lunes, 5 de enero de 2026

El Salvador: ¿Un país de maravilla? o ¿Un país sin maras ni villanos?

 El Salvador: ¿Un país de maravilla? o ¿Un país sin maras ni villanos?

Como si fuera Carlos Gardel, pensé por un instante, antes de aterrizar en el aeropuerto de Comalapa, Monseñor Oscar Arnulfo Romero, que “veinte años no es nada, que las nieves europeas me habían plateado la sien, que la vida es un soplo y que llegaba con la frente marchita”, pero la verdad es que habían transcurrido 32 años desde la última vez que visité el paisito. Llegué luciendo una calvicie androgénica en la sien, sin soplos patológicos en el “cuchamper[1]” y con la frente lisa.

Como si fuera Sting en Nueva York me sentí un alienígena en mi propio terruño las primeras veinticuatro horas. Era la primera vez que no había casa alguna donde albergar ni parentela que me diera la bienvenida. Sin embargo, no estaba ni solo ni desamparado, puesto que un viejo amigo y su familia estaban aguardando mi llegada. De no haber sido por ellos, llegar a Santa Tecla y concretamente a la dirección exacta se hubiera convertido en una odisea homérica. A pesar de la tecnología digital moderna, conocida como GPS, no fue fácil encontrar el lugar.

Como si fuera Paul Simon en un mercado de Johannesburgo cantando “You can call me AL” una joven avispada me hizo sentir turista ofreciéndome bisutería barata y un ungüento disque probiótico.  Aunque éramos cinco personas sentadas en la mesa, la vendedora se dirigió directamente a mí. Le juré a la joven vendedora que yo era tan aguacatero como el chucho que devoraba los restos de una pupusa de chicharrón. You can call me paisano quise decirle y con buenos modales le di a entender que no tenía ningún interés en la compra. No obstante, ella continuó impertérrita con su protocolo comercial. Pueda ser que sí, contestó expedita la guapa y atractiva marchanta, pero usted no vive aquí, dejando entrever su olfato de psicóloga callejera.

Como si fuera un ciudadano del mundo, desconocedor de la historia moderna y antigua del paisito, me llevaron a conocer el famoso “Centro Histórico” de Zanzíbar. Pero yo me sabia de memoria el Patria y El Padre Antonio y su Monaguillo Andrés de Rubén Blades.  Allí estaba la nueva biblioteca, cual sí fuera un espejo reflejando la catedral, la misma que en la década de los setenta y ochenta del siglo pasado fuera la tribuna cristiana y popular en la que Oscar Arnulfo Romero, San Romero de América, el 24 de marzo de 1980 explicara a los fieles la palabra del Salvador del Mundo: “En nombre de Dios, en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno: ¡Cese la represión! Allí a escasos metros del estandarte reluciente y modernísimo de El Salvador del siglo XXI, la biblioteca nacional, encontré el mismo San Salvador, viejo, destartalado y oxidado, analfabeto y poco dado a la lectura que conocí en mi infancia y adolescencia.

Como si fuera Andy Williams cantando el Moon River de la película Breakfast at Tiffany’s, desayuné pupusas y tamales en centros comerciales, también llamados “Malls”. Lujosas edificaciones propias de la sociedad de consumo, particularmente en las grandes ciudades. Las instalaciones salvadoreñas bien podrían ser la envidia de cualquier capital del primer mundo altamente desarrollado. Hay más shopping centers en todo el territorio nacional que hospitales públicos.   Allí compran y degustan diariamente Pedro Del Monte, Pablo Del Montón, Christina Zuzunalga y Dorotea Cachiporra, sabe decir, la “upper class”, disfrutando desde los más variados platos típicos nacionales e internacionales hasta los más sofisticados de la Haute Cuisine Francaise y vasca.  Pero también son asiduos visitantes Jaime Del Retrete, Luis Deudón, Ramona Cabrera y Angela Bonachera miembros de la “middle class”, suponiendo que tengan coche propio o que puedan pagar un taxi y o un Uber, pues con transporte público solamente viaja la gente…pobre.

Como si fuera Jimmy Cliff en The Harder They Come tuve la impresión de que a pesar de que ya no se percibe la violencia civil y paramilitar de hace un par de años, representada principalmente a través de las bandas criminales conocidas como las maras, todavía existe una violencia latente en el ambiente. Aunque algunos piensen que han ganado la guerra contra el crimen organizado, hay que tenerlo por seguro que mientras exista desigualdad e injusticia socioeconómica la criminalidad y la violencia brotaran como la peste.   Si bien no organizada en bandas y clicas como en antaño, pero el hecho mismo que no exista local o restaurante, condominio u otro tipo de establecimiento en los cuales no haya seguridad armada es un indicador interesante y llamativo.  Solamente en los mercados populares, es decir, donde compra la “gente”, allí no encontré ninguna seguridad armada o desarmada. Tanto la existente seguridad relativa en la calle como la pobreza manifiesta en los rincones de la república son dos caras de la misma moneda en El Salvador.

Como si fuera en el pasado, la sociedad salvadoreña sigue hoy en día atrapada en las redes de la desigualdad económica y enferma de los males endémicos de un país atrasado. El Producto Interno Bruto (PIB) per cápita en todos los países es un buen indicador del nivel de vida en la sociedad. El PIB salvadoreño en el año 2024 fue de aproximadamente 5 000 euros per cápita, encontrándose el país en el puesto 115 del ranking mundial de 196 países. Mientras que el Índice de Desarrollo Humano (IDH) con el cual se mide el progreso de un país, muestra diáfanamente que los salvadoreños tienen una mala calidad de vida y una mala alimentación. Todo esto con el agravante de ser una economía que se mueve en gran parte alrededor de las remesas. 

Como si se tratara del consumo de un estupefaciente, el ciudadano de a pie pareciera estar en un estado de relajamiento y somnolencia bajo los efectos de una “paz” conseguida a fuerza de meter a la cárcel, el Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT), a todo ciudadano sospechoso de pertenecer a una organización criminal. Efectivamente, la neutralización de las bandas criminales mareras ha sido todo un éxito. Sin embargo, la sociedad en general al parecer ha asumido como normal y justa la suspensión de cuatro derechos constitucionales:1) El derecho de las personas a ser informadas de su detención y a la asistencia de un defensor en los términos legales. 2) El derecho de las personas a tener una detención que no exceda de las 72 horas dentro de las cuales debe consignarse ante juez. 3) El derecho a la privacidad de las telecomunicaciones. 4) El derecho a asociarse libremente y a reunirse pacíficamente y sin armas para cualquier objetivo lícito. ¿Qué pasará cuando los ciudadanos despierten del sueño obnubilado provocado por una paz incierta y débil? ¿Qué pasará cuando se reviente la pompa de jabón?

Roque Dalton García en uno de sus poemas dijo que “El Salvador será un lindo y (sin exagerar) serio país”. El problema es que hoy El Salvador en pleno siglo XXI, sigue teniendo mucho más de mil puyas y cien mil desniveles socioeconómicos, lacras, síndromes postraumáticos de guerra, una contaminación extrema del aire y de las fuentes acuíferas y fluviales, llagas que dejó la guerra civil y, por último, la desconfianza y hartazgo a las instituciones políticas, sean estas de derechas o de izquierdas.

A pesar de todo esto, El Salvador es, sin duda alguna, un lindo y sin exagerar, digno país, trabajador, humilde, generoso y con el corazón en la mano. Un pueblo que ha probado todas las formas de lucha habidas y por haber a nivel universal, tanto la democrática como la vía político militar con tal de vivir en paz, en progreso y concordia. Lo intentó en 1932 con el machete en la mano, con pólvora y fusil en los ochenta y, finalmente, después de los acuerdos de paz en 1992 con las papeletas electorales hasta nuestros días.

El Salvador del siglo XXI es un país, según fuentes oficiales, sin  maras ni villanos corruptos, no obstante, para convertir esos veinte mil kilómetros cuadrados de belleza exorbitante, en una verdadera MARAVILLA mundial es necesario crear puestos de trabajo dignos, elevar los niveles  educación básica y superior, desarrollar programas de salud y alimentación de calidad, incrementar las instalaciones de salud pública gratuita,  desarrollar la infraestructura socioeconómica, incentivar la participación ciudadana, promover la justicia socioeconómica y política. Es decir, construir y fortalecer un estado económico y social que garantice la dignidad y el bienestar de todos los ciudadanos, tanto material como psíquico-emocional y humano.



[1] Coloquial, Corazón

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