sábado, 23 de marzo de 2019

En Chile 1973, un golpe de Estado duro; en Venezuela 2019: ¿Un intento de golpe a-gua(i)do?


En Chile 1973, un golpe de Estado duro; en Venezuela 2019: ¿Un intento de golpe a-gua(i)do?


El antecedente del golpe de Estado perpetrado por el general César Augusto Pinochet el 11 de septiembre de 1973 contra el gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende, legítima y democráticamente elegido, fue la intentona militar del 29 de junio 1973, conocida como el “Tanquetazo”. Hay que destacar que después de los sucesos del 29 de junio en Santiago de Chile se barajó a nivel político, la posibilidad de un “golpe blando”. Este plan fue propuesto por el partido Demócrata Cristiano a través de su presidente Patricio Aylwin, quien propuso la reestructuración de un nuevo gobierno y la incorporación institucional de las Fuerzas Armadas a este nuevo gobierno.

No pretendo, bajo ningún punto de vista, comparar uno a uno los procesos políticos ocurridos en la década de los 70 en la república chilena  con lo que está sucediendo  en la república bolivariana de Venezuela, sino simplemente ilustrar, que sí en Venezuela no se ha llevado a cabo un golpe militar duro, como el chileno, no es por falta de ganas ni por falta de recursos logísticos político-militares con los que cuenta el Departamento de Estado y el Pentágono, ya que me baso en la historia contemporánea de América Latina para afirmar indubitablemente que  no existe ninguna actividad político-militar en la cual no haya intervenido  directa o indirectamente el gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica.

A mi juicio, la variable, o, mejor dicho, la incógnita que puede hacer fracasar cualquier intento de golpe de estado duro en Venezuela es la posición de los altos mandos de las Fuerzas Armadas Venezolanas y la de los mandos subalternos. Además, habría que añadir otro factor reductor de las probabilidades del éxito complotista contra el gobierno de Nicolás Maduro, que es la falta de cohesión y unidad de las fuerzas políticas de derechas. Es decir, que serían muy elevados los riesgos que conlleva un golpe duro, dado que los consecuentes daños colaterales que produciría un conflicto militar interno serían muy elevados. Pienso que nadie está apostando por una solución militar en Venezuela.

Independientemente de la retórica agresiva de Donald Trump y su administración con relación a Venezuela y a Nicolás Maduro, Venezuela no tiene la importancia geopolítica estratégica que tiene Siria o Irak. Más allá de las reservas petrolíferas venezolanas, en mi opinión, ni el gobierno venezolano está poniendo en peligro los intereses del mundo capitalista en general ni es una amenaza para los Estados Unidos de Norteamérica.  

En Cuba, en la década de los sesenta y en Chile en los setenta del siglo pasado, respectivamente, los gobiernos revolucionarios iniciaron un proceso de nacionalización de empresas extranjeras y nacionales que sembró el pánico dentro de las grandes burguesías y oligarquías de ambos países. De tal manera, que, a mediados de siglo pasado, efectivamente el fantasma del comunismo sobrevoló el continente americano.  A Cuba no pudieron derrotarla, a Chile sí. Mientras que en Venezuela la riqueza patrimonial, es decir, el petróleo, fue nacionalizada hace ya décadas, concretamente en enero de 1976. Nadie armó escándalos ni nadie quedó traumatizado por ello.

Ahora bien, está claro que es preferible, desde el punto de vista de la administración Trump, tener relaciones con gobiernos derechistas y que gran parte del mundo occidental prefiere a Guaidó como presidente de Venezuela.  El problema es que Juan Guaidó es un político que todavía esta verde, como para resolver una crisis político-económica que está en proceso de maduración y la que Nicolas Maduro, a pesar de contar con el apoyo de las FFAA, aún no logra controlar. En definitiva, para la consecución de un golpe “blando”, los Estados Unidos necesitan un político duro y con más carisma, y, desgraciadamente, Juan Guaidó es demasiado aguado para estas lides.

Personalmente, no creo que la problemática venezolana requiera de la intervención militar por las razones arriba mencionadas. En el proceso de diálogo y negociación ya se encontrarán soluciones políticas al conflicto. Entonces está por verse, hasta qué punto Nicolás Maduro tiene la sartén por el mango, es decir, en qué medida la correlación de fuerzas políticas y militares está a favor o en contra de la revolución bolivariana.

Mientras tanto, sería recomendable que el resto de los países del mundo respetaran la soberanía del pueblo venezolano y emularan al gobierno mexicano de Manuel López Obrador, que basándose en la llamada doctrina Cárdenas, ha obrado consecuentemente, rechazando cualquier tipo de injerencia extranjera en Venezuela.

jueves, 14 de febrero de 2019

Los dados están echados en El Salvador: ¡La carreta neoliberal se quedó sin bueyes!


Los dados están echados en El Salvador: ¡La carreta neoliberal se quedó sin bueyes!


“De querer ser a creer que se es ya, va la distancia de lo trágico a lo cómico” Ortega y Gasset


 “La comedia es el genero literario de los partidos conservadores – escribe el filósofo español Ortega y Gasset en el capítulo 18, “La Comedia”, de su tratado “Meditaciones del Quijote”–.  De querer ser a creer que se es ya, va la distancia de lo trágico a lo cómico. Este es el paso entre la sublimidad y la ridiculez. La transferencia del carácter heroico desde la voluntad a la percepción causa la involución de la tragedia, su desmoronamiento–su comedia. El espejismo aparece como tal espejismo.”

La derrota del FMLN como la del partido ARENA en las recién pasadas elecciones presidenciales es, sin lugar a duda, la victoria no de un partido ni de un candidato en particular, sino el triunfo o “liberación político-ideológica” de una parte importante del pueblo salvadoreño. Ni siquiera la relativización de los resultados electorales en base a los porcentajes de participación ciudadana, puede endulzar el sabor amargo de la derrota. La fatamorgana seudo revolucionaria marxista se desvaneció.

Tanto el FMLN como ARENA funcionaron políticamente, a partir de los acuerdos de paz que pusieron fin a la guerra civil en 1992, como la yunta encargada de tirar del carruaje económico neoliberal.  Esta metáfora se me antoja más adecuada y más plástica para comprender el papel desempeñado por estos dos partidos a lo largo de todos estos años. Tanto los amigos de la guerrilla salvadoreña como sus enemigos se encargaron de limar previamente los cuernos ideológicos a los dos bueyes, uno rojo y el otro negro, en un largo proceso de domesticación. Una vez amansados, se les colocó el yugo que los mantuvo unidos durante 27 años.  La oligarquía salvadoreña con la puya en mano, además de dueña de la carreta y todos los costales arriba, se encargó de “bandiar[1]el vehículo, unas veces puyando al buey rojo, otras veces al negro y otras tantas al mismo tiempo a las dos bestias.

Ahora bien, sí los dados están echados en El Salvador y la carreta neoliberal se quedó sin bueyes, es lógico preguntarse: ¿Qué pasará con la carreta? ¿Quién ocupará el lugar de los bueyes? ¿Cuáles serán los nuevos derroteros? ¿Cuál será el destino de los bueyes defenestrados? ¿El tiangue o el matadero?
Muchas son las preguntas que todavía están abiertas y sin contestar en El Salvador. Lo que sí está claro es que la carreta neoliberal todavía seguirá dando vaivenes a lo largo y ancho del Pulgarcito de América y que Nayib Bukele logró convertirse en el presidente de la república salvadoreña más joven de su historia. Ahora él tiene la gran responsabilidad de hacer mejor las cosas o al menos intentarlo.

En todo caso, la victoria obtenida por una parte del pueblo salvadoreño en las urnas electorales el pasado 3 de febrero marcará un hito en la historia política de El Salvador. A los salvadoreños del siglo XXI ya no se les venderá el cielo con tamales y pupusas de chicharrón y queso con loroco.

No obstante, sigo  opinando que la oligarquía salvadoreña ronca pero no duerme y que todavía falta muchísimo para llegar a una situación histórica en la cual las grandes mayorías del pueblo salvadoreño, ya no estén conformes con la situación socio-económica y política existente y que la oligarquía primitiva no sea capaz de seguir determinando el destino del pueblo salvadoreño a sus anchas.

Por eso, hay que estar muy atento y movilizado, ya que la lucha continua.


[1] Bandiar:  Salvadoreñismo de bandear, es decir, conducir, guiar algo o alguien.

sábado, 8 de diciembre de 2018

¿Qué pasará al interior del FMLN sí pierde las elecciones presidenciales 2019?


¿Qué pasará al interior del FMLN sí pierde las elecciones presidenciales 2019?

A Gersón Martínez le tocó servir de telonero durante la presentación del programa de gobierno del FMLN el recién pasado 20 de noviembre. Por lo general, el telonero tiene la función de “calentar” el ambiente, antes que actúe la atracción principal de un espectáculo. En este caso, la presentación de la fórmula presidencial compuesta por Hugo Martínez y Karina Sosa.

No lo hizo mal, el ex Ministro de Obras Públicas, Transporte, Vivienda y Desarrollo Urbano utilizando la retórica y la mística revolucionaria de principios de la década de los ochenta del siglo pasado. El excomandante guerrillero y miembro de la Comisión Política de las Fuerzas Populares de Liberación Farabundo Martí (FPL-FM), se explayó como en los mejores tiempos de la Guerra Popular Prolongada (GPP), documentada ésta en la película realizada bajo la dirección del puertorriqueño Diego de la Texera (1981) y supervisada por el comandante Valentín Hernández, alias Gersón Martínez, “El Salvador, el pueblo vencerá”.  El exministro se refirió también, entre otras cosas, de manera panfletaria al Gobierno Democrático Revolucionario (GDR) y al Gobierno de Amplia Participación (GAP) propuestos por la alianza FMLN-FDR (Frente Democrático Revolucionario) durante el conflicto armado, tal vez para ilustrar mejor la metamorfosis política e ideológica experimentada en los últimos 35 años.

Entonces, en la tarde de presentación del programa de gobierno 2019-2024: Por un país mejor, la palabra mágica que salió de la boca de los dos ex miembros de las FPL fue: CAMBIO. Así, en mayúsculas.

Para reforzar la idea del “cambio” experimentado, no solo de forma explícita sino subliminalmente, los realizadores del evento tuvieron la brillante idea de incluir en el programa audiovisual a la argentina Mercedes Sosa interpretando la canción “Todo cambia” del chileno Julio Numhauser.

Una vez finalizado el video clip, apareció Hugo Martínez micrófono en mano, moviéndose sucesivamente de la izquierda a la derecha, deteniéndose un momento en el centro, mostrando así, artísticamente, el zigzag político-ideológico experimentado por el FMLN desde los acuerdos de paz en 1992 hasta ahora.   Como todo un cantante de rock, Hugo Martínez,  agitó y vitoreó a todo gaznate que el cambio seguro en El Salvador lo representa la fórmula presidencial Hugo y Karina, pero también supo integrar a su discurso el ritmo lento de la banda posrock Gregor Samsa.

Aunque es indiscutible que todo cambia en la vida, debido a las leyes naturales, también hay que decir que “todo” en la vida es relativo y pasajero. Todos los partidos políticos que intervienen en la lucha por el poder del estado son magnitudes políticas y, como tales, se caracterizan por tener un módulo o longitud y   una dirección determinada. Cuando no dan respuesta concreta a los intereses de las clases sociales que presumen representar, estos partidos tienden a desaparecer.

Bienvenidos sean los cambios, todos los cambios en la política e ideología que experimenta un partido revolucionario marxista, siempre y cuando, éstos fortalezcan la magnitud del partido, pero, sobre todas las cosas, cuando se mantiene el mismo azimut, en la teoría como en la práctica.

¿Qué cosas han cambiado en El Salvador a nivel socioeconómico desde los acuerdos de paz de 1992?

Según un análisis de la Universidad Católica de El Salvador de 1996, los acuerdos de paz se concentraron fundamentalmente en dos campos: el político y el judicial.

“Una revisión más detenida de los acuerdos de paz, así como de sus documentos preparatorios, muestra que la reforma política y judicial ocupó un lugar central en la negociación, mientras que la reforma económica sólo fue abordada como tema secundario y en aquellos aspectos que tenían que ver directamente con la transferencia de tierras en zonas de conflicto y con la reinserción de los desmovilizados de ambos ejércitos[1].

Tanto el partido ARENA, la garra política de la oligarquía salvadoreña, como el FMLN se han intercalado en su papel de “administradores del poder” del estado, constituyendo gobiernos elegidos de acuerdo con las leyes de la democracia capitalista desde la finalización de la guerra en 1992 hasta la fecha.

Es decir, que tanto ARENA (4 periodos presidenciales) como el FMLN (2 periodos) han tenido casi 26 años para hacer que las condiciones de vida de los trabajadores salvadoreños cambien de manera significativa. Y, la verdad es que no lo han hecho. Por el contrario, con la dolarización de la economía salvadoreña y la aplicación a raja tabla de las diez fórmulas del Conceso de Washington empeoró la situación.

Basándonos en la teoría de las probabilidades y tomando en cuenta las diferentes encuestas realizadas en las últimas semanas en El Salvador, la probabilidad de que el FMLN pueda continuar administrando el poder de la clase económica dominante y, en especial, el de la oligarquía salvadoreña, es mínima. Salvo que ocurriera un milagro, Hugo y Karina son los seguros perdedores en 2019. Ahora bien, con un santo salvadoreño en el cielo todo es posible.

Sí las diferentes encuestas aciertan con su pronóstico, el próximo presidente de la República de El Salvador será el candidato del partido GANA, el joven empresario Nayib Bukele.  
  
Ya se verá en el camino, sí Bukele y su hipotético futuro gobierno, serán capaces de poner fin a la cruenta guerra social en la que se encuentra empantanada la sociedad salvadoreña desde hace más de 25 años. Yo en lo personal me reservo el derecho a la duda.

¿Qué pasará al interior del FMLN sí pierde efectivamente las elecciones presidenciales 2019?

Ojalá se produjera una catarsis político-ideológica en el sentido gramsciano desde la base hasta la cúpula dirigente. Ya es tiempo de revisar y reorientar la lucha política y económica e intensificar la lucha de clases. Es vital realizar una autocrítica seria y profunda que conlleve al retorno de las raíces populares, marxistas y revolucionarias. De lo contrario el FMLN-FM, seguirá siendo una fuerza política, cuyo    vínculo con su pasado glorioso e histórico son solamente sus 6 letras.  Tanto pragmatismo político de hacer lo “concreto posible”, los ha llevado a olvidarse en los últimos 25 años de lo “históricamente necesario”.  

Y, eso, compañeros, no puede ni debe suceder. Son muchos los que murieron por la revolución salvadoreña.

martes, 18 de septiembre de 2018

Dago Gutiérrez afila la daga política


Dago Gutiérrez afila la daga política o la importancia de fortalecer el movimiento social Nuevas Ideas

En la medida que la campaña electoral en El Salvador se aproxima a la recta final en la carrera por la presidencia de la república en febrero 2019, la lucha político-ideológica que está desarrollando Nuevas Ideas, vía Dagoberto Gutiérrez, se vuelve cada vez más depurada, transparente, filosófica y, sobre todo, muy filuda.

La cuadriculación del terreno político es de suma importancia, sobre todo de cara al electorado con orientación marxista, progresista y humanista no afiliado al FMLN, que no ha visto con buenos ojos la candidatura de Nayib Bukele con el partido Gran Alianza por la Unidad Nacional (GANA) y que, por tal razón, podría votar en blanco o, en el peor de los casos, abstenerse a participar en las próximas elecciones.

Efectivamente, Bukele debería “hablar más políticamente”, pero no lo hace, pues al parecer no es necesario, ya que, en El Salvador, como en la mayoría de los estados con un régimen presidencial, el voto personalizado tiende a prevalecer más en la mente del electorado no militante, que los contenidos políticos partidarios. Es decir, se vota más bien por el físico que por el color de la bandera.  Esto quiere decir, que, en la fórmula general del voto popular, la variable que tiene mayor peso es la valoración o sobrevaloración que se tenga sobre un candidato, mientras que la evaluación que se tenga del partido político juega un papel secundario y en algunos casos, no tiene ninguna importancia.  En este sentido, bienvenido sea el hecho de marcar las distancias entre el movimiento social Nuevas Ideas, en tanto “sujeto político”, y, Nayib Bukele en su papel de “instrumento político” del pueblo. 

Exigirle a Nayib que haga más “política” y no “mercadotecnia electoral”, no es pedirle al candidato de GANA más retórica ni más galimatías ni más “espectáculo mediático electoral”, sino simplemente que asuma el papel de “sujeto político “en el sentido aristotélico, y que defina, de una vez por todas, cuál es su pensamiento político estratégico y cuál es “su programa” para resolver el intríngulis socioeconómico de la sociedad salvadoreña. Sería exigirle más compromiso político con las mayorías populares, lo cual significaría, definir sin recovecos, cuáles serían las medidas a corto, mediano y largo plazo que su hipotético gobierno acometería para garantizar el equilibrio que debería de existir entre la distribución del poder del estado y la satisfacción de las necesidades mínimas materiales y subjetivas del pueblo trabajador en la sociedad salvadoreña.

Nuevas Ideas, en tanto movimiento social, es un vector resultante, nacido a partir de la suma de varias fuerzas políticas individuales y/o colectivas e ideológicamente heterogéneas.   Nuevas Ideas, como la gran mayoría de movimientos sociales surgidos en las últimas tres décadas a nivel mundial, nace como respuesta o reacción frente a la incapacidad política de los partidos tradicionales de derecha, izquierda y pseudoizquierda de resolver concretamente los problemas sociales y económicos de los sectores populares.

En la coyuntura política actual todo parece indicar que una parte importante de la población electoral estaría dispuesta a buscar nuevos derroteros y nuevos desafíos, lo cual significaría el fin de la hegemonía bipartidista FMLN-ARENA, entendidos estos partidos políticos como instrumentos administradores del poder del estado capitalista. El nuevo gobierno también sería un simple “administrador” del estado, sin el poder político necesario para llevar a cabo las reformas económicas, políticas y sociales que la sociedad salvadoreña necesita con tanta urgencia.

Las transformaciones o reformas “democrático-burguesas” necesarias para garantizar un mínimo de bienestar social en el país, es algo que ningún gobierno puede lograrlo en el transcurso de una, dos, tres o más legislaciones, sobre todo tomando en cuenta que el poder fáctico en El Salvador, es decir la oligarquía –en sus tres versiones:  cafetalera, industrial y financiera–, hará hasta lo imposible para impedir cambios sustanciales en el statu quo salvadoreño.

A pesar de toda la inseguridad que depara el futuro y con el riesgo de encontrarnos atrapados en el tiempo como en la película “El día de la Marmota” (Groundhog Day), pienso que vale la pena fortalecer el movimiento social Nueva Ideas, que hoy por hoy, se está perfilando como una alternativa al FMLN real y concreta. 

Aunque todavía está por verse qué tan nuevas son las ideas de Nuevas Ideas, lo importante es que en esta coyuntura electoral el pueblo tiene la posibilidad de poner fin a una etapa de la lucha de clases en El Salvador que se ha caracterizado por la enajenación político-ideológica y la obnubilación de la conciencia de clase para sí de una parte de la izquierda salvadoreña. 

miércoles, 29 de agosto de 2018

La caminata con Otto me asustó más que el terremoto


La caminata con Otto me asustó más que el terremoto

Resulta que un día de estos, para no caer en el hastió y la modorra que provoca el seco y caluroso estío en la provincia de Alicante, se me ocurrió, a bote pronto, subir al punto más alto de la región. Desde la llanura, el Pico Campana, erguido, pelado y besando las nubes impone, debo reconocer, un relativo respeto. Pero de verdad que vale la pena alcanzar la cima, pues desde las alturas el panorama es impresionante y maravilloso.

Con sus 1409 metros de altura –medidos en dos ocasiones por el GPS de pulsera Polar M400–, el Puig Campana, es un piquito o un Piccolo, comparado con los picos suramericanos, africanos, tibetanos o los alpinos. No obstante, siempre vale la pena enfrentarse a cualquier obstáculo que pueda ofrecer el terreno, aunque después a uno le duela hasta el lugar más recóndito del cuerpo, precisamente ahí, donde los rayos del sol no llegan.

Sin embargo, antes de emprender la caminata, previamente consulté a unos amigos conocedores de la ruta, con el objeto tantear teóricamente un poco la topografía de la zona. Me llenaron de buenas y sinceras recomendaciones, y con más de alguna bienvenida advertencia. Escuchándoles atentamente me llegó volando el recuerdo de una caminata que hice a finales de la década de los ochenta del siglo pasado en los Alpes suizos junto con Otto M., un alemán lanzado y aventurero. En dicha ocasión, no pregunté a nadie, y confiando en la supuesta experiencia de Otto en los glaciares, me aventuré en terra incógnita.

No recuerdo el nombre del glaciar que escogió Otto para nuestra ruta ni tampoco la altura de la montaña suiza; pero la próxima vez que lo encuentre en la ciudad le plantearé la pregunta que desde hace años llevo guardada en mi interior. Un caso de represión emocional diría Sigmund Freud, pues la verdad es que la caminata con Otto me asustó más que el terremoto de 1965 en San Salvador. Sí las palabras hubieran sido proyectiles de hielo tipo carámbano, seguro estoy que el aventurero germano hubiera quedado patitieso como la momia Ötzi.

La escalada hasta la morena no me resultó ningún problema. Ante mí se abrió un blanco y negro telón, tan imponente como amenazante. Era la lengua del glaciar. Fue en ese momento, cuando me di cuenta de que mi guía alpino, es decir Otto M., de alpinismo no tenía ni la más mínima experiencia. A pesar de que llevábamos, según yo, el supuesto equipo necesario para escalar: Crampones

Mientras discutíamos la ruta a escalar, vimos a lo lejos, descender a un alpinista en medio del glaciar. A pesar de todo, Otto seguía empecinado en tomar una ruta que, según mi juicio, era la opción más absurda e insólita. Así que decidí tomar las riendas de mi destino, pues bajar al punto de partida, es decir, al estacionamiento de coches no estaba en mi itinerario. Mejor solo que mal acompañado, pensé. Así que ni corto ni perezoso mandé a Otto a tomar por el culo.

Después de varias horas de caminar y ya oscureciendo –Otto, afortunadamente utilizó su sentido común y siguió mi huella– llegué a la cima de la montaña. El responsable del refugio salió a mi encuentro en el puente de madera que comunica el glaciar con el refugio de montaña, vociferando algo en un cerrado alemán-suizo que en un primer momento no comprendí acústicamente; pero luego, alzando él más la voz me reprendió por la estupidez que había cometido al ascender el glaciar, primero, en solitario y segundo, sin el equipo adecuado. Minutos más tarde, le tocó el turno a Otto, el autor intelectual de la estúpida caminata, quien de vergüenza cambió del rojo tomate a un morado ciruela.

Esa noche en el refugio, escuchando las historias de los alpinistas ahí reunidos acerca de los peligros que encierran los glaciares, no podía creer la falta de responsabilidad de Otto al arriesgar su vida y la mía en tan descabellada aventura. En esas nocturnas horas no me faltaron vituperios para mandar a parir a Otto, lo que sí me faltó fueron horas para recuperar energías. Tan encabronado estaba que no pude pegar pestaña. Nunca en mi vida me había expuesto al peligro de muerte como lo hice ese día de otoño ascendiendo el glaciar con la inocencia angelical de un enfermo mental. Todavía anidan en mi recuerdo el ruido del agua corriendo bajo mis pies y las grietas profundas a derecha e izquierda del camino.

Al día siguiente, la angustia aumentó exponencialmente al contemplar la inmensa e interminable pared vertical que formaba el glaciar. De no haber sido por un experto alpinista alemán de Karlsruhe que generosamente se ofreció a descender con nosotros, yo ese día acompañado solo de Otto no hubiera bajado ni siquiera por todo el oro del mundo. De no haber sido así, ese día solamente en helicóptero me bajan del Glaciar.

Descendimos no por la ruta del día anterior, sino por una, más cerca, más segura y tomando las medidas mínimas de seguridad: Adelante, en la vanguardia, iba el verdadero guía, yo al medio y en la retaguardia, Otto, el falso guía. Los tres íbamos unidos por una cuerda atada a nuestras cinturas. No fueron pocas las veces que caí hasta la cintura en agujeros ocultos por un manto de nieve recién caída, fresca y virgen, conocida como polvo. Cuando por fin mis pies tocaron la tierra firme de los Alpes suizos, me volvió el alma al cuerpo y entendí en ese momento, de manera sensorial, que definitivamente el agua en su estado solido y líquido no es mi elemento.

Felizmente regresé sano y salvo a casa sin ningún rasguño en el cuerpo, convencido que soy cabra montuna y que mi amigo Otto, sin quererlo, se comportó como un cabrón, pero también con mucha fortuna.  

viernes, 10 de agosto de 2018

¿Quién ganará sí gana GANA en febrero 2019?


¿Quién ganará sí gana GANA en febrero 2019?

El nombramiento de Nayib Bukele como candidato oficial del partido derechista GANA para participar en las próximas elecciones presidenciales de febrero 2019 ha causado un “terremoto político”, según el conocido analista político salvadoreño, Dagoberto Gutiérrez. Este movimiento “telúrico” ha sido de tal dimensión que, hasta Dagoberto, antiguo cuadro político y dirigente del partido comunista salvadoreño PCS, ha quedado sorprendido; esa es la impresión que tuve, viéndolo y escuchándolo discurrir en una conversación televisiva digital (El Salvador Impressive, YouTube) el día 30 de julio.

Dagoberto se escabulló, como una trucha que recibe una ducha de agua caliente, y evitó olímpicamente contestar la pregunta que con mucha insistencia le planteó el periodista Ernesto López: ¿Hay un pacto de alianza entre GANA y Nuevas Ideas?

Dagoberto salió finalmente del atolladero dialéctico, pero, para mi gusto, muy maltrecho. Lo salvó la campana. Si bien es cierto que utilizó con elegancia, con humor y con mucha astucia todos los recursos retóricos, político-ideológicos, teórico-filosóficos que posee, lo que sembró durante esa conversación publica fue duda y confusión. Ahora bien, en definitiva, lo importante no fue lo que Dagoberto dijo o no dijo, sino lo que no quiso decir.

Durante la charla con el periodista, Dagoberto se mostró escurridizo y evasivo, algo muy inusual en él. No fue el maestro corifeo, elocuente y sabio que suele ser en este tipo de encuentros, sobre todo cuando su interés se focaliza en descubrir lo que “está más allá” de lo superficial. En este diálogo, los papeles se invirtieron, Ernesto López quería encontrar la verdad y Dagoberto se aferró a las arenas movedizas de la superficialidad y futilidad en la argumentación: “Bukele es militante de GANA, Bukele es dirigente de GANA y Bukele es incluso candidato presidencial de GANA”.

Sin embargo, días más tarde, el mismo Dagoberto en su comentario semanal retrasmitido vía digital por el canal “Informa TVX” (YouTube) el martes 7 de agosto (miércoles 8 en Europa), fue claro, diáfano y sin contrapuntos en relación a la política de alianzas y en particular, entre GANA y Nuevas Ideas.  Algo que hace siete días se negó a reconocer ante la pregunta del periodista Ernesto López, esta vez lo expuso sin galimatías. ¿Por qué recién siete días más tarde?

Pues probablemente las fuerzas políticas que marcan la pauta o el rumbo del movimiento social Nuevas Ideas ya llegaron a un compromiso político. Es decir, se pusieron de acuerdo en la táctica y en la estrategia política a seguir en la futura alianza con GANA y otras fuerzas políticas. Pienso que, en estas discusiones, debates y negociaciones políticas, la voz de Dagoberto Gutiérrez ha sido escuchada.

Los objetivos de la alianza “GANA-Nuevas Ideas y otros” son,  según entendí a Dagoberto, derrotar la estrategia del bipartidismo en El Salvador, logrando que ARENA no vuelva al poder y que el FMLN no continúe administrando los poderes del estado, y, segundo, asegurar la posibilidad (el subrayado es importante, ya que se trata solo de asegurar la posibilidad) de alcanzar las transformaciones político-económicas y sociales necesarias (reformas a todos los niveles) para que la sociedad salvadoreña pueda desarrollarse en paz.

Racionalmente entiendo la política de las alianzas como un vehículo de acumulación de fuerzas para lograr objetivos políticos concretos y/o programas de gobiernos específicos.  Sin embargo, pienso que pactar una alianza con GANA, para arrebatarle el gobierno al FMLN e impedir que ARENA vuelva al poder, sobrepasa el umbral de mi tolerancia política. La verdad es que se desvaneció en mí la gana que tenía de darle mi voto a Nuevas Ideas en febrero 2019.

En relación a Nayib Bukele, soy de la opinión que él tiene la idea fija, desde hace varios años, de convertirse en el próximo presidente de la República de El Salvador. Con tal de conseguir esa meta Bukele estuvo dispuesto a pactar alianzas políticas con quien fuera.  Su coqueteo y noviazgo político con el FMLN fue parte de esa estrategia. La decisión de Bukele de pactar alianzas con GANA, un vástago del partido ultraderechista ARENA, forma parte de su plan presidencial estratégico maestro.

Personalmente, no me hago ninguna ilusión de que un gobierno con Bukele a la cabeza vaya a resolver la problemática socioeconómica de la gran mayoría del pueblo salvadoreño ni mucho menos cambiar el modelo económico neoliberal, tampoco pienso que será el detonante de la revolución democrático-burguesa salvadoreña del siglo XXI.

Efectivamente, las elecciones del próximo año podrían demostrar si el pueblo progresista, democrático, humanista y marxista se ha vuelto resistente o inmune al somnífero FMLN, en el caso que Nayib Bukele saliera elegido como presidente de la república, a pesar del agravante de ser un político de derechas y representar a una fuerza política cercana a la ultraderecha tradicional salvadoreña.

¿Quién ganará entonces, sí gana GANA en febrero 2019?


sábado, 21 de julio de 2018

Entre el recurso del discurso y el curso de la política real de las izquierdas en el poder


“Ay, Nicaragua, Nicaragüita, la flor marchita de mi querer”


Los medios de comunicación recurren usualmente a la generalización del concepto político “derechas” e “izquierdas, cuando se trata de diferenciar las diversas corrientes y posiciones   político-económicas e ideológicas existentes en el mundo. Esta costumbre se remonta a los días de la revolución francesa, en la que los diputados que estaban por los cambios políticos y sociales se posicionaron arbitrariamente a la izquierda  del presidente de la Asamblea Legislativa y los que querían mantener el statu quo se ubicaron a la derecha.  Al centro se sentaron todas aquellas fuerzas políticas que no tenían un proyecto o agenda política propia.  Debido a esta reducción de conceptos, no es extraño, pues, encontrar en el saco de “izquierdistas” a partidos políticos con programas de gobierno esencialmente de “derechas”, es decir, con agendas político-económicas que contribuyen al mantenimiento y a la consolidación del modo económico capitalista globalizado.

La retórica revolucionaria es tan elástica como una goma de mascar y con ella se puede insuflar burbujas de fantasías y hacer pompas del quehacer político. Pero no siempre coincide la teoría revolucionaria con la práctica de la política real, porque, entre el recurso del discurso y el curso de la política real de las izquierdas en el poder, casi siempre encontramos un desfase, una incoherencia y en algunos casos, hasta contradicciones antagónicas.

 ¿Cuál es la vara entonces, en el sentido marxista, con que se debería medir el verdadero “izquierdismo” de las “izquierdas” a nivel global y, en particular, en Latinoamérica?

En primer lugar, el contenido del programa de gobierno y el carácter social (popular o antipopular) de la distribución de la riqueza del país y de los recursos que el aparato económico produce anualmente. Es decir, cuáles son los beneficios reales y concretos que recibe la gran mayoría de la clase trabajadora. En segundo lugar, cuáles son los poderes fácticos que están representados en la supraestructura e infraestructura del Estado, es decir, cuál es la clase dominante en la sociedad.

Analizadas, así las cosas, se llega irremediablemente a la conclusión que en el conjunto de países latinoamericanos denominados “izquierdistas”, el único estado y gobierno realmente de izquierdas es el de la República de Cuba. Pero esa harina o azúcar, es de otro costal.

En los últimos cuatro meses he leído muchos artículos acerca de la situación actual en Nicaragua y he escuchado muchas opiniones relacionadas con la crisis política que viven los nicaragüenses.  También me ha tocado leer la serenata de “puteadas” que fieles furibundos orteguistas han lanzado contra aquellos “traidores”, “vende patrias” y “renegados” que han osado criticar a San Daniel y a Santa Chayo, es decir al binomio Daniel Ortega y Rosario Murillo.

Sin embargo, hay dos artículos que me han llamado mucho la atención en los últimos días. Primero por ser sus autores, dos conocidos escritores latinoamericanos de renombre en el ámbito de la izquierda latinoamericana y, en segundo lugar, por la forma en que ambos intentan a toda costa, revivir o mantener vivos, consciente o inconscientemente, a dos cadáveres históricos: El FSLN y la Revolución Sandinista.

Me refiero al chileno Manuel Cabieses Donoso, director de la revista Punto Final, quien fuera   secretario general del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) tras la muerte de Miguel Enríquez, el 5 de octubre de 1974 en Santiago de Chile y al argentino Atilio Borón, doctor en ciencias políticas y catedrático de la Universidad de Buenos Aires.

“No quiero que mi voz se confunda con los rugidos del imperio o con los ladridos de sus perritos falderos”, escribe Donoso en la introducción de su artículo La lección de Nicaragua, de lo cual se infiere que el autor no quiere ser catalogado de ser un “traidor” o “renegado” de la causa revolucionaria marxista, por su crítica al ”binomio Ortega-Murillo”.  

Y sobradas razones tiene Donoso, pues todavía en estos días del siglo XXI se sienten los síntomas inhibidores de lo que yo denomino “el síndrome del Décimo Congreso del partido comunista ruso marzo 1921”. En dicho congreso se aprobó la moción planteada por Lenin como una medida provisoria para salvaguardar la unidad del partido y defender así la revolución bolchevique.  A partir de esa fecha la formación de fracciones y, por lo tanto, la crítica constructiva y el debate político-ideológico al interior del partido y en la sociedad quedaron prohibidos.  Stalin se basó en esta resolución, después de la muerte de Lenin, para reprimir todo tipo de oposición contra la línea del partido, es decir, su propia visión de la revolución y de la lucha ideológica.  Para Stalin, las cosas eran en blanco o en negro. O se está con la línea del partido o se está en contra. No había espacio para ningún matiz.

Por eso, durante muchos años del siglo pasado, cualquier crítica que se hiciera a los gobiernos socialistas o a sus respectivos partidos y dirigentes, despertaba una ola de resquemores en la ortodoxia militante y dogmática, y en muchos casos, hasta dudas acerca de la “lealtad” revolucionaria del escritor o del militante disidente. Por eso encuentro valiente la actitud de Donoso al presagiar el derrumbe del gobierno sandinista, y además por señalar, sin pelos en la lengua, que ese es “el destino que la historia reserva a los revolucionarios que traicionan sus principios”.

El Binomio Ortega/Murillo me hace recordar a la pareja Robert Mugabe y Grace Mugabe. Más allá de las diferencias, sobre todo las étnicas, hay muchas similitudes en el quehacer político y en el estilo de gobernar de este cuadrinomio de políticos ávidos de poder.

Atilio Borón, por su parte, en su artículo Nicaragua, la revolución y la niña en el bote, parte del supuesto que Daniel Ortega es el protector o vigilante de la revolución sandinista. ¿A qué revolución se refiere Borón? La “niña” que adoptó Daniel Ortega en las elecciones presidenciales 2006, ya en aquel entonces no era la “niña linda que nació en León”, sino una vieja arrugada e infectada de neoliberalismo hasta la médula.

¿Cómo salvar a la niña?, se pregunta Atilio Borón. ¿Botando el timonel (Ortega y Murillo) al Gran Lago de Nicaragua y dejando que se hunda el bote (el estado y el gobierno que lo administra) para que se los coman los tiburones?  Esa “niña” que nació de la sangre derramada contra la dictadura de Anastasio Somoza en julio 1979, fue descuartizada por el tiburón imperialista vigilante del Gran Caribe durante la contrarrevolución de los años ochenta del siglo pasado.

En el artículo de Atilio Borón, él sugiere de manera sibilina la política “del mal menor”. Es mejor que Daniel continue en el timón del barco –argumenta el académico argentino – puesto que no se sabe, sí lo que vendrá será peor para los nicaragüenses. Después de la derrota electoral de los 90, se sucedieron en la presidencia de la República Violeta Chamorro, Arnoldo Alemán y Enrique Bolaños, tres gobiernos derechistas y, la verdad es que no sé cuál fue la diferencia cualitativa entre la situación actual que se vive en Nicaragua y la que se vivió en esos años de gobiernos de derechas. No lo sé. Atilio Borón, recomienda, además, sí no sería más productivo que toda la flota de botes en esa zona del Caribe y Centroamérica se apresten a ayudar al desastrado (yo diría más bien desastroso) timonel Ortega para que corrija el azimut “revolucionario”. ¿La fragata salvadoreña Farabundo Martí? ¿El barco petrolero de Maduro?  ¿Quién, podría lograr entonces que Daniel de un giro de 180 grados?

La metáfora utilizada por Borón, para describir la situación actual en Nicaragua es un intento melancólico de revivir a la “niña revolucionaria”, la flor más linda de nuestro querer que Nicaragua fue en el siglo pasado y que muchos apoyamos y defendimos, pero que se marchitó y dejó de existir hace ya mucho tiempo atrás.  Si de metáforas se tratará para describir lo que en Nicaragua está ocurriendo o, mejor dicho, lo que le sucede a Daniel, pienso que el cuento de hadas del danés Hans Christian Andersen, El Rey desnudo, es más apropiado; aunque hay que decir que Daniel de pasmado no tiene ni pizca y no se ha dejado engatusar por nadie, ni siquiera por Rosario Murillo. Pero al parecer sí, por el poder y la vanidad, porque éstos pueden deslumbrar y dejar ciego a cualquier gobernante.  

Tanto Manuel Cabieses Donoso como Atilio Borón, en sus respectivas apelaciones, parten de dos premisas falsas. Ni el actual FSLN es un partido político marxista revolucionario ni la sociedad nicaragüense se encuentra inmersa en un proceso revolucionario. Tanto el FSLN histórico como la revolución sandinista ya no existen. Ya no son. Dejaron de ser lo que fueron. El FSLN, aquel que Carlos Fonseca fundó con otros compañeros en la década de los sesenta, siguiendo el ejemplo de la revolución cubana, el que derrotó a la dictadura de Tacho Somoza y el que hizo todo lo posible por derrotar a la contrarrevolución planificada y financiada por el gobierno de Ronald Reagan, no es el mismo FSLN que dirigen Daniel Ortega y Rosario Murillo. Lo único que ha quedado son las cuatro siglas y la foto del General de Hombres Libres, Augusto Cesar Sandino. Hasta el color de la bandera lo cambiaron. Lo único que le ha quedado a Daniel Ortega de su época revolucionaria es el recurso del discurso antiimperialista, pero el “bote” que timonea ya no está navegando en los ríos de leche y miel de los que retóricamente anotara en su diario Tomás Borge en sus años de guerrillero encarcelado ni tampoco creo que el velero “Chayo Murillo” atraque en el puerto que Sandino soñó. 

Obviamente, la situación en Nicaragua es muy compleja y tiene muchos matices, como para facilitar un diagnóstico diferencial político acabado a distancia que se aproxime tendencialmente a lo que ahí está sucediendo. Desde afuera, lo que se ve es una “inmensa montaña verde” a la Omar Cabezas[1]  y desde cerca, lo único que se ven son muchos árboles amontonados. La lucha de clases en Nicaragua se está transformado o ya se transformó en un rio revuelto, en el cual todo el mundo político quiere sacar provecho.

El devenir del proceso político-social y económico que está viviendo el pueblo nicaragüense dependerá en gran medida de la correlación de fuerzas de las partes políticas en contienda; pero sobre todo de la actitud de la gente, de la gran masa anónima que apoyará o le dará la espalda a Daniel y a Rosario.

En todo caso, no será ni la solidaridad ni la antipatía que se tenga con Daniel y Rosario en el extranjero la que determinará el futuro del país hermano. Nicaragua, según parece, está diciendo no al “sandinismo” de Ortega y Murillo.


[1]Omar Cabezas: comandante guerrillero, autor de la novela testimonio La montaña es algo más que una inmensa montaña verde.