domingo, 15 de diciembre de 2019

Las coplas de mis sesenta y nueve años


Las coplas de mis sesenta y nueve años


                  –i–
Nací en el año 50 en el barrio El Calvario,
Cerquita del sucio Acelhuate[1]
Dicen que en esa noche vieja hubo un gran jolgorio
Debajo de aquel frondoso amate.
                 –ii–
En el vientre fértil de mi madre Tey
Se gestaron cuatro niñas y un varón
Todos retoños bastardos según la ley
Solo una, la primera, no vivió en aquel barracón.
                   –iii–
Todavía tengo presente en la mente
El día en que por primera vez le vi la cara
 a la luctuosa catrina, siendo aún un infante,
lista llegó y con la intención de que el carro me revolcara. 
                   –iv–
Los callejones de San Jacinto
Y las aceras de Santa Anita
Como buen patechucho[2] todo lo andaba solito
a escondidas de mi mamita.
                    –v–
Fui a visitar a mi abuelita y a mitad del camino
me dio sueño y me dormí debajo de un platanar
y dicen que me encontró por fin un buen vecino   
soñando feliz y contento en medio de aquel solar.
                 –vi–
La fama de Urdimales
Me la gané en mi casa
Rompiendo muchos cristales
 Y macetas en la terraza.
               –vii–
En la escuela siempre estuve en primera fila
Y ya de niño le corregía a otros la plana
Los útiles y otros menesteres alegre cargaba en la mochila
Y en los exámenes nunca hice jarana.
              –viii–
Ya lo dijo Juvenal
No hay que ser un buen jinete
Ni jugar como Nadal.
              –ix–
Mi apodo es “Cariño Herrera”
Me bautizó una cipota
Que ya andaba a la carrera
Por tocarme la trompeta.
              –x–
Por andar de Juan Tenorio
Me metí en un embrollo  
La viuda en el dormitorio
Me pedía más repollo.
             –xi–
Emigré para Alemania
Sin saber que era pa ‘siempre
Estudié la electrotecnia
Y nunca tuve la depre.
              –xii–
Aprendí a tocar guitarra,
Al lado de un mexicano,
Tocando la San Marqueña
Se me engarrotó la mano.
                –xiii–
Nunca perdí la esperanza
De cantar como el “turco” Cafrune,
Allá en el lago de Constanza
Una payada o una milonga elegante.
                –xiv–
 Yo no soy Jorge Negrete
Porque no me sale el falsete
Pero canto en la ducha,
y mejor en el retrete.
               –xv–
Bailando un buen merengue
De la cintura pa ‘bajo
La rubia que era bilingüe
Era buena pal relajo.
              –xvi–
Entonces llegó la Vero
Y me tendió una emboscada
Detrás de un viejo ropero
Nos comimos una empanada.
               –xvii–
La historia es muy sucinta
Nada tiene de parafernalia
La Nono quedó encinta
Y así llegó la Natalia.
                 –xviii–
Soy guanaco y paliducho
Soy buen gallo de pelea
Y quien me toca los cojones
Le bajo los pantalones.
                –xix–
Y me fui para chalate
A servir en la guerrilla
Y me puse mertiolate
Pa ‘curarme la rodilla.
              –xx–
En la guerra mucha gente inocente la palma
Los tambores bélicos suenan y el suelo se cubre de tumbas
Y cuando las bombas caen la cabeza y el corazón se sumergen en las sombras 
Cuando Yoel murió, yo, él y muchos más, ahí quedamos sepultados en La Palma.
                –xxi–   
Me estoy poniendo más viejo
Ya no zacateo el macho
Tengo arrugas en el pellejo 
Y no ostento ya más penacho.
                –xxii–   
Mi nieto me dice Tata
Juguemos al caballito
En esta infantil cabalgata
El jinete es Samuelito.
                 –xxiii–
Mañana, mi mañana seguro vendrá
mañana voy a estar aquí esperándola
con mi guitarra en la mano y sin vestir escafandra
cantando volarán por los aires mis cenizas como una oropéndola.
                  –xxiv–
Cuando pare yo las chalas
Me cantan esta canción
No habrá que tener agallas
Pues lo harán con el corazón.
              –xxv–
Ya me voy, ya me despido
Aquí les dejo un recado
Con el favor de Cupido,
afilen que no es pecado.


[1] Acelhuate: Río salvadoreño altamente contaminado que recorre los departamentos de San Salvador y La Libertad.
[2] Patechucho: Callejero

viernes, 29 de noviembre de 2019

De musas, pupusas y otras cosas contusas


De musas, pupusas y otras cosas contusas


Ya pronto terminará el año y como de costumbre tengo el deseo, y, la voluntad por supuesto, de escribir unas gauchadas, es decir, reflexionar escribiendo, que es mi modo de filosofar acerca de esto y de aquello, pero no desde la perspectiva académica, formal y sobria, sino que más bien, utilizando un lenguaje que, a bote pronto, podría parecer obsceno o lépero como dirían en mi terruño.

Oh musas del Olimpo, por fin aceptasteis mis ofrendas herejes y aunque de mirra e incienso son las pupusas que de playa larga me trajisteis, os doy las gracias con toda devoción, porque estoy seguro de que son un regalito de Raulito. No son de chicharrón ni requesón, pero las degustaré aquí en mi morada como un ávido poeta que aprendió castellano con el profe Iraheta, ayveyan ustedes que les parece mi estilo jayán, y preparad vuestro pistilo para recibir con alegría y buen humor el polen de mi confusa algarabía que tiene sabor a arrayán.

De Francisco Quevedo me gusta todo y solo me igualo al genio cuando escribiendo dejo escapar al aire un pedo, que sonoro y violento sale de la parte más arrugada del cuerpo, incluso más que la piel del codo y sí con mi lenguaje guarro a algún parroquiano incomodo, sepa que también Quasimodo, feo y tosco, como dicen que era, al ver a Esmeralda con la cara de Sofía Loren se le escapó un suspiro por el ano. Todo lo que el arte culinario forma y crea, desde la grande cuisine de Paul Bocuse y para que no se me acuse de falta de patriotismo o de ser un idiota ridículo, hasta la petite cuisine traditionelle de Madame Carlota, la pupusera de Cuscatancingo, entra por los ojos, se queda un rato en las tripas y sale con o sin respingo por el hoyo, sea este grande o pequeño.   

De la cosecha de café se bastante, de la caña menos, aunque nunca entendí la razón de la quema de los cañaverales y no crean que en agricultura soy un todo terreno, pero todo lo que se del maíz lo aprendí feliz un fin de semana en la finca de Rogelio. Ahí comimos de todo, cosas que usted sí nunca ha estado ahí, no podrá imaginar ni aun leyendo el Popul Vuh. Y hay que tener maña para destusar el elote; cuando se es cipote de campo uno aprende a distinguir la milpa cuando está entre camagua y elote. Hay ciertas reglas culinarias a respetar y en esto yo no meto. Como hemos leído aquí, pupusa que no es de maíz, no puede considerarse pupusa y paloma que no mete su pico no es paloma. Mucho se ha escrito en El Salvador acerca de la relación directa entre la pupusa y la paloma, y no crea, el apreciado lector que se trata de mitos y leyendas que rondan en torno a la pupusa, la paloma, el maíz y la milpa. De hecho, hay ornitólogos famosos, entre ellos el doctor japonés H. Ano, quien ha comprobado empíricamente la atracción natural entre la paloma y la pupusa. Según el especialista, el maíz es el nexo entre los dos. Aunque algunos críticos opinan que el doctorcito H. Ano ha sido mal comprendido, él lo que dijo fue sexo y no nexo. Las milpas cuando se queman no son por culpa de la Columba mustuguza, pues jamás se ha visto que la paloma quema maíz. Ahora bien, ¿quién podría poner en dudas estos datos científicos? ¿Quién no ha visto en algún momento de su vida una paloma picando una pupusa?

La chilateada siempre es en El Salvador una fiesta familiar, no importa sí es en Izalco, Apaneca, San Julián, Jayaque o Nejapa.  La elaboración del atol de elote y las ricas viandas que lo acompañan siempre son las mismas, pero jamás mezcle esta bebida con alcohol, una tacita de café tostado en comal y al calor del fogón a lo sumo, y no crea que presumo de ser experto atolero, pero se distinguir entre el atol chilate, el shuco y éste que aquí describo.

El atol es la bebida nacional de El Salvador, diría yo, que fui cipote de ciudad y que, debido a la amistad de un compañero de colegio, tomamos el bus en la terminal de oriente y nos fuimos en dirección a Cabañas o Cuscatlán, no recuerdo exactamente hacia donde but it doesn't matter at all, porque fuimos, adonde fuimos, por el atol. Pero de lo que sí estoy plenamente seguro, es que en esos días no hicimos ningún desvergue en la finca de Alvergue.

Here comes the sun, and I say It's all right…, así encabecé mi primer saludo a Portillo desde hace más de 50 años, no sé por qué lo hice, pero me salió así del dedillo el estribillo de esa canción de los Beatles del año 69. La memoria emotiva es un gran don, pues en ella grabamos aquellas pequeñas cosas, la mayoría de manera inconsciente que florece en el momento menos esperado como una saeta dorada dando en el centro de la diana. Así, como en mi mente está grabado el albergue que nos dio Alvergue cuando éramos imberbes y juguetones como cabritos o cabrones, si así lo preferís. In the same way, tengo a tres caballeros en mi mente, tres gentlemen, Sir William Portillo, Sir Raúl Ernesto López Sr. and Sir Manuel Roberto Turcios, y aunque ya nuestro querido José Arturo no está entre nosotros y esto, aunque parezca un albur, le pido a él, esté donde esté, que extienda su Excalibur y los nombre, primus inter pares caballeros de la legión de “Los Dorados Años sesenta”.

Entonces, desde aquí, desde la precordillera de la Selva Negra, lugar bendecido por el sol y posando mi trasero en una banca, quiero despedirme a mi manera, aunque para ello recurriré a Paul Anka, pero lo diré a mi manera…And now my dear Friends the end is near, I mean, el final de esta gauchada, and so we face the final curtain. We have lived a life that's full. We have travelled each and every highway. But more, much more than this, we did it our own way….

I don’t care any more…si nunca llegué a cantar el ¿Cómo fue? de Benny More o si nunca tuve el bucle del King Creole, solo sé que todos los días me tomaba de bebito mi medio litro de leche CETECO, de infante mi cucharada de tónico Wampole y cuando adolescente compartí con mis amigos una pacha de Muñeco.

Y, ¿qué podría yo más contaros de las musas pupusudas que he conocido on my way, sí cada uno de vosotros ha pisado su propio camino?

¡That’s all Folks!

domingo, 27 de octubre de 2019

Chile, una gigantesca ola difícil de surfear


Chile, una gigantesca ola difícil de surfear


Y sucedió entonces, supuestamente así de repente, parafraseando a Fidel, que los chilenos “despertaron del largo sueño” embrutecedor a que los sometieron los diferentes gobiernos de derechas y de izquierdas que han pasado por la Moneda desde que el pueblo mandara a la cresta a Pinochet.

Sin embargo, el cuento del hada Morgana del milagro económico chileno solamente la clase política gobernante y la clase económica social dominante se lo creyeron. Sin duda alguna, Chile creció económicamente, pero las ganancias se las quedó una minoría oligárquica. El ciudadano de a pie siempre supo que se trataba de un espejismo, de una ilusión y no porque supiera distinguir la diferencia entre indicadores macroeconómicos de países desarrollados y subdesarrollados. Pero cuando el presupuesto mensual familiar no da para más, a pesar de la “cachativa” de la dueña de casa para mantener el equilibrio entre los ingresos mensuales y los gastos (fijos y variables) no hay que ser experto en economía, para comprender que el buen vivir es un artículo de lujo que solamente unos pocos pueden comprarlo en Chile.  

Muchas fueran las “olitas” que antecedieron al tsunami social de octubre de este año. El “Mochilazo”, movimiento estudiantil en 2001, durante la legislatura de Ricardo Lagos, marcó el inicio de una dinámica político-social postdictadura en la juventud chilena durante el periodo de transición a la democracia parlamentaria. El movimiento estudiantil de 2006, también conocido como el “movimiento de los pingüinos”, debido a los colores del uniforme de los liceístas, también estremeció la sociedad chilena en su momento y puso en la picota las deficiencias del presupuesto estatal en materia de educación. Los pingüinos exigieron del gobierno concertacionista presidido por Michelle Bachelet, el cumplimiento de una jornada completa con talleres, el mejoramiento de la calidad de la educación, el pase escolar gratuito para toda la enseñanza secundaria, el mejoramiento considerable de la infraestructura educacional.

No. Chile, parecía roncar, pero nunca estuvo dormido. Ahora bien, la diferencia esencial entre las movilizaciones pasadas y las actuales, radica en el hecho fundamental que ahora el pueblo chileno, en general, no está exigiendo solamente “reivindicaciones económicas”, sino que está cuestionando, primero, el modelo  económico neoliberal que es el causante principal de los males que está sangrando al pueblo, segundo, está exigiendo la revocación de la constitución política pinochetista y la creación de una nueva a través de un proceso constituyente, y tercero, pero no menos importante, está demostrando el hartazgo político como consecuencia de la corrupción estatal y de los partidos políticos tradicionales, y sobre todo, el rechazo total a la administración de Sebastián Piñera.

El pueblo chileno, esté consciente o no, ha dado en estos últimos días un salto cualitativo en el contexto de la lucha de clases importantísimo y, todo esto, valga la aclaración, sin ninguna orientación ni dirección política partidaria.  

Por mucho que los analistas y los thinks tanks de derechas se empeñen en desvirtuar el carácter político-social de este movimiento, calificándolo de vandálico y violento, el hecho es que la demostración de fuerza político-social pacífica que el mundo entero vio y vivió el pasado viernes 25 de octubre, puso de manifiesto la contradicción fundamental del capitalismo. En las calles y alamedas de Santiago, Concepción, Antofagasta, Valparaíso y de todo Chile estaba la clase trabajadora demostrando con flores y canciones su descontento, mientras el Gran Capital y sus sabuesos uniformados la vigilaba muy de cerca.  

En este sentido, Chile se ha convertido en un barril de “pólvora político-social” que pone en peligro el estado burgués y, por lo tanto, el statu quo capitalista, pero no solamente en Chile, sino en toda América Latina. La lucha de clases chilena siempre ha sido un referente importante en Latinoamérica. Es decir, que tanto el gobierno y sus aparatos represivos, así como la oligarquía nacional e internacional, tienen ante sí una ola gigantesca muy difícil de surfear.  

Porque, como dijo Ernesto Guevara en las Naciones Unidas en 1964, “esa ola de estremecido rencor, de justicia reclamada, de derecho pisoteado, que se empieza a levantar por entre las tierras de Latinoamérica, esa ola ya no parará más. Esa ola irá creciendo cada día que pase. Porque esa ola la forman los más, los mayoritarios en todos los aspectos, los que acumulan con su trabajo las riquezas, crean los valores, hacen andar las ruedas de la historia”.

sábado, 19 de octubre de 2019

Sus nombres tienen vida y sus cuerpos sepultura


Sus nombres tienen vida y sus cuerpos sepultura


Y volví a pisar las calles nuevamente en este hermoso y largo país austral llamado Chile. Cada visita a la tierra de Lautaro, de Salvador Allende, de Miguel Enríquez, de Neruda, de Gabriela, de Víctor y de Violeta es un reencuentro con el pasado y un repaso obligado, casi automático, de los acontecimientos político-militares que hicieron estremecer a todo el continente americano en la década de los setenta del siglo pasado. 

La primera vez que visité Chile fue en la fase terminal de la dictadura pinochetista, es decir, en el periodo comprendido entre 1986-1989, coyuntura política que culminó con el triunfo de la “Concertación de los partidos por el No” en el plebiscito de 1988.  Tuve la impresión en esos días y semanas que el pueblo chileno había dejado de temerle a la dictadura, pero tampoco se había acostumbrado a ella. En cierta medida, esa actitud valiente del ciudadano de a pie, fue una muestra de resistencia y resiliencia política del pueblo en general, y en particular, de los partidos políticos marxistas y progresistas, que soportaron estoicos el embate brutal del ejército chileno y los servicios de inteligencia. Es precisamente en este periodo que se da inicio al desarrollo y elaboración de políticas de transición a la democracia parlamentaria en el marco legal que la carta magna de 1980 había establecido en las disposiciones transitorias 27,28 y 29.

Luego se sucedieron dos visitas más en la década de los noventa y ciertamente me quedé con las ganas de conocer a la señora “Alegría” en las grandes Alamedas, de la que tanto se habló y se cantó en esos tiempos.  Ahora bien, también es justo señalar que la “Concertación de partidos por la democracia”, nunca especificó el día y la hora en que la “alegría” llegaría a Chile. Aunque no se bailara cueca en las calles ni se escucharan odas libertarias en las grandes alamedas, el país entero había entrado en un proceso de democratización sin retorno. Había que ser muy talibán y, además, ciego para no reconocer esas nuevas realidades. No obstante, desde Arica hasta Punta Arenas la exclusión social y las desigualdades económicas estaban todavía presentes.  

En esta nueva etapa de la lucha de clases en Chile, tanto el juego (democracia parlamentaria burguesa) como las reglas (modelo neoliberal de desarrollo económico), fueron escritas con sangre manu militari por el gran capital nacional e internacional.

Es precisamente en este escenario político-económico, nuevo y adverso, que las fuerzas políticas concertacionistas consensuaron una Realpolitik conservadora como el instrumento apropiado para ganar, consolidar y mantener espacios de poder en el estado. Y es aquí, precisamente en las arenas movedizas de lo “concreto posible” (administración del estado burgués) y lo “histórico necesario” (abolición del estado burgués) que el sistema se fue tragando poco a poco a varios políticos de renombre, a   los politicastros oportunistas y a caciques partidarios de plumaje variopinto junto con sus tribus. Fue en este desierto político-económico atacameño que la Concertación se empeñó en ver tigres en el horizonte macroeconómico.

Resumiendo: Con la sombra de Pinochet en las espaldas, las fuerzas políticas concertacionistas comenzaron un nuevo periodo en la historia política de la república: El restablecimiento de la democracia.

Sí la lucha de clases fue el motor que sustentó el triunfo de la Unidad Popular en 1970, la lucha por lograr la reconciliación nacional entre la clase dominante y el pueblo trabajador fue el eje fundamental de la política de los gobiernos concertacionistas a partir del 11 de marzo de 1990. La Concertación se transformó de hecho en el paladín del neoliberalismo, más allá de las luchas ideológicas al interior de los partidos políticos de izquierdas. 

La coyuntura política de la década de los noventa, es decir, el proceso de transición a la democracia, aparte de ser una nueva escuela de aprendizaje para todos los partidos políticos, ya que se trataba de una “democracia vigilada”, también se convirtió en una especie de harnero ideológico de grandes dimensiones. De tal manera, que por esa criba pasaron todo tipo de conversos, tanto los motivados por intereses políticos determinados como los que se arrepintieron por convicción. Así pues, como en la canción del chileno Julio Numhauser “Todo cambia”, no fue extraño que este o aquel político cambiara de rumbo, aunque eso le causara daño ético-moral.  Sí la fiera cambió su pelaje, comentó santiguándose Nacho, el ateo, porque no cambiar el modo de pensar. Afortunadamente, no todos los políticos renegaron de su pasado político-ideológico.

Con estas impresiones me marché de Chile recién comenzando el nuevo siglo. Debo reconocer que todas estas vivencias objetivas y subjetivas estuvieron fuertemente influenciadas e impregnadas por el espíritu revolucionario de la época y, sobre todo, teñidas o desteñidas con el color que tiene la derrota de los procesos revolucionarios truncados en Centroamérica, especialmente en El Salvador.  Pero independientemente de la hermenéutica marxista individual o colectiva que quiera otorgársele al desenlace de estas revoluciones o a la misma derrota aplastante del socialismo real en la Unión Soviética, el hecho es que nunca más estuvo presente en mi mente el interés ni el motivo para volver a Chile.

Ni siquiera la hermosa Región de los Lagos ni mucho menos Ricardo Lagos lograron provocar en mí, el deseo de recorrer nuevamente los campos floridos de Chillán y beber buen vino pipeado en Gorbea o degustar un sabroso ceviche de congrio en Valparaíso. Ni tampoco me sedujo el charme y el pedigrí de la presidenta Bachelet ni el modesto chalet que a las orillas del Calafquen varias veces me ofrecieron. Así pues, que nunca tuve la oportunidad de vivir y respirar in situ un gobierno concertacionista de izquierdas.

Tuvieron que pasar casi veinte años para que volviera a pisar suelo chileno. En este Chile moderno, de autopistas, de malls y de edificios elegantes, constaté con sobriedad que el espíritu de la bestia carroñera de los setenta todavía deambula por las calles, y aunque estoy consciente que Sebastián Piñera no es Pinocho, vivas están las imágenes de los cadáveres en el río Mapocho, que hoy luce más piedras que agua.

Llegué esta vez a Santiago sin prejuicios ni expectativas. Supuse que aquel Chile que conocí en el siglo pasado, aquel Chile que mi buen amigo Jano, el gramático, llevó siempre clavado en su mente y su corazón, ya no existía. Presumí que la patria de Salvador Allende, Miguel Enríquez, Bautista van Schouwen y otros muchos más, era ya parte de un mito o de una leyenda que recorrió nuestra América desde el Rio Grande hasta la Patagonia. Pero, debo reconocer, que me equivoqué, fallé en mi apreciación. Así como el espíritu del sátrapa con espejuelos oscuros todavía sobrevuela como ave de rapiña el territorio de norte a sur, el espíritu de Salvador Allende aún está presente y desborda las Alamedas.

Vi la pobreza merodear por las calles de Santiago y Valdivia.  El Chile que encontré en estos días pasados es más excluyente, más racista y con mucho más inmigrantes que en el pasado. Por una parte, la inmigración masiva de colombianos, peruanos, ecuatorianos, bolivianos, haitianos y venezolanos se debe, pienso, a la fortaleza económica del país con relación a sus países de origen. Y, por otra, la riqueza de la economía chilena ha originado también mucha pobreza en la población. En Chile también se observa el mismo fenómeno socioeconómico mundial que le ocurre a la clase social más afectada económicamente en su relación con los inmigrantes en los países del capitalismo desarrollado o en vías de desarrollo acelerado que los ve como una amenaza o como una lacra. Por eso no me extrañó, cuando un roto chileno exclamó en Catedral-Matucana: ¡Inmigrantes culiaos! Así, tal como lo hacen los europeos y los estadounidenses en sus respectivos países.

La problemática socioeconómica chilena, es decir, el abismo entre la riqueza evidente y la pobreza galopante es multifactorial, pero considero importante señalar aquí que las falencias y desatinos cometidos por los gobiernos concertacionistas de izquierdas en la aplicación e implementación de la Realpolitik también han contribuido en gran medida a acelerar y profundizar esta situación.

La diferencia esencial entre el pragmatismo político (política real conservadora) implementado por los gobiernos concertacionistas  y la Realpolitik revolucionaria, como la definió Rosa Luxemburgo, radicó precisamente en que la Concertación no combinó dialécticamente los objetivos a corto plazo y a largo plazo en el marco de las relaciones capitalistas de producción ni tampoco les dio un carácter y contenido marxista revolucionario con el fin de  combatir y debilitar democráticamente el sistema y  favorecer prioritariamente los intereses de la clase trabajadora, sino que por el contrario, hicieron todo lo “concreto posible”  para consolidarlo y perpetuarlo.  El ciudadano de a pie, que fue a las urnas y que no tiene un ápice de leso, les pasó la cuenta en las últimas elecciones presidenciales.

Por otra parte, en mi condición de turista ya no pude moverme a pie con la confianza de antaño por los barrios de Santiago. Esta vez, me vi obligado a trasladarme en taxi por las noches para recorrer 4 o 5 bloques hasta llegar al hospedaje. Tuve que estar en estado de alerta, muy “ojo al charqui”, como dicen los chilenos, para no ser objeto de robo. En fin, también fue una buena experiencia y un buen ejercicio para la mente.

Y resultó que nos fuimos de “Romerías” a visitar las tumbas de los compañeros fusilados por la dictadura. Ahí frente a la tumba de Gregorio Liendo Vera-comandante Pepe- , de Fernando Krauss, de Luís Pezo, de Pedro Barría, Sergio Bravo, Víctor Rudolf, de Enrique Guzmán y de René Bravo con lágrimas en los ojos tarareé la canción “Milonga del fusilado” del argentino Jorge “El turco” Larralde y recordé a mis compañeros de lucha caídos en combate en El Salvador, quienes nunca tendrán una lápida donde cualquier visitante anónimo o un familiar cercano pueda leer: “Aquí yace Jorge Edgardo Castro Iraheta “Medardo” , guerrillero salvadoreño caído en combate el 23 de octubre de 1985” o “ Aquí yacen los restos de Jesús Chicas Cartagena  Manuelón”, caído en el asalto al Cerrón Grande 1984” o “ Aquí están los restos de José Dimas Serrano  Conejo William”, muerto en las faldas del volcán de San Salvador en 1989. Supe ahí, en el cementerio de Valdivia, que aquellos nombres que yo había escuchado de boca de mi suegro en las largas horas de tertulia y aprendizaje durante el exilio estaban con vida, aunque sus cuerpos yacieran bajo sencillas sepulturas.

Pero tal vez lo más emotivo de este viaje, aparte de las “Romerías”, fue el reencuentro con “los revolusaurios y revolusaurias”, y escuchar quedito en un rincón de la casa al “Coro de las cautivas” cantar a capella el himno a la libertad de Giuseppe Verdi. Todavía están ahí, dando la pelea con su paso cansino y luciendo blancas cabelleras, agitando y haciendo conciencia como en antaño. La velada en conmemoración del 45 aniversario de la caída en combate de Miguel Enríquez en la fundación homónima también fue un evento lleno de emociones que despertaron recuerdos de la época del romanticismo revolucionario de los setenta del siglo pasado. Algunos “Tatitas revulosaurios” con discursos y teoría obsoletas y, además, reveladas empíricamente como falsas, otros con ideas futuristas del “quehacer” político en la era digital. En fin, una subcultura político-ideológica, irreverente, hereje, melancólica y muy distanciada de los grupos de poder político institucional. Un abanico de colores en el que confluyen tendencias político-sociales horizontales, verticales y transversales para todos los gustos y edades. Un movimiento amorfo y espontáneo que constituye una forma de oposición extraparlamentaria, que también es una forma licita de hacer política.  

En todo caso, el sabor que me quedó esta vez es el del dulce néctar de la miel de Ulmo del sur.  Ya bebimos suficiente el sabor natre de la derrota y del exilio. El Chile que dejé atrás es el que no perdonará a sus verdugos, que no se reconciliará nunca con sus enemigos de clase. El Chile que reencontré, es el que no olvidará jamás a sus héroes y mártires.
Regresé a mis pagos con la imagen de los compañeros y compañeras tirando rosas y claveles a sus seres queridos, contando anécdotas de sus vidas, y ellos, bajo sus sepulturas seguirán viviendo, pues de esa tierra fértil nacerán nuevas rosas rojas….

¡Viva Chile mierda!

miércoles, 25 de septiembre de 2019

De trolles y francotiradores internéticos


De trolles y francotiradores internéticos


Resulta que un día de estos y después de una larga abstinencia internética, la cual, debo precisar, que también tenía una connotación dietética, no me la recetó ningún inter-nista ni dietista, sino que fue autoimpuesta.  Y no porque me considera un internauta ciber dependiente o guatón chatero, sino para ganar una apuesta, y vaya que lo logré. Y aunque no fueron cuarenta días ni cuarenta noches, sino solo un par de semanas, tengo que admitir que no fue fácil vencer las tentaciones de Azazel Guasap, que fueron más de tres. Al principio me sentí, solo, muy solo, como si estuviera en el desierto de Atacama. Así que durante ese lapso me lo pasé leyendo y tomando mate en la cama o en la hamaca.

No tuve resaca después de este particular ayuno realizado en época de vacaciones, pero casi me cago en los pantalones cuando regresé a casa y a la hora del desayuno intenté entrar en la red y Google me respondió que no era posible. El crujiente croissant que tenía en la mano y la taza de café con leche tuvieron que esperar un buen rato. Un problema de conexión, me dije y comencé una rutina de control empezando por el módem, señal wifi y otras medidas que no viene al caso aquí mencionarlas. Pero como no soy experto y aunque mis conocimientos son un poquito más que básicos, no encontré a bote pronto la solución al problema.

Así que tomé el smartphone que por suerte funcionó de puta madre y me metí a uno de esos tantos foros que hay en la red que ofrecen ayuda técnica. Uno me recomendó, llamándome “huevón” de entrada, que me comprara una Apple, porque Windows es pura mierda. Otro que revisara la CPU. Otro me sugirió que borrara este y aquel enlace. Otro que no comunicaba conmigo, sino que, con el fulanito de la CPU, por supuesto, calificándolo de inepto. En fin, el caso es que no lo hice caso a nadie. Al final resultó que el “problema”, era solo de configuración. Pero a estas alturas del partido, el café se había enfriado y el cruasán se lo había zampado mi nieto.

Siempre he sabido de la existencia de trolles y francotiradores internéticos, pero nunca me había divertido tanto con tantas pendejadas o huevadas como dicen los chilenos. Sin embargo, hay que ser bastante leso, para tomar en serio algunas de las recomendaciones de los supuestos técnicos.

Los trolles y los francotiradores han crecido exponencialmente como setas en el bosque cibernético. Ahí se encuentran agazapados estos bichos internautas, que pueden joder más que una ladilla con espuelas, parafraseando a mi amigo el Mejicano.   Como su comportamiento es muy parecido, algunas veces resulta difícil distinguirlos. Sin embargo, a pesar de las características en común, tienen algunas marcadas e importantes diferencias.

El troll, por lo general, es clandestino y oculta su verdadera formación cultural y académica detrás de un lenguaje tosco, vulgar y gramaticalmente rudimentario, mientras que el francotirador, por lo general hace alarde de sus conocimientos en el lenguaje y/o de algún tema en particular en el cual se considera un perito. De ahí, que la función principal del troll se reduce a la provocación y al insulto, mientras que la del francotirador es la de ridiculizar o subvalorar al interlocutor, señalando en detalle los errores cometidos por el que pide ayuda o por el que trata de darla, tanto en el terreno lingüístico como en el de la especialidad de que trata lo escrito. Es decir, el troll no le para bola ni a la forma ni al contenido.

Ahora bien, desde el punto de vista académico un troll es una persona que publica mensajes fuera de lugar o inapropiados en una comunidad en línea, como un foro, un chat o un blog. Así lo define el DUE (Diccionario del uso del español) de la erudita española María Moliner, de quien Gabriel García Márquez escribió en la década de los ochenta del siglo pasado, que había hecho una proeza sin precedentes en la historia de la lengua castellana al escribir sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo más útil, más acucioso y divertido de la lengua castellana. Y mucha razón tenía Gabo, quien, al fin y al cabo, era un feliz y documentado escritor.

Mientras que el francotirador internauta es aquella persona apostada en cualquier lugar del planeta frente a la pantalla de un ordenador, tableta, lap top o smartphone presto a disparar virtualmente con su arma de fuego contra cualquier usuario desprevenido.
En este sentido, no me sorprendería en absoluto, sí en el jardín florido de avezados y doctos lectores se encontrara un francotirador leyendo estas líneas presto a presionar el gatillo de su arma con la intención de herir o aniquilar al autor de éstas, ya que esa es la función principal que desempeña todo aquel que presume ser un paladín de la analogía, sintaxis, prosodia y ortografía de la lengua “casteñola”.

A pesar de la incomodidad que pueden provocan estos ftirápteros púbicos y públicos, es decir, todos estos “polizones” del lenguaje y de la ciencia, soy de la opinión que su existencia, vale decir, su razón de ser y estar, es lícita y por supuesto, tienen todo el derecho de merodear por los caminos y las autopistas de internet y emboscar a quien les de la santa gana. Mucha atención deberá tener aquel usuario que utiliza la red para publicar sus pensamientos y opiniones y, por lo tanto, es recomendable que guarde unos estándares mínimos gramaticales, académicos y éticos.  

Entonces, hay que estar prevenido siempre, para que los críticos, sean estos troles, francotiradores o simplemente avezados lectores que practican la crítica constructiva, no lo sorprendan en paños menores o con el trasero al aire. Por eso es útil y recomendable tener siempre a la mano un buen “mataburros”, como el DUE, en la mesita de noche y realizar previamente un trabajo mínimo de investigación literaria.

Y, si al final de cuentas, se le agotan los recursos humanos, no pierda la calma y tenga siempre presente que solamente yerra aquel que escribe.

Así que no hay que amedrentarse y aunque lo que usted escriba le cause prurito al señor Angulo, precisamente ahí, en el lugar donde no llegan los rayos de la luz del saber, habrá que seguir escribiendo. 

sábado, 13 de julio de 2019

¿Morir o sobrevivir?


¿Morir o sobrevivir?




¿Quién querría llevar tales cargas, gemir y sudar bajo el peso de una vida afanosa, si no fuera por temor a algo tras la muerte, la ignorada región de cuyos confines ningún viajero retorna? ¿Temor que desconcierta nuestra voluntad y nos hace soportar los males que nos afligen antes de lanzarnos a otros que desconocemos? Hamlet, William Shakespeare



Desde que las condiciones climáticas en el continente africano obligaron a los seres humanos a buscar alimento y abrigo en otras regiones menos hostiles del planeta, hace ya casi 250000 años, según las últimas investigaciones realizadas por la renombrada universidad alemana de Tubinga, la expansión de la especie humana en los cinco continentes ha sido, hasta nuestros días, una interminable, compleja y peligrosa aventura. 

La ocupación de nuevos territorios por parte del homo sapiens fue un acto natural. Probablemente el instinto de supervivencia sea el argumento biogenético que mejor aclare y explique el fenómeno de la migración de los seres humanos.   Entonces, sí ciertas aves emigran también por las mismas razones materiales y climáticas que nuestros antepasados, ¿por qué razón el señor Trump se sorprende, se horroriza y hasta se asusta que miles de salvadoreños traten de cruzar la frontera, incluso arriesgando sus vidas y las de sus hijos? ¿Quién puede detener los millones de habitantes del mundo periférico, pobre y subdesarrollado, que llegan a las costas y fronteras del llamado primer mundo? Nadie, ni muros ni vallas con alambres de púas pueden detener las masas anónimas de migrantes. La migración es, por sí alguien todavía tiene dudas, un fenómeno natural y, además, indispensable para el desarrollo de la humanidad.

Corriendo el riesgo de parecer hiperbólico, me atrevería a asegurar que son muy pocas las familias salvadoreñas que no tienen un pariente cercano o lejano viviendo en los Estados Unidos de Norteamérica, ya sea de manera legal o ilegal. La gente se va a los Estados Unidos no pensando en el “sueño americano” al que se refirió el historiador norteamericano James Adams en los años treinta del siglo pasado o creyendo en el mito de que “lavando platos se puede llegar a millonario”, sino que emigra preferentemente al norte del continente americano  porque guarda la esperanza de encontrar ahí, al menos una chamba[1], que no es lo mismo que un empleo permanente y bien remunerado, pero es igual.

El drama que se vive a nivel planetario en relación con la migración obligada o forzada de seres humanos indocumentados radica, en primer lugar, en la concentración de capital, poder político y riqueza por parte de la clase social dominante a nivel nacional e internacional, es decir, en la desigualdad económica y en la exclusión social de las grandes mayorías, en segundo lugar, en la salvaje explotación de los recursos naturales por parte de empresas transnacionales y la consecuente destrucción del medio ambiente en la periferia capitalista y  en tercer lugar,  en la proliferación de guerras  y conflictos étnicos o religiosos.

La migración de salvadoreños en la actualidad ya no puede ni debe entenderse como una crisis coyuntural, puesto que el trasfondo de esta “diáspora guanaca” son las consecuencias directas de la implantación a raja tabla del modelo económico neoliberal una vez finalizada la guerra civil en 1992. La guerra social en la que se encuentra el país desde los acuerdos de paz en Chapultepeque/México dura ya casi 30 años y ha generado más hambruna, más desempleo, más violencia y más desesperanza en toda la historia de El Salvador. Yo diría más bien, que la situación socioeconómica actual en que vive gran parte de la población salvadoreña y que obliga a muchos a abandonar el país, es la prueba fehaciente del fracaso total de la política-económica neoliberal impulsada y avalada por los gobiernos de ARENA y el FMLN. La migración masiva de salvadoreños es definitivamente una crisis del sistema capitalista neoliberal.

Hay que tener mucha hambre y pocas posibilidades en los países de origen para lanzarse a la aventura mortal de la migración ilegal, atravesando desiertos, ríos y mares con la esperanza de un “mañana mejor”.

Sí la cuestión para los “más pobres y tristes del mundo” es la de elegir entre morir en el intento de cruzar el Rio Grande o seguir sobreviviendo en El Salvador, entonces estamos, estimado lector, realmente frente a una verdadera tragedia de la sociedad salvadoreña.



[1] Trabajo

lunes, 24 de junio de 2019

¿Por un puñado de dólares?


¿Por un puñado de dólares? 


“el poder no cambia a las personas, sólo revela quiénes verdaderamente son”                                                                                                                                                                                                                                                                                                                          José (Pepe) Mujica


En honor a la verdad, el nepotismo efeemelenista hecho público por Bukele ni me duele ni me obliga a que me desvele, pues no sería la primera vez en la historia que un pariente cercano o lejano de un político  de pacotilla, que una vez sentado en la silla presidencial , se propone resolver el problema existencial de su familia, repartiendo puestos a destajo, sin importarle la anomalía y el relajo que dicha conducta causaría en la membresía  y en el pueblo en general, puesto que el tasajo de ternera lo recibió a lo mejor una nuera, quien ahora luce una pulsera de Cartier y un chacalele Rolex no por sus propios méritos, si no por los lazos familiares. Por eso aplaudo que   Bukele revele y desmantele el cahuín[1] salvatrucho que dejó la “joyita” de Cerén twitteando y tocando el ukulele.

Espero también que Bukele desmantele la trama de la ley de reconciliación y que apele a la razón de los diputados, para que no tiren los dados sin medir las consecuencias, es decir, que sean precisos artilleros, para que los crímenes de soldados y guerrilleros no queden impunes.  

Aunque este enredo huele a pedo, ojalá Bukele encarcele después de un legal juicio a Mauricio y que a Joaquín le ponga un cachinflín jurídico en el maletín; que a Jonás se le quiten las ganas de andar con jaranas y que por fin abra la boca como ballena y que no se enroque más con lo de Roque y que revele cuál fue su postura en la conjura. 

Todavía está por verse sí a Bukele no le pasará lo mismo que a Chacumbele, el famoso equilibrista cubano de los años treinta del siglo pasado que logró por primera vez el triple salto sin red. Nayib está en la cuerda floja, pero tiene, por si acaso perdiera el equilibrio, una red que lo protegerá del porrazo.  Mientras tanto, el director del circo “Don Capital Oligárquico” observa atento, tanto a los espectadores como a sus artistas.

Siempre he sostenido que la política no es negocio ni oficio,  sin embargo, la experiencia ha demostrado que muchas veces, para alguno de los mandos guerrilleros de alto y mediano nivel fue más fácil vencer el miedo en la guerra, que el traqueteo de las ráfagas de dólares en la paz.  Los “revolucionarios de profesión” de antaño, hoy los vemos convertidos en “empresarios de profesión”. 

Parafraseando al expresidente mexicano de los años veinte del siglo pasado, general Álvaro Obregón, está claro que solo una parte de los comandantes guerrilleros salvadoreños no resistieron los cañonazos de dólares.  Aunque hubieran sido miles o millones, vendieron su ética y moral revolucionaria por un puñado de monedas.





[1] Cahuín: intriga, chilenismo