sábado, 24 de noviembre de 2012

Cerca del amanecer...13


XXXII. Cuarta Invasión. El enemigo contrataca con furia y con todos los “fierros”


Dos días más tarde de su regreso a Los Naranjos, Jorge comprobó que la “premonición” de German había sido correcta. El jefe guerrillero sabía por experiencia que después de acciones ofensivas guerrilleras, el enemigo solía contratacar con operaciones de castigo u operaciones de gran envergadura. La actividad guerrillera en el frente Apolinario Serrano había sido muy intensa en los últimos meses y era evidente que la iniciativa táctico-operativa estaba en manos de las Fuerzas Armadas Populares de Liberación. El intenso movimiento aéreo anunciaba la invasión militar. El ejército hondureño por su parte, tomaba posiciones estratégicas a lo largo de la frontera. Durante todo el día lunes 8 de noviembre de 1982 el ruido de los motores de los camiones militares catrachos, emulaban el “tan-tan” de los tambores de una orquesta internacional bélica. Era la obertura de una sinfonía nibelunga que tenía como escenario, no el alto Rin, sino las orillas del rio Sumpul, y como personajes principales a los descendientes del Cipitio[1] en ambos bandos. Las nubes blancas de polvo que levantaban los vehículos pesados, delataban el desplazamiento del ejército hondureño. A las nueve de la mañana del siguiente día, un avión de la Fuerza Aérea salvadoreña lanzó el primer ataque contra el Volcancillo. Las unidades de artillería ubicadas en Nueva Concepción Quezaltepeque iniciaron el “ablandamiento” del terreno. Al mismo tiempo, los batallones élites concentrados en la misma ciudad, en Upatoros y en Comalapa comenzaron a desplazarse en dirección a la Hacienda y el Volcancillo.

Alejandro recibió la orden de la Comandancia de seleccionar las mejores armas automáticas existentes en la sección de logística y ponerlas a disposición de las unidades militares. Jorge se vio obligado a cambiar su M16 por un viejo G – 3 con culata de madera. Alejandro se percató que a Jorge aquel cambio desigual no le había causado mucha gracia, porque sabía por experiencia que en las invasiones enemigas un buen fusil significaba en algunos casos, la mitad de la vida. Todo hubiera estado en orden, pero Jorge no sólo había recibido un arma vieja y defectuosa, sino que además contaba únicamente con un cargador cuyo resorte estaba también en malas condiciones.
Durante la mañana depositaron todo el material que no podían llevarse consigo en los tatús incluyendo la “mini-biblioteca”. A las cinco de la tarde regresó Alejandro. EI personal de las dos secciones se formó inmediatamente en el patio de la casa-cuartel y Alejandro impartió las respectivas instrucciones.
En fila india se dirigieron a las Huertas. Allí esperaron a que atardeciera para continuar la marcha rumbo al caserío EI Portillo donde se reunirían con el mando estratégico. En condiciones normales el recorrido de las Huertas al Portillo, duraba sólo treinta minutos.

Alejandro recomendó a la población civil llevar consigo solamente lo verdaderamente indispensable. A pesar de las advertencias del mando y de la propia experiencia, las mujeres cargaban en sus cabezas las pesadas piedras de moler, gallinas, sacos con maíz y frijoles. En resumidas cuentas, todo lo que les pertenecía. Los niños cabalgaban en los hombros de sus padres esquivando con maestría innusitada las ramas de los arbustos y chiriviscos a la vera del camino. Todos temían el grito inesperado de algún lactante, el cacarear espontáneo de una gallina clueca y el quiquiriquí vespertino de un gallo madrugador. Todos esos sonidos cotidianos, naturales y llenos de vida, podían significar la muerte en las invasiones.

La pesada serpiente humana se arrastraba lenta y silenciosa en la oscuridad. La marcha se detenía a cada momento. De vez en cuando una linterna alumbraba el suelo en busca del camino. De inmediato se escuchaba la voz de un guerrillero ordenando apagar la linterna. El uso del “foco” en la montaña también estaba sometido a ciertas reglas y técnicas. Normalmente el guerrillero sabía caminar en la oscuridad sin necesidad de linterna y solamente en casos extremos se recurría ella. Para evitar ser detectado a la distancia por el enemigo, era menester colocar la mano alrededor del vidrio y mantener la linterna siempre en dirección al suelo. Los débiles haces luminosos que se escapan entre medio los dedos eran suficientes para los ojos del guerrillero experimentado.

La vanguardia de la columna entró en el Portillo a la una de la mañana. Desde allí se escuchaban las voces y ruidos producidos por el resto de la gente que aún bajaba del Roble. Las linternas cruzaban sus luces en todas las direcciones. EI caos reinante durante la marcha se debía fundamentalmente a que la población civil no acataba con rigor castrense las órdenes del jefe de la columna.
Arnoldo, al frente de la sección de servicios había llegado minutos antes al Portillo. Su columna se había dirigido directamente al punto de reunión sin pasar por Las Huertas.
EI mando estratégico de las FAPL había abandonado el lugar a las once de la noche, dejando como enlace a Ruperto, el experimentado guía – mensajero, quien conocía Chalatenango como la palma de su mano. Muchas invasiones le había tocado vivir y aguantar, pero la más importante hasta la fecha había sido la de octubre de 1981. En ese entonces, Netón a la sazón jefe de operaciones del Apolinario Serrano, le dio la orden de conducir al compañero Marcial y al grupo de seguridad personal del Comandante por los territorios infestados de tropas enemigas. Con maestría y valentía, Ruperto logró sacar del cerco operativo al legendario dirigente de la revolución salvadoreña y conducirlo sano y salvo hasta la cima de EI Alto. Ruperto se movía en las montañas de Chalatenango como pez en el agua.

EI mensaje para Alejandro estaba firmado por el Comandante  Dimas. Le informaba que ellos – el mando estratégico – se dirigían a los Gramales y que el enemigo se encontraba en San Antonio Los Ranchos. La posibilidad de que las tropas invasoras hubieran avanzado hasta Guarjila preocupaba seriamente a Arnoldo y Alejandro.
Solamente había dos opciones: quedarse en los alrededores escondidos en el monte y pedirle a las once mil vírgenes que los protegiera de los batallones rastreadores o continuar la marcha y tratar de salir del cerco. Pero, ¿hacia dónde?
– ¿Qué pensás vos? – pregunto Alejandro, sosteniendo en sus manos un mapa de Chalatenango escala 1:50000. Arnoldo se quedó pensativo unos segundos tratando de ordenar sus pensamientos. “Nuestras montañas son las masas” solía comentar Marcial, cuando le preguntaban acerca de la posibilidad de la guerra de guerrillas en El Salvador. A falta de vastas y espesas montañas protectoras, bendita sean las masas populares. Ahora, ambos jefes guerrilleros, más políticos que militares, y con el agravante de desconocer el terreno, tenían la enorme responsabilidad de conducir a la “montaña” humana a un lugar seguro.
–Vos conocés bien la zona – dijo Arnoldo dirigiéndose a Ruperto.
 – Más o menos – respondió con la típica humildad campesina.
 – EI enemigo probablemente se encuentre en Guarjila, Los Ranchos, Portillo del Norte – informó Alejandro, a fin de que el guía tuviera un marco general de la situación operativa.
Ruperto señaló con el dedo una elevación en el mapa ubicada en las cercanías de San José Las Flores, aproximadamente a seis kilómetros de distancia del lugar en que se encontraban.
Para llegar a la calle que conducía a Las Flores, el paso por Guarjila era inevitable. Había que tomar rápidamente una decisión, ya que la noche amenazaba con transformarse en día. Ambos jefes optaron por arriesgarse a chocar con el enemigo en Guarjila. EI desconocimiento del terreno y la falta de experiencia en la conducción de tropa en situaciones especiales de guerra, motivó tal vez a Alejandro a entregar a Arnoldo el mando de la columna.

La vanguardia estaba formada por Ruperto, Jorge, Nico[2], Rafael y el bicho Frank. Los tres últimos eran los instructores de la escuela militar que a la sazón funcionaba bajo la responsabilidad del “zarco” Samuel. Todos con excepción de Jorge, podían considerarse veteranos de invasiones. ÉI y Rafael eran los únicos en la punta de lanza que no habían participado en la famosa “guinda de octubre del 81”. Muchas eran las anécdotas, sobrias e hiperbólicas, que se contaban al respecto. Se decía que Nicolás había llegado días más tarde al Alto con los pies descalzos y ensangrentados. Se había extraviado en la oscuridad perdiendo el contacto con el resto de la columna y permaneció varios días caminando por veredas y quebradas para evitar chocar con el enemigo. Nadie conocía las huellas profundas que dejaban las invasiones enemigas en la mente de los guerrilleros. No todos habían tenido la “buena suerte” de Nico, Manuelón, Lucio y Raulón. Otros tuvieron la desgracia de morir en algún matorral inédito de la montaña chalateca, como sucedió con Horacio, el internacionalista chileno, de quien lo único que quedó fue el G-3 y la navaja suiza Victorinox. Unos guerrilleros de la Montañita encontraron meses más tarde en medio de los charrales los restos del combatiente chileno. Ramiro pudo identificar a su compatriota, a quien daban por perdido desde la invasión de octubre, por la cortapluma suiza. Probablemente resultó herido en una escaramuza o al intentar romper el cerco. Horacio se había arrastrado como pudo hasta quedar oculto bajo los arbustos. Murió lentamente escondido en la maleza salvaje de la Montaña, soñando tal vez con los blancos Andes que lo vieron nacer. Otros, como Roque, el hijo del gran poeta revolucionario Roque Dalton, fueron dados por desaparecidos, sin saberse a ciencia cierta, si habían caído en combate o habían sido capturados por el enemigo.

La columna integrada en su mayoría por gente de masa emprendió el descenso rápidamente en dirección a Guarjila. Al llegar al caserío fantasma, la vanguardia avanzó sigilosamente tratando de descubrir en la oscuridad a algún soldado oculto. Afortunadamente Guarjila estaba vacía y desolada. A las cinco de la mañana llegaron a la calle. La madrugada había llegado y el tiempo se encogía. EI peligro de chocar con el enemigo aumentaba minuto a minuto. Los guerrilleros avanzaban sigilosamente y con mucha precaución. Era una lucha por ganar terreno centímetro a centímetro. Era el eterno combate entre el tiempo y el espacio. EI cansancio se hacía sentir. EI nerviosismo y la tensión aumentaban proporcionalmente al movimiento de las agujas del reloj.
La columna había quedado truncada en alguna parte del camino. No había explicaciones ni tiempo para pedirlas. Arnoldo ordenó continuar la marcha. AI cabo de unos minutos pasaron de largo por los Corrales, donde meses atrás el enemigo había sido emboscado. Eran las siete de la mañana cuando se internaron por una vereda para ocultarse en la espesura de la vegetación. EI peligro continuaba siendo latente, incluso bajo la protección de la flora. Dos horas más tarde y alejados lo suficiente de la calle, se detuvieron en las cercanías de la elevación que Ruperto en la víspera había señalado en el mapa.
De las doscientas personas que conformaban originalmente la columna, solamente quedaron alrededor de setenta. EI grueso de la columna se componía de mujeres, ancianos y niños, y se contaba sólo con doce fusiles automáticos para defender a la población civil. Arnoldo ordenó una defensa circular. En ese lugar pasarían el resto del día.

Franky, Nicolás, Rafael y Jorge controlaban el sector sur. A las diez de la mañana se escuchó el ruido creciente de los A-37. Al poco tiempo se lanzaban en picada dejando caer las bombas en el cerro La Bola.
 – ¡Exactamente trece segundos! – exclamó Jorge. ¡Eh, Franky Boy! ¡Multiplícame trece por trecientos!
 – ¡Puta, Jorgito! Parece que ya se le olvidaron los números – respondió sonriendo el joven guerrillero.

Frank apenas tendría dieciséis años y ya conocía todos los secretos y amarguras de la guerra. Muchas responsabilidades había desempeñado desde que se inició la guerra revolucionaria. Desde jefe de subzona hasta instructor de la escuelita militar. Como experto en explosivos había participado en diversas emboscadas colocando minas vietnamitas, antitanques y cazabobos...
Jorge sabía que tenía más de dos años de no ver a sus padres. Y se lo imaginaba abrazando a su madre, desparramando sus cabellos rubios y rizados en el pecho acongojado, llorando de alegría, silbando despreocupado rumbo al instituto Nacional General Francisco Menéndez, aquel centro de estudio de gran nivel educativo, donde los más inteligentes y estudiosos hijos de la clase obrera y la clase media baja, podían acceder al bachillerato académico; cantando iría, dicharachero, pubertario, haciendo bromas de niño con las compañeras de estudio. A “Franky-Boy[3]” la guerra le robó su infancia y adolescencia, le violentó sus sueños, le privó de jugar al fútbol, básquet o el beisbol como cualquier jovencito de su edad. “Franky Boy” se vio de repente gritando en las calles organizando barricadas, pintando las paredes de “San Sibar” (San Salvador) con consignas revolucionarias del MERS[4] y el BPR[5], mientras los de su misma edad soñaban con regalos de navidad. Ciertamente la guerra revolucionaria le privó de muchas cosas. Pero Franky dejó de ser niño, porque comprendió temprano que para construir el socialismo había que luchar con las armas en la mano. La guerra con su crueldad y muerte, le enseñó a amar la vida como solamente los verdaderos revolucionarios saben hacerlo. La montaña se transformó en el lecho materno casi olvidado a fuerza de bombas y emboscadas. Frank, Medardo, Nicolás, Lencho, Samuel, Felipón, Marvin, William, German y muchos estudiantes más de secundaria, luchaban por conquistar el poder y la construcción del socialismo.

Los pensamientos de Jorge fueron interrumpidos cuando Frank le ofreció algo de comer.
– ¿Qué dice si le entramos a esta sopa Maggie? – preguntó Franky, extendiendo el sobrecito verde-amarillo.
Jorge abrió el sobre y vació sobre su mano un poco del contenido. En un dos por tres masticaron la “sopa de pollo” con fideos. Lo salado del producto gringo, hecho en Guatemala, los obligó a beber más agua de lo necesario.
EI día hubiera transcurrido sin novedades de no haber sido por los aviones de guerra que surcaban el espacio aéreo de Chalatenango. Hubiera podido creerse que se trataba de un día normal y corriente en la montaña. Pero la infantería enemiga silenciosa rastreaba el terreno. ¿Dónde se ocultaba el enemigo?
Arnoldo continuaba tratando de comunicarse con el mando estratégico. La falta de información durante las invasiones equivalía a andar ciego por el monte. En cualquier quebrada o en el cerro menos pensado podía estar emboscado el enemigo, al acecho esperando a la guerrilla. En tales circunstancias solamente la experiencia, el instinto, el olfato guerrillero y... la suerte servían de guía.

EI día es aliado estratégico del ejército enemigo, mientras la noche recoge en su regazo al guerrillero.
A las cinco y media de la tarde Arnoldo organizó la marcha. En noventa minutos habían alcanzado la parte más elevada del cerro. Allí pasarían la noche. Al parecer la intención de Alejandro y Arnoldo era romper el cerco y continuar la marcha rumbo a los Amates. Hasta ese entonces el caserío ubicado a las orillas del embalse de la presa 5 noviembre, había servido siempre como refugio de la población civil. Lo que ambos jefes guerrilleros ignoraban con toda seguridad, era el hecho que el radio de acción de la invasión comprendía desde Comalapa hasta el Cerro Eramón. Prácticamente todo el territorio controlado por las Fuerzas Armadas Populares de Liberación Farabundo Martí. Es decir una operación típica de “Yunque y Martillo. La dirección principal de ataque del ejército había comenzado en el sector noroccidental de la Montañona. Los estrategas militares pretendían “arrear” a las unidades militares guerrilleras al valle comprendido entre el cerro La Bola y el cerro Eramón /montañas de El Alto.
Esa noche acamparon en pequeños grupos dispersos en la cima del cerro, conservando siempre un sistema de defensa circular. Al centro del campamento dormían las mujeres, niños, ancianos y el mando de la columna.

Tercer día de invasión

Al amanecer Arnoldo impartió instrucciones a los diferentes grupos de defensa. Al grupo de Rafael le tocó cuidar la parte sur. La jefatura optó por mantener concentrada la columna debido a que la situación operativa podía cambiar bruscamente en cualquier momento. La espesura de los arbustos imposibilitaba la observación aérea y terrestre. La vigilancia se haría en parejas y por un espacio de dos horas. EI primer turno les correspondió a Rafael y Jorge.
Bajaron aproximadamente ochenta metros y se ocultaron bajo la maleza. Desde allí podían controlar el movimiento enemigo en la cumbre del Alto y en las elevaciones aledañas. Las tropas del ejército se encontraban en San Isidro Labrador. Los soldados habían comenzado a quemar las casas y los ranchos. Era lógico pensar que las unidades militares avanzarían en dirección a Guarjila.
 – Mirá, Jorge – dijo Rafael. Andá arriba e informarle a Arnoldo la situación.
Jorge se arrastró unos pocos metros hasta lograr salir de la maleza y velozmente corrió hasta donde estaba el puesto de mando.
– Yo pienso que los hijos de puta llegaron esta madrugada a San Isidro – señaló Jorge.
– ¿Hacia dónde se dirigen? – preguntó Alejandro.
– Me imagino que van en dirección al caserío EI Mojón – contestó Jorge.
– Mire, compa Arnoldo – intervino Ruperto. De San Isidro también sale un camino que viene a dar a Las Flores. Probablemente llegarán a Las Flores por ambos caminos.
Jorge regresó al puesto de observación. A las ocho de la mañana se escuchó el primer tiroteo en dirección de Las Flores. Todos pensaron que algún grupo de masas había chocado con el enemigo, ya que solamente se oían las interminables ráfagas de los invasores.

A los pocos minutos las granadas de mortero 81 milimetros comenzaron caer en las cercanías. Luego vino el silencio y la terrible espera. Nadie sabía lo que estaba ocurriendo. Arnoldo consiguió por fin comunicarse con otras unidades. Se trataba del destacamento dos comandado el “Conejo” William. Las unidades del “Conejo” se encontraban entre EI Mojón y Guarjila. La noticia alegró a medio mundo. En los alrededores todo era silencio; tampoco se observaba movimiento del enemigo. Un guerrillero llegó con la orden de abandonar inmediatamente el puesto de observación.
En el preciso momento en que Jorge se paró para ir a buscar a Rafael, éste llegó corriendo e informó que los soldados estaban a unos treinta metros de distancia. Casi volando subieron la pendiente y llegaron a la cima. No habían transcurrido diez minutos cuando las primeras granadas de M-79 hicieron impacto en la zona. Arnoldo ordenó de inmediato retirarse del lugar. En cosa de segundos, la columna conducida por Rafael y Jorge desapareció como por arte de magia.

Detrás se escuchaban las granadas y las ráfagas de los fusiles automáticos. La situación había cambiado violentamente. Al chocar un grupo de masas con el enemigo, éste ordenó a sus unidades, que originalmente avanzaban en dirección a Guarjila, dirigirse a las elevaciones aledañas a Las Flores, sin tener conocimiento que precisamente que en ese lugar se encontraban escondidos algunos grupos guerrilleros. EI enemigo comenzó a peinar los montes hasta chocar con el puesto de observación.
Habiéndose alejado lo suficiente del peligro, Arnoldo ordenó detener la marcha para tratar de organizar mejor la retirada. Los jefes tenían la intención de avanzar hasta la zona donde se encontraba desplegado el destacamento dos. La situación en que se encontraban era demasiado peligrosa como para ponerse a pensar mucho. EI enemigo podía encontrarse en cualquier parte del valle situado entre la calle a Las Flores y EI Alto.

Los niños comenzaron a inquietarse por la falta de alimento y por el intenso calor del mediodía. Para no correr el riesgo de ser detectados por el llanto inesperado de algún cipote, se repartió a los adultos media pastilla de diazepam (valium) para asegurar el silencio de imberbes.
Buscaron mimetizarse con el medio ambiente cubriendo los uniformes con hojas y arbustos característicos que ofrecía la zona. Rompiendo camino continuaron la marcha. Uno de los niños se resistía a los efectos tranquilizantes de la droga. Iba muy contento y risueño. Parecía estar en “onda” o “Stoned”, como decía el bicho Frank, sólo sus pupilas dilatadas delataban el estado en que se encontraba. Todos temían que en cualquier momento soltara un grito de mariachi mexicano en la Praviana y delatara la posición. Por el bien colectivo y el suyo propio, se le dio una pastilla entera. Rápidamente cerró sus parpados y quedó profundamente dormido.

EI sol caía en vertical. Las piernas temblaban por el esfuerzo realizado, el sudor bañaba los rostros enrojecidos por el cansancio. El niño embobado por el estupefaciente colgaba en la espada del padre, alejado químicamente del peligro que corría. Jorge temía que en cualquier momento aparecieran los helicópteros. Ruperto anunció que pronto cruzarían un camino. Al cabo de dos horas llegaron al lugar donde los esperaba el “Conejo” de la suerte. EI jefe guerrillero apareció del monte con su inconfundible boina negra. EI encuentro fue sellado con abrazos y risas de alegría. Una guerrillera apodada la “Chalateca” reía a más no poder, dejando entrever el espacio vacío donde otrora estaba alojado un incisivo. La falta del diente delantero no le restaba nada a la belleza y hermosura de la jovencita. Después del protocolo improvisado, continuaron la marcha en dirección a Los Almendros. El “Conejo” William tomó la jefatura de la columna. Jorge se sintió más tranquilo teniendo como jefe de la columna a un militar guerrillero de verdad.
A lo lejos se escuchaban estallidos de granadas de mortero 120. Al llegar a los Almendros, William ordenó acampar. Las casas destruidas desde la ofensiva general de 1981 fueron ocupadas por la población civil. EI destacamento dos continuó la marcha en dirección a la finca Alemania.
Los Almendros habían sido hace algunos años el campamento principal de la guerrilla. Allí se habían recibido sesenta fusiles FAL un día antes del ataque al cuartel de Chalatenango, en el mes de enero de 1981. Una patrulla de exploración había encontrado los cadáveres de dos mujeres en los cafetales de la finca Alemania. Se trataba de una mujer joven y su anciana madre. Ambos cuerpos estaban completamente mutilados. Desnudos y cubiertos de sangre, los restos de las dos mujeres yacían a un lado del camino, llenos de hormigas. Madre e hija habían saciado, forzosamente, los perversos deseos sexuales de las hordas salvajes del batallón Jaguar. Estas dos mujeres fueron las primeras víctimas que se reportaron durante la invasión.
Felipón había establecido contacto con el “Conejo” William. Por orden del Comandante Diego, Felipón había llegado desde los Gramales para hacerse cargo de la jefatura de las unidades operativas que se encontraban en esa zona. Alejandro y Arnoldo se integraron al mando provisional compuesto por William y Filepón.

Cuarto día de invasión

Jacinto[6] apareció con el resto de la columna de la sección de logística y talleres, y durante el día se coció una inmensa olla de frijoles y otra de maíz. La dirección subzonal del partido se hizo responsable de las masas populares, es decir, las “montañas salvadoreñas”. Llegaron rumores que desde Mirandilla y Platanares había llegado miel y pescado seco. También llegó la noticia que los pobladores de EI Alto, Portillo del Norte y demás alrededores habían logrado atravesar el lago-embalse de Suchitlán.

Quinto día de invasión

La estadía en Los Almendros se volvió monótona. Jorge decidió subir al puesto de mando para informarse de la situación general. Al verlo llegar, Alejandro, visiblemente molesto por su presencia, le reclamó.
– ¿Qué estás haciendo acá? Te dije que te quedaras allá abajo. ¡Andáte inmediatamente!
– Solamente vine a informarme de lo que está sucediendo – contestó Jorge. ¡Abajo nadie sabe que putas pasa!
– Ah, bueno. Pensé que venías a quedarte acá...
– Nunca pensé quedarme acá – respondió Jorge molesto.
Jorge quien era un guerrillero de malas pulgas y además no tenía pelos en la lengua, respondió brusco y con mala leche.
– Sentáte, pues. ¿Querés un poco de miel?
– Bueno...
Felipón saludó a Jorge y le ofreció un cigarrillo. Después de fumarse el “Delta” y saborear la dulce miel de Guazapa, Jorge regresó a Los Almendros sin haber averiguado nada nuevo.
– ¿Qué dicen los Comanches? – preguntó Franky.
– No me dijeron ni mierda – gruñó Jorge.

Los bombardeos habían dejado de estremecer los montes y las granadas de los morteros habían dejado de ulular por los aires. Eso significaba que el enemigo se encontraba en la fase de rastreo de los campamentos de La Montaña y La Laguna. De vez en cuando las ametralladoras “punto cincuenta” enemigas disparaban en la oscuridad dejando escapar grandes lengüetazos de fuego.

Sexto día de invasión

Por la tarde llegó un mensaje de Felipón. Al atardecer se trasladarían a Los Ranchos y solamente la población civil se quedaría en Los Almendros
Entrada la noche llegaron al caserío. Las unidades se alojaron en las casas abandonadas de Los Ranchos. Jorge se unió al personal de Talleres. Jacinto buscó una casa en las cercanías de la iglesia. La misma donde las monjas Ita Ford y Maura Clark habían trabajado abnegadamente con los pobladores.

Séptimo día de invasión

La Comandancia ordenó tender una emboscada a la altura de Guarjila. AI parecer tenía la información que una compañía enemiga se desplazaría de San José Las Flores hacia Guarjila. Todo indicaba que el enemigo se encontraba en la fase de retirada.
Por la mañana, las escuadras del destacamento dos, reforzadas con el pelotón de armas de apoyo, se dirigieron a ocupar sus posiciones de combate. A las doce del mediodía se divisó la vanguardia enemiga. Venían en dos columnas, una a cada lado de la calle. Los soldados empuñaban los fusiles con nerviosismo, girando constantemente la cabeza en todas las direcciones. A la una de la tarde se abrió fuego sobre la avanzada militar. Segundos después estallaron las minas vietnamitas. EI combate duró apenas media hora.
Las primeras escuadras llegaron a Los Ranchos dos horas más tarde. Para algunos guerrilleros la emboscada había sido un éxito. Pero al parecer, Frank y Rafael no estaban conformes con el desarrollo del combate.
– ¡Vale verga! – decía Franky. Fíjese Jorge, que los teníamos bien cerquita a los cabrones, cuando a un cabrón se le aguadó la caca y comenzó a disparar. Entonces los soldados se desplegaron y comenzaron a rodearnos. ¡Vale verga! ¡Vale verga! – repetía Franky moviendo con incredulidad su cabeza.
– ¿Pero le hicieron bajas al enemigo? – preguntó Jorge.
– Yo creo que sí – respondió Rafael al tiempo que chupaba el cigarro.
Un helicóptero artillado se apresuró a transportar a cuatro soldados heridos y a un muerto. Por parte de la guerrilla, se reportó la caída de un combatiente. Felipón, Alejandro, Marito y Arnoldo se dirigieron a Los Gramales a reunirse con el mando estratégico. A la media hora de haberse marchado, se escucharon las primeras explosiones de morteros. En Los Ranchos los combatientes se prepararon para un eventual bombardeo. Pero las granadas del fuego artillero volaban en otra dirección.
AI atardecer William dio la orden de prepararse para la marcha nocturna. A las seis y media de la tarde, la columna guerrillera se dirigió rumbo al Alto. EI primer descanso lo hicieron en las cercanías del campamento.

Octavo día de invasión

A la una de la mañana pasaron de largo por EI Alto. La marcha continuaba en dirección al Portillo del Norte. William quería aprovechar la noche para alejarse del lugar donde habían emboscado al enemigo.
Eran las siete de la mañana y aún se encontraban caminando. EI Portillo del Norte había quedado atrás hacía dos horas. William ordenó salirse de la vereda evitando así ser detectados por el enemigo. La retaguardia se encargó de borrar las huellas, ornamentando el “trillo[7]” que decenas de pisadas habían producido. El lugar escogido por el jefe guerrillero era ideal para pasar desapercibido durante varios días. Los laberintos de zarza impedían caminar de pie en algunos lugares. Los guerrilleros cansados, cayeron como piedras en el suelo húmedo del monte. Después de catorce horas de caminata se encontraban a diez kilómetros de distancia de San Antonio Los Ranchos. Los Amates orillaban abajo con las aguas del Sumpul.
EI disparo repentino despertó a todos los guerrilleros. Un joven guerrillero visiblemente asustado había olvidado ponerle el seguro al FAL. EI fusil se había resbalado unos pocos centímetros, pero los suficientes como para activar el mecanismo de disparo. Afortunadamente no hubo ningun accidente que lamentar. El “Conejo” le quitó el arma y se la entregó a otro guerrillero, castigando así la imprudencia del combatiente. Era muy difícil que el enemigo detectara un disparo aislado en ese inmenso mar de arbustos plagado de espinas cortantes y hormigas gigantes. Franky, con su humor característico, decía que era más facil detectar la procedencia de un pedo en el cine Modelo[8], a la una de la tarde, que averiguar de donde había salido el proyectil “7 punto 62” milímetros del viejo FAL belga.
Después de la interrupción todos volvieron a dormirse.

Noveno día de invasión

EI alba los sorprendió tendidos bajo el techo verde de la vegetación salvaje. Jorge, quien había asumido las funciones de radio-operador, trataba de interceptar las comunicaciones del enemigo, que se encontraba acampado en Los Amates. EI capitán de la compañía reportaba la falta de alimentos. EI mando militar en Chalatenango prometía enviar por helicóptero las raciones operativas. La moral combativa de los soldados comenzaba a disminuir. Después de las cinco de la tarde ningún soldado se atrevía a moverse ni siquiera un centímetro en el terreno. Se quedaban acampados precisamente en el lugar donde el crepúsculo los obligaba a detener su avance, ya que eI miedo a ser emboscados, de pisar un cazabobos o a caminar en la noche, les crespaba los pelos de la nuca e incluso los del chiquirín. La tensión de sentirse en territorio guerrillero influía negativamente en la mente del soldado, reduciéndose enormemente su capacidad táctico-operativa e iniciativa. Los oficiales sabían por experiencia que en los montes se encontraban los guerrilleros, pero ¿cómo lograr mover a su tropa y peinar paImo a palmo el terreno? ¿Cómo elevar la moral combativa de sus unidades? En la fase en que se encontraba el operativo militar, el bombardeo de los Fouga Magister y de los A-37 resultaba tan inocuo como querer cazar perdíces con cañones. Los morteros 120 milímetros eran también inofensivos, puesto que la guerrilla estaba dispersa en todo el teatro de operaciones. Era como buscar una aguja en un pajar.

También los guerrilleros se habían quedado sin vitualla, pero nadie protestaba por eso.
EI mando militar había ordenado peinar las aIturas de EI Alto y los alrededores, pero eI rastreo nunca se llevó a cabo. Las compañías invasoras ubicadas en la región oriental y suroriental del departamento comenzaron a replegarse escalonadamente. Prácticamente al noveno día, la invasión había concluído.
El“Conejo” William esperó el atardecer para trasladarse nuevamente con el destacamento dos a Los Almendros. Esta vez caminaron por las faldas de EI Alto hasta llegar al caserío EI Mojón, situado a pocos kilómetros de Los Almendros. Allí pasaron la noche.
Por la mañana llegó otra columna guerrillera conducida por Alejandro y Arnoldo. Se trataba del personal de varias secciones del Estado Mayor.
– ¿Como les fue a ustedes? – pregunto Alejandro.
– Sin ningún problema – contestó Jorge. ¿Y a ustedes?
– ¡A nosotros nos llevó putasl – exclamó Alejandro. Cuando llegamos a los Gramales después de la emboscada, el enemigo parece que había detectado nuestra posición, pues comenzó a morterear.
 – ¡A la puta! Era a ustedes que mortereaban – intervino Jorge. A mí me extrañó mucho que no morterearan Los Ranchos...

Según las informaciones del mando guerrillero, el enemigo aún se encontraba en la fase del repliegue. Esa noche cocinaron una gallina que había sido sorprendida durmiendo en una mata de morro. La tensión y el nerviosismo habían desaparecido de los rostros. Los chistes florecían y las experiencias vividas pasaban a formar parte del inagotable repertorio anecdótico guerrillero, enriquecido con variadas historias. Nadie mencionaba la muerte ni los sacrificios ni el hambre. La alegría de haber derrotado nuevamente al enemigo y de estar vivo era lo principal en esos momentos. No importaba si esa alegría durara un minuto, tal vez un día o acaso un mes. Todos sabían que la guerra continuaría con más furia y más crueldad.

Décimo día

La patrulla de exploración integrada por Luisón, un especialista en explosivos, Alejandro, Jorge, Arnoldo y cuatro combatientes de las UV partió rumbo a La Laguna. Al llegar a los alrededores de las Huertas, Luisón se adelantó para desactivar cualquier carga explosiva que el enemigo hubiera dejado oculta. EI caserío se encontraba límpio de cazabobos.
Alejandro ordenó a Luisón explorar el campamento del puesto de mando estratégico de la guerrilla. Luisón regresó después de una hora con la noticia que todo estaba normal. Alejandro se comunicó con la Comandancia por medio del YAESU. Al parecer, los Comandantes se encontraban en las cercanías, pues rápidamente llegaron a las Huertas.
Alejandro y Jorge se dirigieron a Los Naranjos. En la vereda que conducía de Las Huertas a La Laguna encontraron tierra removida y pensaron que podría tratarse de alguna mina.
Posteriormente se supo que el ejército había asesinado a una pobladora de La Laguna, quien debido a la elefantiasis que padecía, se había quedado escondida en la “cueva de los murciélagos”.
A los salvajes soldados no les conmovió ver las piernas inflamadas de la pobre mujer. La gente de masas le había dado cristiana sepultura horas antes.
Ese era el montículo de tierra removida que habían encontrado en la vereda.

Décimo primer día

La vida continuó como corriente inagotable de agua en la montaña. Los pobladores levantaban nuevamente los ranchitos de las cenizas y los escombros. Los fogones volvían a arder calentando con fuego de leña seca los comales ennegrecidos por el hollín. Las ollas escondidas en los tatús volvieron a recibir en sus vientres los granos de maíz y frijoles. Las laboriosas mujeres golpeaban graciosamente la harina de maíz entre sus manos dándole forma a la masa y arrojando diestramente las tortillas al comal. La cintura rítmica que se movía al compás de la nueva vida, las manos que se aferraban a la piedra que molía el nixtamal, la frenta adornada con un listón rojo, los ojos dulces preñados de esperanza, la risa límpia que brotaba de los labios canela de la mujer salvadoreña era el sello victorioso con que quedaba estampada la invasión enemiga.
Once batallones élites, tres de ellos a lo largo de la frontera con Honduras, no fueron capaces de detener el torrente libertario del frente norte Apolinario Serrano.
La casa-cuartel de la sección política había quedado intacta. Los tatús no habían sido encontrados por el enemigo y Jorge recibió nuevamente un M16. La tercera invasión en el transcurso del año era ya parte de la historia. 
El amanecer sorprendió a Jorge haciendo guardia en Los Naranjos. Nunca antes había visto tan de cerca el amanecer. Era el décimo segundo día...y había que levantar la tropa para seguir empujando el sol....


German llegó acompañado de Medardo, Joaquín “Treinta”y Marvin para reunirse con Bernardo.
Bernardo, un joven Comandante, había llegado al frente Norte hacía un par de semanas. Como jefe de la sección de operaciones, tenía la tarea de coordinar el trabajo de los destacamentos guerrilleros. En realidad Bernardo era, de facto, el jefe del primer batallón de unidades de vanguardia. Sin embargo la Comandancia evitaba que se diera a conocer oficialmente la noticia. AI parecer se trataba de un secreto militar, pero en La Laguna muchos guerrilleros sabían o intuían la función que desempeñaba el joven guerrillero, de quien se decía era el brazo derecho del Comandante Marcial.
A Bernardo aún se le notaban las libras de sobrepeso. Todavía no vestía a la moda guerrillera. EI “walkman” del Comandante causó gran revuelo en la sección política y logística, sobre todo entre Jacinto y Jorge, quienes se turnaban para escuchar “EI Rabo de Nube” y “Dias y Flores” de Silvio Rodriguez. Aunque por falta de música nadie se quejaba en las secciones. Había un surtido de cassettes. Desde Credence Clearwater Revival, Willie Colon y Ruben Blades hasta los Alegres del Teran con sus rancheras mexicanas.
Al terminar la reunión, la compañera cocinera sirvió la comida y German comenzó a contar las aventuras vividas durante la invasión. Parecía uno de los jóvenes del Decamerón y cual Pánfilo, narró aquella noche la aventura guerrillera, donde él y sus compañeros de armas demostraron la astucia e inteligencia de los guerrilleros del Frente Apolinario Serrano.

“...El pelotón de Medardo fue el primero en chocar con el enemigo. Las unidades élites del Atlacatl y Ramón Belloso avanzaron desde el caserío las Pacayas en dirección a la Hacienda. EI batallón Sierpes desplegó sus compañías en la zona de la Montañita, donde se encontraba Ramón al mando de la columna guerrillera número uno. Medardo se replegó a las faldas del Volcancillo. Fuertes combates se entablaron durante todo ese día.
Las columnas guerrilleras contuvieron el avance enemigo en la Montañita, mientras las unidades de vanguardia del destacamento uno entablaron combate con los batalIones Atlacatl y Belloso en las faldas del Volcancillo.
AI siguiente día, German se replegó a la Burrera, al tiempo que Ramón hizo lo mismo en dirección a Comalapa. Por la noche la columna guerrillera recibió la orden de la Comandancia de replegarse a la subzona tres. Por su parte las UV salieron del teatro de operaciones en dirección a la subzona dos. EI enemigo se percató del movimiento guerrillero. Ramón logró romper esa noche el cerco operativo sin necesidad de chocar con las fuerzas invasoras. Mientras German en lugar de avanzar hacia el Conacaste como lo había ordenado la Comandancia, decidió dirigirse a Ojos de Agua, sabiendo que a esas alturas la región estaría plagada de soldados. Pero era de noche y estaban en “su montaña”, y conocido es que la noche en la montaña siempre es guerrillera.
Lencho, quien también se encontraba junto con el destacamento uno, estuvo de acuerdo con el jefe guerrillero. Para aprovechar al máximo el tiempo con que contaban, emprendieron la marcha utilizando la calle de tierra que unía EI Zapotal con Ojos de Agua y el Carrizal. EI mando enemigo jamás se hubiera imaginado que los guerrilleros optarían por esa salida aparentemente descabellada. Sin embargo, fueron las circunstancias en el terreno que obligaron a German a tomar esa decisión. Dirigirse al Conacaste significaba moverse en la dirección que el enemigo deseaba para asestar el golpe final. Las tropas hondureñas servirían como “yunque”, mientras las tropas élites fungirian como el “martillo”. EI cerco operativo tendido en la subzona dos, comprendía las direcciones principales de fuego: Nueva Trinidad, San José Las Flores, Las Vueltas, los cerros Talzate y La Bola, Ojos de Agua y EI Coyolar.

Las elevaciones cercanas a Ojos de Agua habían sido ocupadas por el enemigo al atardecer.
La columna guerrillera de German avanzaba lentamente por la calle, mientras los soldados apostados en los cerros ignoraban que el desplazamiento que se estaba llevando a cabo frente a sus narices, era el de los guerrilleros. La madrugada sorprendió a German en las afueras del Carrizal. AI otro lado del Sumpul las tropas catrachas cavaban trincheras a lo largo de la frontera natural. Era evidente que el ejército hondureño se había percatado del movimiento militar al lado salvadore ño. Lo que los oficiales catrachos no podían saber, era que se trataba de un movimiento de la guerrilla y no del ejército guanaco como ellos tranquilamente suponían.

Betty, quien estaba a cargo del abastecimiento logístico del destacamento uno era la única que no vestía verde olivo y através de ese descuido los observadores se dieron cuenta que se trataba de fuerzas guerrilleras. La voz de alarma cundió dentro de la tropa y los soldados hondureños corrieron a tomar sus FALES.
German continúo la marcha en dirección a Vainillas. La intención original del jefe guerrillero era de replegarse a la subzona tres, que de acuerdo a la informacion de Ramón, se encontraba límpia de soldados.
Al cabo de una hora los helicópteros Huey comenzaron a desembarcar tropa a la altura del caserío Los Prados. EI mando catracho informó por radio del desplazamiento guerrillero. A la sazón, el destacamento uno se encontraba en las cercanías de la quebrada Honda, entre Vainillas y Los Prados. Analizando la situación operativa, German comprendió que no podía continuar por la misma ruta. Descubiertos ya por el enemigo, el factor sorpresa se había perdido. Reunió a los jefes de pelotón y junto con Lencho les explicó el plan de emergencia. Esperarían el atardecer para regresar de nuevo al Volcancillo. Si la decisión en la víspera había sido aventurera, ahora parecía ilógica e irracional. Sin embargo, el jefe guerrillero, siguiendo la consigna de Danton, actuaba con mucha astucia. Hay momentos en la guerra que predomina el instinto guerrero aprendido en muchos años de enfrentar al enemigo. German era probablemente el mejor militar operativo dentro de las Fuerzas Armadas Populares de Liberación Farabundo Martí.

Todos los combatientes del destacamento uno eran la flor y nata de las FAPL. Conocían el comportamiento enemigo y su forma de actuar en las invasiones. Al anochecer la vanguardia se encontraba en los bajos del Volcancillo. Una escuadra del pelotón dos fue enviada a explorar el terreno. A las doce de la noche el destacamento uno se encontraba nuevamente ocupando los mismos campamentos abandonados el día anterior. German desplegó los pelotones. Al siguiente día, el pelotón tres detectó fuerzas enemigas en la Hacienda. Sin esperar comunicarse con el mando, Medardo, otro gran combatiente, ordenó a sus unidades emboscarse en las faldas del Volcancillo. El lugar escogido ofrecía todas las condiciones para una emboscada de aniquilamiento. La vereda que conducía de la Hacienda al interior de la montaña atravesaba un paso muy estrecho.

A un lado las empinadas faldas del Volcancillo y al otro lado un cerro cubierto de pinos. Los soldados del Ramón Belloso entraron tranquilamente a la emboscada, ignorando que en pocos segundos les saludaría la muerte. Lo menos que esperaban en esos terrenos era la presencia guerrillera. Según ellos, los subversivos se encontraban huyendo por los montes. EI primer soldado que cayó abatido por las ráfagas de los M 16 fue el que cargaba en sus hombros el cañón 90 mm sin retroceso. Tal fue la sorpresa que no les dio tiempo de reaccionar. La lluvia de proyectiles cayó implacable destrozando las ramas de los guayabos y la carne viva del enemigo. En cosa de minutos el combate se había decidido. Medardo ordenó lanzarse al asalto. Las armas recuperadas superaban la veintena. Una parte de la sección enemiga huyó despavorida, lanzándose por los barrancos y olvidando en la desesperación, todo lo aprendido en Palmerola[9]. De allí en adelante el curso de la invasión cambiaría bruscamente. Conviviendo en el corazón de la montaña con las fuerzas invasoras se neutralizó la artillería y la Fuerza Aérea..." 

La decisión de German, a pesar del riesgo que corrió, había sido correcta. EI éxito en los combates le dio la razón al experimentado jefe guerrillero. No solamente mantuvo intacta su fuerza, sino que además golpeó fuertemente las tropas élites del ejército salvadoreño. A pesar de todo, la Comandancia guerrillera criticó fuertemente la decisión de German.
EI repliegue de las fuerzas invasoras estuvo influenciada fundamentalmente por la actitud ofensiva de las unidades de vanguardia en la Montaña.
De una situación de defensa, German contraatacó al enemigo precisamente en el lugar menos esperado, contribuyendo a cambiar brúscamente el carácter de las acciones. EI enemigo se vio obligado a pasar de la ofensiva a la defensiva táctico-operativa.
La operación de “yunke y martillo”, costosa por la cantidad de medios y fuerzas utilizados, demostró en el plano militar, la incapacidad del alto mando militar salvadoreño de derrotar a las Fuerzas Armadas Populares de Liberación Farabundo Martí en Chalatenango.

EI tiempo transcurrido en la montaña había dejado sus imborrables huellas en la conciencia y memoria de Jorge. Las experiencias vividas, las tristezas acumuladas, la falta de atención partidaria , la soledad compartida en silencio, la alegría disfrutada, las victorias celebradas, las decepciones sufridas, todo formaba parte del gran tesoro que guardaba en el rincón más recóndito y querido de su ser. Afuera se encontraban Ias verdes paredes de esa gigantesca universidad de la vida: La montaña chalateca, hermosa maestra tendida en su lecho de hierba y musgo.



[1] Cipitío: Personaje de la mitología salvadoreña. Del náhuatl tsipit, pequeño. Aparición con forma de enano cabezón que enamora a las mujeres casadas arrojando piedras a los techos.
[2] Nicolas,”Nico”: Juan Antonio Alvarenga
[3] Franky Boy: Jorge era el único que lo nombraba así, algunos le decían el “Bicho Frank”.
[4] Movimiento Estudiantil Revolucionario Salvadoreño: Frente estudiantil influenciado por las Fuerzas Populares de Liberación Farabundo Martí integrado al BPR.
[5] Bloque Popular Revolucionario: Frente de masas influenciado por las FPL-FM.
[6] Julio Molina, compañero de Sandra Villatoro, “Rubenia”. Trabajaba en la sección de Logística (Abastecimiento y Servicios) y Talleres.
[7] La huella
[8] El Cine Modelo: Famosa sala de cine en la capital salvadoreña, ubicada en el barrio popular de Santa Anita.
[9] Base americana en Honduras y escuela de entrenamiento

martes, 20 de noviembre de 2012

Cerca del amanecer...12


XXX. De Murciélagos y moscas


Emilito, el “correo” de la sección política se encontraba en el Portillo visitando a su madre. Alejandro le había dado permiso para que visitara a sus familiares. Con sus escasos nueve años Emilio era ya todo un hombrecito. Había envejecido prematuramente en los montes bajo el ruido de las bombas y los morteros. A su temprana edad Emilito había sobrevivido muchas ofensivas enemigas. Podía considerarse todo un experto en “guindas”. Todos en la sección política apreciaban enormemente al pequeño heraldo. El “niño-cartero” recorría diariamente las veredas del campamento de La Laguna y caminos aledaños con su sombrero de plástico color gris y las botas negras de goma para la lluvia entregando y recibiendo mensajes de los jefes militares. El día que Alejandro le entregó un par de botas nuevas, el “niño-hombre-guerrillero” no pudo contener su alegría y por sus mejillas corrieron lágrimas infantiles. Tan contento estaba Emilito que se atrevió a pedir permiso a su jefe superior inmediato. Dos días disfrutó de la estadía junto a su madre y a su padre, mostrándoles orgulloso sus nuevos zapatos. Todos en la sección confiaban que lo primero que haría el cipote al recibir el calzado nuevo, sería botar las viejas y gastadas botas de hule. Como experimentado guerrillero que era y curtido en los lodazales típicos en la época de lluvias en las montañas, Emilio las escondió en un rincón de la casa-cuartel, a guisa de reserva estratégica.
Al pasar la columna guerrillera por su casa, así estaba planificado, Emilio se unió al resto de los guerrilleros incorporándose nuevamente al servicio militar. Las vacaciones habían terminado.

– ¿Cómo estás, Emilio? – preguntó Jorge.
– Bien.
– ¿Se puso contenta también tu mamá porque la viniste a ver?
– Si.
La voz triste del niño, indicó los sentimientos que lo acongojaban. Jorge optó por no hacer más preguntas comprendiendo que también los niños necesitan alguna vez estar solos y meditar en tranquilidad sus penas, sin tener que responder a las preguntas tontas de los adultos.
Emilio se quitó el sombrero y se rascó la cabeza rapada. La sangre pegada a los pelos hirsutos eran los restos del banquete nocturno que se habían dado los murciélagos de Las Huertas.

Todas las noches los pequeños “ratones alados” abrían sus alas y sus diminutos ojos, emprendiendo su vuelo nocturno en busca de sangre animal o guerrillera. En una gigantesca cueva en las faldas orientales del cerro Talzate vivían miles de vampiros. En tiempos de paz, cuando eI ganado vacuno y equino dormía apacible bajo el manto de la noche chalateca, clavaban sus finos dientes delanteros y bebían la caliente sangre animal. Con la irrupción de la guerra, la cantidad de vacas, caballos y ovejas se redujo drásticamente y eI alimento sanguíneo comenzó a escasear. Los vampiros siguiendo el instinto animal de la supervivencia, comenzaron a chuparle la sangre a los guerrilleros y a los pobladores de la región. EI pobre Emilito al parecer era una de sus víctimas preferidas. Al desdichado lo mordían casi todos los días. AI día siguiente ninguna de las víctimas se percataba de las mordidas, porque, según el decir de los campesinos, la baba del animalillo funcionaba como “micro anestesia local”.

Otro bicho inmundo que hacía también de las suyas en las filas guerrilleras era la mosca tábano. Normalmente, el insecto volador más grande que una mosca corriente, picaba al ganado vacuno y a otros animales, dejando en Ia diminuta herida el huevo deI futuro parásito llamado tórsalo. Por las mismas razones que los vampiros, el tábano había comenzado a picar a la población humana en la montaña. EI huevo alojado por la hembra comenzaba a desarrollarse debajo de la piel y a los pocos días ésta tomaba un color rojizo y fuertes dolores imposibilitaban el sueño o el caminar de su víctima. Algunas personas sufrían de altas calenturas. La región infectada se tornaba amarillo-pus. Llegado ese momento, el paciente se apretaba el absceso, como cuando alguien por vanidad o impaciencia se aprieta un grano de acné en la cara frente al espejo. Un chorro de sangre purulenta salía a borbotones como un volcán arrojando lava ardiente de microbios y bacterias envueltos en un tejido celular blanco amarillento. Finalmente aparecía la larva del tábano. El tórsalo era una especie de gusanito de casi diez milímetros de largo, con la punta a guisa de gancho para clavarse en el tejido cutáneo. Algunas veces se hacía necesaria una intervención quirúrgica para poder extraerlo.

La mosca común por su parte, también ocasionaba algunos problemas en la guerrilla. Cuando por casualidad se destazaba una vaca o algún cerdo, cientos de miles de moscas aparecían como por encanto, posando sus asquerosas y peludas patas en los pedazos de carne expuestos al aire libre en las en las cuerdas de henequén. A los pocos minutos los huevos de las moscas comenzaban a multiplicarse en forma exponencial. En un santiamén la carne se cubría de millones de larvas que la gente del campo llamaba “queresa”.

Lentamente el proceso de putrefacción avanzaba como el cáncer en estado avanzado. A las pocas horas, cientos de moscas volaban por los aires, buscando nuevamente materia orgánica donde colocar los huevos. Era un círculo vicioso de insalubridad y fuente de enfermedades. Jorge aprendió con Juancito, que cortando la carne en lonjas finas y evitando las fisuras en la superficie, se neutralizaba la acción de la mosca, ya que el bicho para reproducirse necesitaba depositar sus huevos en algún orificio. Era la forma más práctica de secar carne sin necesidad de utilizar sal. Era el famoso “charqui pre-andino” de Memo, Juancito y Ramiro.


XXXI. Los Naranjos que no florecieron

Después de los bombardeos posteriores al ataque de San José Las Flores la sección política se trasladó a “Los Naranjos”, una antigua finca cercana al caserío La Laguna. La ex casa-cuartel del mando estratégico de las Fuerzas Populares de Liberación había alojado en su interior a la crema y nata de la Comandancia guerrillera. Allí vivió el legendario Comandante Marcial, Salvador Cayetano Carpio durante su estadía en Chalatenango hasta que la guinda histórica de octubre de 1981 lo obligara a cambiar de domicilio.

Si “Los Naranjos” no se convirtieron en la “Comandancia de la Plata” de la revolución salvadoreña, fue por razones topográficas y políticas. En primer lugar, las montañas de Chalatenango no eran la Sierra Maestra y, en segundo lugar, el jefe de las Fuerzas Populares de Liberación Farabundo Martí, Salvador Cayetano Carpio no era Fidel Castro. Por otra parte, Marcial, quien a la sazón tenía 63 años de edad, tuvo que salir del frente de guerra por razones de salud. A pesar del carisma y el curriculum político de Cayetano Carpio, él no era considerado por el resto de las organizaciones hermanas del FMLN como el líder “indiscutible” de la revolución salvadoreña. La rivalidad política entre el dirigente comunista Schafik Handal, Comandante Simón y Salvador Cayetano Carpio se remontaba a la década de los años sesenta y deambulaba como una nube gris en el universo revolucionario salvadoreño. A pesar de las diferencias políticas, Schafik y Marcial podían considerarse gemelos dicigóticos en el plano ideológico. Ambos fecundados en el útero del partido comunista salvadoreño; los dos mamaron de la misma teta la ideología marxista-leninista. Tanto Marcial como Schafik luchaban por el socialismo y la sociedad comunista. En este sentido, tanto las FPL-FM como el PCS eran aliados estratégicos naturales en la revolución salvadoreña, cosa que no se podía afirmar con respecto al resto de las organizaciones político-militares.

La salida de Marcial del frente de guerra después de la ofensiva militar en octubre de 1981, motivada fundamentalmente por problemas de salud, puso de manifiesto sus limitaciones físico-corporales para la vida guerrillera en la montaña. Desde ese aciago momento, el mando real sobre el ejército rebelde pasó a manos de los jefes guerrilleros en los diferentes frentes de guerra. El mando legal siguió ejerciéndolo desde la distancia; pero un “general de cinco estrellas” sin ejército, poco o casi nada puede influir en el teatro de operaciones. De esta manera Salvador Cayetano Carpio fue perdiendo lentamente influencia y poder de mando en los cuadros superiores y medios de las FAPL-FM.

En los alrededores del caserío La Laguna no había lugar más bello que Los Naranjos. Era el lugar ideal para la poesía y la pintura. En las faldas del complejo montañoso de La Laguna se encontraba la enorme casa entre naranjos y matas de papayas. Al fondo se apreciaba en toda su dimensión el territorio hondureño. Parecía un inmenso teatro verde. Las montañas al otro lado de la frontera natural que representaba el río Sumpul, conformaban las graderías campestres. No había árboles ni arbustos de por medio que impidieran gozar de Ia belleza de la aurora, vestida todas las mañanas con su traje rojo anaranjado. EI vaho madrugador se levantaba desde los barrancos cubriendo la copa de los conacastes[1], anunciando el nuevo amanecer en Los Naranjos.

Todos los días a las cinco y media de la mañana los guerrilleros y guerrilleras de la sección política y de la sección de logística y talleres formaban fila en el patio de la casa-cuartel. A cien metros había un terreno plano que era utilizado como campo de entrenamiento. Alejandro era el encargado de dirigir la gimnasia matutina. Después del entrenamiento se realizaban las tareas de aseo y limpieza de las instalaciones. Era menester regar el piso de tierra para evitar las nubes de polvo que se formaban al barrer con las improvisadas escobas. También se trataba de una medida profiláctica contra la proliferación de pulgas. Los bichitos saltarines, acostumbrados a vivir en el polvo, se veían obligados a emigrar en busca de un hábitat menos húmedo y más apropiado para sus travesuras. Luego venían los minutos de “tortura sexual”. Era el momento deI aseo personal. La consigna “ladies first”, no se debía tanto a la caballerosidad y generosidad guerrillera, sino al hecho que el barril con agua se encontraba en un extremo del patio. Era el baño común para hombres y mujeres. Todos esperaban con placer y agrado su turno. Contemplando los fustanes que se pegaban a las piernas y a los glúteos de las jóvenes guerrilleras, los ojos de los guerrilleros casi se salían de sus cuencas. La transparencia de las enaguas daba rienda suelta a la imaginación de jóvenes y adultos. Desde el punto de vista antropológico era interesante observar que las mujeres, independientemente de su edad, hermosura y la firmeza de sus senos, celosamente ocultaban su belleza de la cintura hacia abajo, mientras exponían cándidamente sus morenos pechos a la voracidad visual de los guerrilleros. Una especie de nudismo a medias.

A las siete de la mañana se servía el desayuno. Cada guerrillero lavaba el plato y el vaso. La cuchara era “propiedad privada”, cuya limpieza no era obligatoria. Después del desayuno Alejandro se reunía con el personal de la sección política y distribuía las tareas del día.

Jorge se mantenía en permanente movilización. Con la caída de El Jícaro y Las Vueltas, el territorio “controlado” por la guerrilla aumentó considerablemente. Hecho que obligó al mando guerrillero a desplazar a las unidades de vanguardia. El destacamento uno desconcentró sus pelotones. El pelotón tres al mando de Medardo[2] se encontraba en EI Roble, mientras que Marvin, jefe del pelotón dos, mantenía sus unidades en los alrededores del Zapotal. German, quien se había hecho cargo nuevamente del destacamento uno sustituyendo a “Chuzmil”, quien de la noche a la mañana, desapareció del mapa, estaba acantonado junto al pelotón uno en las cercanías del Volcancillo.

Serían las once de la mañana cuando un avión Hércules irrumpió en el espacio aéreo guerrillero. Venía de territorio hondureño. Antes de sobrevolar la cima deI Talzate dejó caer varias cajas de madera. La Comandancia mandó a explorar el terreno donde se suponía que habían caído. Los guerrilleros encontraron los restos de las cajas y su contenido esparcidos en los cafetales. EI material parecía una especie de abono. El lugar escogido por el piloto se encontraba en el área de mayor concentración de la población civil: EI caserío La Laguna y EI Chagüite. Todo indicaba que se trataba de alguna sustancia bioquímica. Era época de lluvias y probablemente al contacto con el agua se iniciaba un proceso acelerado de proliferación de virus y bacterias. En los últimos meses los casos de diarrea amebiana y escabiosis habían aumentado enormemente. Jorge comprendió cuales habían sido los objetivos deI avión que semanas atrás lo sorprendió en traje de Adán en pleno baño.

Pero la guerra bioquímica deI ejército enemigo no comprendía solamente la utilización de métodos sofisticados, sino también tácticas primitivas, como la matanza indiscriminada de bestias de carga durante las invasiones y el abandono de los cadáveres en pozos de agua potable, en los ríos y en los riachuelos. La contaminación de aguas potables con sustancias químicas, constituía también uno de sus recursos predilectos.
La fuerza armada seguía al pie de la letra la estrategia de “tierra arrasada" utilizada por las hordas hitlerianas en la segunda guerra mundial en el frente oriental, y por los marines durante la guerra de Viet Nam. Las lecciones recibidas en el Comando Sur con sede en el canal de Panamá y en Palmerola, Honduras, habían sido asimiladas a la perfección por los oficiales salvadoreños.


EI trabajo en la sección política se desarrollaba sin contratiempos de ninguna clase. La planificación metódica y flexible de Alejandro contribuía a que el personal de la sección se sintiera sujeto de trabajo y no un simple instrumento ejecutor de órdenes. La participación colectiva en la solución de los problemas y dificultades daba lugar a un ambiente de camaradería y fraternidad.
También había tiempo para la lectura y la tertulia. Jorge había encontrado muchos libros valiosos en la biblioteca rural de San José Las Flores. En la iglesia del pueblo encontró la colección privada de libros en alemán del cura párroco, muchos acerca de la guerra y el nacionalsocialismo alemán. EI “Mein Kampf” de Adolf Hitler se encontraba junto a la Biblia. Los escritos militares de Gerhard Johann David von Schamhorst, el “Vom Kriege” de Clausewitz y el “Más allá deI bien y del mal” de Nietzsche descansaban junto a los cánones sagrados. EI cura de la iglesia, un emigrante alemán o austriaco, había sido probablemente en su juventud miembro del Partido Nacional Socialista de los Trabajadores de Alemania. Había llegado a EI Salvador después de la caída deI Tercer Reich. Desde entonces se encontraba enseñando la palabra deI Señor en un rinconcito del mundo donde nadie pudiera reconocerlo. Predicaba el amor al prójimo pensando tal vez en que los seis millones de judíos asesinados habían sido tal vez pocos.


Jorge tuvo que trasladarse a la Montaña para conversar los problemas “políticos” deI destacamento.
– ¿Trajiste el ajedrez? – preguntó German.
– ¡Puta! ¡Cómo te encanta que te gane! – exclamó Jorge, provocando al jefe guerrillero.

– ¡Sacá esa mierda, pues! ¡Sólo sos paja! – respondió German siguiendo la broma.
– ¿No tienes ningún problema con la tropa? – preguntó Jorge al tiempo que movía el peón del rey blanco al cuarto espacio.
– En el pelotón de Marvin hay un problemita – contestó German ejecutando simétricamente la misma jugada.
– ¿De qué se trata?
Jorge tomó el alfil del rey y lo colocó dos casillas adelante del peón-caballo.
– Parece que Vladimir[3] se está pisando a la sanitaria – respondió German moviendo el peón de la dama al segundo escaque.
– ¿Y qué quieres que haga? ¿Qué los regañe o que le prohíba el coito?
La reina blanca se desplazó en diagonal buscando una posición combativa favorable.
– ¡Ese es tú problema!. ¡Vos sos el político!
German se montó en el “caballo negro” que estaba al servicio de la reina y saltó cayendo enfrente deI alfil.
– !Ya ves que te lo advertí pendejo! – exclamó Jorge riendo a carcajadas mientras la reina blanca asestaba el golpe mortal aniquilando al peón deI alfil. ¡J–A–Q–U–E M–A– T–E!
– ¡Ve que hijueputa! – masculló.
German recién estaba aprendiendo el juego ciencia. Aún no conocía el “mate del pastor”.
– Este es el mate del tonto – comentó Jorge sin parar de reírse.
Después de jugar dos partidas más, los dos guerrilleros conversaron amenamente los problemas de la tropa. Al día siguiente por la mañana, Jorge visitó el campamento de Medardo, quien desde hacía un par de días se había trasladado a la Montaña. La Comandancia había ordenado la exploración deI municipio La Laguna cercano a Comalapa. Al pelotón tres le correspondió realizar esa tarea. Para las escuadras de exploración La Laguna no era un objetivo nuevo. La última invasión enemiga interrumpió el trabajo de exploración que realizaban los guerrilleros de Medardo. En ese entonces, Jorge levantó un croquis del lugar basándose en las informaciones de los guerrilleros.

En el campamento de Medardo había cualquier cantidad de naranjas. En la víspera se destazó una vaca que fue sorprendida pastando pacientemente en las cercanías de la Montaña y Jorge aprovechó la oportunidad para comerse un lomo de aguja azada a la brasa. Después del opíparo almuerzo, Medardo y Jorge entablaron una conversación amena, en la cual la seriedad de los temas era sazonada con bromas y chistes.
De regreso al campamento de La Laguna Jorge pasó a visitar a Marvin quien todavía permanecía en los alrededores del Zapotal. EI propósito de la visita era tratar el problema del coitus consummatum en el que estaba implicado Vladimir, nada más y nada menos que el hermano menor del Comandante Valentín.  Jorge sabía por experiencia que nada se lograba con sermones y charlas moralistas. Además no sería la primera ni la última vez que los “pecadores” darían rienda suelta a la libido.

XXXII. EI ataque al pueblo de La Laguna

EI mando guerrillero había ordenado el ataque al puesto militar del municipio La Laguna ubicado al noroccidente de la ciudad de Chalatenango, zona de relativa tranquilidad que aún no había sido azotada por los vientos de la guerra. Las relaciones comerciales y la densidad de la población contrastaban con lo desértico y despoblado de la zona oriental deI departamento.

Para las fuerzas revolucionarias La Laguna significaba la ampliación deI teatro de operaciones. Desde el punto de vista político era importante buscar el contacto con la población civil ajena y recelosa del movimiento revolucionario. Con la radicalización de la guerra, la población civil que se quedó en los territorios controlados por el ejército popular perdió su “legalidad” y se transformó en “la masa guerrillera”. En este sentido, el enemigo no hacía diferencia alguna entre las Fuerzas Armadas Populares y la población civil que habitaba en los territorios controlados por la guerrilla. Para el ejército reaccionario todo lo que se movía en los territorios guerrilleros, incluyendo los animales, era considerado objetivo militar.
EI auge deI accionar político-militar deI movimiento revolucionario salvadoreño a lo largo y ancho del país era el resultado de un proceso de acumulación de fuerzas iniciado por las organizaciones político-militares en los albores de la década deI setenta. La guerrilla popular revolucionaria deI pueblo salvadoreño no había comenzado con la ofensiva general de enero de 1981.

Las fuerzas guerrilleras en el frente norte Apolinario Serrano apuntaban los fusiles libertarios hacia otras posiciones enemigas, buscando los cordones principales de la vida productiva en Chalatenango. Era necesario crear las condiciones político-militares para pasar a etapas superiores de la guerra. La preparación de la insurrección general no podía basarse en tácticas blanquistas[4] ni en la conspiración de “militares patriotas” ni mucho menos en la actividad puramente militar de los grupos armados guerrilleros. EI fenómeno de la insurrección armada era ante todo, la expresión culmine de un proceso de acumulación de fuerzas político-militar. Era la violenta explosión de un volcán de obreros y campesinos en contra de la clase dominante. Era en esencia un acto político-militar que se manifestaría en la violencia armada del pueblo. EI levantamiento armado solamente podía ser organizado y conducido por la vanguardia proletaria, según Vladimir Illich, en el momento histórico en que los de “arriba” no pueden seguir dominando y los de “abajo” no quieren seguir en la pobreza.

Desde el punto de vista militar, la insurrección armada tenía que ser planificada como cualquier combate. No había espacio para las improvisaciones. Aún en las situaciones revolucionarias más favorables para “la toma del poder” por parte del proletariado, la insurrección podía fracasar sí la vanguardia revolucionaria no había desarrollado y organizado en la dimensión tiempo-espacio, los instrumentos político-militares necesarios para la toma del poder. Determinar el momento preciso del levantamiento popular exigía claridad meridiana de los dirigentes revolucionarios.

La ofensiva guerrillera a nivel nacional continuaba con paso arrollador. Dos semanas habían transcurrido solamente desde la batalla del Jícaro y Las Vueltas.
Jorge se trasladó al campamento de La Montaña donde se estaba concentrando la tropa. La labor política en las unidades de vanguardia cobraba mayor importancia, en cuanto que los próximos combates tenían que convertirse en triunfos políticos. Para lograrlo era necesaria la toma de conciencia por parte de los combatientes de que en primer lugar el guerrillero es, ante todo, un propagandista, un agitador, un sembrador de la semilla revolucionaria. Había que contrarrestar la propaganda deI enemigo que consideraba al movimiento revolucionario como una horda de criminales y de agentes deI imperialismo soviético. EI objetivo fundamental era ganarse el apoyo político de las masas populares y esto sólo se podía lograr demostrándolo con el ejemplo. Los golpes militares eran en esencia, golpes políticos. Había que motivar al pueblo a organizarse y afrontar los riesgos de la lucha armada. Derrotar al enemigo en el campo de batalla era la mejor propaganda y, al mismo tiempo, la garantía del éxito de la revolución. La revolución socialista solamente podía triunfar sí el FMLN lograba el apoyo político-social de la gran mayoría del pueblo salvadoreño.
En La Laguna se respetaría la propiedad privada de los campesinos. No habría más saqueos ni robos ni arbitrariedades contra la población civil.


Se encontraban a sólo tres kilómetros del municipio. EI acercamiento al objetivó militar no presentaba mayor problemas. Lo único que tenían que hacer las unidades guerrilleras era caminar por la calle de la Montaña y llegar hasta la carretera que conduce del Carrizal a Chalatenango pasando por La Laguna y Comalapa. Es decir, una situación táctico-operativa de desplazamiento en el terreno casi de guerra regular.
Al atardecer salió la columna al mando de German. Otro grupo salió de la “Hacienda” para penetrar por el sur. Jorge, responsable del equipo de filmación[5] durante la marcha, iba al medio de la columna al mando de German. Desde la calle de barro rojo que bajaba de la Montaña se podían divisar los débiles bombillos del servicio público de luz eléctrica pendiendo de los postes de madera de La Laguna.
Los cineastas no acostumbrados a caminatas nocturnas y cargando el pesado equipo cinematográfico, comenzaron a quejarse y a disminuir el ritmo de la marcha. German visiblemente irritado por los ruidos de los “peliculeros”, amenazaba con prohibirles filmar durante los combates.
– ¡Mirá, Jorge! Decíles que se apuren – manifestó malhumorado Julio.
– Éstos no entienden de mando único – respondió Jorge.
– ¡Vale verga! ¡Tienen que hacer caso! – respondió Julio, el jefe de la sección de logística.
– ¡Eh Hernán[6]! Dile a los compas que dejen de hacer ruido. German esta encachimbado – dijo Jorge.
Hernán era el responsable político deI grupo de filmadores y el único que tenía experiencia en la montaña. Había participado en varios combates como corresponsal de guerra.
EI acercamiento al objetivo militar se había realizado, a pesar de los atrasos, en el tiempo planificado. En la oscuridad German ordenó a las unidades combativas ocupar sus posiciones de fuego.
Mientras tanto el resto de la columna se quedó sentado en espera de nuevas órdenes. EI grupo de cineastas por fin guardó silencio. Contemplando las estrellas los guerrilleros descansaban tendidos a la vera del camino. Las últimas semanas habían sido muy agitadas. EI tiempo pasaba volando. Parecía que de pronto la guerra había entrado en un tobogán vertiginoso. La ofensiva continuaba empujando con furia hacia adelante. EI final deI viaje era desconocido y solamente se tenía conciencia que en esos días, la dinámica de la guerra estaba generando sucesos trascendentales.

EI sonido tartamudo de las armas automáticas interrumpió violentamente el sueño de los pajarillos que anidaban en los árboles de mango. Las avecillas temerosas abandonaron instintivamente el teatro de operaciones. Con olor a pólvoras se abrió eI telón. Como de costumbre los personajes de la obra continuaban siendo los mismos. En la oscuridad de la noche, solo los fogonazos delataban la presencia humana. Todo transcurría de acuerdo a lo previsto. El enemigo había sido sorprendido. EI tiempo, mezcla de silencio y metralla, devoraba los minutos. La muerte paciente aguardaba descansando, esperando entrar en acción. Era lo único que no podía ser planificado en la guerra, era lo inevitable. La obra teatral continuaba necesariamente violenta. Lentamente los rayos deI sol emergieron entre las copas de los pinos deI Volcancillo.
Los cineastas, con la tensión dibujada en los rostros, preparaban sus aparatos. Metros de celuloide virgen grabarían los instantes de la cruel verdad. No se trataba de una película "á la Hollywood", en la cual los únicos vencedores eran los boinas verdes. Era la guerra revolucionaria deI pueblo salvadoreño.
Desde el punto de vista estrictamente militar, La Laguna ocupaba en esa operación guerrillera un papel secundario. Era sólo el señuelo. Una emboscada de aniquilamiento y requisa se encontraba apostada entre el pueblo atacado y Comalapa. En las elevaciones adyacentes a la Montaña, ocultas por el follaje de la arboleda, esperaban tranquilas las ametralladoras “punto cincuenta”. Ellas se encargarían de darle la bienvenida a los A-37. En un cerro de la Montaña se encontraba el puesto de mando estratégico.
A las seis de la mañana el enemigo se había concentrado en la comandancia y en otras casas aledañas a la iglesia. Alejandro y Jorge se encontraban en el patio trasero de una casa del pueblo. Cercano a ellos estaba instalado el puesto médico. Marianito y las radio-operadoras también se encontraban en las cercanías.

German apareció de pronto entre los árboles de mango y las matas de izote que servían de división entre los patios de las casas vecinas.
– ¿Cómo está la situación? – pregunto Alejandro.
– Los hijos de puta están bien parapetados en la comandancia – respondió el experimentado jefe guerrillero. Tenemos que sacarlos a pura carga acumulativa. ¿Dónde está Juan[7]?
– Allí abajo – señaló Jorge.
– ¡Decíle que venga! – ordenó German.
Juan y otro compañero de talleres se hicieron presentes de inmediato.
– Mirá, Juan. Hay que ponerles una carga a los cabrones...
Juan, quien tenía poco tiempo de haber ingresado al frente de guerra, sabía mucho de explosivos. Lucas decía que él bien podía ser su maestro. Ni corto ni perezoso tomó una de las cargas y se preparó para recibir su bautizo de fuego en tierras tropicales.
– German, los compas deI cine quieren saber cuándo pueden comenzar a filmar – preguntó Jorge.
– Decíles que dejen de joder. La situación no está para andar filmando. Yo les voy a avisar…
Rápidamente el pequeño grupo formado por German, Julio y Juan se perdió entre los árboles.
Jorge esperaba impaciente la detonación para continuar grabando para la Radio Farabundo Martí el desarrollo de los combates en La Laguna. La casa donde se encontraban estaba a veinte metros de la Comandancia, pero por la ubicación no les permitía ver directamente lo que sucedía.
Los cineastas tuvieron que conformarse con escuchar la sinfonía de los M 16 acompañados por esporádicas ráfagas de un viejo FAL. Un candil explosionó rompiendo la melodiosa cadencia de las “chicas plásticas”, como los compas llamaban a los fusiles automáticos M-16.
Desde sus parapetos, los soldados contestaban con las mismas notas musicales, el mismo ritmo, el mismo tiempo,... la misma violencia.

EI sonido sordo y seco de la explosión hizo vibrar las paredes de adobe de la casa. Una lluvia de piedras cayó al cabo de unos segundos. EI silencio después de la detonación fue interrumpido por una ráfaga procedente deI interior de la comandancia. EI enemigo continuaba en sus posiciones. A lo lejos se escuchó el ruido de los A-37. En cosa de segundos un avión voló tan bajo que se le vio su panza verde. El estallido de la bomba hizo retumbar la tierra.
– ¡Madre María Purísima!
– ¡Sin pecado concebida! – contestó una voz femenina detrás de la puerta.
Hasta el momento nadie se había percatado que adentro de la casa había gente.
– ¡Abran la puerta! – ordenó Jorge. No les vamos hacer nada.
Lentamente la puerta de madera se abrió. Con manos temblorosas, una mujer sostenía a una criatura de pocos meses de edad. Tomado deI vestido de la madre otro niño semidesnudo sonreía con inocencia.
– Tomen estos majonchos[8]. Todavía no están bien maduros–advirtió la mujer arrullando al niño que no paraba de llorar.
Una viejecita sostenía un escapulario en sus flacas y enjutas manos. Arrodillada frente a la imagen deI Sagrado Corazón de Jesús, imploraba al cielo con su llanto. Los aviones continuaban bombardeando los alrededores. No habiendo nada que comentar desde la posición en que se encontraba, Jorge pidió permiso a Alejandro para acercarse a la primera línea de fuego. En ese mismo instante dos guerrilleros traían cargando a Juan. Venía herido de una pierna.
EI bautizo de fuego le fracturó la tibia y el peroné. La carne desgarrada se entrelazaba con las astillas de huesos rotos que a guisa de espinas atravesaban el pantalón de mezclilla. Las sanitarias atendieron de inmediato al herido.
Elena, jefa operativa deI grupo de sanitarios, aplicó rápidamente una inyección para calmarle los fuertes dolores. EI torniquete cuatro dedos arriba de la lesión ayudó a contener los borbollones de sangre que brotaban de la herida. Juan fue trasladado en una camilla al puesto médico de la Montaña.

Jorge se encaminó al lugar donde estaba German dirigiendo los combates. Llegó a una casa cuyas puertas estaban abiertas de par en par. Por los casquillos de M 16 desparramados en el suelo comprendió que los compas habían estado ya en ese lugar. La casa colindaba directamente con la calle que unía la escuela rural y la plaza mayor deI pueblo.
A diez metros estaba la comandancia rodeada por varias casas. En una de ellas los soldados habían herido a Juan. Jorge se arrastró hasta la puerta. Desde allí pudo divisar a German y a Julio.
– ¡Eh German! ¿Pueden venir ya los deI cine? – preguntó Jorge a gritos.
– Está bien pero que no se acerquen mucho – respondió.
A los pocos minutos el equipo de cine se encontraba preparado para comenzar a filmar los combates. Los guerrilleros habían colocado otra carga acumulativa junto a la semidestruida pared de la comandancia. Mientras tanto, Julio con el M 16 terciado, se paseaba tranquilamente a lo largo de la pared que lo separaba del enemigo.
– ¡Sargento! ¡Sargento! ¡Ríndanse! No tienen ningún chance. Están rodeados ¡Los refuerzos no van a llegar! – gritaba Julio repetidamente tratando vencer la resistencia psicológica de los soldados.
– German! ¿Puedo ir allí – preguntó Jorge,
– Sí, pero vení sólo vos – respondió.
Jorge corrió encorvado pegándose a la pared. Al llegar al lugar donde la primera explosión había dejado un hueco enorme, se detuvo y esperó la señal de Julio para seguir avanzando.
– ¡Ahora! –gritó el jefe de logística.
Jorge atravesó de dos zancadas el lugar de peligro y llegó hasta donde estaba German. Julio se retiró deI lugar para permitir la detonación de la carga. La explosión hizo saltar ladrillos por los aires. Julio se acercó de nuevo a la pared para continuar su labor de convencimiento.

"... esta es Radio Farabundo Martí transmitiendo desde la primera línea de fuego para todo el pueblo salvadoreño. Nos encontramos frente a la comandancia deI puesto militar de La Laguna. En esto precisos momentos el jefe de pelotón de unidades de vanguardia, el compañero Marvin se está subiendo a una escalera para agarrar mejor posición de tiro. En su espalda cuelga un lanzagranadas M-79 de fabricación norteamericana. Marvin se ha sentado en uno de los peldaños superiores, toma el arma de su espalda, coloca una granada explosiva en la recámara, el compañero German le da la orden de disparar...Marvin asoma un tercio de su cuerpo por encima deI muro de adobe y dispara...”
Jorge levantó la grabadora para captar mejor el sonido de la explosión de la granada M-79.
– "…compañero German, podría decirnos ¿cuál es en estos momentos la situación operativa?..."
– Bueno. Hasta el momento cuatro posiciones han sido tomadas por asalto. Solamente nos queda aniquilar al enemigo que está apostado aquí en la comandancia y en otra posición que tienen cerca de la iglesia...
– ¿Cuál es la importancia...?
Jorge no terminó de formular la pregunta. Marvin y otro guerrillero cargaban el cuerpo de Julio, quien había recibido una ráfaga en la región genital y se quejaba con debilidad.
– Llévenlo detrás de la escuela – ordenó German.
La escuela rural se encontraba enfrente de la comandancia. Jorge ayudó a los guerrilleros a bajar el cuerpo herido. EI terreno donde se había construido la escuelita se hallaba en un nivel más bajo con respecto a la comandancia.
De pronto los A-37 volvieron a aparecer en las alturas. Un avión se lanzó en picado y dejó caer una bomba. Jorge continuaba narrando los sucesos.
– ¡Andáte a la escuela! – ordenó German a Jorge. ¡Hay que sacar a Julio de allí inmediatamente!

En la parte trasera deI edificio escolar yacía tendido el jefe de la sección logística y talleres deI frente norte. La certera bala le había destruido totalmente los órganos genitales. Julio se inclinó un poco para verse la herida. Cerró los ojos y volvió a colocar el cuerpo en posición horizontal. La muerte rondaba por La Laguna. Su mirada vidriosa se interrumpía cada vez que los parpados cubrían los ojos y eI sudor frio le corría por la frente. EI suave gemido que se escapaba de sus labios era grito de valentía. Ya no le importaba el sonar de las turbinas de los aviones ni el ruido de los helicópteros.
– ¡Compa, Jorge! ¡Dice German que salga inmediatamente de la escuela! – llegó diciendo un combatiente.
Los soldados estaban informando por radio a los aviones que en la escuela estaba el mando guerrillero.

Jorge se dirigió al lugar donde aguardaba Alejandro en busca de ayuda para sacar a Julio.
– ¿Qué pasa? – preguntó Marito que estaba con las radio operadoras junto a un cerco de piedra.
– ¡Hirieron a Julio! – exclamó agitado Jorge.
Alejandro conversaba con Arnoldo.
– ¡Puta! Fíjate que jodieron a Julio – dijo Jorge, dirigiéndose a Alejandro. Le hicieron mierda los testículos.
– ¿Dónde está? – preguntó Arnoldo.
– Detrás de la escuela – respondió Jorge. Dice German que hay que sacarlo de allí.
Arnoldo se marchó enseguida junto con tres milicianos para sacar a Julio.
– ¿Cómo fue que lo hirieron? – preguntó Alejandro.
– No sé como sucedió. Yo estaba entrevistando a German cuando de pronto lo trajeron cargando, dijo Jorge al tiempo que sacaba un cigarrillo.
– ¡Qué mierda! – masculló Alejandro.

Posteriormente se supo que la ráfaga deI M 16 enemigo había pasado por un pequeño agujero en la pared de la comandancia. Julio no se había percatado de aquel hoyo justo a la altura de su bajo vientre.
Arnoldo encontró un viejo camión en las afueras de La Laguna. No había tiempo que perder; el proyectil había partido en dos la arteria femoral a la altura de la ingle.
La pérdida constante de sangre iba debilitando el cuerpo de Julio. Desgraciadamente no había suero para inyectarle como medida de emergencia. Tampoco había ningún árbol de coco para utilizar el agua esterilizada y rica en minerales de sus frutos. Los minutos volaban con velocidad supersónica. EI combate estaba llegando a su punto final. Los soldados que peleaban en el sector de la iglesia se habían rendido. German ordenó fuego concentrado en la comandancia. Los candiles y las granadas industriales lograren vencer la resistencia de los soldados apostados en el último reducto enemigo. EI reloj marcaba las once y quince minutos de la mañana. Tres helicópteros sobrevolaron la parte norte de la Laguna a la altura de Los Prados. AI parecer el mando militar enemigo había ordenado el desembarco de tropas helitransportadas en ese caserío.
EI refuerzo militar procedente de Comalapa había vencido la emboscada y ahora el enemigo se desplazaba sigilosamente en dirección a La Laguna. German ordenó un cateo rápido al pueblo.
Los prisioneros de guerra se formaron en el atrio de la iglesia. Los cineastas aprovechaban el tiempo en filmar las escenas triunfales. Alejandro y Jorge se habían cubierto los rostros con un pañuelo rojo para evitar ser reconocidos por la población civil. No hubo tiempo para la arenga política ni el reparto de propaganda. German había ordenado la retirada.
EI armamento recuperado fue sacado rápidamente del pueblo. Jorge tomó seis fusiles y se los echó al hombro mientras las cámaras filmaban el repliegue guerrillero.
Dos horas más tarde el enemigo entraba en La Laguna.

German, Alejandro, Jorge y el equipo de cine se separaron del grueso de la columna debido a la lentitud de los cineastas. Muy pronto se dieron cuenta que habían perdido la “trocha”. Enfrente tenían la Montaña, pero entre ellos y el macizo montañoso había un mar revuelto de matorrales con espinas largas como los cuernos de un toro de Lidia, zarza, bejucos y una espesa vegetación. Durante muchos años el pie deI Hombre no había pisado esos terrenos salvajes y no tuvieron otra alternativa que romper brecha a mano limpia, pues nadie cargaba un machete. Ni el cuchillo de Jorge, regalo de su padre Juan ni la navaja estrella del ejército suizo, una Victorinox 91 milímetros con quince funciones, pudieron con la vegetación salvaje de la montaña chalateca. Tres horas más tarde alcanzaron el camino de barro que conducía a la montaña. En el camino se encontraron con unos milicianos y recibieron la triste noticia de que Julio había muerto. No alcanzó a llegar al hospital. Julio murió en el camión. Una triste desazón invadió a Jorge.
– ¡Puta, mierda! – maldecía. ¿Cómo es posible que se nos muera la gente por falta de una simple botella de suero?
Sabía a ciencia cierta que en el extranjero había cajas repletas de medicinas y aparatos quirúrgicos de guerra esperando para ser transportados. No se trataba de la supuesta ayuda de los cubanos, soviéticos o nicaragüenses. Era la ayuda solidaria de los pueblos deI mundo capitalista, era la mano proletaria y humanista que se extendía desde la metrópolis cruzando las fronteras para estrechar la del humilde campesino. Mientras meditaba cabizbajo nubes negras oscurecieron el día. La lluvia comenzó a caer con rabia, parecía que el cielo lloraba amargamente la muerte innecesaria de Julio. EI barro comenzó a teñir el agua que corría cuesta abajo de color sangre. Las botas gastadas por el tiempo iban dejando detrás pequeños lagos ovalados. Jorge se separó deI grupo y se fue a la delantera. Avanzaba en solitario bajo la tormenta rumbo al puesto de mando de La Montaña.
Al llegar al campamento la lluvia había cesado, pero el frío natural de la montaña le estremecía los huesos. Las unidades combativas habían llegado al campamento varias horas antes. En la comandancia guerrillera reinaba la preocupación por el retraso deI mando táctico. Nadie sabía que había sucedido con German y Alejandro. Jorge fue el primero con llegar con la noticia y explicó lo que había sucedido.
– ¿Dónde está German? – preguntó preocupada Eva, la compañera deI jefe guerrillero.
– Ya va a llegar – contestó Jorge. No te preocupes, viene un poco más atrás.

Las unidades de vanguardia se encontraban formadas y listas para rendir honores al jefe de la sección de logística y talleres. EI comandante Salvador Guerra, segundo al mando de las Fuerzas Armadas Populares de Liberación Farabundo Martí, hizo uso de la palabra. Julio murió en el departamento que lo vio nacer. Originario de San Francisco Morazán había llegado a reforzar al Estado Mayor deI frente. Su experiencia acumulada durante mucho tiempo en el frente oriental José Roberto Sibrían se había hecho notar. En poco tiempo había organizado el trabajo logístico. A pesar de tener una apariencia ponderada y carácter alegre, en el fondo sufría mucho la perdida de su compañera y no podía ocultar la profunda pena que sentía por la muerte de su amada, torturada y asesinada en las oscuras mazmorras de la Policía Nacional.
Cuatro miembros deI Estado Mayor escoltaron el cuerpo rígido del compañero caído en combate. Lentamente colocaron el cadáver dentro de la fosa, horas antes cavada por las unidades de vanguardia.
– ¡Compañero Julio! – gritó el Comandante Salvador Guerra.
– ¡Hasta la victoria siempre! – respondieron los combatientes.
– ¡Revolución o Muerte!
– ¡EI pueblo armado vencerá!

La muerte de Julio debilitó enormemente las estructuras del Estado Mayor. Alejandro asumió la responsabilidad de la sección de logística y talleres, pero continuó siendo jefe de la sección política.
La vida prosiguió su curso y la muerte siguió siendo su eterna compañera. German se quedó en la Montaña con el destacamento uno, mientras “Conejo William”, al mando deI destacamento dos, se trasladó al cerro La Bola. Jorge regresó a La Laguna junto con el equipo de cine. En las cercanías de La Burrera encontraron dos vacas y un ternero. Solamente lograron atrapar a una de ellas. Al llegar al campamento sacrificaron a la res y se hartaron de carne durante varios días.

Jorge recibió la orden de visitar el destacamento en La Montaña. A la sazón, no eran necesarios los guías ni los correos para trasladarse de La Laguna a la Montaña. La pendiente de la Burrera ya no representaba escollo alguno para Jorge. EI tiempo le había acostumbrado los músculos a caminar durante largas horas sin sentir cansancio ni fatiga. Al llegar a la cima de La Burrera se detuvo un momento a contemplar el paisaje. EI viento soplaba con furia. Las casitas blancas deI Zapotal dejaban escapar columnas de humo. AI fondo, a la derecha, el cerro Talzate y el cerro La Bola. A la izquierda, el territorio hondureño. En la lejanía, entre brumas se divisaban las montañas de Morazán, el volcán de San Miquel y Ios dos pezones deI volcán Chinchontepec. Sentado junto al tronco de un pino, Jorge encendió un cigarrillo. Un par de meses atrás hubiera sido demasiado peligroso para cualquier guerrillero rondar en solitario por estos hermosos lugares, mucho más aún detenerse a disfrutar de la belleza natural de los parajes montañosos de Chalatenango.

Ya había oscurecido cuando Jorge se presentó en la choza de German. Tomaron leche con azúcar y jugaron una partida de ajedrez. Mientras se entretenían con el tablero, conversaban los problemas de los pelotones. German tenía algunas dificultades con un combatiente. Santos, apodado “Pantalón”, tenía fama de ser buen combatiente, pero en los últimos tiempos se había puesto muy rebelde y no acataba las órdenes de Marvin. Después de hablar con él, Jorge descubrió que lo único que “Pantalón” quería era ser trasladado al frente central Felipe Peña. Varias veces había solicitado permiso para ir a visitar a su familia. La negativa a sus peticiones había generado la rebeldía espontánea del joven guerrillero. Santos era solamente un caso entre varios.
La mayoría de los combatientes provenían de otros departamentos, situación que contribuía a que pasaran semanas o meses fuera de su terruño. Este problema era el caldo de cultivo para la nostalgia, la disconformidad y los deseos ocultos de deserción. Aunque, a decir verdad, no se trataba de la renuncia total a las Fuerzas Armadas deI Pueblo, puesto que ellos se integraban a los grupos de combate en sus respectivos lugares de procedencia. Los apóstatas de la revolución eran muy pocos. Casi siempre se trataba de debilidades político-ideológicas o simplemente, de individuos que habían sido arrastrados por la dinámica de la guerra de clases revolucionaria sin estar realmente convencidos de los objetivos de la lucha popular. Santos recibió licencia para trasladarse al frente central.

Al día siguiente Jorge se preparó para regresar al campamento de La Laguna.
– ¡No jodás, Jorge! ¡Quedáte un par de días más – repitió German con insistencia.
– Con gusto me quedaría, pero la verdad es que no puedo – contestó Jorge.
– Lo que pasa es que no querés que te agarre la invasión aquí –señaló el jefe guerrillero.
– ¿Cuál invasión? – preguntó preocupado Jorge.
– ¡Ma cabrón! ¡El loco te estás haciendo! – respondió German.
–En serio que no tengo la menor idea – contestó.
– ¡Dejáme aunque sea el radio, pues! – exclamó. Mirá que acá ni música puedo escuchar.
– Está bien. ¡Pero cuídamelo! – advirtió Jorge, entregando el viejo radio transistor Sanyo, recuerdo de su padre.
– ¡Ah la puta, que jodes vos! ¡Si te lo voy a cuidar!
Jorge nunca más volvió a ver aquel recuerdo de Juan.
EI sábado 6 de noviembre al atardecer Jorge regresó de nuevo a la casa-cuartel de la sección política.
Con la muerte de Julio y la baja de Juan, el sabor de las naranjas en Los Naranjos tenía un deje agridulce.



[1] Conacaste: Árbol tropical de la familia de las Mimosáceas de gran altura, de fruto no comestible. La madera se utiliza para la ebanistería y la construcción.
[2] Jorge Castro Iraheta, “Medardo”, caído en combate en 1985.
[3] Vladimir: Hermano menor del comandante Valentín.
[4] Ver Louis-Auguste Blanqui
[5] El camino de la libertad: Pélicula producida por el Instituto Cinematográfico de El Salvador Revolucionario (ICSR) de las FPL-FM. Fue rodada con grandes dificultades en el Frente Apolinario Serrano entre octubre y noviembre de 1982 por un equipo de cineastas chilenos y salvadoreños. Al parecer la película está fuera de circulación.
[6] Nombre ficticio en la novela
[7] Pakito Arriarán: Internacionalista vasco caído en combate en 1984 en las cercanías del Zapotal. Perdió una pierna a raíz de la herida provocada por un proyectil durante los combates en la toma de La Laguna.
[8] Variedad de platano de color morado.