El Salvador: ¿Un país de maravilla? o ¿Un país sin maras ni villanos?
Como si fuera Carlos Gardel, pensé por un instante, antes de aterrizar
en el aeropuerto de Comalapa, Monseñor Oscar Arnulfo Romero, que “veinte años
no es nada, que las nieves europeas me habían plateado la sien, que la vida es
un soplo y que llegaba con la frente marchita”, pero la verdad es que habían
transcurrido 32 años desde la última vez que visité el paisito. Llegué luciendo
una calvicie androgénica en la sien, sin soplos patológicos en el “cuchamper[1]” y con la
frente lisa.
Como si fuera Sting en Nueva York me sentí un alienígena en mi propio terruño
las primeras veinticuatro horas. Era la primera vez que no había casa alguna donde
albergar ni parentela que me diera la bienvenida. Sin embargo, no estaba ni
solo ni desamparado, puesto que un viejo amigo y su familia estaban aguardando mi
llegada. De no haber sido por ellos, llegar a Santa Tecla y concretamente a la
dirección exacta se hubiera convertido en una odisea homérica. A pesar de la
tecnología digital moderna, conocida como GPS, no fue fácil encontrar el lugar.
Como si fuera Paul Simon en un mercado de Johannesburgo cantando “You
can call me AL” una joven avispada me hizo sentir turista ofreciéndome
bisutería barata y un ungüento disque probiótico. Aunque éramos cinco personas sentadas en la
mesa, la vendedora se dirigió directamente a mí. Le juré a la joven vendedora que
yo era tan aguacatero como el chucho que devoraba los restos de una pupusa de
chicharrón. You can call me paisano quise decirle y con buenos modales
le di a entender que no tenía ningún interés en la compra. No obstante, ella
continuó impertérrita con su protocolo comercial. Pueda ser que sí, contestó
expedita la guapa y atractiva marchanta, pero usted no vive aquí, dejando
entrever su olfato de psicóloga callejera.
Como si fuera un ciudadano del mundo, desconocedor de la historia
moderna y antigua del paisito, me llevaron a conocer el famoso “Centro
Histórico” de Zanzíbar. Pero yo me sabia de memoria el Patria y El Padre
Antonio y su Monaguillo Andrés de Rubén Blades.
Allí estaba la nueva biblioteca, cual sí fuera un espejo reflejando la
catedral, la misma que en la década de los setenta y ochenta del siglo pasado
fuera la tribuna cristiana y popular en la que Oscar Arnulfo Romero, San Romero
de América, el 24 de marzo de 1980 explicara a los fieles la palabra del
Salvador del Mundo: “En nombre de Dios, en nombre de este sufrido pueblo cuyos
lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego,
les ordeno: ¡Cese la represión! Allí a escasos metros del estandarte reluciente
y modernísimo de El Salvador del siglo XXI, la biblioteca nacional, encontré el
mismo San Salvador, viejo, destartalado y oxidado, analfabeto y poco dado a la
lectura que conocí en mi infancia y adolescencia.
Como si fuera Andy Williams cantando el Moon River de la película
Breakfast at Tiffany’s, desayuné pupusas y tamales en centros comerciales, también
llamados “Malls”. Lujosas edificaciones propias de la sociedad de consumo,
particularmente en las grandes ciudades. Las instalaciones salvadoreñas bien
podrían ser la envidia de cualquier capital del primer mundo altamente desarrollado.
Hay más shopping centers en todo el territorio nacional que hospitales
públicos. Allí compran y degustan
diariamente Pedro Del Monte, Pablo Del Montón, Christina Zuzunalga y Dorotea Cachiporra,
sabe decir, la “upper class”, disfrutando desde los más variados platos típicos
nacionales e internacionales hasta los más sofisticados de la Haute Cuisine
Francaise y vasca. Pero también son
asiduos visitantes Jaime Del Retrete, Luis Deudón, Ramona Cabrera y Angela Bonachera
miembros de la “middle class”, suponiendo que tengan coche propio o que puedan pagar
un taxi y o un Uber, pues con transporte público solamente viaja la gente…pobre.
Como si fuera Jimmy Cliff en The Harder They Come tuve la impresión de
que a pesar de que ya no se percibe la violencia civil y paramilitar de hace un
par de años, representada principalmente a través de las bandas criminales
conocidas como las maras, todavía existe una violencia latente en el ambiente.
Aunque algunos piensen que han ganado la guerra contra el crimen organizado,
hay que tenerlo por seguro que mientras exista desigualdad e injusticia
socioeconómica la criminalidad y la violencia brotaran como la peste. Si
bien no organizada en bandas y clicas como en antaño, pero el hecho mismo que
no exista local o restaurante, condominio u otro tipo de establecimiento en los
cuales no haya seguridad armada es un indicador interesante y llamativo. Solamente en los mercados populares, es
decir, donde compra la “gente”, allí no encontré ninguna seguridad armada o
desarmada. Tanto la existente seguridad relativa en la calle como la pobreza manifiesta
en los rincones de la república son dos caras de la misma moneda en El
Salvador.
Como si fuera en el pasado, la sociedad salvadoreña sigue hoy en día atrapada
en las redes de la desigualdad económica y enferma de los males endémicos de un
país atrasado. El Producto Interno Bruto (PIB) per cápita en todos los países
es un buen indicador del nivel de vida en la sociedad. El PIB salvadoreño en el
año 2024 fue de aproximadamente 5 000 euros per cápita, encontrándose el país en
el puesto 115 del ranking mundial de 196 países. Mientras que el Índice de
Desarrollo Humano (IDH) con el cual se mide el progreso de un país, muestra diáfanamente
que los salvadoreños tienen una mala calidad de vida y una mala alimentación. Todo
esto con el agravante de ser una economía que se mueve en gran parte alrededor
de las remesas.
Como si se tratara del consumo de un estupefaciente, el ciudadano de a
pie pareciera estar en un estado de relajamiento y somnolencia bajo los efectos
de una “paz” conseguida a fuerza de meter a la cárcel, el Centro de
Confinamiento del Terrorismo (CECOT), a todo ciudadano sospechoso de pertenecer
a una organización criminal. Efectivamente, la neutralización de las bandas
criminales mareras ha sido todo un éxito. Sin embargo, la sociedad en general
al parecer ha asumido como normal y justa la suspensión de cuatro derechos
constitucionales:1) El derecho de las personas a ser informadas de su detención
y a la asistencia de un defensor en los términos legales. 2) El derecho de las
personas a tener una detención que no exceda de las 72 horas dentro de las
cuales debe consignarse ante juez. 3) El derecho a la privacidad de las
telecomunicaciones. 4) El derecho a asociarse libremente y a reunirse
pacíficamente y sin armas para cualquier objetivo lícito. ¿Qué pasará cuando los
ciudadanos despierten del sueño obnubilado provocado por una paz incierta y débil?
¿Qué pasará cuando se reviente la pompa de jabón?
Roque Dalton García en uno de sus poemas dijo que “El Salvador será un
lindo y (sin exagerar) serio país”. El problema es que hoy El Salvador en pleno
siglo XXI, sigue teniendo mucho más de mil puyas y cien mil desniveles socioeconómicos,
lacras, síndromes postraumáticos de guerra, una contaminación extrema del aire y
de las fuentes acuíferas y fluviales, llagas que dejó la guerra civil y, por último,
la desconfianza y hartazgo a las instituciones políticas, sean estas de
derechas o de izquierdas.
A pesar de todo esto, El Salvador es, sin duda alguna, un lindo y sin
exagerar, digno país, trabajador, humilde, generoso y con el corazón en la
mano. Un pueblo que ha probado todas las formas de lucha habidas y por haber a
nivel universal, tanto la democrática como la vía político militar con tal de
vivir en paz, en progreso y concordia. Lo intentó en 1932 con el machete en la
mano, con pólvora y fusil en los ochenta y, finalmente, después de los acuerdos
de paz en 1992 con las papeletas electorales hasta nuestros días.
El Salvador del siglo XXI es un país, según fuentes oficiales, sin maras ni villanos corruptos, no obstante, para
convertir esos veinte mil kilómetros cuadrados de belleza exorbitante, en una
verdadera MARAVILLA mundial es necesario crear puestos de trabajo dignos, elevar
los niveles educación básica y superior,
desarrollar programas de salud y alimentación de calidad, incrementar las instalaciones
de salud pública gratuita, desarrollar
la infraestructura socioeconómica, incentivar la participación ciudadana,
promover la justicia socioeconómica y política. Es decir, construir y
fortalecer un estado económico y social que garantice la dignidad y el
bienestar de todos los ciudadanos, tanto material como psíquico-emocional y
humano.
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