miércoles, 5 de abril de 2017

San Salvador en los años del Rock and Roll

San Salvador en los años del Rock and Roll


“Sometimes i get to feeling, i was back in the old days, long ago. When we were kids when we were young things seemed so perfect, you know” Queen

La primera vez que vi bailar rock and roll en vivo y en directo todavía no cumplía los 7 años. No fue, como podría suponerse, en una fiesta, en el cine o en la televisión, sino que en la propia casa de Tuco y Tico. ¿Alguien recuerda a esa pareja de bailarines? No sé si serían hermanos o simplemente fueron dos buenos cheros – amigos –; pero bailando parecían gemelos. El  sentido del ritmo y de la música rocanrolera les corría por las venas.  

“The days were endless, we were crazy we were young, the sun was always shining we just lived for fun”

Tuco y Tico eran famosos en el barrio Candelaria. Vivían al frente de la casa de mi abuela, situada a unos metros del cuartel antiguo de la Guardia Nacional en la calle Modelo.  En realidad la casa no era ni de mi abuela ni de mi tío, ellos vivían de alquiler. Tener casa en aquellos días era un lujo asiático. ¿Pero de quien eran esas casas? , me pregunto yo ahora.  Era una casa grande, estilo español con un jardín al centro y muchas plantas tropicales, y, además, con agua potable y luz eléctrica. El jardín me fascinaba. Era mi “selva privada”. Ahí entre los helechos gigantes y los “Pies de León”, me pasaba las horas jugando con mi camioncito de tolva, abriendo hoyos y construyendo carreteras de fantasía hasta que escuchaba la voz de un niño exclamando en el parlante: “See you later Alligator”. Entonces salía corriendo como Speedy González a ver ensayar los números artísticos de Tuco y Tico. Yo no era el único mocoso que admiraba las piruetas y los pasos de aquellos formidables artistas en ciernes al compás de Bill Haley y sus Cometas.  

“The bad things in life were so few”

En la vecindad se respiraba la pobreza, pero la gente hacía de todo, vendía de todo, se reparaba todo para que en la mesa no faltara la comida.  Claro que también había tacuaches – ladrones de poca monta – en las esquinas, sin embargo, las muertes por homicidio, que sí las hubo, eran pocas– en comparación con la situación actual – que cuando ocurrían, eran noticia de primera plana en los tres periódicos más importantes del país.  En esos días del rock and roll, la única violencia organizada existente era la de la Guardia Nacional, la de la Policía Nacional y la de la Policía de Hacienda. Más tarde entraron al terreno de operaciones la organización paramilitar conocida por sus siglas, ORDEN (Organización Democrática Nacionalista), y la Agencia Nacional de Seguridad Salvadoreña (ANSESAL). Estos eran los encargados de mantener la “paz y el orden” heredados de la dictadura de Maximiliano Hernández Martínez en la década de los 30 y la de vigilar a la “subversión comunista” y, dado el caso, eliminarla físicamente en nombre de la democracia oligárquica cafetalera. Sin embargo, quienes salían de su casa por diversión, por trabajo o simplemente a vagar sin rumbo, estos no lo hacían con el miedo o con el temor a no regresar sanos y salvos.

“Those days are all gone now.”

Como un “Tom Sayer” criollo salía a recorrer mi barrio y los alrededores sin compañía alguna. Mi  “Misisipi” fue el rio Acelhuate. Ahí me divertí lanzándole piedras a los ávidos Zopes – zopilotes–que se peleaban entre sí por las tripas de un cadáver de perro callejero sin pedigrí. Así conocí las calles y los callejones de la Colonia Ferrocarril, las del barrio El Calvario y las de La Vega, lugares donde hoy en día la vida vale menos que un comino. En aquellos días andar a pie, además de ser un buen ejercicio corporal, era también una forma de conocer la capital y por supuesto, un método de ahorro muy efectivo, sobre todo tratándose del bolsillo de un niño comenzando la edad del pavo. Eso sí, había que estar siempre en guardia y muy alerta para detectar a los malandrines. En aquel entonces todavía no existía el crimen organizado y las  “maras antiguas” eran simplemente un grupo de imberbes que trataban de imitar a las bandas juveniles gringas al estilo de “Rebelde sin Causa” o “West   Side Story”. Ni siquiera las “maras antiguas” más agresivas, como la de San Jacinto, la del barrio La Vega, la de Mejicanos, la de Villa Delgado o la del barrio Santa Anita con sus “puntas” (navajas), “manoplas” y “aspirómetros” (cable de acero), ni todas juntas, alcanzaron el grado de criminalidad y letalidad de las actuales.
Los días de la “paz relativa oligárquica” en El Salvador se fueron, sin darnos cuenta, con la guerra civil y el surgimiento de las pandillas criminales y el narcotráfico, así se fue también nuestra infancia, niñez y juventud.   Lo que quedó después fue una tendalada de cadáveres, la rabia amarga y la tristeza profunda. 

“Because these are the days of our lives. They have flown in the swiftness of time. These days are all gone now but some things remain. When I look and I find no change.”

El Salvador del siglo XXI ha cambiado mucho en relación al paisito aquel que me vio nacer y crecer. Hay muchas carreteras nuevas y los centros comerciales al estilo americano crecen como hongos tropicales, pero para alguien que vivió su infancia y adolescencia en lo que hoy en día es el centro de la vorágine de la violencia marera, las cosas poco han cambiado sustancialmente en la nación cuscatleca.
Más no crea, estimado lector, que estas líneas las escribe un melancólico sexagenario que sueña con el pasado y que además lo idealiza. El problema en El Salvador es que, objetivamente, la correlación de fuerzas socio-económicas no está a favor de Juan Pueblo. A él, con tantos malls y high ways, le han colocado un traje de smocking primermundista que le oculta los “cánceres, caspas, shuquedades, llagas, fracturas, tembladeras y tufos”, que hace décadas diagnosticó Roque Dalton en su poema: El salvador será”.  La violencia es solo uno de esos cánceres.   Los “Tom Sawyer” o los “Oliver Twist” son una enfermedad endémica en las sociedades donde reina la injusticia social. En esto El Salvador no ha cambiado mucho; pareciera como si el tiempo se hubiera detenido.

 “Those days are all gone now but one thing is still true. When I look and I find I still love you.”

A pesar de todas las vicisitudes vividas en aquellos años, cuando se estilaba el bucle engominado a lo Elvis Presley, el balance es positivo. Ya no podemos hacer la “caída de la hoja” de Tuco y Tico, pues cualquier intento, atentaría contra la salud. Sin embargo, el recuerdo de San Salvador en los años del Rock and Roll todavía siguen tan fresco y colorido como el “Tutti Frutti” de Ricardito.
Roque Dalton escribió lo siguiente en su poema Todos: “Todos nacimos medios muertos en 1932, sobrevivimos, pero medios vivos.” Y yo diría, parafraseando al poeta, que los salvadoreños renacimos en los 60, crecimos en los 70, nos desarrollamos en los 80   y volvimos a nacer medios muertos en 1992, sobrevivimos, pero medios vivos. ¿Cuándo volveremos a renacer?  


Y aquí me tienen ahora, pues, con una matata – morral– al hombro llena de tiempos y espacios, asumiendo la vejez como un proceso natural, pero todavía rodando optimista por la montaña rusa de la vida, like a Rolling Stone, para que el moho del conformismo, conservadurismo y pasotismo no nos corroa el alma y el pensamiento. 

miércoles, 15 de marzo de 2017

Los dolores que provocan los dólares en El Salvador

Los dolores que provocan los dólares en El Salvador


Hace un par de años tuve la oportunidad de conocer y conversar con una compatriota, originaria del Congo, un cantón del departamento de Santa Ana. Había llegado a Alemania junto con su hijita en el marco de la ayuda humanitaria “Corazón Alemán”, proyecto promovido e impulsado por un catedrático de la Clínica de la Universidad de Friburgo en colaboración con el hospital Benjamín Bloom en San Salvador. La pequeña había sido intervenida quirúrgicamente debido a una enfermedad congénita cardiovascular, sin la cual la esperaba una muerte segura. La intervención a corazón abierto había transcurrido exitosamente y la niña guardaba reposo en la unidad de cuidados intensivos.

Como parte de un grupo de colaboradores hispano parlantes, mi labor en esos momentos era la de traducir, atender a las necesidades de la madre y acompañarla en esos momentos angustiosos, en que La Pelona, consciente de la complejidad de la operación, seguía deambulando en los corredores del hospital de niños esperando llevarse el alma de la cipotía.

Fue precisamente en esa ocasión que constaté que la dolarización oficial de la economía salvadoreña a partir del año 2001 no solamente elevó el índice de coste de vida, sino que también corrompió el lenguaje popular salvadoreño. Tan alto está el costo de la canasta familiar en la actualidad que tener un par de huevos puede costar hasta la vida.  En El Salvador, cuando se es pobre, es decir, cuando no se tiene empleo o no se cuenta con un familiar que subvencione la canasta familiar con periódicas remesas de dólares, los dolores van desde los de cabeza, pasando por los del estómago hasta llegar a los de los pies. Y, ¿qué decir de los indigentes?

¿Cuánto cuesta una pupusa? – pregunté a la joven madre, pensando en el índice Bic Mac.  Un “cora” – respondió, con la fluidez y soltura de alguien que está 100% seguro de lo que está diciendo.  ¿Un qué? – riposté consternado, pues la paisana me había agarrado en curva. El mencionado “cora” resultó ser ni más ni menos que un cuarto de dólar.

Si la pupusa, el plato típico por excelencia en la cultura salvadoreña y, además, el más popular, costaba en ese entonces un “cora”, es decir, 25 centavos de dólar, ¿Cuánto costaría el frijol, el arroz, la leche, el transporte y la vivienda? ¿O una compleja operación a corazón abierto?

La dolarización de la economía salvadoreña, que dicho sea de paso se está transformando en un “socialismo sui generis”, a decir de la dirigencia del FMLN, no ha contribuido hasta la fecha al crecimiento sustancial de la misma. La dependencia de las remesas, principalmente las que llegan de los Estados Unidos, donde  trabaja de manera legal e ilegal más de un millón de salvadoreños, es tal, que cualquier retorcijón de tripas económico provocado por la falta de empleo en los Estados Unidos, o por las medidas anti extranjeros  y proteccionistas que está impulsando la administración de Donald Trump, pueden provocar una churria –diarrea–  macro y micro económica  mucho más complicada y peligrosa que la provocada por la ingestión de pupusas contaminadas con virus  o bacterias.

Medardo González, otrora Comandante Milton de las Fuerzas Populares de Liberación Farabundo Martí, una de las organizaciones político-militares más radicales –en sus inicios lucharon y murieron por un socialismo proletario–, y actual secretario general del FMLN, expresó en cierta ocasión que su partido está luchando por un socialismo propio, tan guanaco “como las pupusas de loroco”.  

¡No sé qué le hubiera ocurrido al ex comandante Milton, si en los años setenta y principios de los ochenta del siglo pasado se le hubiera ocurrido postular por ”el socialismo con sabor a pupusa de loroco”! Seguramente lo hubieran descuartizado –ideológicamente hablando– sus mismos camaradas del Comando Central y con sus vísceras hubieran preparado uno de los platos más típicos y populares: Yuca con fritada, el hermano mellizo de las famosas pupusas.

La santaneca y su hija regresaron después de unos días y aunque su visita en estas tierras no tuvo nada que ver con la dolarización ni con las debilidades macroeconómicas nacionales, el encuentro me trajo a la memoria aquellos años, en la década de los 60, en que uno podía hartarse de pupusas con un colón salvadoreño o comprar con un tostón (50 centavos) yuca con chicharrones en el Mercado Central y todavía sobraba para beberse una Pilsener bien helada.

Cada época tiene su propio sello y ya que en la vida todo cambia para bien o para mal, no es extraño que cambie la moneda y su valor. Lo que si llama la atención es que un gobierno que proclama ser de izquierdas y gestor del “socialismo guanaco”, mantenga todavía la ley de integración monetaria impuesta por el partido derechista de ARENA, a pesar del carácter antipopular de la misma. Sin duda alguna, muchas cosas han mejorado en El Salvador, sobre todo en la dimensión política; pero después de la tertulia   meramente anecdótica con la paisana, para mí quedó diáfanamente claro que a nivel socio-económico las cosas han empeorado para los sectores sociales con menor poder adquisitivo.


Escuchando a la joven madre salvadoreña relatar las adversidades que sufren los “tristes más tristes del mundo” en el campo y la ciudad en El Salvador del siglo XXI, percibí los dolores que provocan los dólares, sobre todo cuando no se tiene la cantidad suficiente y necesaria para resolver los problemas económicos del día a día.