En relación a Nayib Bukele, soy de la opinión que él tiene la idea fija, desde hace varios años, de convertirse en el próximo presidente de la República de El Salvador. Con tal de conseguir esa meta Bukele estuvo dispuesto a pactar alianzas políticas con quien fuera.  Su coqueteo y noviazgo político con el FMLN fue parte de esa estrategia. La decisión de Bukele de pactar alianzas con GANA, un vástago del partido ultraderechista ARENA, forma parte de su plan presidencial estratégico maestro.

Personalmente, no me hago ninguna ilusión de que un gobierno con Bukele a la cabeza vaya a resolver la problemática socioeconómica de la gran mayoría del pueblo salvadoreño ni mucho menos cambiar el modelo económico neoliberal, tampoco pienso que será el detonante de la revolución democrático-burguesa salvadoreña del siglo XXI.

Efectivamente, las elecciones del próximo año podrían demostrar si el pueblo progresista, democrático, humanista y marxista se ha vuelto resistente o inmune al somnífero FMLN, en el caso que Nayib Bukele saliera elegido como presidente de la república, a pesar del agravante de ser un político de derechas y representar a una fuerza política cercana a la ultraderecha tradicional salvadoreña.

¿Quién ganará entonces, sí gana GANA en febrero 2019?


sábado, 21 de julio de 2018

Entre el recurso del discurso y el curso de la política real de las izquierdas en el poder


“Ay, Nicaragua, Nicaragüita, la flor marchita de mi querer”


Los medios de comunicación recurren usualmente a la generalización del concepto político “derechas” e “izquierdas, cuando se trata de diferenciar las diversas corrientes y posiciones   político-económicas e ideológicas existentes en el mundo. Esta costumbre se remonta a los días de la revolución francesa, en la que los diputados que estaban por los cambios políticos y sociales se posicionaron arbitrariamente a la izquierda  del presidente de la Asamblea Legislativa y los que querían mantener el statu quo se ubicaron a la derecha.  Al centro se sentaron todas aquellas fuerzas políticas que no tenían un proyecto o agenda política propia.  Debido a esta reducción de conceptos, no es extraño, pues, encontrar en el saco de “izquierdistas” a partidos políticos con programas de gobierno esencialmente de “derechas”, es decir, con agendas político-económicas que contribuyen al mantenimiento y a la consolidación del modo económico capitalista globalizado.

La retórica revolucionaria es tan elástica como una goma de mascar y con ella se puede insuflar burbujas de fantasías y hacer pompas del quehacer político. Pero no siempre coincide la teoría revolucionaria con la práctica de la política real, porque, entre el recurso del discurso y el curso de la política real de las izquierdas en el poder, casi siempre encontramos un desfase, una incoherencia y en algunos casos, hasta contradicciones antagónicas.

 ¿Cuál es la vara entonces, en el sentido marxista, con que se debería medir el verdadero “izquierdismo” de las “izquierdas” a nivel global y, en particular, en Latinoamérica?

En primer lugar, el contenido del programa de gobierno y el carácter social (popular o antipopular) de la distribución de la riqueza del país y de los recursos que el aparato económico produce anualmente. Es decir, cuáles son los beneficios reales y concretos que recibe la gran mayoría de la clase trabajadora. En segundo lugar, cuáles son los poderes fácticos que están representados en la supraestructura e infraestructura del Estado, es decir, cuál es la clase dominante en la sociedad.

Analizadas, así las cosas, se llega irremediablemente a la conclusión que en el conjunto de países latinoamericanos denominados “izquierdistas”, el único estado y gobierno realmente de izquierdas es el de la República de Cuba. Pero esa harina o azúcar, es de otro costal.

En los últimos cuatro meses he leído muchos artículos acerca de la situación actual en Nicaragua y he escuchado muchas opiniones relacionadas con la crisis política que viven los nicaragüenses.  También me ha tocado leer la serenata de “puteadas” que fieles furibundos orteguistas han lanzado contra aquellos “traidores”, “vende patrias” y “renegados” que han osado criticar a San Daniel y a Santa Chayo, es decir al binomio Daniel Ortega y Rosario Murillo.

Sin embargo, hay dos artículos que me han llamado mucho la atención en los últimos días. Primero por ser sus autores, dos conocidos escritores latinoamericanos de renombre en el ámbito de la izquierda latinoamericana y, en segundo lugar, por la forma en que ambos intentan a toda costa, revivir o mantener vivos, consciente o inconscientemente, a dos cadáveres históricos: El FSLN y la Revolución Sandinista.

Me refiero al chileno Manuel Cabieses Donoso, director de la revista Punto Final, quien fuera   secretario general del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) tras la muerte de Miguel Enríquez, el 5 de octubre de 1974 en Santiago de Chile y al argentino Atilio Borón, doctor en ciencias políticas y catedrático de la Universidad de Buenos Aires.

“No quiero que mi voz se confunda con los rugidos del imperio o con los ladridos de sus perritos falderos”, escribe Donoso en la introducción de su artículo La lección de Nicaragua, de lo cual se infiere que el autor no quiere ser catalogado de ser un “traidor” o “renegado” de la causa revolucionaria marxista, por su crítica al ”binomio Ortega-Murillo”.  

Y sobradas razones tiene Donoso, pues todavía en estos días del siglo XXI se sienten los síntomas inhibidores de lo que yo denomino “el síndrome del Décimo Congreso del partido comunista ruso marzo 1921”. En dicho congreso se aprobó la moción planteada por Lenin como una medida provisoria para salvaguardar la unidad del partido y defender así la revolución bolchevique.  A partir de esa fecha la formación de fracciones y, por lo tanto, la crítica constructiva y el debate político-ideológico al interior del partido y en la sociedad quedaron prohibidos.  Stalin se basó en esta resolución, después de la muerte de Lenin, para reprimir todo tipo de oposición contra la línea del partido, es decir, su propia visión de la revolución y de la lucha ideológica.  Para Stalin, las cosas eran en blanco o en negro. O se está con la línea del partido o se está en contra. No había espacio para ningún matiz.

Por eso, durante muchos años del siglo pasado, cualquier crítica que se hiciera a los gobiernos socialistas o a sus respectivos partidos y dirigentes, despertaba una ola de resquemores en la ortodoxia militante y dogmática, y en muchos casos, hasta dudas acerca de la “lealtad” revolucionaria del escritor o del militante disidente. Por eso encuentro valiente la actitud de Donoso al presagiar el derrumbe del gobierno sandinista, y además por señalar, sin pelos en la lengua, que ese es “el destino que la historia reserva a los revolucionarios que traicionan sus principios”.

El Binomio Ortega/Murillo me hace recordar a la pareja Robert Mugabe y Grace Mugabe. Más allá de las diferencias, sobre todo las étnicas, hay muchas similitudes en el quehacer político y en el estilo de gobernar de este cuadrinomio de políticos ávidos de poder.

Atilio Borón, por su parte, en su artículo Nicaragua, la revolución y la niña en el bote, parte del supuesto que Daniel Ortega es el protector o vigilante de la revolución sandinista. ¿A qué revolución se refiere Borón? La “niña” que adoptó Daniel Ortega en las elecciones presidenciales 2006, ya en aquel entonces no era la “niña linda que nació en León”, sino una vieja arrugada e infectada de neoliberalismo hasta la médula.

¿Cómo salvar a la niña?, se pregunta Atilio Borón. ¿Botando el timonel (Ortega y Murillo) al Gran Lago de Nicaragua y dejando que se hunda el bote (el estado y el gobierno que lo administra) para que se los coman los tiburones?  Esa “niña” que nació de la sangre derramada contra la dictadura de Anastasio Somoza en julio 1979, fue descuartizada por el tiburón imperialista vigilante del Gran Caribe durante la contrarrevolución de los años ochenta del siglo pasado.

En el artículo de Atilio Borón, él sugiere de manera sibilina la política “del mal menor”. Es mejor que Daniel continue en el timón del barco –argumenta el académico argentino – puesto que no se sabe, sí lo que vendrá será peor para los nicaragüenses. Después de la derrota electoral de los 90, se sucedieron en la presidencia de la República Violeta Chamorro, Arnoldo Alemán y Enrique Bolaños, tres gobiernos derechistas y, la verdad es que no sé cuál fue la diferencia cualitativa entre la situación actual que se vive en Nicaragua y la que se vivió en esos años de gobiernos de derechas. No lo sé. Atilio Borón, recomienda, además, sí no sería más productivo que toda la flota de botes en esa zona del Caribe y Centroamérica se apresten a ayudar al desastrado (yo diría más bien desastroso) timonel Ortega para que corrija el azimut “revolucionario”. ¿La fragata salvadoreña Farabundo Martí? ¿El barco petrolero de Maduro?  ¿Quién, podría lograr entonces que Daniel de un giro de 180 grados?

La metáfora utilizada por Borón, para describir la situación actual en Nicaragua es un intento melancólico de revivir a la “niña revolucionaria”, la flor más linda de nuestro querer que Nicaragua fue en el siglo pasado y que muchos apoyamos y defendimos, pero que se marchitó y dejó de existir hace ya mucho tiempo atrás.  Si de metáforas se tratará para describir lo que en Nicaragua está ocurriendo o, mejor dicho, lo que le sucede a Daniel, pienso que el cuento de hadas del danés Hans Christian Andersen, El Rey desnudo, es más apropiado; aunque hay que decir que Daniel de pasmado no tiene ni pizca y no se ha dejado engatusar por nadie, ni siquiera por Rosario Murillo. Pero al parecer sí, por el poder y la vanidad, porque éstos pueden deslumbrar y dejar ciego a cualquier gobernante.  

Tanto Manuel Cabieses Donoso como Atilio Borón, en sus respectivas apelaciones, parten de dos premisas falsas. Ni el actual FSLN es un partido político marxista revolucionario ni la sociedad nicaragüense se encuentra inmersa en un proceso revolucionario. Tanto el FSLN histórico como la revolución sandinista ya no existen. Ya no son. Dejaron de ser lo que fueron. El FSLN, aquel que Carlos Fonseca fundó con otros compañeros en la década de los sesenta, siguiendo el ejemplo de la revolución cubana, el que derrotó a la dictadura de Tacho Somoza y el que hizo todo lo posible por derrotar a la contrarrevolución planificada y financiada por el gobierno de Ronald Reagan, no es el mismo FSLN que dirigen Daniel Ortega y Rosario Murillo. Lo único que ha quedado son las cuatro siglas y la foto del General de Hombres Libres, Augusto Cesar Sandino. Hasta el color de la bandera lo cambiaron. Lo único que le ha quedado a Daniel Ortega de su época revolucionaria es el recurso del discurso antiimperialista, pero el “bote” que timonea ya no está navegando en los ríos de leche y miel de los que retóricamente anotara en su diario Tomás Borge en sus años de guerrillero encarcelado ni tampoco creo que el velero “Chayo Murillo” atraque en el puerto que Sandino soñó. 

Obviamente, la situación en Nicaragua es muy compleja y tiene muchos matices, como para facilitar un diagnóstico diferencial político acabado a distancia que se aproxime tendencialmente a lo que ahí está sucediendo. Desde afuera, lo que se ve es una “inmensa montaña verde” a la Omar Cabezas[1]  y desde cerca, lo único que se ven son muchos árboles amontonados. La lucha de clases en Nicaragua se está transformado o ya se transformó en un rio revuelto, en el cual todo el mundo político quiere sacar provecho.

El devenir del proceso político-social y económico que está viviendo el pueblo nicaragüense dependerá en gran medida de la correlación de fuerzas de las partes políticas en contienda; pero sobre todo de la actitud de la gente, de la gran masa anónima que apoyará o le dará la espalda a Daniel y a Rosario.

En todo caso, no será ni la solidaridad ni la antipatía que se tenga con Daniel y Rosario en el extranjero la que determinará el futuro del país hermano. Nicaragua, según parece, está diciendo no al “sandinismo” de Ortega y Murillo.


[1]Omar Cabezas: comandante guerrillero, autor de la novela testimonio La montaña es algo más que una inmensa montaña verde.

domingo, 15 de julio de 2018

Recordando a Eladio Velásquez, Chocolate


Recordando a Eladio Velásquez, Chocolate


En la década de los sesenta del siglo pasado existió en San Salvador un célebre payaso que llevaba por nombre artístico Chocolate. Por lo general, cuando se es niño uno no se pregunta, sí el artista en cuestión tiene nombre de pila y apellido, mucho menos reflexiona acerca de los porqués del seudónimo. Ahora, 58 años más tarde, recordando a Eladio Velásquez, Chocolate, se me antoja pensar que, a Eladio en su niñez, el heladio que más le gustaba era precisamente el de chocolate, y en barquillo. Aunque en realidad, probablemente fue la gente que le puso ese sobrenombre por el color achocolatado de su rostro. En la idiosincrasia del salvadoreño los apodos son el aderezo en las comunicaciones sociales. Uno conoce a los amigos y enemigos más bien por el mote que por su nombre de bautismo.  Recuerdo a un amigo de la infancia a quien llamábamos “Pijuyo[1]” por el tinte negro carbón de su piel. Cuando la pandilla de niños que éramos, íbamos a su casa a buscarle para jugar al futbol o beisbol, su madre enfadada salía a sermonearnos que su hijo tenía nombre propio. Una vez que nos había puesto a parir, gritaba desde la puerta: ¡” Pijuyo”, te busca “Cariño”, “Kike Cabra” y “Caramelo”!  La gente en mi país de origen es muy creativa en poner apodos.

El Circo Chocolate era itinerante, pero netamente salvadoreño. Era un circo pobre en el que la variedad del programa también lo era, ya que Chocolate, quien al mismo tiempo era artista múltiple y dueño, tenía que desempeñar varios roles: desde vender las entradas, director de escena, musico, malabarista y desde luego payaso.  

En aquellos días se podía jugar por las tardes o por las noches Mica[2] o Escondelero[3] en plena calle, sin temor a ser atropellado por un vehículo ligero o pesado. Jugando “Mica” la mejor entre las niñas era mi hermana menor, a quien por su rapidez en las piernas era muy difícil atraparla. Entonces, sucedía que cuando llegaba el circo Chocolate al barrio, en la 20 avenida norte no había niño ni niña jugando en la calle. Todos estábamos presenciando el espectáculo circense de Chocolate.

Chocolate no podía competir con los circos itinerantes de la talla del colombiano “Royal Dumbar” o el de los hermanos mexicanos Atayde que de vez en cuando llegaban al país. Obviamente, de mejor calidad, con más varieté y por supuesto, mucho más caro.  Así que para los niños, jóvenes y adultos de la Colonia La Rábida sin muchos recursos económicos, Chocolate era siempre una atracción y una opción económicamente cómoda para los padres de familia.

Sobre todo, lo que más le gustaba a mi cuadrilla eran los porros del colombiano José María Peñaranda que cantaba Chocolate. Flipábamos con estas canciones, que  por lo general, estaban escritas con  “doble sentido”, algunas de ellas eran tan explícitamente sexistas, como la Inyección, cuyo texto habla de una muchacha que sufría del corazón y para curar ese mal, Peñaranda le receta una inyección. “¿Quién me la pone?”  – pregunta preocupada la niña. “No te preocupes mi hijita, esa te la pongo yo – responde José María”.  Una clara alusión al acto sexual.

El circo se instalaba en un predio baldío en el pasaje Pinto y 20 avenida norte. Los niños siempre nos las arreglábamos para ver el espectáculo de manera gratis. Una vez iniciada la función nos metíamos debajo de la carpa y así, como que no quiere la cosa, en pocos minutos nos encontrábamos sentados en las bancas. Como mi hermanita era tan rápida como Speedy González, ella era una de las primeras en entrar al circo sin pagar. Según ella, nuestro padre ignoraba las visitas ilícitas al circo. Él nunca nos prohibió ir al circo, más bien se divertía en silencio escuchando nuestras mentirillas y excusas. 

Un día de tantos, regresa mi hermana a casa feliz y sonriente entonado   la Panadera de Peñaranda. “¿De dónde vienes?” – preguntó mi padre, poniendo cara de Juan Vendémela Laconserva[4].
“De hacer los deberes donde Gladys” –respondió ella y siguió cantando.
“Y también estaba con ustedes “Teresa la panadera” haciendo las tareas” – ripostó mi papá, dejando entrever una pícara sonrisa.

Nunca se me ocurrió preguntarle a mi hermana si sabía de lo que iba el texto de la canción. En cualquier caso, nunca escuché a mi hermana cantar con tanto gusto y salero las canciones que aprendió escuchando al payaso. No se sí todavía las recuerda, pero yo, como sí hubiera sido ayer.

Gracias, Chocolate, in memoriam, por haber hecho reír a carcajadas a tantos niños pobres y por repartir tanta alegría por tan poco dinero.



[1] Pijuyo: Pájaro de plumaje negro carbón. Crotophaga sulcirostris.
[2] Mica: Juego que consiste en que un niño o niña debe perseguir y tocar a los demás para pasarles la mica, al que lo toque ese será el nuevo que andará la mica y deberá perseguir a los demás.
[3] Escondelero. Jugar a las escondidas
[4] Poner cara de incrédulo o de tonto

domingo, 8 de julio de 2018

Hablar del fútbol “europeo” es una verdadera gansada


Hablar del fútbol “europeo” es una verdadera gansada


Todavía tengo grabadas las imágenes del histórico partido Alemania-Inglaterra en el mundial del 66 del siglo pasado; así como la violenta entrada de Joao Morais, el defensa portugués, al “Rey del futbol”:  Edson Orantes Do Nascimento, Pelé. Luego, vino México 70 y Brasil dedicó al mundo del balompié, el 21 de junio en el Estadio Azteca la Tercera Sinfonía futbolística Jules Rimet en Sol Mayor, lo más excelso y elegante que mis ojos habían contemplado en una cancha de fútbol hasta ese momento. Esa obra maestra futbolística, interpretada por doctos en el arte de acariciar el balón como si se tratara de un Stradivarius y de meter goles como si de una batería de Katiuskas se tratara, fue el producto de la mejor escuadra brasileña de fútbol, según mi opinión, de todos los tiempos. 

Casi medio siglo después de aquel fabuloso concierto en el Estadio Azteca, confieso que casi me quedé dormido en el sofá presenciando el futbol tipo “armario IKEA” de los ingleses y los suecos esta tarde de julio. Pero, según el dicho, en cuestión de gustos no hay nada escrito, y para mi vecina, quien ni es inglesa ni sueca, este partido soporífico le pareció uno de los mejores en lo que va del campeonato.

Más allá de la interpretación personal del futbol que se tenga, coloreada muchas veces por las banderas y los sentimientos patrióticos que un partido de futbol pueda generar o de los conocimientos técnicos futbolísticos que se dominen, está el hecho concreto que el deporte en general y el futbol en particular, se han transformado en una moderna y lucrativa industria.

Sí en 1970 todos los integrantes del equipo brasileño que jugaron el torneo pertenecían a equipos nacionales, en 2018 todos, los jugadores con excepción de Fagner, que Tite, el entrenador de la Canarinha, envío a la cancha, están fichados actualmente por clubes europeos. Cuando Argentina quedó campeón en 1978 solamente Mario Kempes formaba parte de la plantilla de un equipo extranjero (Valencia CF/España). Por el contrario, en este campeonato de los 21 jugadores argentinos convocados por Jorge Sampaoli, solamente 4 jugadores juegan en Argentina.

La balanza futbolística entre Europa y Latinoamérica a nivel de campeonatos mundiales desde 1930 hasta 2018 se inclina sin lugar a duda, a favor de Europa. Este hecho no se debe a que el fútbol “europeo” sea mejor que el otro, sino más bien, así lo veo yo, a que en Europa está concentrado el poder económico-financiero. No solo es la técnica, la táctica, la condición física y ni siquiera la política lo que determina hoy en día la superioridad futbolística de una u otra nación. En gran medida es el capital y la mercadotecnia.   Los europeos tienen la supraestructura y la infraestructura necesarias para hacer del fútbol élite un producto altamente rentable.

Los futbolistas actuales son empleados altamente cualificados de una empresa que bien puede llamarse Federación de Fútbol XYZ o Barcelona FC, Real Madrid, PSG o Manchester United, tal como lo es un ingeniero electrónico o un ingeniero industrial extranjero en Mercedes Benz, FIAT o Peugeot.

Ahora bien, efectivamente el mejor fútbol en su conjunto es el europeo, porque ahí está concentrada la Crème de la Crème del fútbol mundial, porque en un momento de la globalización del capitalismo, Europa sedujo con los euros a los mejores futbolistas, y a padres de muchos niños y jóvenes talentosos.

Por eso me parece, que hablar de fútbol “europeo” es una verdadera gansada.

viernes, 11 de mayo de 2018

La pelea del siglo: What’s App y Facebook versus el sentido común


 “La pregunta es lo que nos impulsa” (Trinity, en Matrix) 



Según el evangelio de San Juan (20:24-29), el apóstol Tomás, en un momento aciago, dudó de las palabras de los otros apóstoles, cuando éstos le contaron que habían visto a Jesús redivivo. No creeré hasta que no meta mis dedos en el lugar de los clavos, respondió categórico el incrédulo Tomás.

Desde aquellos días del imperio romano hasta nuestra época del capitalismo globalizado, el dicho popular de “Ver para creer” expresa desconfianza y recelo a todo aquello que no percibimos con nuestro propio sentido de la vista. Aunque en la actualidad está científicamente comprobado que la realidad no es todo lo que vemos, todavía hay mucho ingenuo que solo se fía en lo que ve.

El miedo, la fantasía, el afán de lograr fama y lucro son, por lo general, el material básico con que se elaboran las historias más inverosímiles en todas las culturas. Así han surgido las leyendas de Big Foot, Yeti, Ameranthropoides loysi, Loch Ness y otras más.

Un caso curioso que mantuvo ocupada por un tiempo a la ciencia y a la psicología a principios del siglo XX fue el famoso caballo alemán “Juan, el inteligente” (Hans der Kluge) el que, según su dueño, sabía aritmética y poseía otras facultades intelectuales, como decir la hora o el día de la semana, por supuesto no con relinchos ni con lenguaje humano, sino con coces. Y efectivamente, el cuadrúpedo Juan, “sabía” sumar, restar y multiplicar.  Tanto fue el alboroto en torno al corcel que se formó una comisión de expertos, entre ellos el psicólogo experimental Oskar Pfungst, para observar el fenómeno y poner a prueba las aptitudes matemáticas de Juan, el caballo inteligente.

Finalmente, Oskar Pfungst develó el misterio de la bestia inteligente. Detrás de todo estaban las consecuencias directas de un fenómeno, hasta ese momento desconocido por la psicología experimental, al que Pfungst bautizó como el efecto “Clever Hans”, que consiste en la posibilidad de contaminación involuntaria por parte del experimentador de los resultados en un experimento cualquiera mediante gestos, tonos de voz y lenguaje corporal.  

A pesar de haberse demostrado científicamente que Juan no sabía nada de aritmética, su dueño, Wilhelm von Osten, un profesor de matemáticas y entrenador de caballos, siguió mostrándolo a grandes y chicos. Ahora bien, aunque Juan no dominaba ninguna de las técnicas culturales de los humanos que se le atribuían, tan burro no era, pues había que tener algo de “inteligencia” para interpretar correctamente el estado anímico de su dueño y su comunicación verbal y no verbal. Entre Wilhelm von Osten y su caballo, el más inteligente era obviamente von Osten, quien continuó cautivando a incautos con su potro superdotado y por supuesto, ganando mucho dinero con el espectáculo circense. 

Estos ejemplos mencionados son solo una pequeña muestra de cómo la mente del ser humano se ha visto expuesta, desde tiempos remotos, a ser manipulada de manera directa o subliminal, análoga o digitalmente por individuos, grupos de personas, agencias de mercadotecnia, partidos políticos o servicios de inteligencia estatales, ya sea para alcanzar un fin religioso, cultural, comercial, político, ideológico o para hacer reír, o simplemente para tomarle el pelo a la gente.

La posibilidad de “ser tomado por tonto” es proporcional a la cantidad y calidad de la información recibida. Entre más refinado sea el engaño y entre más gente propague el bulo, mayor será la probabilidad de proliferación.  Nadie se escapa de caer en algún momento en las trampas digitales que abundan en la red. Así como en el mundo de las comunicaciones digitales modernas existe lo que se conoce como “filtro spam”, todos los seres humanos adultos poseemos un “filtro” natural basado en la experiencia individual y colectiva conocido como el sentido común.  Pero hay que tener siempre presente, que el sentido común, en primer lugar, no es un sentido sensorial estrictamente hablando y, en segundo lugar, no sustituye, en ningún caso, el análisis crítico e integral de los acontecimientos en la sociedad. Es decir, que el sentido común no es un vademécum para resolver todas las vicisitudes de la vida, pero si puede servir, cuando se utiliza de manera racional, como herramienta rudimentaria para juzgar las cosas que suceden en el entorno social y familiar.

Sin embargo, pareciera ser que a medida que la humanidad se adentra en la selva digital del siglo XXI, el “sentido común” se va convirtiendo en el menos común de los sentidos. Según el reporte 2017 de We are social y Hootsuite un 37 % de la población mundial (2.789 millones de usuarios) utilizó para la comunicación interpersonal vía internet las plataformas sociales Facebook, FB Messenger, What’ App, You Tube entre otras.   

¿Quién domina el mundo digital?

En la película Matrix de los hermanos Wachoswki son las máquinas las que gobiernan el mundo y en Ready Player One de Steven Spielberg es la virtualidad de Oasis la que marca la pauta.
Ahora bien, hablando en sentido figurado, no es equivocado afirmar que, en la actualidad, gran parte de la población mundial está siendo dominada por las maquinas. No es extraño ver en el bus o en el tranvía a un adulto mayor leyendo los mensajes de What’s App o en casa mirando la tele y al mismo tiempo el display del IPhone. Y, ¿qué decir de la juventud moderna con sus consolas de juegos cibernéticos?

No pongo en duda la importancia y necesidad del desarrollo de los sistemas digitales. La digitalización es necesaria para el desarrollo de la ciencia, la técnica y la tecnología, aparte de ser una variable importante en la industria, el comercio y la educación. Es casi imposible imaginar el futuro del ser humano exento de la electrónica digital.  El problema no es la digitalización de la sociedad moderna en sí. Más bien radica en el abuso y manipulación que hace el usuario de ella en el mainstream mediático.

Soy de la opinión que, si los usuarios de la red utilizáramos un poco más el sentido común y nos planteáramos tres preguntas esenciales: ¿Qué quiero saber? ¿Qué objetivos persigue el mensaje? ¿Qué hacer con la información?, evitaríamos así, la propagación viral de mensajes basura de carácter sexista, racista y xenófobo y la divulgación de información manipulada, es decir, los llamados fake news.

Pero todo parece indicar, según las estadísticas, que la pelea del siglo entre el sentido común versus What’ App y Facebook la está perdiendo por puntos, sin lugar a duda, el sentido común.

La derrota del sentido común es lenta, pero segura. Más no pierdo la esperanza que en un futuro cercano salgan al mercado nuevos dispositivos electrónicos con nuevos algoritmos que permitan configurar individualmente diferentes tipos de filtración de ripio digital.  

¿No piensa usted , estimado lector, que sería una buena solución?