jueves, 22 de septiembre de 2011

Los intereses ecuménicos y económicos del Vaticano en Alemania

La visita del sucesor de San Pedro en Alemania del 22 al 25 de septiembre del año en curso, a mi modo de pensar, forma parte de una ofensiva estratégica teológico-diplomática lanzada por el Vaticano en Europa y que está íntimamente ligada a la creación de un nuevo Consejo Pontificio (dicasterio vaticano) para evangelizar en Occidente los países de tradición católica, pero que "registran una progresiva secularización de la sociedad", según declaró el papa Benedicto XVI el 26 de junio del 2010 ante varios miles de fieles reunidos en la Santa Sede. El Presidente de la Conferencia Episcopal de Alemania, Arzobispo Roberto Zollitsch, cuya residencia está en Friburgo, forma parte de este nuevo dicasterio. No ha sido casual ni arbitrario que la primera visita haya sido España, bastión europea, junto a Italia de la Iglesia Católica Apostólica y Romana, cuna del Opus Dei. En agosto de este año, el Papa estuvo en España y visitó uno de los centros más importantes de la religión católica en Europa: La catedral de Santiago de Compostela. En la ciudad condal de Barcelona, aprovechó la oportunidad de consagrar como basílica la iglesia La Sagrada Familia, que el gran arquitecto y escultor catalán, Antonio Gaudí, diseñara en 1882.

Friburgo, la última etapa de su periplo por Alemania, es una ciudad pequeña que está ubicada en el sur del rico y próspero estado de Baden-Württemberg, en una de las regiones, según las estadísticas meteorológicas, más mimadas por el sol. Rodeada de pinos y nogales, la capital de la Selva Negra se prepara en estos aciagos tiempos, donde las guerras imperialistas, el hambre, el desempleo y la miseria son el pan nuestro de cada día, para recibir al Papa Benedicto XVI.

La brisa fresca que baja del Höllental anuncia un otoño temprano y frio. El “valle del infierno” (Höllental), que por su topografía se asemeja más bien a un cañón, termina precisamente en un lugar llamado Himmelreich, cuya traducción literal significa “el reino de los cielos”. Si la toponimia es casual o causal, es un tema ajeno a nuestro propósito. Ciertamente son muchas las leyendas que se cuentan en los alrededores en relación al famoso valle. Una de ellas es la del “salto del ciervo”(Hirschsprung), estación obligada para todos los turistas que visitan Friburgo y la Selva Negra y los que llegarán después de la visita del Papa a contribuir con sus divisas al desarrollo de la región. Pues como dice la propaganda eclesiástica de la Conferencia Episcopal Alemana: “Allí donde está Dios, ahí hay futuro” (Wo Gott ist, da ist Zukunft)

¿Qué importancia tiene Alemania para el Vaticano? ¿Quién visitará Alemania? ¿El filósofo-teólogo, el político o el jefe de Estado?

Desde el punto de vista teológico, históricamente Alemania ha tenido una posición particular con respecto a la hermenéutica teológica del Vaticano. Alemania es la cuna del Reformismo. La distribución porcentual de las religiones en Alemania es la siguiente1 : católicos 30,50 %; evangélicos 29,50 %; sin confesión 34,60 % y el restante 5,4% está conformado por diversas religiones occidentales y orientales, siendo el islamismo (4,88%) el grupo religioso minoritario más fuerte. En la ciudad de Friburgo 40 % de los friburgueses es católico, el 25 % es evangélico y el 35 % restante no tiene confesión o pertenece a grupos religiosos minoritarios. Es decir, que casi un 70 % de creyentes y sin confesión en Alemania, no se encuentra arropado bajo la protección de la Iglesia Católica, lo cual significa que ese porcentaje de ovejas descarriadas deposita el diezmo( en Alemania es el 8% y el 9% del sueldo bruto) en arcas diferentes a las de la Curia Romana. Por otra parte, Alemania, país del cual el Papa es oriundo, es uno de los más ricos e influyentes en Europa Central. En este sentido, los intereses del Vaticano en Alemania son de carácter ecuménico y económico, es decir ecunómicos.

Desde el punto de vista político-filosófico, es necesario refrescar un poco la memoria y recordar que el papa Benedicto XVI, antes de ser elegido por el cónclave como el jefe supremo del Vaticano, fue el Cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, encargada de promover y tutelar la doctrina sobre la fe y las costumbres en todo el orbe católico. Antiguamente esta Congregación recibió el nombre de Congregación del Santo Oficio, conocida también como la Inquisición romana. En su función de moderno inquisidor, Joseph Ratzinger se enfrentó a nivel político-ideológico y filosófico-teológico con los máximos representantes de la Teoría de la Liberación. En el informe acerca de la teoría de la liberación2 , el Cardenal Ratzinger concluye su ponencia en términos político-ideológicos contundentes: “….Si se trata de dar un juicio global, hay que decir que, cuando uno busca comprender las opciones fundamentales de la teología de la liberación, no puede negar que el conjunto tiene una lógica casi irrebatible. Con las premisas, por una parte, de la crítica bíblica y de la hermenéutica fundada en la experiencia y, por otra, del análisis marxista de la historia, se ha logrado crear una visión de conjunto del cristianismo, que parece responder plenamente, tanto a las exigencias de la ciencia como a los desafíos morales de nuestro tiempo. Y por lo tanto, se les impone a los hombres de inmediato la tarea de hacer del cristianismo un instrumento de la transformación concreta del mundo, lo que parecería vincularlo con todas las fuerzas progresistas de nuestros días. Se puede, entonces, entender cómo esta nueva interpretación del cristianismo atrae más y más a teólogos, sacerdotes y religiosos, especialmente a la luz de los problemas del Tercer Mundo. Sustraerse a dicha interpretación, necesariamente tiene que aparecer ante los ojos de ellos como una fuga de la realidad y como un abandono de la razón y de la moral. Pero si, de otro lado, se piensa en cuán radical es la interpretación del cristianismo que se deriva de ahí, entonces se vuelve más urgente el problema de qué puede, y debe hacerse frente a la misma…” El avezado lector comprenderá diáfanamente que el Cardenal Ratzinger en su exegesis teológica de la Teología de la Liberación, comprendió acertadamente el peligro que se cernía en la Iglesia Católica y en la sociedad capitalista en general, en el caso que los millones de pobres en el mundo hicieran suyo este pensamiento liberador. La Teología de la Liberación fue en su momento, en el tercer Mundo, más peligrosa que el marxismo-leninismo. Por eso es que el Cardenal Ratzinger hizo todo lo posible, para impedir que teólogos como el peruano Gustavo Gutiérrez, el brasileño Leonardo Boff, el chileno Ronaldo Muñoz y el vasco Jon Sobrino, pudieran llevar al pueblo la palabra de Jesús redivivo. Ellos si tomaron partido por el lado de los pobres. ¿Y el Cardenal Ratzinger?

Los costos de la visita del Papa Benedicto XVI a Friburgo ascienden oficialmente a más de 11 millones de Euros. Entonces uno se pregunta: ¿Si allí donde está Dios, ahí hay futuro, porque razón su Santidad el Papa no visita más a menudo países míseros donde al parecer no hay futuro? Hasta la fecha, con la excepción de Camerún y Angola (2009), África al parecer, no está en la agenda del Santo Padre. Tal vez para que los visitantes feligreses y curiosos no tengan tan mala conciencia frente al despilfarro de fondos económicos de la ciudad y el estado alemán, aportados por todos los contribuyentes, la curia alemana llama a sus fieles ovejas, en nombre del Papa Benedicto XVI, a donar por el África Oriental.

¡Para los negritos hambrientos del África Oriental, una limosnita por el amor de Dios!

Roberto Herrera   22.09.2010




domingo, 18 de septiembre de 2011

El tiempo que corre no está a favor de los pequeños

La historia sucinta del partido comunista alemán (KPD/DKP, siglas en alemán), es la historia de los partidos políticos que surgieron en el transcurso del siglo xx, fundamentados en la filosofía histórico-materialista de Marx, Engels y Lenin e influenciados por el triunfo de la revolución socialista de octubre, liderada por el partido comunista ruso (bolchevique). A pesar del impacto político-ideológico que provocó la revolución bolchevique a nivel mundial, me parece importante sobresaltar el papel histórico-ideológico desempeñado por los dirigentes revolucionarios alemanes en el contexto de la lucha de clases internacional, entre los que se destacan Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, co-fundadores del partido comunista. Rosa Luxemburg contribuyó con su aporte teórico-ideológico-organizativo, a enriquecer el movimiento revolucionario alemán y a diferenciarlo del proceso revolucionario ruso. La líder comunista de origen polaco, polemizó en múltiples ocasiones con Lenin sobre variados temas de índole político-económica y acerca del carácter y el papel de la organización revolucionaria.

Reconocer la derrota del socialismo real no es derrotismo ni fatalismo. Después de la desaparición de la Unión Soviética y el fracaso del modelo soviético de desarrollo económico (“socialismo real”), la situación política a nivel mundial cambió radicalmente. Al romperse el equilibrio estratégico relativo de las fuerzas en contienda (URSS-USA), que fue la característica principal de la guerra fría, comenzó un período de involución político-ideológica, caracterizado por la fragmentación y debilitamiento del movimiento comunista revolucionario internacional; lo cual no significó el fin de la historia de la lucha de clases, como muchos ideólogos y politólogos del capitalismo pronosticaron apresuradamente a los cuatro vientos. Prueba de ello, son los movimientos sociales surgidos en los últimos años alrededor del planeta y aunque no todas las protestas y levantamientos populares implican una negación radical al sistema capitalista, son expresión de la lucha de clases. No obstante, el resultado final de la guerra fría creó un clima político-ideológico mundial adverso a las fuerzas políticas que pugnan por los cambios socio-económicos, profundos, necesarios y urgentes en la sociedad capitalista. El tiempo que corre a partir de la debacle de la Unión Soviética y el derrumbe tácito del socialismo real; simbólicamente representado por la destrucción del muro de Berlín, es de crisis política e ideológica del movimiento revolucionario mundial, tiempo turbulento y borrascoso que el imperialismo norteamericano y sus aliados estratégicos han sabido aprovechar para intervenir militarmente en vastas regiones del planeta, ricas en recursos naturales. Este es, a grosso modo, el marco histórico-ideológico en el que se encuentra la izquierda marxista- revolucionaria en general y en particular, el partido comunista alemán, que dicho sea de paso, es un partido pequeño.

El debate ideológico actual en el partido comunista, en mi opinión, es consecuencia directa de la crisis político-ideológica del movimiento comunista a escala mundial y está focalizado en la tríada analítica-programática: “Tesis políticas del secretariado del 2010”- “Programa oficial del DKP 2006”- “Documento de los 84”. ¿Incrementación de la lucha de clases? ¿Participación, a través de alianzas, en el proceso democrático parlamentario? ¿Evolución, revolución o extinción? ¿Quiénes son los enemigos y amigos de la revolución socialista? Estas y otras preguntas giran en torno al debate ideológico.

Si la política, desde Espartaco hasta nuestros días, es entre otras cosas, el arte de acumular fuerza revolucionaria en la dimensión tiempo-espacio que sea capaz de romper la estructura político-social impuesta por la clase social dominante, la conservación de la misma, sobre todo en tiempos de crisis, es un objetivo estratégico. La lucha ideológica al interior del partido comunista, a juzgar por la metodología con que se ha llevado cabo, es una contienda que en lugar de fortalecer la organización, más bien la debilita.

En ninguna de las sociedades capitalistas modernas y altamente desarrolladas, la lucha de clases se expresa de la misma forma y con los mismos contenidos. El anticomunismo en Alemania, que es expresión directa del enfrentamiento ideológico clasista, tiene aspectos y características particulares que lo distingue de los demás. Alemania, ya antes de la segunda guerra mundial, era un país capitalista desarrollado y con una poderosa burguesía industrial, en cuyo territorio después de finalizado el conflicto bélico, se enfrentaron cara a cara dos modos de producción antagónicos y dos ideologías diametralmente opuestas. En este sentido, la generación de alemanes que sobrevivió la segunda guerra mundial, quedó marcada por estos sucesos y heredó a las nuevas generaciones el agravante psíquico-cultural de ser, además de una nación militarmente derrotada; fundamentalmente por el espíritu de lucha y sacrificio del pueblo soviético y del ejército rojo, un pueblo dividido y un territorio ocupado. Las secuelas de estos hechos marcan sensiblemente la memoria histórica del pueblo alemán y por lo tanto, impregnan con un matiz muy singular el anticomunismo alemán. El miedo atávico al comunismo* genera en gran parte de la sociedad alemana, un sentimiento hostil y una reacción instintiva violenta e irracional.

La crisis estructural y coyuntural del capitalismo también golpea sensiblemente la economía alemana. Sobre todo los sectores sociales más pobres de la sociedad son los que sufren directamente la crisis económica. Actualmente en Alemania un observador neutral no tiene que hacer mayores esfuerzos para constatar las consecuencias implícitas (desigualdad socio-económica) y explícitas (desempleo, pobreza, etc.) del modelo económico capitalista de desarrollo. A pesar de la inestabilidad de la economía y del aumento galáctico de los costos de la vida, la actividad política de la clase trabajadora alemana raras veces se manifiesta con la radicalidad y militancia que la de sus homólogos en Francia, España, Inglaterra o Italia. En primer lugar, la pasividad relativa de la clase obrera alemana está determinada en gran medida por el papel conservador y conciliador de los partidos políticos de la democracia parlamentaria, que tienen mayor o menor influencia en los gremios y organizaciones sindicales y en segundo lugar, por el comportamiento cómodo y acomodado de la masa crítica obrera. Este comportamiento social, que está ligado fuertemente al economicismo de la política sindical, reduce la capacidad de lucha, frena y empobrece en cierta medida la experiencia combativa de la clase trabajadora, condición sin la cual no se puede desarrollar la conciencia de clase para sí. Entonces, ¿intensificamos la lucha de clases? ¿la dosificamos? ¿la reglamentamos?

Este proceso de formación de la conciencia de clase se ve inhibido por las condiciones materiales en que vive gran parte de la clase trabajadora, que adormecida por los cantos de sirena del consumismo capitalista, está enajenada, seducida e inducida a percibir la realidad del sistema de explotación capitalista como una especie de fatamorgana socio-económica. Porque hay que reconocer que no toda la clase obrera alemana está en el desempleo, que no todos son indigentes y no todos viven de la ayuda social y/o subsidio de desempleo (Hartz IV). Mientras los grandes sectores de la clase obrera no sean clase social para sí, difícilmente habrá revolución en Alemania.

Si el socialismo es el resultado de la lucha entre el capitalista, dueño de los medios de producción y el asalariado en general, es obvio el papel histórico y preponderante de la clase obrera en la revolución y la construcción del socialismo. El socialismo no se construye sólo para los indigentes y los ciudadanos más explotados de la sociedad capitalista, sino que el socialismo es la única alternativa posible para que la humanidad pueda sobrevivir** . Socialismo o barbarie. Este es el mensaje ideológico que el partido comunista tiene que propagar en la clase obrera alemana, tanto en la “aristocrática” y como en la “plebeya”.
El movimiento comunista internacional ha heredado muchas cosas buenas de la experiencia socialista revolucionaria, desde la revolución socialista de octubre hasta la revolución cubana. Pero también lleva a cuestas el lastre de los errores cometidos. Un tema crítico y neurálgico del movimiento comunista internacional y en particular del alemán, es el referente al estalinismo. Según mi criterio y conocimiento, este tema no ha sido expuesto oficialmente con la rigurosidad política e ideológica que el caso lo amerita. En el programa del partido alemán se puede leer lo siguiente en el apartado titulado: Las experiencias del socialismo real, causas de la derrota, pag.12 : “….los principios de la democracia socialista fueron masivamente violados a través del irrespeto al estado de derecho socialista, de la represión, de la persecución masiva y los crímenes….Un sinnúmero de personas, incluso miembros del partido comunista ruso bolchevique, del ejército rojo y de la internacional comunista fueron víctimas [del estalinismo, agregado por el autor]… ” En ningún párrafo se menciona textualmente por su nombre la desviación ideológica comunista, conocida como “estalinismo” y tampoco se hace referencia explícita a los métodos de conducción partidaria que la caracterizaron. Aquí el partido comunista decidió, en la resolución programática del 2006 irse por las ramas y no por la vía de tomar el toro por los cuernos. Para finalizar el breve capitulo acerca del socialismo real (Programa, página 12), hay un pequeño párrafo que dice lo siguiente: “…el partido comunista alemán (DKP) se propone como tarea, descubrir las causas de la derrota [del socialismo real] y sacar las conclusiones pertinentes para el desarrollo socialista en el futuro…” El cumplimiento de esta tarea, si es que realmente se quiere profundizar en las raíces de la derrota, requiere en primer lugar, el estudio científico, exhaustivo y profundo de la desviación ideológica “estalinismo”, sus métodos de trabajo y sus múltiples expresiones organizativas. La aceptación o receptibilidad por parte del ciudadano alemán de la propuesta histórica y socio-económica que ofrece el partido comunista alemán, dependerá en gran parte de la capacidad autocrítica que muestre la dirigencia del partido y de la disponibilidad de la membresía, a guardar la sana distancia con respecto al estalinismo. La responsabilidad de analizar en detalle y denunciar sin recovecos los errores y horrores cometidos en nombre del comunismo, es tarea única y exclusiva del movimiento comunista contemporáneo. También estos temas forman parte de la lucha ideológica al interior del partido y hay que abordarlos con métodos idóneos de discusión, con seriedad y con la meticulosidad científica necesaria.

La lucha ideológica y el debate interno son ciertamente fuente de desarrollo y crecimiento, pero también es importante conocer en detalle el desarrollo actual de las fuerzas que integran el partido comunista alemán y en qué estado político-ideológico se encuentran, para evitar el desgaste innecesario de los recursos humanos. Esto significa que, si queremos tener una repercusión directa y efectiva en el marco de la lucha política por el poder e influir dentro de la clase trabajadora, tenemos que concentrarnos en la cohesión ideológica, en la consolidación de las áreas de trabajo y en la multiplicación de las fuerzas propias, pero dialécticamente, de lo simple a lo complejo. No malgastemos la pólvora teórica-ideológica en discusiones semánticas y académicas, sino en defender públicamente nuestras justas posiciones y propuestas políticas. El socialismo no se logra a través de reformas, dice el capítulo IV del Programa, sino por medio de los cambios profundos y la superación revolucionaria de la propiedad privada de los medios de producción y de las relaciones de poder. La condición para lograrlo es el cambio radical de la correlación de fuerzas en favor de la clase trabajadora y sus aliados. El único camino para alcanzar el socialismo es haciendo política para acumular fuerza revolucionaria y generando conciencia de clase para sí.

Para construir lo grande, comencemos por lo pequeño, precisamente porque el tiempo que corre no está a favor de los pequeños.

Roberto Herrera
*:  http://robiloh.blogspot.com/2011/01/las-razones-y-sinrazones-del-miedo.html   
**:  http://robiloh.blogspot.com/2010/11/quien-dijo-que-el-socialismo.html  

viernes, 9 de septiembre de 2011

Allende de los Andes, Salvador Allende sigue vivo y presente

Dentro de un par de días en Chile, precisamente el 11 de septiembre, se conmemorará el 38 aniversario de la muerte de Salvador Allende Gossens y del golpe militar perpetrado contra el gobierno de la Unidad Popular, presidido por él mismo. Como todos los años, los recuerdos audio-visuales, además de las secuelas psíquico-emocionales producto del terror y la tortura, vividas por los testigos presenciales, volverán a emerger a la superficie de las áreas corticales de los cerebros de las víctimas que lograron sobrevivir la brutalidad de la dictadura del funesto general Augusto Pinochet Ugarte. Son cicatrices abiertas, que nos cuentan por si mismas uno de los capítulos más sangrientos y más dolorosos en la historia moderna de la República de Chile.

Mucho se ha escrito acerca de los acontecimientos político-ideológicos, sus raíces y las particularidades propias de las fuerzas político y militares, que en el marco de la lucha de clases chilena se enfrentaron por la defensa de sus respectivos intereses socio-económicos e ideológicos y que conmovieron a la sociedad civil mundial, particularmente la chilena e hispanoamericana en la década de los setenta y los ochenta. Es de sobra conocido el hecho de que el derrocamiento del gobierno de la Unidad Popular y la implantación de la dictadura militar pinochetista, formó parte de un plan regional geopolítico imperialista norteamericano. La dictadura militar pinochetista fue la expresión más violenta de la lucha de clases en la sociedad chilena. La gran burguesía chilena, al servicio de los intereses imperialistas, respaldada por las Fuerzas Armadas y contando con la injerencia directa e incondicional del gobierno de los Estados Unidos, se planteó como objetivo estratégico la recuperación y consolidación del poder político y el desmantelamiento del movimiento popular chileno. Haciendo uso de la máxima expresión de la fuerza militar, la gran burguesía chilena no escatimó recursos ni se avergonzó de los crímenes de lesa humanidad que con su aprobación se cometieron en Chile durante el régimen pinochetista. Los miles de desaparecidos, los asesinados, los torturados, los desterrados y los miles de exiliados son el resultado de la guerra contra el pueblo chileno. Si bien se percibió debilitamiento, dispersión y confusión al interior de las fuerzas revolucionarias, a pesar de los esfuerzos realizados por la gran burguesía y sus verdugos disfrazados de milicos, el imperialismo norteamericano no logró asentar el tiro de gracia a la izquierda revolucionaria. Así como el pájaro mítico, el pueblo consciente y revolucionario surgió de las cenizas en la Moneda.

“No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista”, reza un dicho popular. No obstante, la gran burguesía chilena a través del dictador Pinochet, haciendo oídos sordos a esta sabiduría popular, pretendió perpetuarse en el poder. A nivel político-militar y paramilitar tomó las medidas pertinentes para lograr ese propósito, por un lado patrulló las alamedas con tanques e infundió el miedo en la ciudadanía a golpe de metralleta y por otra parte, concibió meticulosamente, las nuevas leyes que regirían el destino del nuevo Chile, según los cánones y preceptos de la gran burguesía. La constitución política de 1980 es la obra maestra y maquiavélica de la gran burguesía chilena. Dentro del enjambre de artículos y vericuetos jurídicos, cabe destacar la ley orgánica constitucional. A diferencia de las leyes ordinarias, las cuales no requieren condiciones especiales para su aprobación, la ley orgánica es el instrumento constitucional que habitualmente requiere del cumplimiento de requisitos extraordinarios para su ratificación, como por ejemplo, mayoría absoluta o cualificada en la cámara del senado.

La gran burguesía chilena por medio de la constitución de 1980, conocida como la constitución Pinochet-Guzmán, en su afán de mantener el control directo o indirecto del poder político, jurídico y legislativo y por lo tanto, del poder económico en Chile, estipuló en su día, que el sistema electoral público (sistema binominal) , la enseñanza básica y media, los partidos políticos, las concesiones mineras y las bases generales de la administración del estado, entre muchas cosa más, estarían sujetas a la ley orgánica constitucional. Y es precisamente en este agujero negro constitucional que radica, según mi opinión, el meollo del problema legislativo chileno. Si bien es cierto que desde 1989 hasta la fecha se han hecho muchas reformas a la Constitución Política, la columna vertebral sigue intacta (léase el sistema binominal). Cualquier reivindicación que ataña a estas materias legislativas, rebotará irremediablemente contra el muro de hormigón y cemento armado, herencia del dictador Pinochet: la Constitución de 1980 y la ley orgánica constitucional.

La gran burguesía, por obvias razones, no está interesada en cambiar el estado de la legislación chilena, pues precisamente, esta constitución es una especie de chaleco anti balas que defiende fundamentalmente sus intereses, además de ser un obstáculo real para el desarrollo, consolidación y representación parlamentaria de las fuerzas políticas, populares y revolucionarias. Pero por muy bien pensada que esté la Constitución Política chilena vigente, la lucha de clases no depende de ella ni está sujeta a sus leyes, puesto que el origen de todas las reivindicaciones populares a lo largo y ancho del planeta, tiene una raíz común: el modelo económico capitalista de desarrollo.

En este sentido, le corresponde a las fuerzas de la izquierda revolucionaria la tarea histórica de luchar por la derogación de la Constitución pinochetista. Chile es un país aguerrido y con larga tradición de lucha. Las recientes huelgas y las que vendrán son el mejor ejemplo de ello.

Por el momento, las alamedas de Salvador Allende se tendrán que convertir en barricadas de lucha, para que en un mañana cercano la juventud de ahora pueda caminar por ellas en libertad y vivir la libertad que un día Salvador Allende soñó. Con cada grito rebelde que viene allende de los Andes, Salvador Allende sigue vivo y presente.

Roberto Herrera 08.09.2011