martes, 29 de marzo de 2011

La “democromacia” en Alemania

La percepción fisiológica de los colores en los primates, es un fenómeno que tiene lugar cuando la retina es estimulada por las ondas de un haz de luz de diferente longitud o frecuencia o por un rayo de luz monocromático. De esta manera nos es posible diferenciar entre colores cromáticos y acromáticos. Tanto el blanco como el negro, así como toda la variedad de matices grises, pertenecen al grupo acromático, diferenciándose entre ellos solamente por la luminosidad. El resto de los colores forman parte del conjunto cromático del espectro solar, entre los que se distinguen generalmente siete grupos de colores de diferentes longitudes o frecuencias. El rojo es el color con la longitud de onda más larga y con la menor frecuencia. Es decir, que la longitud de onda de la luz determina la tonalidad del color. De acuerdo a la primera ley de Grassmann, cada color tiene un color complementario, con el cual al mezclarse, se obtiene un color acromático (negro o gris).

Las leyes que rigen la combinación y amalgama de colores cromáticos y acromáticos en la política alemana están basadas en otro tipo de criterios. La política nacional e internacional alemana está determinada, en primer lugar, por la correlación de fuerzas partidarias en los diferentes estados federales y por la coyuntura político-económica nacional; en segunda instancia, por factores externos, como la economía mundial, guerras e inestabilidad político-social, catástrofes naturales y/o técnicas. De la conjugación de todas estas variables resulta una forma de gobierno, que yo la he bautizado como “democromacia”, un hibrido cuya función esencial es defender los intereses y valores capitalistas, proteger fiscalmente a las clases sociales dominantes y, sí el periodo legislativo y la memoria política lo permite, cumplir frente a la clase trabajadora con alguna de las tantas promesas hechas en el periodo de campaña electoral.

Las elecciones en Renania-Palatinado y en Baden-Württemberg el domingo recién pasado, estuvieron influidas en gran medida por la catástrofe nuclear de Fukushima y además, en el caso particular de Baden-Württemberg, por el controvertido y famoso proyecto Stuttgart 21, que consiste en la construcción subterránea de la estación de ferrocarriles. La democracia-cristiana sufrió una derrota histórica en Baden-Württemberg, ya que desde 1953 había gobernado en este estado de manera absoluta y categórica. En este marco de condicionantes externas e internas, las pasadas elecciones podrían interpretarse como una especie de referendo político. No sería la primera vez que la ciudadanía alemana pone sus esperanzas en el verde de Los Verdes y en el rojo desteñido de la social-democracia, con tal de conseguir la renuncia definitiva a la explotación de la energía nuclear. En el año 2000, en la era de Gerhard Schröder y Joschka Fischer, se promulgaron diferentes leyes al respecto; pero en ese laberinto legislativo, las compañías productoras de energía eléctrica encontraron nichos legales que les permitieron continuar utilizando las centrales nucleares y obteniendo pingües ganancias. En efecto la coalición roja y verde no hizo mucho por poner coto al poderoso lobby atómico. El gobierno federal actual, negro y amarillo, encabezado por Angela Merkel y Guido Westerwelle tampoco ha llegado más lejos.

Los grandes perdedores en estas elecciones son definitivamente la democracia-cristiana y el partido liberal, seguidos de cerca por la social-democracia. El ganador es, sin lugar a dudas, el partido de Los Verdes y más de algún correligionario verde honesto, real o fundamentalista, se estará preguntando en silencio: ¿Qué hemos hecho para merecer tanto voto? La ola del tsunami producida por el jishin de nueve grados en la escala richter y la tragedia de Fukushima dejó secuelas también en el subconsciente del electorado alemán. Sin esta contribución lingüística, catastrófica e involuntaria nipona, los resultados finales de las elecciones hubieran sido otros. El tema de la energía nuclear acompañará a Los Verdes en los próximos años, y el electorado tendrá nuevamente la oportunidad de cotejar en la práctica, la retórica electorera, el sofismo oportunista de la Realpolitik verde y la política real de un partido cuando le toca administrar el poder. El intríngulis atómico bien podría convertirse en el futuro en el harakiri político de Los Verdes.

Así pues, el espectro político alemán se comporta de manera muy diferente al espectro solar. Mientras en las ciencias físicas el corrimiento al rojo es un fenómeno interesante y estudiado por físicos y astrónomos, a través del cual se explica, entre otras cosas, la expansión métrica del universo, la “democromacia” alemana, por su parte, es un fenómeno fantasmal de desplazamiento de ondas políticas en sentido inverso.

El corrimiento al marrón caca, nacional-socialista, es un fenómeno cromático que se está observando en muchos países europeos. De acuerdo a la segunda ley de Grassmann (mezcla aditiva), al color marrón se puede llegar de variadas formas: Tómese azul, amarillo y rojo, o bien, rojo y negro; también puede probar con el azul y el naranja, ¿no le gustó?, pues pruebe con el amarillo y violeta, total al final tiene otra oportunidad con el rojo y el verde.

¿Y los rojos qué? El miedo atávico de los alemanes al socialismo, los ha conducido a desarrollar un comportamiento compulsivo contra el color rojo. Tan grave es el miedo, que detrás de las posiciones social-demócratas del partido La izquierda, (Die Linke) ven el espantapájaros del comunismo.

En la gama de colores de la “democromacia” alemana aún no hay espacio representativo para el rojo socialista. Todavía no.

Roberto Herrera 29.03.2011

No hay comentarios:

Publicar un comentario