lunes, 1 de septiembre de 2014

Entre la hombría de Manuelón y su bonhomía, me quedo con lo segundo

Siempre que se escribe una historia, se escribe de un viejo, de un niño, de alguien conocido o de sí, pero esta historia es sencilla: voy a hablarles de un hombre humilde, modesto y juguetón, para quien las joyas y el oropel de las charreteras sólo eran espejos, colores brillantes. A él le interesaba el calor de la gente afable y la alegría de su pueblo. El avezado lector se habrá percatado que he parafraseado la “Canción del elegido” del cantautor cubano, Silvio Rodriguez como preámbulo, pues tengo sobradas razones para hacerlo: Se trata de la canción revolucionaria preferida de “Manuelón” y en cierta medida, el principio de la historia de un joven que decidió bajar al infierno de la guerra, perdón, quise decir subir al campamento de la Cañada.

Hace 28 años escribí la historia de un valiente guerrillero que cayó sin paracaídas del cielo azul salvadoreño en las montañas chalatecas. Es una historia que tiene que ver con la vida de Jesús Chicas Cartagena, alias “Manuelón”. Es una historia enterrada. Es sobre un joven que dio su vida en aras de la revolución socialista salvadoreña. Es una historia que no la conocí por terceros, sino de su propia boca. La escuché fascinado y conmovido, tendido sobre una piedra en las cercanías del campamento de las Fuerzas Especiales Selectas en el Higueral, subzona tres del Frente de guerra Apolinario Serrano, después de un merecido y necesario baño en una poza de agua fresca de la montaña y de haber lavado nuestros respectivos uniformes de campaña.

¿Qué tanto de verdad hubo en la historia? No lo sé. Pero qué importa eso. Yo la sigo creyendo. Lo esencial, al menos para mí, fue el hecho que él me confiara facetas de su vida personal, algo que de por sí, en condiciones de una guerra revolucionaria como la salvadoreña era inusual. Escribí su historia en 1986, dos años más tarde de su caída en combate en la Presa Hidroeléctrica el Cerrón Grande, como parte integral de mi novela testimonial “Cerca del amanecer” [ http://robiloh.blogspot.de/2012/10/cerca-del-amanecer7_12.html]. A él dediqué el capítulo XXI: “Manuelón, el valiente guerrillero que cayó del cielo azul salvadoreño”. Es más, el seudónimo que adopté (Víctor Manuel Santamaría) en la versión escrita y editada en 1993 en la ciudad de Valdivia, Chile, es un homenaje a Jesús Chicas Cartagena y un juego de palabras entre “Manuelón” y Abel Santamaría, el joven comunista cubano, a quien Silvio Rodriguez dedicó la “Canción del Elegido”. Ambos, “Manuelón” y Abel creyeron en la victoria popular.

Conocí a “Manuelón” un día de marzo de 1982 entrada la tarde, en el local de las Fuerzas Especiales Selectas en la Laguna Seca. El comandante Dimas Rodriguez (Nicolás Hernán Solórzano Sánchez) me había dado la orden de presentarme ante el jefe de las Fuerzas Especiales Selectas. Yo, ni corto ni perezoso puse pies en polvorosa y me dirigí a la casa-cuartel de las FES. Allí me recibió el famoso jefe guerrillero Felipe, a quien los demás compañeros llamaban cariñosamente “Felipito”.
Así, inesperadamente me vi conviviendo con una escuadra de exploración de la FES al mando de Manuelón y cargando a mis espaldas, ese mismísimo día, con dirección al campamento “El Alto”, un radio transmisor portátil militar ANPRC77, cuyo funcionamiento y manejo ─ para mi fortuna ─ no era complicado ni pesado el aparato [capítulo XI: Las Fuerzas Especiales Selectas; [ http://robiloh.blogspot.de/2012/09/cerca-del-amanecer5.html].

Puedo decir, sin temor a equivocarme, que los días más hermosos de mi paso por las montañas chalatecas, los viví en el campamento El Higueral, junto a los comandos de las FES. Allí aprendí a querer a esos jovencitos aguerridos, llámense Tinos, Solís, Moris, Gonzalitos, Williams, Rafaeles, Felipes o Manuelones. Bravos eran todos. No sólo los de las FES, sino todos los combatientes de las Fuerzas Armadas Populares de Liberación (FAPL) y sus mandos operativos, sin excluir a las compañeras que muchas veces tuvieron más “huevos” que una iguana. Ya en aquellos días de combate, la gente de masas y la tropa misma veían con admiración las hazañas de estos jóvenes guerrilleros. No eran personajes místicos, sino seres humanos que por circunstancias ajenas a su voluntad, se vieron envueltos en un conflicto militar que a muchos de ellos les robó a sus familiares más queridos, sus piernas, sus manos, sus ojos y hasta su vida. Seres humanos, con defectos, virtudes y sentimientos naturales como el miedo y el temor a perder la vida. Juventud salvadoreña que comprendió y creyó que la guerra era la paz del futuro, y se lanzó valiente al asalto a tomar una trinchera entre humo y metralla, quizás buscando la vida o la muerte, eso nunca se sabe.

Ahora, treinta y dos años más tarde me pregunto, viendo la foto de “Manuelón” estilando su boina calada: ¿Qué fue lo que más me llamó la atención en él? ¿Su hombría o su bonhomía?

Definitivamente. Entre la hombría de Manuelón y su bonhomía, me quedo con lo segundo.


¡Hasta la victoria siempre, querido y recordado Manuelón!