viernes, 9 de septiembre de 2011

Allende de los Andes, Salvador Allende sigue vivo y presente

Dentro de un par de días en Chile, precisamente el 11 de septiembre, se conmemorará el 38 aniversario de la muerte de Salvador Allende Gossens y del golpe militar perpetrado contra el gobierno de la Unidad Popular, presidido por él mismo. Como todos los años, los recuerdos audio-visuales, además de las secuelas psíquico-emocionales producto del terror y la tortura, vividas por los testigos presenciales, volverán a emerger a la superficie de las áreas corticales de los cerebros de las víctimas que lograron sobrevivir la brutalidad de la dictadura del funesto general Augusto Pinochet Ugarte. Son cicatrices abiertas, que nos cuentan por si mismas uno de los capítulos más sangrientos y más dolorosos en la historia moderna de la República de Chile.

Mucho se ha escrito acerca de los acontecimientos político-ideológicos, sus raíces y las particularidades propias de las fuerzas político y militares, que en el marco de la lucha de clases chilena se enfrentaron por la defensa de sus respectivos intereses socio-económicos e ideológicos y que conmovieron a la sociedad civil mundial, particularmente la chilena e hispanoamericana en la década de los setenta y los ochenta. Es de sobra conocido el hecho de que el derrocamiento del gobierno de la Unidad Popular y la implantación de la dictadura militar pinochetista, formó parte de un plan regional geopolítico imperialista norteamericano. La dictadura militar pinochetista fue la expresión más violenta de la lucha de clases en la sociedad chilena. La gran burguesía chilena, al servicio de los intereses imperialistas, respaldada por las Fuerzas Armadas y contando con la injerencia directa e incondicional del gobierno de los Estados Unidos, se planteó como objetivo estratégico la recuperación y consolidación del poder político y el desmantelamiento del movimiento popular chileno. Haciendo uso de la máxima expresión de la fuerza militar, la gran burguesía chilena no escatimó recursos ni se avergonzó de los crímenes de lesa humanidad que con su aprobación se cometieron en Chile durante el régimen pinochetista. Los miles de desaparecidos, los asesinados, los torturados, los desterrados y los miles de exiliados son el resultado de la guerra contra el pueblo chileno. Si bien se percibió debilitamiento, dispersión y confusión al interior de las fuerzas revolucionarias, a pesar de los esfuerzos realizados por la gran burguesía y sus verdugos disfrazados de milicos, el imperialismo norteamericano no logró asentar el tiro de gracia a la izquierda revolucionaria. Así como el pájaro mítico, el pueblo consciente y revolucionario surgió de las cenizas en la Moneda.

“No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista”, reza un dicho popular. No obstante, la gran burguesía chilena a través del dictador Pinochet, haciendo oídos sordos a esta sabiduría popular, pretendió perpetuarse en el poder. A nivel político-militar y paramilitar tomó las medidas pertinentes para lograr ese propósito, por un lado patrulló las alamedas con tanques e infundió el miedo en la ciudadanía a golpe de metralleta y por otra parte, concibió meticulosamente, las nuevas leyes que regirían el destino del nuevo Chile, según los cánones y preceptos de la gran burguesía. La constitución política de 1980 es la obra maestra y maquiavélica de la gran burguesía chilena. Dentro del enjambre de artículos y vericuetos jurídicos, cabe destacar la ley orgánica constitucional. A diferencia de las leyes ordinarias, las cuales no requieren condiciones especiales para su aprobación, la ley orgánica es el instrumento constitucional que habitualmente requiere del cumplimiento de requisitos extraordinarios para su ratificación, como por ejemplo, mayoría absoluta o cualificada en la cámara del senado.

La gran burguesía chilena por medio de la constitución de 1980, conocida como la constitución Pinochet-Guzmán, en su afán de mantener el control directo o indirecto del poder político, jurídico y legislativo y por lo tanto, del poder económico en Chile, estipuló en su día, que el sistema electoral público (sistema binominal) , la enseñanza básica y media, los partidos políticos, las concesiones mineras y las bases generales de la administración del estado, entre muchas cosa más, estarían sujetas a la ley orgánica constitucional. Y es precisamente en este agujero negro constitucional que radica, según mi opinión, el meollo del problema legislativo chileno. Si bien es cierto que desde 1989 hasta la fecha se han hecho muchas reformas a la Constitución Política, la columna vertebral sigue intacta (léase el sistema binominal). Cualquier reivindicación que ataña a estas materias legislativas, rebotará irremediablemente contra el muro de hormigón y cemento armado, herencia del dictador Pinochet: la Constitución de 1980 y la ley orgánica constitucional.

La gran burguesía, por obvias razones, no está interesada en cambiar el estado de la legislación chilena, pues precisamente, esta constitución es una especie de chaleco anti balas que defiende fundamentalmente sus intereses, además de ser un obstáculo real para el desarrollo, consolidación y representación parlamentaria de las fuerzas políticas, populares y revolucionarias. Pero por muy bien pensada que esté la Constitución Política chilena vigente, la lucha de clases no depende de ella ni está sujeta a sus leyes, puesto que el origen de todas las reivindicaciones populares a lo largo y ancho del planeta, tiene una raíz común: el modelo económico capitalista de desarrollo.

En este sentido, le corresponde a las fuerzas de la izquierda revolucionaria la tarea histórica de luchar por la derogación de la Constitución pinochetista. Chile es un país aguerrido y con larga tradición de lucha. Las recientes huelgas y las que vendrán son el mejor ejemplo de ello.

Por el momento, las alamedas de Salvador Allende se tendrán que convertir en barricadas de lucha, para que en un mañana cercano la juventud de ahora pueda caminar por ellas en libertad y vivir la libertad que un día Salvador Allende soñó. Con cada grito rebelde que viene allende de los Andes, Salvador Allende sigue vivo y presente.

Roberto Herrera 08.09.2011

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