martes, 21 de abril de 2015

Los que compartieron el tiempo con Cariño

El tiempo, el implacable, el que pasó. Pablo Milanés



Dedicado a mis compañeros del colegio Divino Salvador 1965-1968


Al compás de una guitarra desafinada os contaré amigos míos, vivencias de nuestra adolescencia temprana, etapa de nuestras vidas que trascurrió entre risas, juerga, deporte y sobretodo, en el estudio de las páginas de los libros que devoramos en largas horas de insomnio voluntario. Así volaron esos años que hoy nostálgico recuerdo, perdiéndose en el horizonte como una piscucha casera que voló en el cielo azul salvadoreño.

No quiero hacer alarde aquí de mi memoria, pues ésta con los años, como también muchas otras facultades biológicas, se ha debilitado en cierta medida. Pero esta situación poco me aflige, eso es parte de la vida, diría Don Gregorio Marañón y Posadillo. Ya no soy semental ni tampoco garañón y a las damas en el baile ya no les toco el fundillo. Algunos de vuestros nombres se me habían olvidado, “but With a little help from my Friends” creo haberlos encontrado a todos formados en fila india en la cancha de básquet y en una aula de fantasía los he reencontrado a todos, desde el más chico hasta el más grande. De algunos sólo quedan los nombres y uno que otro sobrenombre. Pido disculpas, primero por algún desliz cometido y segundo, por no mencionar explícitamente a cada uno de vosotros en mí canto, ya lo dijo un hombre sabio: Quien mucho abarca poco aprieta.

La memoria histórica es selectiva y tiene que ver con el contenido emocional que tenga el hecho que en ella se grava. Con alguno de vosotros compartí cama y techo, y más de alguna vez de buena moza su pecho. La amistad es un proceso dinámico que se desarrolla en la dimensión tiempo-espació y es cosa de caracteres y no por capricho con quien uno más se relaciona. Y no quiero parecer más vivaracho de lo que realmente soy, pero soy de la opinión, que en el aula no hubo discriminación por motivos socio-materiales o tendencias homoeróticas.

El terremoto del 65 que zangoloteó a San Salvador el tres de mayo en plena madrugada, me dejó más pálido que payazo del circo “Chocolate”, puesto que el sismo provocó heridas que no las cura el merthiolate, no piensen los oyentes que lo digo con picardía, pues más de cien murieron y hubo cientos de heridos. Muchas casas se cayeron y la penitenciara central, aunque era de cemento armado también quedó destruida. Ya saltará por ahí, algún paisano de Gabriela Mistral ripostando que nuestro temblor solo llegó a sacudida, a lo sumo a temblorcito, pero que le vamos a hacer si de América somos el Pulgarcito.

El primer curso de bachillerato, comenzó, como ya comenté, con el curso que me provocó aquel movimiento telúrico. La vieja construcción del colegio, un antiguo seminario agustiniano, resistió bien el cataclismo y no hubo daños materiales serios que lamentar. ¿Cómo no iban a estar protegidas las aulas?, sí el mismísimo Divino Salvador y San José velaban por ellas. La tentación estaba cercana, pues a un paso estaba La Praviana, es decir la Sodoma y Gomorra cuzcatleca, y vaya que más de algún picaronazo de mi clase adquirió la mala maña de frecuentar aquel quilombo pero no precisamente para jugar pizpirigaña. En el “Manuel José Arce”, como oficialmente se llamaba el parque San José, fumando tabaco o marihuana hasta quedar pedo, esperábamos entrar al recinto y había que armarse de valor para enfrentar a Delgado – en el caso de entrar tarde a la fila–, no al “Benemérito de la Patria” José Matías, sino a Gabriel Delgado Acevedo, el principal del colegio, quien no caía en galimatías a la hora de castigar.

“Porrón”, el director del colegio estaba muy lejos de ser camarada marxista, más bien creo que era ex hermano marista. Ese pedagogo que fácil se enfadaba, estaba al tanto de su mote y vaya que le disgustaba. Los guanacos –por lo general– no somos nacos cuando de apodos se trata, en mi clase había un “Chompipe”, un “Sínnalgitas”, un “Diablo”, un “Magila Gorila” e incluso una “India Motilona”(Cornelio Chávez), siendo la institución un colegio varonil. Y verá usted, nadie se ofendía. Le digo con franqueza y sepa que no me avergüenza que una parte de mis genes sea de origen pipil. Así que, téngalo por seguro, si usted me llama “Cariño” ni me ofende ni lo riño. Entonces, no sería por falta de respeto, cuando “Chobeto” Ventura hacía el tambor con la boca: “Poorrrrón, Poorrrón, Poorrrón, Pon, Pon”, hasta a Lito Lara, al profe chévere de biología y literatura, le hacía gracia la travesura. Y no crean que soy fanfarrón, pero más de alguna vez enfrenté a “Porrón” por rebelde y por rosquero[1].  

Pongan atención ahora que esto no es broma, porque si hubo alguien ponderado, ceremonioso y serio en mi juventud, ese fue el “Gordo” Regalado, amigo, casi hermano, quien despegó velas conmigo en la conquista de Europa. En esa epopeya cogió bien en serio lo del trabajo en “El Poncho”, un establecimiento dizque mexicano. Ahí en la barra sirvió cerveza rubia y de la oscura, de barril, en lata o en botella, vino, tequila y ron sin distinción de sexo, raza o religión. Nunca hizo las de Pinocho – todavía guardo mis dudas– y aunque mentir no es delito cuando no se causa mal a nadie, lo cierto es que “Foncho” nunca se tragó el cuento del polvito con la mujer del Fiat descapotado Spyder amarillo en el Zunzal.

Tanto el hijo del empleado como el del rico visitaron el colegio cristiano. Carlos tenía piano sin ser acaudalado y Alfonso era Rico, pero más bien en alegría y buen humor. Le gustaba la música, el baile y la jodarria[2]. Y más de una mina cayó sin remedio en las redes musicales de aquel díscolo y platónico disc-jockey. Más de alguna intentó meterle el dedito en el agujerito… à la Kirk Douglas que lucía en el mentón. Como era diligente y con bastante cacumen, siempre hacía un resumen de los éxitos musicales que escuchaba en la radio Femenina y quiero subrayar aquí, para que no se olvide, que ambos metacomunicábamos en frecuencia no modulada con bastante frecuencia a cualquier hora del día y de la noche. No soy enciclopedia ni tampoco erudito ni mucho menos bibliófilo como pavonee en mis tiempos mozos, pero sí no conoce esa forma de comunicar, búsquela – si quiere– en Wikipedia.

El más guapito de la clase era un carajito rubiecito y de buena onda, pulcro y bien vestido como un muñequito de vitrina que desde muy tempranito comenzó a remojar el pito sin necesitar de Celestina. ¿Qué podía hacer este galán en ciernes?, sí era manifiesto que las púberes cachondas de la Divina Providencia y del Sagrado Corazón preferían a Ernesto y no crean que soy buchón[3], pues era de todos conocido que tiraban el calchón al regazo de este vástago de catalán.

Grande fue el relajo que armamos una noche en casa de Mamá Carmen y Papá Herminio y aunque estaba vedado meterse con las de “adentro”, más pudo la fuerza de la tentación a la carne y el revoleteo de las hormonas, que la ley de abstinencia sexual impuesta por el anfitrión. En un santiamén rompimos la veda, al fin y al cabo, no éramos seminaristas ni jóvenes de aluminio. El cuento tiene pa’largo y un desenlace inesperado. Mejor paro de contar aquí, porque la discreción lo amerita, no vaya a ser que meta la pata y si alguna secreción brotó fue por culpa de Isabelita.

Ahí en el colegio tuve amigos y compañeros que mi memoria todavía conserva fresca como la horchata o el té helado del cafetín. Unos venían del campo y la mayoría de la capital. En ese conglomerado social de clases, lo único igual entre los alumnos era el uniforme, pues como ya lo dije hace un rato, los había ricos, menos ricos y más de algún proletario. El génesis del clan no se debió a ningún creador, sino a la fantasía de Oscar Pino Dawson, profesor de Historia Universal. No fue por un soplo divino, sino por casualidad que nos tocó sentarnos juntos. Adelante tenía al “Gordo”, al costado derecho a “Foncho” y al “Neto” March, en la retaguardia a Francisco José. Parecíamos cotorras cuchicheando entre nosotros, cuando Pino en un tono poco fino, mandó a callar al “Clan” de urracas parlanchinas.

Un día me creí muy choro[4]y llevé al colegió un huevo choro. No recuerdo si fue por zonzo o por una apuesta con Alfonso. Estábamos hablando del medievo en la clase de historia, cuando azuzado por “Foncho”, disparé certero el huevo contra la pared con tanta energía cinética y con tan mala suerte que embadurné al “Chompipe[5]” Edwin Damas. No fue esa mi intención, sino simplemente armar el relajo. El olor a pedo rancio inundó ipso facto el ambiente. Los gases sulfúricos son volátiles y mal olientes, sobre todo el sulfuro de hidrógeno; ácido compuesto por dos átomos de hidrógeno y un átomo de azufre. A tomar por saco pensamos todos, cuando el Señor González, el inspector del colegio, nos quiso hacer sufrir con la amenaza de un castigo. Nadie delató al hechor, teníamos un pacto de honor. Pero esa diablura no fue la última ni la penúltima, lo único malo fue que también la “víctima” tuvo que pagar el pato.

Y así pasaron los años, haciendo tonterías, dentro y fuera del colegio. Pero, ¿para qué es la juventud?, sino para gozarla plena. “Quien lo quiere celeste, que le cueste”, dice el viejo refrán. Según tengo entendido y pueden corregirme la plana, algunos de mis compañeros llegaron a ser académicos o exitosos empresarios con el esfuerzo y sacrificio de sus padres. Políticos también los hubo de derecha y de izquierda, por suerte no a granel y no es por desmerecer el oficio, puesto que tienen su razón de ser. Pero tanto la política como la ideología se convierten en pantanos cuando se pierde el azimut. De la cosmografía aprendí, que la bóveda celeste es un espacio-tiempo curvo concéntrico al globo terráqueo y que todo en la vida es relativo y pasajero. Medio siglo trascurrido desde aquellos días, pero escribiendo estas líneas os tuve aquí a todos presentes y la frescura de la juventud despertó recuerdos que lejanos creía. Así me despido yo que recordé a mi antojo, pasajes de la juventud vivida, guiñándoles el ojo. Pero hay que tener la virtud de seguir viviendo con dignidad, amor al prójimo y humanismo, ahí donde nos ha tocado vivir. No importa, si os guía la Biblia, la Torá, el Corán o el Contrato Social de Rousseau. Me da igual. Pues hay que tener siempre sólida consistencia para que la vida no sea como la espuma. Estas cosas y otras más las recordé con cariño y respeto, así las escribí sin querer ofender a nadie con mi pluma.






[1] Rosquero: Chilenismo: Que busca peleas o las provoca
[2] Jodarria: salvadoreñismo: Persona que le gusta echar bromas y chistes.
[3] Argentinismo: Persona que cuenta los secretos de otra persona.
[4] Chilenismo: Audaz, resuelto.
[5] Chompipe: Pavo

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