sábado, 24 de noviembre de 2012

Cerca del amanecer...13


XXXII. Cuarta Invasión. El enemigo contrataca con furia y con todos los “fierros”


Dos días más tarde de su regreso a Los Naranjos, Jorge comprobó que la “premonición” de German había sido correcta. El jefe guerrillero sabía por experiencia que después de acciones ofensivas guerrilleras, el enemigo solía contratacar con operaciones de castigo u operaciones de gran envergadura. La actividad guerrillera en el frente Apolinario Serrano había sido muy intensa en los últimos meses y era evidente que la iniciativa táctico-operativa estaba en manos de las Fuerzas Armadas Populares de Liberación. El intenso movimiento aéreo anunciaba la invasión militar. El ejército hondureño por su parte, tomaba posiciones estratégicas a lo largo de la frontera. Durante todo el día lunes 8 de noviembre de 1982 el ruido de los motores de los camiones militares catrachos, emulaban el “tan-tan” de los tambores de una orquesta internacional bélica. Era la obertura de una sinfonía nibelunga que tenía como escenario, no el alto Rin, sino las orillas del rio Sumpul, y como personajes principales a los descendientes del Cipitio[1] en ambos bandos. Las nubes blancas de polvo que levantaban los vehículos pesados, delataban el desplazamiento del ejército hondureño. A las nueve de la mañana del siguiente día, un avión de la Fuerza Aérea salvadoreña lanzó el primer ataque contra el Volcancillo. Las unidades de artillería ubicadas en Nueva Concepción Quezaltepeque iniciaron el “ablandamiento” del terreno. Al mismo tiempo, los batallones élites concentrados en la misma ciudad, en Upatoros y en Comalapa comenzaron a desplazarse en dirección a la Hacienda y el Volcancillo.

Alejandro recibió la orden de la Comandancia de seleccionar las mejores armas automáticas existentes en la sección de logística y ponerlas a disposición de las unidades militares. Jorge se vio obligado a cambiar su M16 por un viejo G – 3 con culata de madera. Alejandro se percató que a Jorge aquel cambio desigual no le había causado mucha gracia, porque sabía por experiencia que en las invasiones enemigas un buen fusil significaba en algunos casos, la mitad de la vida. Todo hubiera estado en orden, pero Jorge no sólo había recibido un arma vieja y defectuosa, sino que además contaba únicamente con un cargador cuyo resorte estaba también en malas condiciones.
Durante la mañana depositaron todo el material que no podían llevarse consigo en los tatús incluyendo la “mini-biblioteca”. A las cinco de la tarde regresó Alejandro. EI personal de las dos secciones se formó inmediatamente en el patio de la casa-cuartel y Alejandro impartió las respectivas instrucciones.
En fila india se dirigieron a las Huertas. Allí esperaron a que atardeciera para continuar la marcha rumbo al caserío EI Portillo donde se reunirían con el mando estratégico. En condiciones normales el recorrido de las Huertas al Portillo, duraba sólo treinta minutos.

Alejandro recomendó a la población civil llevar consigo solamente lo verdaderamente indispensable. A pesar de las advertencias del mando y de la propia experiencia, las mujeres cargaban en sus cabezas las pesadas piedras de moler, gallinas, sacos con maíz y frijoles. En resumidas cuentas, todo lo que les pertenecía. Los niños cabalgaban en los hombros de sus padres esquivando con maestría innusitada las ramas de los arbustos y chiriviscos a la vera del camino. Todos temían el grito inesperado de algún lactante, el cacarear espontáneo de una gallina clueca y el quiquiriquí vespertino de un gallo madrugador. Todos esos sonidos cotidianos, naturales y llenos de vida, podían significar la muerte en las invasiones.

La pesada serpiente humana se arrastraba lenta y silenciosa en la oscuridad. La marcha se detenía a cada momento. De vez en cuando una linterna alumbraba el suelo en busca del camino. De inmediato se escuchaba la voz de un guerrillero ordenando apagar la linterna. El uso del “foco” en la montaña también estaba sometido a ciertas reglas y técnicas. Normalmente el guerrillero sabía caminar en la oscuridad sin necesidad de linterna y solamente en casos extremos se recurría ella. Para evitar ser detectado a la distancia por el enemigo, era menester colocar la mano alrededor del vidrio y mantener la linterna siempre en dirección al suelo. Los débiles haces luminosos que se escapan entre medio los dedos eran suficientes para los ojos del guerrillero experimentado.

La vanguardia de la columna entró en el Portillo a la una de la mañana. Desde allí se escuchaban las voces y ruidos producidos por el resto de la gente que aún bajaba del Roble. Las linternas cruzaban sus luces en todas las direcciones. EI caos reinante durante la marcha se debía fundamentalmente a que la población civil no acataba con rigor castrense las órdenes del jefe de la columna.
Arnoldo, al frente de la sección de servicios había llegado minutos antes al Portillo. Su columna se había dirigido directamente al punto de reunión sin pasar por Las Huertas.
EI mando estratégico de las FAPL había abandonado el lugar a las once de la noche, dejando como enlace a Ruperto, el experimentado guía – mensajero, quien conocía Chalatenango como la palma de su mano. Muchas invasiones le había tocado vivir y aguantar, pero la más importante hasta la fecha había sido la de octubre de 1981. En ese entonces, Netón a la sazón jefe de operaciones del Apolinario Serrano, le dio la orden de conducir al compañero Marcial y al grupo de seguridad personal del Comandante por los territorios infestados de tropas enemigas. Con maestría y valentía, Ruperto logró sacar del cerco operativo al legendario dirigente de la revolución salvadoreña y conducirlo sano y salvo hasta la cima de EI Alto. Ruperto se movía en las montañas de Chalatenango como pez en el agua.

EI mensaje para Alejandro estaba firmado por el Comandante  Dimas. Le informaba que ellos – el mando estratégico – se dirigían a los Gramales y que el enemigo se encontraba en San Antonio Los Ranchos. La posibilidad de que las tropas invasoras hubieran avanzado hasta Guarjila preocupaba seriamente a Arnoldo y Alejandro.
Solamente había dos opciones: quedarse en los alrededores escondidos en el monte y pedirle a las once mil vírgenes que los protegiera de los batallones rastreadores o continuar la marcha y tratar de salir del cerco. Pero, ¿hacia dónde?
– ¿Qué pensás vos? – pregunto Alejandro, sosteniendo en sus manos un mapa de Chalatenango escala 1:50000. Arnoldo se quedó pensativo unos segundos tratando de ordenar sus pensamientos. “Nuestras montañas son las masas” solía comentar Marcial, cuando le preguntaban acerca de la posibilidad de la guerra de guerrillas en El Salvador. A falta de vastas y espesas montañas protectoras, bendita sean las masas populares. Ahora, ambos jefes guerrilleros, más políticos que militares, y con el agravante de desconocer el terreno, tenían la enorme responsabilidad de conducir a la “montaña” humana a un lugar seguro.
–Vos conocés bien la zona – dijo Arnoldo dirigiéndose a Ruperto.
 – Más o menos – respondió con la típica humildad campesina.
 – EI enemigo probablemente se encuentre en Guarjila, Los Ranchos, Portillo del Norte – informó Alejandro, a fin de que el guía tuviera un marco general de la situación operativa.
Ruperto señaló con el dedo una elevación en el mapa ubicada en las cercanías de San José Las Flores, aproximadamente a seis kilómetros de distancia del lugar en que se encontraban.
Para llegar a la calle que conducía a Las Flores, el paso por Guarjila era inevitable. Había que tomar rápidamente una decisión, ya que la noche amenazaba con transformarse en día. Ambos jefes optaron por arriesgarse a chocar con el enemigo en Guarjila. EI desconocimiento del terreno y la falta de experiencia en la conducción de tropa en situaciones especiales de guerra, motivó tal vez a Alejandro a entregar a Arnoldo el mando de la columna.

La vanguardia estaba formada por Ruperto, Jorge, Nico[2], Rafael y el bicho Frank. Los tres últimos eran los instructores de la escuela militar que a la sazón funcionaba bajo la responsabilidad del “zarco” Samuel. Todos con excepción de Jorge, podían considerarse veteranos de invasiones. ÉI y Rafael eran los únicos en la punta de lanza que no habían participado en la famosa “guinda de octubre del 81”. Muchas eran las anécdotas, sobrias e hiperbólicas, que se contaban al respecto. Se decía que Nicolás había llegado días más tarde al Alto con los pies descalzos y ensangrentados. Se había extraviado en la oscuridad perdiendo el contacto con el resto de la columna y permaneció varios días caminando por veredas y quebradas para evitar chocar con el enemigo. Nadie conocía las huellas profundas que dejaban las invasiones enemigas en la mente de los guerrilleros. No todos habían tenido la “buena suerte” de Nico, Manuelón, Lucio y Raulón. Otros tuvieron la desgracia de morir en algún matorral inédito de la montaña chalateca, como sucedió con Horacio, el internacionalista chileno, de quien lo único que quedó fue el G-3 y la navaja suiza Victorinox. Unos guerrilleros de la Montañita encontraron meses más tarde en medio de los charrales los restos del combatiente chileno. Ramiro pudo identificar a su compatriota, a quien daban por perdido desde la invasión de octubre, por la cortapluma suiza. Probablemente resultó herido en una escaramuza o al intentar romper el cerco. Horacio se había arrastrado como pudo hasta quedar oculto bajo los arbustos. Murió lentamente escondido en la maleza salvaje de la Montaña, soñando tal vez con los blancos Andes que lo vieron nacer. Otros, como Roque, el hijo del gran poeta revolucionario Roque Dalton, fueron dados por desaparecidos, sin saberse a ciencia cierta, si habían caído en combate o habían sido capturados por el enemigo.

La columna integrada en su mayoría por gente de masa emprendió el descenso rápidamente en dirección a Guarjila. Al llegar al caserío fantasma, la vanguardia avanzó sigilosamente tratando de descubrir en la oscuridad a algún soldado oculto. Afortunadamente Guarjila estaba vacía y desolada. A las cinco de la mañana llegaron a la calle. La madrugada había llegado y el tiempo se encogía. EI peligro de chocar con el enemigo aumentaba minuto a minuto. Los guerrilleros avanzaban sigilosamente y con mucha precaución. Era una lucha por ganar terreno centímetro a centímetro. Era el eterno combate entre el tiempo y el espacio. EI cansancio se hacía sentir. EI nerviosismo y la tensión aumentaban proporcionalmente al movimiento de las agujas del reloj.
La columna había quedado truncada en alguna parte del camino. No había explicaciones ni tiempo para pedirlas. Arnoldo ordenó continuar la marcha. AI cabo de unos minutos pasaron de largo por los Corrales, donde meses atrás el enemigo había sido emboscado. Eran las siete de la mañana cuando se internaron por una vereda para ocultarse en la espesura de la vegetación. EI peligro continuaba siendo latente, incluso bajo la protección de la flora. Dos horas más tarde y alejados lo suficiente de la calle, se detuvieron en las cercanías de la elevación que Ruperto en la víspera había señalado en el mapa.
De las doscientas personas que conformaban originalmente la columna, solamente quedaron alrededor de setenta. EI grueso de la columna se componía de mujeres, ancianos y niños, y se contaba sólo con doce fusiles automáticos para defender a la población civil. Arnoldo ordenó una defensa circular. En ese lugar pasarían el resto del día.

Franky, Nicolás, Rafael y Jorge controlaban el sector sur. A las diez de la mañana se escuchó el ruido creciente de los A-37. Al poco tiempo se lanzaban en picada dejando caer las bombas en el cerro La Bola.
 – ¡Exactamente trece segundos! – exclamó Jorge. ¡Eh, Franky Boy! ¡Multiplícame trece por trecientos!
 – ¡Puta, Jorgito! Parece que ya se le olvidaron los números – respondió sonriendo el joven guerrillero.

Frank apenas tendría dieciséis años y ya conocía todos los secretos y amarguras de la guerra. Muchas responsabilidades había desempeñado desde que se inició la guerra revolucionaria. Desde jefe de subzona hasta instructor de la escuelita militar. Como experto en explosivos había participado en diversas emboscadas colocando minas vietnamitas, antitanques y cazabobos...
Jorge sabía que tenía más de dos años de no ver a sus padres. Y se lo imaginaba abrazando a su madre, desparramando sus cabellos rubios y rizados en el pecho acongojado, llorando de alegría, silbando despreocupado rumbo al instituto Nacional General Francisco Menéndez, aquel centro de estudio de gran nivel educativo, donde los más inteligentes y estudiosos hijos de la clase obrera y la clase media baja, podían acceder al bachillerato académico; cantando iría, dicharachero, pubertario, haciendo bromas de niño con las compañeras de estudio. A “Franky-Boy[3]” la guerra le robó su infancia y adolescencia, le violentó sus sueños, le privó de jugar al fútbol, básquet o el beisbol como cualquier jovencito de su edad. “Franky Boy” se vio de repente gritando en las calles organizando barricadas, pintando las paredes de “San Sibar” (San Salvador) con consignas revolucionarias del MERS[4] y el BPR[5], mientras los de su misma edad soñaban con regalos de navidad. Ciertamente la guerra revolucionaria le privó de muchas cosas. Pero Franky dejó de ser niño, porque comprendió temprano que para construir el socialismo había que luchar con las armas en la mano. La guerra con su crueldad y muerte, le enseñó a amar la vida como solamente los verdaderos revolucionarios saben hacerlo. La montaña se transformó en el lecho materno casi olvidado a fuerza de bombas y emboscadas. Frank, Medardo, Nicolás, Lencho, Samuel, Felipón, Marvin, William, German y muchos estudiantes más de secundaria, luchaban por conquistar el poder y la construcción del socialismo.

Los pensamientos de Jorge fueron interrumpidos cuando Frank le ofreció algo de comer.
– ¿Qué dice si le entramos a esta sopa Maggie? – preguntó Franky, extendiendo el sobrecito verde-amarillo.
Jorge abrió el sobre y vació sobre su mano un poco del contenido. En un dos por tres masticaron la “sopa de pollo” con fideos. Lo salado del producto gringo, hecho en Guatemala, los obligó a beber más agua de lo necesario.
EI día hubiera transcurrido sin novedades de no haber sido por los aviones de guerra que surcaban el espacio aéreo de Chalatenango. Hubiera podido creerse que se trataba de un día normal y corriente en la montaña. Pero la infantería enemiga silenciosa rastreaba el terreno. ¿Dónde se ocultaba el enemigo?
Arnoldo continuaba tratando de comunicarse con el mando estratégico. La falta de información durante las invasiones equivalía a andar ciego por el monte. En cualquier quebrada o en el cerro menos pensado podía estar emboscado el enemigo, al acecho esperando a la guerrilla. En tales circunstancias solamente la experiencia, el instinto, el olfato guerrillero y... la suerte servían de guía.

EI día es aliado estratégico del ejército enemigo, mientras la noche recoge en su regazo al guerrillero.
A las cinco y media de la tarde Arnoldo organizó la marcha. En noventa minutos habían alcanzado la parte más elevada del cerro. Allí pasarían la noche. Al parecer la intención de Alejandro y Arnoldo era romper el cerco y continuar la marcha rumbo a los Amates. Hasta ese entonces el caserío ubicado a las orillas del embalse de la presa 5 noviembre, había servido siempre como refugio de la población civil. Lo que ambos jefes guerrilleros ignoraban con toda seguridad, era el hecho que el radio de acción de la invasión comprendía desde Comalapa hasta el Cerro Eramón. Prácticamente todo el territorio controlado por las Fuerzas Armadas Populares de Liberación Farabundo Martí. Es decir una operación típica de “Yunque y Martillo. La dirección principal de ataque del ejército había comenzado en el sector noroccidental de la Montañona. Los estrategas militares pretendían “arrear” a las unidades militares guerrilleras al valle comprendido entre el cerro La Bola y el cerro Eramón /montañas de El Alto.
Esa noche acamparon en pequeños grupos dispersos en la cima del cerro, conservando siempre un sistema de defensa circular. Al centro del campamento dormían las mujeres, niños, ancianos y el mando de la columna.

Tercer día de invasión

Al amanecer Arnoldo impartió instrucciones a los diferentes grupos de defensa. Al grupo de Rafael le tocó cuidar la parte sur. La jefatura optó por mantener concentrada la columna debido a que la situación operativa podía cambiar bruscamente en cualquier momento. La espesura de los arbustos imposibilitaba la observación aérea y terrestre. La vigilancia se haría en parejas y por un espacio de dos horas. EI primer turno les correspondió a Rafael y Jorge.
Bajaron aproximadamente ochenta metros y se ocultaron bajo la maleza. Desde allí podían controlar el movimiento enemigo en la cumbre del Alto y en las elevaciones aledañas. Las tropas del ejército se encontraban en San Isidro Labrador. Los soldados habían comenzado a quemar las casas y los ranchos. Era lógico pensar que las unidades militares avanzarían en dirección a Guarjila.
 – Mirá, Jorge – dijo Rafael. Andá arriba e informarle a Arnoldo la situación.
Jorge se arrastró unos pocos metros hasta lograr salir de la maleza y velozmente corrió hasta donde estaba el puesto de mando.
– Yo pienso que los hijos de puta llegaron esta madrugada a San Isidro – señaló Jorge.
– ¿Hacia dónde se dirigen? – preguntó Alejandro.
– Me imagino que van en dirección al caserío EI Mojón – contestó Jorge.
– Mire, compa Arnoldo – intervino Ruperto. De San Isidro también sale un camino que viene a dar a Las Flores. Probablemente llegarán a Las Flores por ambos caminos.
Jorge regresó al puesto de observación. A las ocho de la mañana se escuchó el primer tiroteo en dirección de Las Flores. Todos pensaron que algún grupo de masas había chocado con el enemigo, ya que solamente se oían las interminables ráfagas de los invasores.

A los pocos minutos las granadas de mortero 81 milimetros comenzaron caer en las cercanías. Luego vino el silencio y la terrible espera. Nadie sabía lo que estaba ocurriendo. Arnoldo consiguió por fin comunicarse con otras unidades. Se trataba del destacamento dos comandado el “Conejo” William. Las unidades del “Conejo” se encontraban entre EI Mojón y Guarjila. La noticia alegró a medio mundo. En los alrededores todo era silencio; tampoco se observaba movimiento del enemigo. Un guerrillero llegó con la orden de abandonar inmediatamente el puesto de observación.
En el preciso momento en que Jorge se paró para ir a buscar a Rafael, éste llegó corriendo e informó que los soldados estaban a unos treinta metros de distancia. Casi volando subieron la pendiente y llegaron a la cima. No habían transcurrido diez minutos cuando las primeras granadas de M-79 hicieron impacto en la zona. Arnoldo ordenó de inmediato retirarse del lugar. En cosa de segundos, la columna conducida por Rafael y Jorge desapareció como por arte de magia.

Detrás se escuchaban las granadas y las ráfagas de los fusiles automáticos. La situación había cambiado violentamente. Al chocar un grupo de masas con el enemigo, éste ordenó a sus unidades, que originalmente avanzaban en dirección a Guarjila, dirigirse a las elevaciones aledañas a Las Flores, sin tener conocimiento que precisamente que en ese lugar se encontraban escondidos algunos grupos guerrilleros. EI enemigo comenzó a peinar los montes hasta chocar con el puesto de observación.
Habiéndose alejado lo suficiente del peligro, Arnoldo ordenó detener la marcha para tratar de organizar mejor la retirada. Los jefes tenían la intención de avanzar hasta la zona donde se encontraba desplegado el destacamento dos. La situación en que se encontraban era demasiado peligrosa como para ponerse a pensar mucho. EI enemigo podía encontrarse en cualquier parte del valle situado entre la calle a Las Flores y EI Alto.

Los niños comenzaron a inquietarse por la falta de alimento y por el intenso calor del mediodía. Para no correr el riesgo de ser detectados por el llanto inesperado de algún cipote, se repartió a los adultos media pastilla de diazepam (valium) para asegurar el silencio de imberbes.
Buscaron mimetizarse con el medio ambiente cubriendo los uniformes con hojas y arbustos característicos que ofrecía la zona. Rompiendo camino continuaron la marcha. Uno de los niños se resistía a los efectos tranquilizantes de la droga. Iba muy contento y risueño. Parecía estar en “onda” o “Stoned”, como decía el bicho Frank, sólo sus pupilas dilatadas delataban el estado en que se encontraba. Todos temían que en cualquier momento soltara un grito de mariachi mexicano en la Praviana y delatara la posición. Por el bien colectivo y el suyo propio, se le dio una pastilla entera. Rápidamente cerró sus parpados y quedó profundamente dormido.

EI sol caía en vertical. Las piernas temblaban por el esfuerzo realizado, el sudor bañaba los rostros enrojecidos por el cansancio. El niño embobado por el estupefaciente colgaba en la espada del padre, alejado químicamente del peligro que corría. Jorge temía que en cualquier momento aparecieran los helicópteros. Ruperto anunció que pronto cruzarían un camino. Al cabo de dos horas llegaron al lugar donde los esperaba el “Conejo” de la suerte. EI jefe guerrillero apareció del monte con su inconfundible boina negra. EI encuentro fue sellado con abrazos y risas de alegría. Una guerrillera apodada la “Chalateca” reía a más no poder, dejando entrever el espacio vacío donde otrora estaba alojado un incisivo. La falta del diente delantero no le restaba nada a la belleza y hermosura de la jovencita. Después del protocolo improvisado, continuaron la marcha en dirección a Los Almendros. El “Conejo” William tomó la jefatura de la columna. Jorge se sintió más tranquilo teniendo como jefe de la columna a un militar guerrillero de verdad.
A lo lejos se escuchaban estallidos de granadas de mortero 120. Al llegar a los Almendros, William ordenó acampar. Las casas destruidas desde la ofensiva general de 1981 fueron ocupadas por la población civil. EI destacamento dos continuó la marcha en dirección a la finca Alemania.
Los Almendros habían sido hace algunos años el campamento principal de la guerrilla. Allí se habían recibido sesenta fusiles FAL un día antes del ataque al cuartel de Chalatenango, en el mes de enero de 1981. Una patrulla de exploración había encontrado los cadáveres de dos mujeres en los cafetales de la finca Alemania. Se trataba de una mujer joven y su anciana madre. Ambos cuerpos estaban completamente mutilados. Desnudos y cubiertos de sangre, los restos de las dos mujeres yacían a un lado del camino, llenos de hormigas. Madre e hija habían saciado, forzosamente, los perversos deseos sexuales de las hordas salvajes del batallón Jaguar. Estas dos mujeres fueron las primeras víctimas que se reportaron durante la invasión.
Felipón había establecido contacto con el “Conejo” William. Por orden del Comandante Diego, Felipón había llegado desde los Gramales para hacerse cargo de la jefatura de las unidades operativas que se encontraban en esa zona. Alejandro y Arnoldo se integraron al mando provisional compuesto por William y Filepón.

Cuarto día de invasión

Jacinto[6] apareció con el resto de la columna de la sección de logística y talleres, y durante el día se coció una inmensa olla de frijoles y otra de maíz. La dirección subzonal del partido se hizo responsable de las masas populares, es decir, las “montañas salvadoreñas”. Llegaron rumores que desde Mirandilla y Platanares había llegado miel y pescado seco. También llegó la noticia que los pobladores de EI Alto, Portillo del Norte y demás alrededores habían logrado atravesar el lago-embalse de Suchitlán.

Quinto día de invasión

La estadía en Los Almendros se volvió monótona. Jorge decidió subir al puesto de mando para informarse de la situación general. Al verlo llegar, Alejandro, visiblemente molesto por su presencia, le reclamó.
– ¿Qué estás haciendo acá? Te dije que te quedaras allá abajo. ¡Andáte inmediatamente!
– Solamente vine a informarme de lo que está sucediendo – contestó Jorge. ¡Abajo nadie sabe que putas pasa!
– Ah, bueno. Pensé que venías a quedarte acá...
– Nunca pensé quedarme acá – respondió Jorge molesto.
Jorge quien era un guerrillero de malas pulgas y además no tenía pelos en la lengua, respondió brusco y con mala leche.
– Sentáte, pues. ¿Querés un poco de miel?
– Bueno...
Felipón saludó a Jorge y le ofreció un cigarrillo. Después de fumarse el “Delta” y saborear la dulce miel de Guazapa, Jorge regresó a Los Almendros sin haber averiguado nada nuevo.
– ¿Qué dicen los Comanches? – preguntó Franky.
– No me dijeron ni mierda – gruñó Jorge.

Los bombardeos habían dejado de estremecer los montes y las granadas de los morteros habían dejado de ulular por los aires. Eso significaba que el enemigo se encontraba en la fase de rastreo de los campamentos de La Montaña y La Laguna. De vez en cuando las ametralladoras “punto cincuenta” enemigas disparaban en la oscuridad dejando escapar grandes lengüetazos de fuego.

Sexto día de invasión

Por la tarde llegó un mensaje de Felipón. Al atardecer se trasladarían a Los Ranchos y solamente la población civil se quedaría en Los Almendros
Entrada la noche llegaron al caserío. Las unidades se alojaron en las casas abandonadas de Los Ranchos. Jorge se unió al personal de Talleres. Jacinto buscó una casa en las cercanías de la iglesia. La misma donde las monjas Ita Ford y Maura Clark habían trabajado abnegadamente con los pobladores.

Séptimo día de invasión

La Comandancia ordenó tender una emboscada a la altura de Guarjila. AI parecer tenía la información que una compañía enemiga se desplazaría de San José Las Flores hacia Guarjila. Todo indicaba que el enemigo se encontraba en la fase de retirada.
Por la mañana, las escuadras del destacamento dos, reforzadas con el pelotón de armas de apoyo, se dirigieron a ocupar sus posiciones de combate. A las doce del mediodía se divisó la vanguardia enemiga. Venían en dos columnas, una a cada lado de la calle. Los soldados empuñaban los fusiles con nerviosismo, girando constantemente la cabeza en todas las direcciones. A la una de la tarde se abrió fuego sobre la avanzada militar. Segundos después estallaron las minas vietnamitas. EI combate duró apenas media hora.
Las primeras escuadras llegaron a Los Ranchos dos horas más tarde. Para algunos guerrilleros la emboscada había sido un éxito. Pero al parecer, Frank y Rafael no estaban conformes con el desarrollo del combate.
– ¡Vale verga! – decía Franky. Fíjese Jorge, que los teníamos bien cerquita a los cabrones, cuando a un cabrón se le aguadó la caca y comenzó a disparar. Entonces los soldados se desplegaron y comenzaron a rodearnos. ¡Vale verga! ¡Vale verga! – repetía Franky moviendo con incredulidad su cabeza.
– ¿Pero le hicieron bajas al enemigo? – preguntó Jorge.
– Yo creo que sí – respondió Rafael al tiempo que chupaba el cigarro.
Un helicóptero artillado se apresuró a transportar a cuatro soldados heridos y a un muerto. Por parte de la guerrilla, se reportó la caída de un combatiente. Felipón, Alejandro, Marito y Arnoldo se dirigieron a Los Gramales a reunirse con el mando estratégico. A la media hora de haberse marchado, se escucharon las primeras explosiones de morteros. En Los Ranchos los combatientes se prepararon para un eventual bombardeo. Pero las granadas del fuego artillero volaban en otra dirección.
AI atardecer William dio la orden de prepararse para la marcha nocturna. A las seis y media de la tarde, la columna guerrillera se dirigió rumbo al Alto. EI primer descanso lo hicieron en las cercanías del campamento.

Octavo día de invasión

A la una de la mañana pasaron de largo por EI Alto. La marcha continuaba en dirección al Portillo del Norte. William quería aprovechar la noche para alejarse del lugar donde habían emboscado al enemigo.
Eran las siete de la mañana y aún se encontraban caminando. EI Portillo del Norte había quedado atrás hacía dos horas. William ordenó salirse de la vereda evitando así ser detectados por el enemigo. La retaguardia se encargó de borrar las huellas, ornamentando el “trillo[7]” que decenas de pisadas habían producido. El lugar escogido por el jefe guerrillero era ideal para pasar desapercibido durante varios días. Los laberintos de zarza impedían caminar de pie en algunos lugares. Los guerrilleros cansados, cayeron como piedras en el suelo húmedo del monte. Después de catorce horas de caminata se encontraban a diez kilómetros de distancia de San Antonio Los Ranchos. Los Amates orillaban abajo con las aguas del Sumpul.
EI disparo repentino despertó a todos los guerrilleros. Un joven guerrillero visiblemente asustado había olvidado ponerle el seguro al FAL. EI fusil se había resbalado unos pocos centímetros, pero los suficientes como para activar el mecanismo de disparo. Afortunadamente no hubo ningun accidente que lamentar. El “Conejo” le quitó el arma y se la entregó a otro guerrillero, castigando así la imprudencia del combatiente. Era muy difícil que el enemigo detectara un disparo aislado en ese inmenso mar de arbustos plagado de espinas cortantes y hormigas gigantes. Franky, con su humor característico, decía que era más facil detectar la procedencia de un pedo en el cine Modelo[8], a la una de la tarde, que averiguar de donde había salido el proyectil “7 punto 62” milímetros del viejo FAL belga.
Después de la interrupción todos volvieron a dormirse.

Noveno día de invasión

EI alba los sorprendió tendidos bajo el techo verde de la vegetación salvaje. Jorge, quien había asumido las funciones de radio-operador, trataba de interceptar las comunicaciones del enemigo, que se encontraba acampado en Los Amates. EI capitán de la compañía reportaba la falta de alimentos. EI mando militar en Chalatenango prometía enviar por helicóptero las raciones operativas. La moral combativa de los soldados comenzaba a disminuir. Después de las cinco de la tarde ningún soldado se atrevía a moverse ni siquiera un centímetro en el terreno. Se quedaban acampados precisamente en el lugar donde el crepúsculo los obligaba a detener su avance, ya que eI miedo a ser emboscados, de pisar un cazabobos o a caminar en la noche, les crespaba los pelos de la nuca e incluso los del chiquirín. La tensión de sentirse en territorio guerrillero influía negativamente en la mente del soldado, reduciéndose enormemente su capacidad táctico-operativa e iniciativa. Los oficiales sabían por experiencia que en los montes se encontraban los guerrilleros, pero ¿cómo lograr mover a su tropa y peinar paImo a palmo el terreno? ¿Cómo elevar la moral combativa de sus unidades? En la fase en que se encontraba el operativo militar, el bombardeo de los Fouga Magister y de los A-37 resultaba tan inocuo como querer cazar perdíces con cañones. Los morteros 120 milímetros eran también inofensivos, puesto que la guerrilla estaba dispersa en todo el teatro de operaciones. Era como buscar una aguja en un pajar.

También los guerrilleros se habían quedado sin vitualla, pero nadie protestaba por eso.
EI mando militar había ordenado peinar las aIturas de EI Alto y los alrededores, pero eI rastreo nunca se llevó a cabo. Las compañías invasoras ubicadas en la región oriental y suroriental del departamento comenzaron a replegarse escalonadamente. Prácticamente al noveno día, la invasión había concluído.
El“Conejo” William esperó el atardecer para trasladarse nuevamente con el destacamento dos a Los Almendros. Esta vez caminaron por las faldas de EI Alto hasta llegar al caserío EI Mojón, situado a pocos kilómetros de Los Almendros. Allí pasaron la noche.
Por la mañana llegó otra columna guerrillera conducida por Alejandro y Arnoldo. Se trataba del personal de varias secciones del Estado Mayor.
– ¿Como les fue a ustedes? – pregunto Alejandro.
– Sin ningún problema – contestó Jorge. ¿Y a ustedes?
– ¡A nosotros nos llevó putasl – exclamó Alejandro. Cuando llegamos a los Gramales después de la emboscada, el enemigo parece que había detectado nuestra posición, pues comenzó a morterear.
 – ¡A la puta! Era a ustedes que mortereaban – intervino Jorge. A mí me extrañó mucho que no morterearan Los Ranchos...

Según las informaciones del mando guerrillero, el enemigo aún se encontraba en la fase del repliegue. Esa noche cocinaron una gallina que había sido sorprendida durmiendo en una mata de morro. La tensión y el nerviosismo habían desaparecido de los rostros. Los chistes florecían y las experiencias vividas pasaban a formar parte del inagotable repertorio anecdótico guerrillero, enriquecido con variadas historias. Nadie mencionaba la muerte ni los sacrificios ni el hambre. La alegría de haber derrotado nuevamente al enemigo y de estar vivo era lo principal en esos momentos. No importaba si esa alegría durara un minuto, tal vez un día o acaso un mes. Todos sabían que la guerra continuaría con más furia y más crueldad.

Décimo día

La patrulla de exploración integrada por Luisón, un especialista en explosivos, Alejandro, Jorge, Arnoldo y cuatro combatientes de las UV partió rumbo a La Laguna. Al llegar a los alrededores de las Huertas, Luisón se adelantó para desactivar cualquier carga explosiva que el enemigo hubiera dejado oculta. EI caserío se encontraba límpio de cazabobos.
Alejandro ordenó a Luisón explorar el campamento del puesto de mando estratégico de la guerrilla. Luisón regresó después de una hora con la noticia que todo estaba normal. Alejandro se comunicó con la Comandancia por medio del YAESU. Al parecer, los Comandantes se encontraban en las cercanías, pues rápidamente llegaron a las Huertas.
Alejandro y Jorge se dirigieron a Los Naranjos. En la vereda que conducía de Las Huertas a La Laguna encontraron tierra removida y pensaron que podría tratarse de alguna mina.
Posteriormente se supo que el ejército había asesinado a una pobladora de La Laguna, quien debido a la elefantiasis que padecía, se había quedado escondida en la “cueva de los murciélagos”.
A los salvajes soldados no les conmovió ver las piernas inflamadas de la pobre mujer. La gente de masas le había dado cristiana sepultura horas antes.
Ese era el montículo de tierra removida que habían encontrado en la vereda.

Décimo primer día

La vida continuó como corriente inagotable de agua en la montaña. Los pobladores levantaban nuevamente los ranchitos de las cenizas y los escombros. Los fogones volvían a arder calentando con fuego de leña seca los comales ennegrecidos por el hollín. Las ollas escondidas en los tatús volvieron a recibir en sus vientres los granos de maíz y frijoles. Las laboriosas mujeres golpeaban graciosamente la harina de maíz entre sus manos dándole forma a la masa y arrojando diestramente las tortillas al comal. La cintura rítmica que se movía al compás de la nueva vida, las manos que se aferraban a la piedra que molía el nixtamal, la frenta adornada con un listón rojo, los ojos dulces preñados de esperanza, la risa límpia que brotaba de los labios canela de la mujer salvadoreña era el sello victorioso con que quedaba estampada la invasión enemiga.
Once batallones élites, tres de ellos a lo largo de la frontera con Honduras, no fueron capaces de detener el torrente libertario del frente norte Apolinario Serrano.
La casa-cuartel de la sección política había quedado intacta. Los tatús no habían sido encontrados por el enemigo y Jorge recibió nuevamente un M16. La tercera invasión en el transcurso del año era ya parte de la historia. 
El amanecer sorprendió a Jorge haciendo guardia en Los Naranjos. Nunca antes había visto tan de cerca el amanecer. Era el décimo segundo día...y había que levantar la tropa para seguir empujando el sol....


German llegó acompañado de Medardo, Joaquín “Treinta”y Marvin para reunirse con Bernardo.
Bernardo, un joven Comandante, había llegado al frente Norte hacía un par de semanas. Como jefe de la sección de operaciones, tenía la tarea de coordinar el trabajo de los destacamentos guerrilleros. En realidad Bernardo era, de facto, el jefe del primer batallón de unidades de vanguardia. Sin embargo la Comandancia evitaba que se diera a conocer oficialmente la noticia. AI parecer se trataba de un secreto militar, pero en La Laguna muchos guerrilleros sabían o intuían la función que desempeñaba el joven guerrillero, de quien se decía era el brazo derecho del Comandante Marcial.
A Bernardo aún se le notaban las libras de sobrepeso. Todavía no vestía a la moda guerrillera. EI “walkman” del Comandante causó gran revuelo en la sección política y logística, sobre todo entre Jacinto y Jorge, quienes se turnaban para escuchar “EI Rabo de Nube” y “Dias y Flores” de Silvio Rodriguez. Aunque por falta de música nadie se quejaba en las secciones. Había un surtido de cassettes. Desde Credence Clearwater Revival, Willie Colon y Ruben Blades hasta los Alegres del Teran con sus rancheras mexicanas.
Al terminar la reunión, la compañera cocinera sirvió la comida y German comenzó a contar las aventuras vividas durante la invasión. Parecía uno de los jóvenes del Decamerón y cual Pánfilo, narró aquella noche la aventura guerrillera, donde él y sus compañeros de armas demostraron la astucia e inteligencia de los guerrilleros del Frente Apolinario Serrano.

“...El pelotón de Medardo fue el primero en chocar con el enemigo. Las unidades élites del Atlacatl y Ramón Belloso avanzaron desde el caserío las Pacayas en dirección a la Hacienda. EI batallón Sierpes desplegó sus compañías en la zona de la Montañita, donde se encontraba Ramón al mando de la columna guerrillera número uno. Medardo se replegó a las faldas del Volcancillo. Fuertes combates se entablaron durante todo ese día.
Las columnas guerrilleras contuvieron el avance enemigo en la Montañita, mientras las unidades de vanguardia del destacamento uno entablaron combate con los batalIones Atlacatl y Belloso en las faldas del Volcancillo.
AI siguiente día, German se replegó a la Burrera, al tiempo que Ramón hizo lo mismo en dirección a Comalapa. Por la noche la columna guerrillera recibió la orden de la Comandancia de replegarse a la subzona tres. Por su parte las UV salieron del teatro de operaciones en dirección a la subzona dos. EI enemigo se percató del movimiento guerrillero. Ramón logró romper esa noche el cerco operativo sin necesidad de chocar con las fuerzas invasoras. Mientras German en lugar de avanzar hacia el Conacaste como lo había ordenado la Comandancia, decidió dirigirse a Ojos de Agua, sabiendo que a esas alturas la región estaría plagada de soldados. Pero era de noche y estaban en “su montaña”, y conocido es que la noche en la montaña siempre es guerrillera.
Lencho, quien también se encontraba junto con el destacamento uno, estuvo de acuerdo con el jefe guerrillero. Para aprovechar al máximo el tiempo con que contaban, emprendieron la marcha utilizando la calle de tierra que unía EI Zapotal con Ojos de Agua y el Carrizal. EI mando enemigo jamás se hubiera imaginado que los guerrilleros optarían por esa salida aparentemente descabellada. Sin embargo, fueron las circunstancias en el terreno que obligaron a German a tomar esa decisión. Dirigirse al Conacaste significaba moverse en la dirección que el enemigo deseaba para asestar el golpe final. Las tropas hondureñas servirían como “yunque”, mientras las tropas élites fungirian como el “martillo”. EI cerco operativo tendido en la subzona dos, comprendía las direcciones principales de fuego: Nueva Trinidad, San José Las Flores, Las Vueltas, los cerros Talzate y La Bola, Ojos de Agua y EI Coyolar.

Las elevaciones cercanas a Ojos de Agua habían sido ocupadas por el enemigo al atardecer.
La columna guerrillera de German avanzaba lentamente por la calle, mientras los soldados apostados en los cerros ignoraban que el desplazamiento que se estaba llevando a cabo frente a sus narices, era el de los guerrilleros. La madrugada sorprendió a German en las afueras del Carrizal. AI otro lado del Sumpul las tropas catrachas cavaban trincheras a lo largo de la frontera natural. Era evidente que el ejército hondureño se había percatado del movimiento militar al lado salvadore ño. Lo que los oficiales catrachos no podían saber, era que se trataba de un movimiento de la guerrilla y no del ejército guanaco como ellos tranquilamente suponían.

Betty, quien estaba a cargo del abastecimiento logístico del destacamento uno era la única que no vestía verde olivo y através de ese descuido los observadores se dieron cuenta que se trataba de fuerzas guerrilleras. La voz de alarma cundió dentro de la tropa y los soldados hondureños corrieron a tomar sus FALES.
German continúo la marcha en dirección a Vainillas. La intención original del jefe guerrillero era de replegarse a la subzona tres, que de acuerdo a la informacion de Ramón, se encontraba límpia de soldados.
Al cabo de una hora los helicópteros Huey comenzaron a desembarcar tropa a la altura del caserío Los Prados. EI mando catracho informó por radio del desplazamiento guerrillero. A la sazón, el destacamento uno se encontraba en las cercanías de la quebrada Honda, entre Vainillas y Los Prados. Analizando la situación operativa, German comprendió que no podía continuar por la misma ruta. Descubiertos ya por el enemigo, el factor sorpresa se había perdido. Reunió a los jefes de pelotón y junto con Lencho les explicó el plan de emergencia. Esperarían el atardecer para regresar de nuevo al Volcancillo. Si la decisión en la víspera había sido aventurera, ahora parecía ilógica e irracional. Sin embargo, el jefe guerrillero, siguiendo la consigna de Danton, actuaba con mucha astucia. Hay momentos en la guerra que predomina el instinto guerrero aprendido en muchos años de enfrentar al enemigo. German era probablemente el mejor militar operativo dentro de las Fuerzas Armadas Populares de Liberación Farabundo Martí.

Todos los combatientes del destacamento uno eran la flor y nata de las FAPL. Conocían el comportamiento enemigo y su forma de actuar en las invasiones. Al anochecer la vanguardia se encontraba en los bajos del Volcancillo. Una escuadra del pelotón dos fue enviada a explorar el terreno. A las doce de la noche el destacamento uno se encontraba nuevamente ocupando los mismos campamentos abandonados el día anterior. German desplegó los pelotones. Al siguiente día, el pelotón tres detectó fuerzas enemigas en la Hacienda. Sin esperar comunicarse con el mando, Medardo, otro gran combatiente, ordenó a sus unidades emboscarse en las faldas del Volcancillo. El lugar escogido ofrecía todas las condiciones para una emboscada de aniquilamiento. La vereda que conducía de la Hacienda al interior de la montaña atravesaba un paso muy estrecho.

A un lado las empinadas faldas del Volcancillo y al otro lado un cerro cubierto de pinos. Los soldados del Ramón Belloso entraron tranquilamente a la emboscada, ignorando que en pocos segundos les saludaría la muerte. Lo menos que esperaban en esos terrenos era la presencia guerrillera. Según ellos, los subversivos se encontraban huyendo por los montes. EI primer soldado que cayó abatido por las ráfagas de los M 16 fue el que cargaba en sus hombros el cañón 90 mm sin retroceso. Tal fue la sorpresa que no les dio tiempo de reaccionar. La lluvia de proyectiles cayó implacable destrozando las ramas de los guayabos y la carne viva del enemigo. En cosa de minutos el combate se había decidido. Medardo ordenó lanzarse al asalto. Las armas recuperadas superaban la veintena. Una parte de la sección enemiga huyó despavorida, lanzándose por los barrancos y olvidando en la desesperación, todo lo aprendido en Palmerola[9]. De allí en adelante el curso de la invasión cambiaría bruscamente. Conviviendo en el corazón de la montaña con las fuerzas invasoras se neutralizó la artillería y la Fuerza Aérea..." 

La decisión de German, a pesar del riesgo que corrió, había sido correcta. EI éxito en los combates le dio la razón al experimentado jefe guerrillero. No solamente mantuvo intacta su fuerza, sino que además golpeó fuertemente las tropas élites del ejército salvadoreño. A pesar de todo, la Comandancia guerrillera criticó fuertemente la decisión de German.
EI repliegue de las fuerzas invasoras estuvo influenciada fundamentalmente por la actitud ofensiva de las unidades de vanguardia en la Montaña.
De una situación de defensa, German contraatacó al enemigo precisamente en el lugar menos esperado, contribuyendo a cambiar brúscamente el carácter de las acciones. EI enemigo se vio obligado a pasar de la ofensiva a la defensiva táctico-operativa.
La operación de “yunke y martillo”, costosa por la cantidad de medios y fuerzas utilizados, demostró en el plano militar, la incapacidad del alto mando militar salvadoreño de derrotar a las Fuerzas Armadas Populares de Liberación Farabundo Martí en Chalatenango.

EI tiempo transcurrido en la montaña había dejado sus imborrables huellas en la conciencia y memoria de Jorge. Las experiencias vividas, las tristezas acumuladas, la falta de atención partidaria , la soledad compartida en silencio, la alegría disfrutada, las victorias celebradas, las decepciones sufridas, todo formaba parte del gran tesoro que guardaba en el rincón más recóndito y querido de su ser. Afuera se encontraban Ias verdes paredes de esa gigantesca universidad de la vida: La montaña chalateca, hermosa maestra tendida en su lecho de hierba y musgo.



[1] Cipitío: Personaje de la mitología salvadoreña. Del náhuatl tsipit, pequeño. Aparición con forma de enano cabezón que enamora a las mujeres casadas arrojando piedras a los techos.
[2] Nicolas,”Nico”: Juan Antonio Alvarenga
[3] Franky Boy: Jorge era el único que lo nombraba así, algunos le decían el “Bicho Frank”.
[4] Movimiento Estudiantil Revolucionario Salvadoreño: Frente estudiantil influenciado por las Fuerzas Populares de Liberación Farabundo Martí integrado al BPR.
[5] Bloque Popular Revolucionario: Frente de masas influenciado por las FPL-FM.
[6] Julio Molina, compañero de Sandra Villatoro, “Rubenia”. Trabajaba en la sección de Logística (Abastecimiento y Servicios) y Talleres.
[7] La huella
[8] El Cine Modelo: Famosa sala de cine en la capital salvadoreña, ubicada en el barrio popular de Santa Anita.
[9] Base americana en Honduras y escuela de entrenamiento

3 comentarios:

  1. Hola Hermano
    Aprovecho este espacio para agradecerte por compartir tu libro por este medio, ya que aveces no contamos con los medios para comprarlos.
    Me gusta mucho tu Libro. Es interesante leer tu mirada del conflicto armado en primera persona. Es enriquecedor y sirve de mucho para los que como yo, no participamos de la guerra civil salvadoreña pero nos sentimos identificados con los movimientos revolucionarios.

    Un saludo fraterno desde El Salvador y ojala nunca pierdas el interés por actualizar este espacio.
    Adelante!!

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  2. Se agradecen los comentarios. Ese es nuestro proposito: continuar en la trinchera de las ideas. Saludos

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  3. Se agradecen los comentarios. Ese es nuestro proposito: continuar en la trinchera de las ideas. Saludos

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