sábado, 23 de enero de 2021

Poorest Trump

 

Poorest Trump

 

En el mundo fantástico del director de cine norteamericano Robert Lee Zemeckis, Forrest Gump, interpretado magistralmente por Tom Hanks, representa las características o virtudes humanas a través de las cuales se puede catalogar a una persona de buen corazón. Es decir, Forrest es la bonhomía por antonomasia, así, como Hollywood es la máxima expresión del séptimo arte.

Forrest Gump se nos presenta como un hombre bondadoso, empático, sincero, humilde, leal, noble, generoso e inocente como un niño. Imaginemos solo por un instante que a los señores Zemeckis y Spielberg se les ocurriera filmar la vida del 45avo presidente de los Estados Unidos, es decir, contarle al público la cruda biografía del ciudadano Trump: Poorest Trump, cuya versión española llevaría por nombre: El paupérrimo señor Trump.

El Hollyworld de Hollywood es un espacio cerrado y limitado, en el que, aunque multicolor, impera la ley del mercado y la del pensamiento dicotómico polarizado. Es decir, blanco o negro, malo o bueno, todo o nada, se gana o se pierde. Esta cosmovisión, mercantil y oportunista, no permite entender la dialéctica de la vida ni de las múltiples cosas que suceden en el accionar del hombre en la sociedad. Sí bien es cierto, que las generalizaciones y estigmatizaciones puedan tener una función orientadora por su simpleza explicativa, en la inmensa mayoría de los casos, no sirven para analizar, profundizar, entender y comprender la complejidad de los fenómenos de manera holística, sobre todo, los político-ideológicos y económicos; así como el comportamiento y actuación de los sujetos interactuando.

Es decir, que la información escrita, verbal o audiovisual que propagan todos los medios de comunicación, tanto los clásicos como los modernos, es materia prima que siempre tiene que pasar los cedazos del cerebro de cada uno. Dependiendo de los tipos de filtros utilizados en el enfoque y análisis, así será el producto final. No obstante, la criba informativa no es un proceso fácil y automático, pues, separar la paja del trigo es un trabajo tan arduo e intensivo, como lo es la cosecha del trigo de verdad, el Triticum. No todo aquel que estila sombrero de paja luce un Jipijapa, pues con la paja barata de Panamá no se teje un elegante y fino sombrero Borsalino.

No dudo que para muchas personas, Trump no sea el pobre diablo, que algunos suponemos o aseguramos que es. Personas que lo han tratado personalmente de manera profesional o privada, como su exabogado Michael Cohen o su sobrina Mary Trump, confirman estas suposiciones. Lo interesante es que no han sido pocos los que se dejaron seducir en estos años con el discurso populista, ultranacionalista, demagógico, racista, xenófobo y cayeron como chimbolos (en náhuatl, Tsinpulo, pequeño pez de rio) de aguas turbias en la atarraya del misógino magnate y playboy norteamericano.  

En mi opinión Donald Trump ha dado públicamente pruebas suficientes de su pobreza emocional, intelectual y espiritual, algo que no puede compensar nadando en una piscina llena de dinero, como la que tiene el tío Rico de Donald Duck en las tiras cómicas. Ahora bien, quien solo en dinero nada, al final no tiene nada. Nada de nada. Veríamos entonces en el largometraje a un hombre egocéntrico, soberbio, ignorante, ambicioso, avaro, maleducado, caprichoso, incapaz de aceptar críticas y falto de autocrítica, falaz, mentiroso, traicionero, vengativo, machista, racista, xenófobo, despreocupado por los demás, amargado y déspota.  En fin, consciente que me quedo corto con esta retahíla de adjetivos calificativos, debo parar aquí, para no hacer de este escrito una letanía moralista.  

Hasta el año 2016 no me había percatado de la existencia del ciudadano norteamericano Donald Trump, debido tal vez, a que en esa época, para el “producto Trump” no existía un mercado internacional. Y, si lo hubo, no me enteré. Pienso que, si hubiera sido un lector de la revista dizque erótica y 100% machista Playboy, publicada por el finado Hugh Hefner, a lo mejor hubiera conocido al playboy Trump. Como sea, no creo haberme perdido mucho.

Aunque entiendo y comprendo que haya  mucha gente, de color blanco leche (los gringos cheles ),  que creyó en él, me es difícil aceptar el hecho de que haya  también muchos latinoamericanos  dentro de la manada de corderos, cabros y cabrones que bailan al compás del gran becerro de oropel y que siguen sosteniendo  que él es el elegido paladín de la democracia occidental, que es él el adalid de las masas populares, el ansiado y esperado Führer anglosajón, quien protegerá  a las minorías blancas de la marabunta latinoamericana y africana. En fin, como decía un viejito demente en el barrio Santa Anita, mientras se comía los mocos: “…en cuestión de gustos, no hay nada escrito…” A pesar de su deterioro mental, el vetusto citadino tenía su razón y algunas veces hasta zurrazón. En efecto, cada uno es libre de desear o de opinar lo que quiera. Sobre gustos y colores-políticos- no hay nada escrito.

Mucho se ha escrito en el ultimo tiempo acerca de la naturaleza ideológica de Donald Trump. Según algunos, se trata de una especie de político con características fascistoides, proto fascistas o fascista en ciernes. Yo opino, que Trump es otro apologeta más del fascismo en su expresión más pura y diáfana como en su momento lo fue Adolf Hitler y Benito Mussolini. Esto no significa que esté comparado uno a uno a estos personajes ni tampoco mezclando épocas y condiciones político-económicas a nivel mundial. El fascismo, entendido éste como tendencia político-ideológica y económica, dentro de la clase económica dominante (las burguesías y oligarquías nacionales, el gran capital internacional financiero e industrial) es la expresión más violenta y brutal del capitalismo a nivel planetario.

El “Trumpismo”, tal como lo define la prensa burguesa y conservadora nacional e internacional parece ser un eufemismo para describir al fascismo norteamericano, porque no tienen el coraje periodístico de nombrar al pan pan y al vino vino. El fenómeno del fascismo gringo no es algo nuevo. El movimiento Tea Party de Sarah Pelin y el magnate neoyorquino Donald Trump son los fieles continuadores de la vieja extrema derecha en los Estados Unidos, que dicho sea de paso, anida en los dos grandes partidos o plataformas presidenciales. Ya en los albores de la segunda guerra mundial, durante la presidencia de Franklin Delano Roosevelt (demócrata), surgió el Comité “America First” en las filas de los republicanos que propugnaba por la no intervención estadounidense en la guerra contra la Alemania fascista hitleriana e incluso abogaba por establecer una alianza político-militar con el tercer Reich. El afamado escritor Philip Roth de refinada pluma describe con perspicacia, ironía y buen humor esta parte de la historia contemporánea de los Estados Unidos en su novela de ficción-histórica: La conjura contra América (The Plot Against America).

Los líderes o Führers mueren biológica-o políticamente. Pero el fascismo, la tendencia más primitiva, bárbara y salvaje dentro del capital, sigue en estado latente, preparada para salir en defensa de los intereses clasistas estratégicos cuando y donde sea necesario. El fascismo no envejece ni se muere, solo se transforma. Primera ley de la ultraderecha radical.

 

… ¿Y la película? Pienso que después de todo lo dicho anteriormente, debería quedar claro que, en la hipotética película de ficción Poorest Trump, la señora Blue (afroamericana), la madre de “Bubba”, jamás hubiera recibido los beneficios de la empresa camaronera, si Trump hubiera sido el dueño de la compañía. 

sábado, 16 de enero de 2021

Cuando la muerte es más que un guarismo o la torre de Trump

 

Cuando la muerte es más que un guarismo o la torre de Trump

 Aunque en determinadas circunstancias la muerte puede ser un hecho traumático, tanto para el que la está viviendo como para el que la está presenciando, por lo general no lo es. A veces la muerte se anuncia metafóricamente como la llama de una vela encendida en su fase final, que a pesar de la penumbra y el vacío que queda, ilumina el espacio-tiempo. Son los momentos en que se comprende que la vida es la hermana gemela monocigótica de la muerte.

Las diferentes formas de vivir la muerte están íntimamente ligadas a los conceptos y cosmovisiones que cada individuo o colectivo sociocultural tenga de este proceso natural.  A lo largo de la historia en las diferentes sociedades humanas, la muerte ha tenido variadas interpretaciones filosóficas y religiosas.  En este escrito se entiende la muerte como un estado biológico y como la última experiencia de todo ser, en general, y en particular, la del ser humano, sea ésta consciente o inconsciente. Es decir, cuando todas las células y todos los órganos vitales de los sistemas circulatorio y neuronal dejan de funcionar y entran en un proceso irreversible de descomposición. Me permito   esta aclaración, para evitar que algún avezado y perspicaz lector o algún exegeta religioso se mosquee y se sienta obligado a demostrar y defender la hermenéutica religiosa de la vida y de la muerte. Lo que aquí escribo, puede ser miel o hiel que puede atraer o repeler a abejas, abejorros y a una que otra necia mosca.

La vida y, por consiguiente, la muerte en la sociedad son dos aspectos fundamentales en la política-económica de cualquier nación. Esto quiere decir, que tanto el derecho a una vida de bienestar y, por lo tanto, el derecho a morir dignamente es una cuestión que tiene que ver con el poder político-económico o bien, con la debilidad de un régimen político determinado. Tanto es así, que existen índices para medir los niveles del desarrollo humano, de la felicidad, de la riqueza y pobreza, de la violencia, etc., etc. Para cuantificar estos objetivos la sociedad cuenta con instrumentos analíticos como las estadísticas, la demografía y el sistema de salud publica y privada.

Las estadísticas y la pandemia SARS CO V2

Las estadísticas, en especial, son una herramienta importante para el análisis científico de un hecho o proceso político-cultural y social-pandémico, cuando estos son ponderados, descontaminados y relativizados. Empero cuando se trata de muertes, el contenido explícito y el implícito tienen otra connotación. Es decir, la muerte deja de ser un simple guarismo.

Desde que comenzó “oficialmente” la pandemia en Europa hasta este día, 16 de enero, han trascurrido 308 días, de los cuales 295 los tengo estadísticamente registrados. Según la Universidad Johns Hopkins de Baltimore, los Estados Unidos es el país con más número de infecciones y mayor cantidad de muertes (394 mil). En estas cifras se esconden, en buena parte, las malas políticas anti epidémicas de la administración de Donald Trump.

El todavía presidente de los Estados Unidos no solamente fracasó con su política pandémica, sino que tampoco fue el mandatario que garantizara la seguridad de TODOS los ciudadanos. La demagogia de su discurso anti electoral, la parcialidad en la gestión del Movimiento Black Lives Matter y la invocación a la violencia para revertir el voto popular, dejaron al descubierto lo que Donald Trump entiende por democracia. 

Aprendí en el colegio, poniendo mucha atención a nuestro profesor de matemáticas apodado cariñosamente “El Cherito Belgarí” (Alejandro Bellegarrigue, descendiente de franceses, a lo mejor, pariente del anarquista francés Anselmo Bellegarrigue), que todo aquello que puede ser medible recibe el nombre de magnitud. Medir es comparar una magnitud con otra de su misma especie que arbitrariamente se toma como unidad. El resultado de toda medida es siempre un número que es el valor de la magnitud medida y expresa la relación entre esta magnitud y la que se toma como unidad.

A fin de facilitarle al estimado lector la abstracción de lo que significa 1 cadáver apilado a otro, me tomo la libertad con fines didáctico-pedagógicos de definir como unidad de medición un ataúd estándar alemán rústico concebido para un adulto, cuyas medidas son 2 metros de largo, 0,7 metros de ancho y 0,65 metros de altura.

Sí nos propusiéramos almacenar el número de estadounidenses muertos a causa de la COVID-19 hasta el día de hoy en un área de 20 metros por 20, lograríamos colocar en posición horizontal 280 ataúdes. Sí la resistencia de materiales y las leyes de la estática lo permitiesen, podríamos continuar ordenando las cajas mortuorias hasta alcanzar una altura aproximada de 915 metros. De tal manera, que al final habríamos hecho con los 394 mil ataúdes una torre casi 5 veces más alta que la torre Trump en Nueva York. A esta yo la bautizo con el nombre de la torre pandémica de Trump.

lunes, 28 de diciembre de 2020

Permitídme que me presente…..

 

Permitídme que me presente…..

Los humanos me llamáis  desde hace muchos años por mi apodo, “Virus”, que viene del latín antiguo y significa veneno. No me extraña, pues está en vuestra naturaleza  ponerle nombre a todo aquello (la “cosa”, como dicen los filósofos)  material, lo visible o lo invisible, que por ignorancia  o por miedo ancestral no podéis explicar con la razón o el conocimiento. De esta forma, creasteis, sin saberlo, a vuestro propio creador.  Este fenómeno lo explicó el famoso erudito Platón en el libro VII de su tratado filosófico La República con la alegoría de los hombres prisioneros en  una oscura caverna.

Soy  parásito en cualquier célula animal o vegetal  y no me avergüenzo por ello;  para sobrevivir y reproducirme me veo obligado a utilizar  hábilmente el mecanismo de proliferación de la célula, y aunque existo probablemente mucho antes que la misma humanidad,   todavía no sabéis a ciencia cierta  cuales son mis orígenes. Existo, no por que piense, sino porque mi existencia  queda manifiesta en muchas de vuestras patologías. Soy simplemente una partícula de código genético, encapsulada en una vesícula de proteínas.    Ni en los libros sagrados ni en los anales de la ciencia se encuentra alusión alguna con respecto a mi creación. Ni siquiera el hijo del Todopoderoso sabía que ya en aquellos tiempos existía una “cosa” más pequeña que la semilla de mostaza. De haberlo sabido, el relato de  Mateo en 13, 31-32 diría otra cosa. Ignoro si en aquellos parajes mesopotámicos existían ya las orquídeas, pues existe una variedad de estas plantas cuyas semillas son más pequeñas que las de la mostaza. Verás, soy mucho más pequeño que una semilla, incluso  que una  bacteria,  que ya es mucho  decir, puesto que una micra, el tamaño estándar de un bacterium (también los hay más pequeños), equivale a una millonésima parte de un metro. Es decir, que para poder percibirme necesitáis un microscopio electrónico de transmisión (MET).  Soy un “nanonésimo”, es decir, un enano necio, un David moderno, que   derrota a Goliat  produciendo COVID 19.

Soy tan pequeño que vuestros científicos todavía no saben  sí soy materia viva o muerta, tampoco  sí soy un microorganismo o sí fui diseñado en algún momento por vuestro creador. En  Génesis 1:26-27 solo encontrareis como llegó vuestro linaje  a la tierra y en Génesis 2:7  que sois producto de un polvo. Vosotros, los que tenéis fe ya lo sabéis,  sois en definitiva seres de barro. Yo, en cambio, no sé de dónde vengo.  No me encontrareis  en Génesis 1:11 ni en 1:21 ni tampoco en 1:24. ¿Qué seré yo entonces?    ¿Seré tal vez una degeneración celular?  ¿Un extraterrestre?

Ahora bien, no penséis que todos los virus tienen “mala leche” como yo. Por el contrario, la mayoría de mis familiares juegan un rol importante en la evolución de la vida en el planeta tierra. Así pues, no os enfadéis conmigo, pues cuando estoy en vuestros organismos mi única misión y razón de existir es la de neutralizaros  y, sí estáis lo bastante débil para resistir la embestida, aniquilaros. Así de simple es mi función. Por el amor a vuestro creador, no me juzguéis mal por  ello.

Como no sabéis tampoco quien soy y de dónde vengo, permitidme que me presente. Mi nombre es Corona Virus II, así me bautizaron vuestros expertos en virología, para ser más preciso, soy el agente patógeno y secreto  SARS CO V2.  Aunque, a decir verdad, dejé de ser secreto unos días más tarde iniciada la pandemia allá en la provincia china de Wuhan hace casi un año.  Soy un virus de cepa, es decir, con pedigrí. No soy de esos virus que van por ahí presumiendo que son virus de diseño, es decir, de laboratorio.  Todos mis parientes cercanos, los zoonóticos patógenos,  os han causado  hasta la fecha, muchos dolores de cabeza, molestias en las vías respiratorias y otros órganos vitales, como el corazón. Mientras que mis congéneres lejanos son los causantes de la rabia, la poliomielitis, el SIDA, el sarampión, las paperas, la viruela y la varicela, yo, particularmente, ataco, ya lo habéis comprobado,  los bronquios, pulmones y el cerebro en primera instancia. Acerca de las infecciones secundarias o daños colaterales, para utilizar un término militar muy común en vuestro lenguaje, tendréis que ser pacientes hasta que vuestros expertos en patología os esclarezcan  el penumbroso  panorama.  

Vosotros los humanos sois gigantescos en comparación con mi tamaño, empero en poco tiempo os he señalado vuestras fronteras, límites que ni vosotros mismos conocíais. En poco tiempo he hecho temblar  gobiernos, he puesto en ridículo a un presidente ignorante que pensó que podía combatirme con inyecciones de lejía, he colocado en la picota a políticos y  gobernantes incapaces, he dejado al descubierto las deficiencias de vuestros sistemas sanitarios, he evidenciado la injusticia socio-económica del sistema capitalista, he cuestionado el derecho laboral de vuestra tan cacareada democracia parlamentaria, he puesto patas arriba vuestras costumbres y hábitos, os he desestabilizado el espíritu, habéis perdido por mi culpa amistades y, además  he sembrado el miedo y el pánico en vuestras familias. Vuestra arrogancia y soberbia os había  hecho creer que erais invencibles, que podríais  detenerme  con solo el hecho de negar mi existencia o creyendo que todo este rollo era un invento de las élites de poder en vuestra sociedad de consumo.

Soy el corona virus II y llegué para quedarme por mucho  tiempo. No obstante, debo reconocer, que mi permanencia entre vosotros los humanos no depende de mi voluntad. En vuestras manos está la solución de la crisis. Ya tenéis el antídoto, maldita sea,  pero debo reconocer que os había subestimado. Me quito la “corona” ante vuestros científicos.  Sin embargo, mientras os sigáis comportando como hasta  ahora, es decir, haciendo gala de irresponsabilidad, pasotismo, negacionismo y gillipollez,  os seguiré dando la lata  y metiendo muertos como sardinas en una gigantesca lata. Ya son casi dos millones los que he enviado al Más Allá o al Nirvana. Y la verdad es que me importa un Spike (la proteína que facilita el contagio de la COVID-19), seguir enviando al cielo o al infierno  a justos  o pecadores.

Ahora que sabéis quien soy y el peligro que represento para vuestro bienestar y bienvivir me pregunto: ¿Qué haréis? ¿Seguiréis irrespetando las normativas? ¿Seguiréis con el rayado pregón de la dictadura corona? No lo sé, pero me temo que seguiréis jugando a la ruleta rusa, pues todavía no habéis comprendido la naturaleza de mi juego. Sois una especie de animal muy singular, la más destructiva del medio ambiente después de los dinosaurios. Mientras continuéis con el cachondeo actual, entraré y saldré de vuestros hogares  como Pepe sale de su casa, con el agravante que el  Pepe que yo digo, no regresó nunca más a su lar.

Os tengo de rodillas a todos, sin distinción de edad, sexo,  etnia, nacionalidad,  condición económica y profesional, filiación política o religiosa.

No. No soy yo el culpable de la pandemia. Sois vosotros.

Irrespetuosamente y sin estimación alguna,

vuestro famosísimo agente zoonótico patógeno,

SARS CO V2

 

domingo, 6 de diciembre de 2020

Réquiem de un agnóstico para Maradona

 Réquiem de un agnóstico para Maradona o El homúnculo que albergamos todos

 

De dioses, semidioses e ídolos está ahíto el mundo moderno de los deportes. Empero el balompié es un mundo especial, además de ser una fábrica universal inagotable de genios, virtuosos, talentos y tataratas (torpes futbolísticamente hablando en El Salvador).

Sin duda alguna, Maradona, “El Pelusa”, dios del futbol, se encuentra ya en el Olimpo. Lo vi jugar en el Ramón Sánchez Pizjuán en su corto paso por el Sevilla FC contra el Real Burgos CF (1-0) cuando ya estaba en el ocaso de su carrera. Aparte de un par de “virguerías” (piruetas o malabares), que provocaron los vítores de la afición, fue muy modesta su participación en el partido, en comparación con el croata Davor Šuker o su compatriota Diego Simeone. 

Aunque Maradona fue el ídolo para muchos futbolistas y aficionados de mi generación, personalmente es muy poco el contenido emocional que guardo de él en mis amígdalas, no las palatinas, sino las cerebrales. Esto se debe al hecho, que en los años en los que Maradona estuvo en su apogeo toda mi atención se centró en la política y en las actividades político-sociales en contra de las dictaduras militares en el Cono Sur organizadas por el estudiantado latinoamericano en Europa.

A raíz de la muerte del astro argentino, Diego Armando Maradona, se ha desatado en la red un vendaval de plegarias, lamentos, notas luctuosas e hiperbólicas, pero también una avalancha de improperios, insultos y una mescolanza de prejuicios moralistas y discriminantes, así como, afortunadamente, comentarios periodísticos serios y ponderados.

Para todos aquellos que se alzan como jueces inmaculados y sin olor a rancios pescados, señalando con dedo acusador el comportamiento y conducta del ciudadano Diego Armando Maradona fuera del terreno de juego y del ámbito deportivo, quiero recordarles que más allá de sus errores, deslices y excesos, nadie tiene el derecho a juzgar, a condenar y a sentenciar de motu proprio a otra persona.  Para esos fines existe el derecho penal.   

Todos los seres humanos, sin excepción alguna, no somos lo que aparentamos ser. Todos albergamos en nuestro interior un homúnculo emocional, es decir, un hombrecillo feo que guarda nuestras más bajas pasiones. Además, y no es justificación a su conducta, clínicamente hablando, Diego Armando Maradona padecía una dependencia severa de la cocaína, según lo establecido por el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5), y, por lo tanto, él era una persona enferma desde hacía ya muchos años, a decir del mismo Maradona, desde 1982. En este sentido, quién esté libre de pecado y no huela a pescado, que lance la primera piedra. 

Ahora bien, para entender y comprender holísticamente el fenómeno deportivo Maradona, principalmente en Argentina y en Nápoles, se requiere, según mi opinión, la intervención de psicólogos, parapsicólogos, sociólogos, antropólogos, semiólogos, toxicólogos, etólogos, fenomenólogos, traumatólogos, demonólogos, criminólogos y, por último, cosmólogos. ¿Cosmólogos, preguntaría Jano Sagan? Claro, para que nos expliquen en cuál dimensión habitó el “Pelusa”, respondería yo. Y, aun así, pienso, la tarea no sería nada fácil. Maradona fue un verdadero fenómeno futbolístico mundial de dimensiones psíquico-sociales, culturales, incluso hasta político-militares, puesto que con los dos goles que le marcó a Inglaterra en el mundial del 86 se convirtió en el “héroe” que restableció moralmente el honor argentino después de la derrota en las Malvinas y, last but not least Maradona fue un producto comercial de alto rendimiento.

 Cuando yo fui niño, el mundo futbolístico se limitaba a las canchas de fútbol polvorientas y populares de mi ciudad natal, San Salvador, vale decir, El Polvorín, La Maestranza, La Guardia Nacional entre otras, vistiendo la camiseta blanca con rayas negras del “Pipiles” de Don Pichinte, zapatero de profesión del barrio Candelaria, el pago donde yo nací, y fomentador del futbol de niños y jóvenes de las barriadas más populares de la capital salvadoreña.

Aunque Pelé fue el rey del futbol en mi infancia y adolescencia nunca lo consideré mi “idolo”.  Ahora bien, pienso que para tener “dioses”, “semidioses” o “ídolos” no hay que ser pagano ni apóstata del dogma de la Santísima Trinidad, sino ser niño o muy jovencito, ya que a esa edad los referentes deportivos son muy importantes y, además, hay que verlos jugar, preferentemente en vivo o en pantalla, de manera regular. Solamente los dioses y santos religiosos se veneran a través de la narración o la lectura.  Un dios verdadero deportivo jamás. Debo aclarar que mi ateísmo abarcó también el deporte.   

En la etapa futbolística de mi vida adolescente jugué en el equipo juvenil de la Universidad Nacional y fue ahí donde conocí a Rafael “Lito” Robles, jugador de la primera división. Con él compartí no solamente minutos de entrenamiento bajo la dirección del chileno Sergio Lecea Fernández alrededor de la cancha del estadio de la Universidad Nacional, sino que también en la casa-club del equipo de la Universidad Nacional en la colonia La Rábida en las cercanías del Liceo Cristiano, jugando al futbolito o contando chistes.  

Por esta razón, el jugador de futbol que llevo en mi corazón no es Pelé ni Maradona, el futbolista que recuerdo desde aquellos años –casi– a diario con mucho cariño, y no estoy exagerando, es Rafael “Lito” Robles, apodado “El Pulmón” por su excelente condición física. Cada vez que salgo a correr por el bosque o a las orillas del rio Dreisam, Lito Robles, me acompaña, recordándome que los dedos pulgares hay que flexionarlos y cubrirlos con los dedos restantes, de tal manera que los músculos de las extremidades superiores no se tensen, contribuyendo así a la expansión de la caja torácica. Esto no me lo enseñó Lito en su momento, es la explicación que yo me doy ahora. Empero, para mejor información sobre riesgos y efectos secundarios, consulte a su preparador físico. En todo caso, el “truco” sigue funcionando.

Yo no sé, sí Maradona fue el mejor jugador de todos los tiempos, tampoco lo comparo con nadie, pues él es único, así como lo fue Pelé o lo es La Pulga Messi. Seguro estoy, eso sí, que durante mucho tiempo el seguirá siendo el primus inter pares en el Olimpo de los dioses del fútbol……

Postdata: Según Maradona, el salvadoreño Jorge Alberto "El Mágico" González, era mejor que él. También un futbolista de la calle y de barriada popular. Un genio que no quiso estar en el Olimpo de los dioses.  

sábado, 21 de noviembre de 2020

Y todavía siguen contando….

 

Y todavía siguen contando….

 

Ya me temía yo que el culebrón electoral estadounidense duraría más tiempo que lo usual. Aunque, a decir verdad, los acontecimientos post electorales no deberían sorprender a nadie, puesto que el mismo presidente Trump se encargó de preparar el escenario.

Curándose en salud, y haciendo las de Casandro, auguró el “fraude” electoral, por una parte y, por otra, haciendo las de Pandoro, abrió el cofrecito en el que se encontraban guardadas todas las “debilidades” y “falencias” del sistema electoral en los Estados Unidos.  

Pareciera, pues, que estamos frente a una mística profecía autorrealizada. Sin embargo, desde mi punto de vista, no se trata de esto. El “fantasma de la manipulación” de las elecciones en los Estados Unidos no es novedad alguna. Por lo general, demócratas y republicanos se acusan mutuamente de haber adulterado las cifras, antes y después de las elecciones, en dependencia de los resultados.  Ahora bien, el fraude electoral es un fenómeno universal y aunque existen formas y técnicas para evitarlo, de facto no siempre es posible garantizar cómputos inmaculados, sobre todo en países en los que el fraude es parte del folclore electoral. A este selecto grupo de naciones pertenece la República Federal Constitucional conocida como los Estados Unidos de América.

Y, por si acaso hubiera un gringófilo incrédulo leyendo críticamente estas líneas, y furibundo me acusase de embadurnar con estiércol la tierra de los hombres libres y cuna de los valientes, con respeto lo invito a echarle una ojeada al libro del periodista norteamericano “How to Steal an Election in 9 Easy Steps” (Nueve formas fáciles de robar una elección), también titulado como “Billionaires & Ballot Bandits” (Multimillonarios y ladrones de votos).

A lo mejor, debido a esta –mala– costumbre, muy bien aprendida desde el nacimiento de la república, es que Donald Trump está exigiendo –por la vía jurídica – el recuento de los votos en algunos estados. Y hasta hoy siguen contando los votos con el digitus, pues el método digital, al parecer no es de fiar, confabula el perdedor.

Sí ya está claro que Joe Biden resultó ser el ganador en las elecciones presidenciales y, además, que no se ha encontrado ninguna irregularidad grave y de importancia hasta la fecha que justifique la anulación del evento, me pregunto entonces: ¿Qué pretende el ciudadano Trump? ¿La maquinación de un master piece electoral para el 2024? ¿Demostrar invulnerabilidad? ¿Qué lo elija a él el Colegio Electoral sin tomar en cuenta los votos emitidos? ¿Continuar desgobernando a raja tabla?

A mi juicio, detrás de toda esta parafernalia mediática y jurídica se esconde el cuadro clínico de un hombre con un severo y grave desorden de personalidad. El comportamiento socioemocional, histriónico y narcisista de Donald Trump, su reacción inmadura y poco profesional frente a los escrutinios –técnicamente– concluidos (solamente falta la confirmación oficial de las respectivas instancias federales) y, finalmente, el manejo irresponsable y chapucero de la pandemia, son síntomas manifiestos de trastornos mentales.  La actitud de Trump frente a la derrota se parece a la del enano saltarín, Rumpelstizchen, en el famoso cuento de los hermanos Grimm, quien al constatar que la reina conocía su verdadero nombre, montó en cólera y pataleando con rabia hundió la pierna derecha en el suelo hasta la cintura y luego tomó con ambas manos la pierna izquierda hasta partirse en dos.  Así se encuentra en estos momentos el colérico Trumpeltizchen, pataleando enfurecido y hundiéndose cada vez más en las arenas movedizas de la historia política de los Estados Unidos.  

Allan Lichtman, el reconocido profesor de historia de la Universidad de Washington D.C., autor del libro “Keys to the White House” (Las llaves de la Casa Blanca) predijo la derrota de Donald Trump.  Basándose en su modelo de predicción de las “trece llaves”, creado en colaboración con el geólogo ruso Vladimir Keilis-Borok, ha acertado desde la reelección de Ronald Reagan en 1984 todas las elecciones presidenciales celebradas hasta las del 3 de noviembre recién pasado. Según el modelo de Lichtman, cuando por lo menos seis de los indicadores claves no favorecen al partido que preside la Casa Blanca, el candidato pierde la elección. En el caso de Donald Trump fueron 7. 

Nombro aquí, como colofón, solamente tres que suscribo con ojos cerrados:

1) Falta de carisma político (Trump es un showman) 2) el manejo irresponsable de la pandemia y 3) el malestar social

Ahora bien, sí Donald Trump lograra continuar de inquilino en la Casa Blanca, a pesar de todo, esto significaría el suicidio de la democracia estadounidense, puesto que ese hipotético y catastrófico escenario presupondría la destrucción de las instituciones constitucionales y, como escribiera Hannah Arendt en los “Orígenes del totalitarismo”, el comienzo de la tiranía….

sábado, 7 de noviembre de 2020

Pintad de blanco un manicomio, ingresad a Trump y decirle que es la Casa Blanca

 
Pintad de blanco un manicomio, ingresad a Trump y decirle que es la Casa Blanca
 

Escribo estas líneas horas, días o a lo mejor semanas antes de que se sepa oficialmente quién ha resultado el vencedor en la disputa por la presidencia en los Estados Unidos y, por lo tanto, quién habitará en los próximos cuatro años la mansión conocida como la Casa Blanca.

No niego que me daría satisfacción leer y ver la noticia en los titulares de la prensa nacional e internacional escrita en grandes letras de molde, adornada con una foto del Tío Sam señalando a Donald con su índice derecho: “YOU’RE FIRED”

Empero, más allá de cualquier sentimiento negativo que gran parte de la humanidad pueda albergar en su fuero interno en contra de Donald Trump, es un hecho que hay que esperar hasta que se cuente el ultimo voto o hasta que uno de los candidatos alcance la cifra mágica de 270 o más miembros electores o gane por litigio. Es decir, la suerte todavía no está echada. Aún ninguno de los candidatos ha atravesado el Rubicón, aunque parece ser un vacilón trumpiano o trumpada de ahogado acusar de fraude al contrincante solo por el temor de perder la batalla electoral, con el agravante de no tener prueba alguna que justifique la presunta sospecha. Ahora bien, la receta del “fantasma del fraude” que está proponiendo Trump, es la misma que el Departamento de Estado ha practicado durante décadas en América Latina detrás de bambalinas. Cada vez que un candidato presidencial llegó al poder por la vía del voto popular y éste no tuviera el visto bueno y no cuajara en el menú geopolítico estratégico de los Estados Unidos, la acusación de fraude no se hizo nunca esperar. No reconocieron nunca los escrutinios finales y en muchos casos actuaron manu militari para evitar el ascenso del candidato triunfante, organizando y financiando crímenes o golpes militares. ¿Podrá tener éxito la misma receta casera en la propia cocina?

Raya en lo ridículo cuando Trump acusa a Biden de ser socialista o bien, que el “camarada Joe” va a permitir la penetración del comunismo chino en los Estados Unidos.  Esta acusación más que cinismo o chiste panfletario electoral de muy mal gusto, es simplemente una gilipollez del supuesto archimillonario neoyorquino. Solo los “Hillbillys” pueden creer tales sandeces. Es como creer en la existencia de la Ciguanaba, el Cipitío o el Cadejo, figuras fantásticas en el ideario mitológico de los salvadoreños.  Esto ya parece cosa de locos.

Donald Trump ha hecho de la política un espectáculo y está haciendo de las elecciones un verdadero culebrón televisivo. Recomiendo pues a los norteamericanos, que pinten de blanco un manicomio cualquiera en Washington D.C, ingresen en camisa de fuerza al ciudadano Trump y háganle creer que es la Casa Blanca.

Ahora bien, dejando atrás la ironía y el sarcasmo que me provoca el magnate norteamericano, quiero ponerme serio y astringente. En este sentido, lo importante es preguntarse: ¿Existe alguna diferencia esencial o fundamental político-económica e ideológica entre Donald Trump y Joe Biden? 

En mi opinión, tanto Trump como Biden son caras de la misma moneda imperial norteamericana. La diferencia entre ambos está en que Trump es un tipo prosaico, inculto, mal educado y racista declarado y Joe Biden no lo es.  Por lo tanto, me da lo mismo, políticamente hablando, quien sea finalmente el ganador.

Mientras tanto, seguiré a la espera del escrutinio final, ya que el espectáculo que está ofreciendo Donald Trump es algo inédito en la historia política y diplomática de los Estados Unidos.

domingo, 1 de noviembre de 2020

Retrumping forbidden better for Biden

Retrumping forbidden better for Biden

A tres días de las elecciones presidenciales en los Estados Unidos, todas las encuestas que circulan en los medios de comunicación a nivel mundial le dan una clara ventaja al candidato demócrata Joseph Robinette „Joe“ Biden, Jr., sin embargo,  la reciente experiencia electoral  en ese país  demostró que sí es posible que un sujeto político dado por muerto electoralmente resucite al tercer día y se declaré con bombos y platillos presidente de la nación más poderosa del planeta tierra, habiendo logrado un número menor de votos que su contrincante.  Este hecho provocó hilaridad en el vencedor y mucha tristeza, en Hilaria Clinton.

No obstante, esta “particularidad” norteamericana en el proceso electoral radica en el hecho que la elección presidencial en EE. UU. es una votación indirecta, es decir, los candidatos no son elegidos directamente por el voto de los ciudadanos. Este procedimiento está contemplado en el artículo II de la Constitución Política de los Estados Unidos de 1787. En realidad, lo que los votantes eligen con su voto, es el llamado Colegio Electoral que está compuesto por 538 electores provenientes de todos los estados. Lo cual significa que el candidato que reúna la mitad más uno, es decir, 270 electores es declarado vencedor de los comicios.

Ahora bien, no todos los estados federales tienen el mismo peso específico, puesto que la importancia y relevancia entre los mismos depende del número de electores que a cada estado le corresponde. El número de los electores es proporcional a la población y a la cantidad de congresistas que lo representan, tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado. De tal manera que, verbigracia, el estado de California, Texas o Florida cuentan con 55, 38 y 29 electores respectivamente. Mientras que Alaska, por ejemplo, tiene solamente 3 electores. Es por esta razón que los candidatos concentran tradicionalmente su estrategia electoral en los estados de mayor importancia.  

Más allá de la complejidad del proceso electoral norteamericano que data del siglo XVIII y que está íntimamente ligado a los orígenes históricos de los EE. UU. la pregunta clave es: ¿Qué pasará sí Donald Trump pierde las elecciones?

Sí se toma en serio las bravuconadas del presidente expresadas en las últimas semanas, habría que esperar un escenario caótico y beligerante a nivel político, social y constitucional nunca visto en la historia del país. Según mi opinión, este hipotético escenario no ocurrirá. Y, en el caso que así fuera, sería síntoma inequívoco del declive y deterioro de la sociedad norteamericana y de la putrefacción de los poderes del estado, solo comparable con las “repúblicas bananeras” del siglo pasado en América Latina.

Hace cuatros años el mundo entero vio en el histriónico y egocéntrico magnate norteamericano Donald Trump a un payaso mediático. Hoy, esto no cabe la menor duda: Trump es un auténtico payaso y un político peligroso.

Honestamente ignoro sí Joe Biden es el candidato idóneo para asumir la presidencia de la nación, pienso, eso sí, que de resultar ser él el nuevo presidente de los Estados Unidos, hará muy feliz a gran parte de la humanidad. Aunque solo sea por un brevísimo momento.

Por eso pienso que es mejor votar por Biden y evitar así la reelección de Donald Trump.

 ¡Retrumping forbidden better vote for Biden!