domingo, 23 de septiembre de 2012

Cerca del Amanecer...4


VII. EI nacimiento de las Unidades de Vanguardia Nacionales

Los pocos habitantes de La Laguna se reunieron para recibir a las unidades de vanguardia que regresaban de San Fernando, donde habían asaltado, exitosamente, las instalaciones militares[1]. Poco a poco, el caserío se fue llenando de hombres y mujeres provenientes de los cantones vecinos. Todo era fiesta aquella tarde. Los niños jugaban alegres con una pelota de trapo que torpemente rodaba de lado a lado frente al atrio de la destruida iglesia.
EI caserío de San Fernando, fronterizo con Honduras, estaba ubicado de acuerdo a la nomenclatura guerrillera en la subzona tres del frente de guerra.
La noticia del exitoso combate había llegado más rápido que las unidades mismas. La algarabía de la multitud se mezclaba con la muda impaciencia de Jorge.
EI Comandante Dimas conversaba con un grupo de milicianos en el patio del antiguo centro de salud de La Laguna. Cientos de ojos campesinos estaban clavados en EI Portillo.
Los primeros guerrilleros asomaron.
¡Ya vienen! ¡Ya vienen! – gritaron varias voces al unísono.
A los pocos minutos la vanguardia guerrillera hacía su entrada triunfal en La Laguna. Dimas recibía a los combatientes con saludo militar y abrazo fraternal.
Un guerrillero, apodado Joaquín “30”, levantaba una ametralladora Browning, calibre “punto treinta cincuenta y seis”, requisada en combate.
La marcha triunfal de las “UVN” por las veredas pedregosas del frente norte Apolinario Serrano había comenzado.
EI jefe del destacamento guerrillero dio la orden de formarse en línea.
– ¡Destacamento! A forrrmarr – ordenó el jefe.
– ¡Peloootoón uno! ¡Peloootooón dos! ¡Peloootooón tres!¡A formarrr!
– ¡Para todas las unidades... fiiiirmes!
– ¡Compañero Comandante Dimas! ¡Le doy parte que la orden de aniquilar el puesto militar de San Fernando ha sido cumplida.... Hugo, jefe de destacamento!
– ¡Parte recibido!!Ponga la tropa a descansar!
– ¡Destacamento descanseeen!
Los guerrilleros se encontraban de espaldas a la iglesia. EI patio de una casa semidestruida servía de tribuna a Dimas y a otros jefes rebeldes. Entre ellos se encontraba Raúl. Confundida entre la multitud se encontraba también Carmen, la compañera flagelada por el responsable político del frente guerrillero la noche anterior.
EI Comandante Dimas se dirigió unos minutos a las unidades.
Las guitarras irrumpieron gozosas, agitando el ambiente, los héroes del día comenzaron a narrar las horas vividas, rodeados de los cipotes y demás pobladores de La Laguna.
– "...EI hijo de puta de Sebastián se nos escapó – contaba Joaquín “30”. Pero capturamos a la mujer del pisado. ¡chuloncita[2] estaba la cabrona!
Desde hacía varios meses la guerrilla perseguía afanosamente a Sebastián, comandante militar de la población de San Fernando. Dos eran las razones principales: como antiguo colaborador de la guerrilla, conocía muchos corredores logísticos. Muchos eran los guerrilleros asesinados por orden de ese criminal.
Tamba[3], el poeta-músico-guerrillero fundador del grupo Yolocamba lta, había caído herido de muerte en una emboscada tendida por Sebastián en las cercanías del Candelero. Por ironía de la vida el nombre de guerra del joven jefe guerrillero era el mismo que el de su asesino. “Tamba–Sebastián” era la segunda razón de peso…
Joaquín “30” se había convertido en la estrella principal de la fiesta. Muchas cosas se contaban de él. Al parecer, había guardado prisión en el penal de Mariona, lugar cercano a San Salvador donde van a parar los reos condenados por delitos comunes.
Joaquín había sido condenado a varios años de prisión por la muerte de su mujer. La había encontrado en brazos de otro hombre y los mató a los dos. Un día, el penal de Tonacatepeque fue atacado por las fuerzas guerrilleras que operaban en la zona de Guazapa. Desde entonces Joaquín se había integrado al ejército del pueblo. Algunos lo consideraban un charlatán; para otros era un héroe.
Por diversas que fueran las razones, la guerra unía el obrero con el campesino, el estudiante con el académico, el maestro con el “lumpen”, la mujer con el hombre. La lucha no distinguía procedencias. El color de la sangre era el mismo.
La fogata fue muriendo lentamente, al compás de la música escapada de los rústicos instrumentos. Las parejas se perdían en la oscuridad de la noche, buscando un rincón acogedor para hablar de amor y llenarse de besos y caricias, para olvidar por un instante al silbido de las balas. Jorge regresó a la casa impresionado por todo lo vivido y escuchado.
Las pulgas, empeñadas en beberle a corto plazo la sangre, laboriosas, contribuían al insomnio. Jorge no conseguía dormirse y en vano trataba de defenderse de las estocadas traperas.
"... que se sentirá al matar a un hombre..." – filosofaba – mientras trituraba una pulga regordeta, que traicionada por su voracidad, había perdido por completo la agilidad de trapecista de circo.

VIII. Sección de Servicios y Logística

– ¡Hola, soy Jorge!
Emeterio saludó con una tremenda sonrisa de oreja a oreja, que de lejos parecía estar degollado.
– ¡Cómo estás? – preguntó.
– Bien.
– Esperá un momento que tengo que entregar algunas cosas. ¡Sentáte!
Emeterio estaba encargado de la sección de servicios de las unidades de vanguardia. Abastecía a la tropa desde cintas para las botas hasta las granadas de los lanzacohetes.
– ¿Cuántas libras de azúcar van? – preguntó dirigiéndose Samuel, jefe del pelotón dos.
– Cuatro.
Los ojos zarcos del guerrillero no podían ocultar la mentirilla.
– ¡No jodás! ¡Cinco te he dado!
– No seas malo, dáme otra librita – suplicaba Samuel.
– Todo está calculado. Ni una libra más ni una libra menos – dijo tajantemente.
– ¡Mira Jorge! Vos te encargarás de la logística. Tenés que llevar control del armamento de los pelotones, revisar los fusiles que están en servicio. Las armas deben estar siempre limpias y en buenas condiciones. Eso es muy importante – agregó. ¿Has comprendido?
– ¡Claro! – contestó Jorge pensando que tal vez el no era la persona más indicada para desempeñar tan delicada función.
La única arma de fuego que conocía era un revólver Smith and Wesson, calibre “punto veintidós”, propiedad de su padre. De la noche la mañana se había convertido en “técnico de armas de fuego”.
Jorge pasó contando durante todo el día la munición requisada en San Fernando.
– ¡Tres mil quinientos proyectiles 7.56 mm! ¡800 proyectiles „punto 3056”! ¡1200 proyectiles 7 mm!
– ¡Qué raro!– exclamó Emeterio. De 7.56 tienen que haber 3800 y de 7 mm 1500. ¿No te habrás equivocado?
– Yo creo que no, pero si quieres los vuelvo a contar.
– Yo creo que sería mejor – respondió Emeterio.
El pelotón tres estaba desplazado en el caserío El Conacaste a pocos kilómetros de La Laguna. Allí también se encontraba en esos momentos el hospital guerrillero. Jorge había recibido la orden de visitar el campamento con el fin de revisar el armamento.
– ¿Nicolás?
– Si – contestó malhumorado el jefe guerrillero.
– Emeterio me envía a revisar el armamento y a ver que necesidades tiene el pelotón.
– Mire, compa – gruñó Nicolás. La semana pasada envié una lista de necesidades. Tengo mucha gente sin botas. ¡Casi una escuadra entera!
Jorge escuchaba atentamente los reclamos del jefe guerrillero poniendo cara de preocupación.
– En verdad que no se lo que piensan los de allá arriba – refunfuñó.
Jorge dedujo que el "allá arriba" se refería a la sección de servicios y logística y no a la ubicación geográfica del campamento La Laguna, que precisamente estaba a otro nivel del mar.
– Dígale a Emeterio que ya me cansé de mandarle listas con las necesidades de la tropa – dijo, al tiempo que mandaba a formar al pelotón.
Los guerrilleros se formaron de mala gana, mascullando entre dientes palabras que Jorge no lograba escuchar, pero cuyo contenido bien pudo imaginarse. Uno a uno, fueron pasando los guerrilleros, mostrando sus armas y contestando las preguntas.
– ¿Cuántos magazines tienes? ¿Cuánta munición?...
Jorge observaba detenidamente la caja de mecanismos de los “Fales” y “Getreces” sin poder encontrar nada anormal. Ningún arma resultó sucia o en mal estado. EI pobre Jorge le dio el visto bueno a todas.
– ¿No va revisar el RPG-2? – preguntó Nicolás.
– ¡Por supuesto! – respondió con voz serena y seguro de sí mismo.
– Compa Odul, tráigame el lanzacohetes y las papayas.
Jorge nunca en su vida había visto un lanzacohetes y ahora le tocaba examinar uno.
No sabiendo por donde comenzar, tomó el arma por un extremo pretendiendo demostrar el profundo conocimiento que tenía en cuanto a armas. Anotó el número de serie y la cantidad de granadas. Todo hubiera terminado bien, si a Jorge no se le ocurre simular que disparaba con el “bastón chino”. Muy inocente y creyendo estar en lo correcto, se colocó el arma al hombro.
– ¡Compa! ¡El lanzacohetes no se toma así!
La voz ronca de Nicolás le indicó que estaba tomando el arma por el extremo equivocado.
Jorge había colocado la parte más larga hacía adelante, lo que equivalía a ¡tomar un taco de billar al revés!
Avergonzado, colocó silenciosamente el arma sobre la mesa de bambú.
Creyéndose descubierto en “su secreto”, cambió rápidamente la conversación. Aunque a decir verdad, la inexperiencia militar de Jorge se percibía a la distancia.
– ¿Me puedo llevar un pedazo de carne seca? – preguntó Jorge.
– La que quiera, compa!
– Muchas gracias, compa.
Antes de regresar al campamento de La Laguna, activó el cronómetro para medir el tiempo que tardaría en llegar. Mientras subía la empinada cuesta, pensaba en Nicolás. Le había parecido una persona sin presunciones y que además trataba amablemente a los subordinados. Obviamente estaba insatisfecho con el rendimiento de la sección de servicios y abastecimientos, pero eso era harina de otro costal.
– ¡45 minutos! – exclamó Jorge contento, desabrochándose la camisa. Aquí está la lista de necesidades...
Las gotas de sudor corrían por el rostro enrojecido.
– Te estás poniendo las pilas, ¿eh? – comentó Emeterio riéndose, mientras le daba unas palmadas en el hombro. Parece ser que le atinás a lo organizativo – apostilló.
La casa que servía de local a la sección de Servicios y Logística, se encontraba bajo la sombra de un enorme amate. La casona había sido años atrás la residencia de algún campesino rico de la comarca. Ahora servía como cuartel al pelotón dos de las unidades de vanguardia; allí funcionaba además, en un pequeño cuarto, la jefatura del destacamento José Dimas Alas.
Emeterio, golpeó la rústica puerta de madera y, sin esperar respuesta, entró rápidamente. Sobre la mesa una vela iluminaba el rostro sombrío del jefe guerrillero. Los ojos negros clavados en el mapa de Chalatenango, no se percataron de la llegada de Emeterio. Junto a la mesa, otro guerrillero escuchaba atentamente los comentarios.
– ¿Cómo estas, Lucas? – preguntó Emeterio, dirigiéndose al melenudo y barbudo guerrillero.
– ¡Pero cómo me va ir, joder! No ves que no tengo zapatos. ¡Oye Emeterio! ¿Qué pasa que no me has entregado mi ración de cigarrillos? – preguntó, mostrando los dientes cubiertos de una capa gruesa de sarro amarillento.
– ¡Puta! Ya te terminaste la cajetilla que te di ayer – contestó molesto. ¡Vos fumás mucho!
– ¡Anda tomar por el culo! – respondió el guerrillero sin inmutarse.
– Ja, ja, ja – rió Emeterio. Mirá Hugo, este es el nuevo.
El jefe del destacamento masculló una frase ininteligible.
– Bueno. Tengo que irme. Llegáte mañana al local para darte los cigarrillos, pero es la última cajetilla que te doy en este mes – dijo Emeterio y se dirigió a la puerta.
– Eres un tesoro, mi amor, por eso te quiero – exclamó Lucas.
– Este cabrón está loco – comentó. ¡Mejor me voy!
Hugo continuaba leyendo el mapa. Al salir el jefe de servicios comentó:"... este es un pelotudo...es todo un despelote...", pero él no es responsable de la escasez de vitualla – apuntilló. ¡Nadie tiene la culpa! ¡Así es la guerra de guerrillas! ¿Sabés, Ché? ¿Sabés? – preguntó sin esperar respuesta. Bueno, y vos. ¿Por qué no hablás Che?
– ¡Ehh! Lo que pasa es que no conozco las costumbres de acá y no se si hay que pedir permiso primero – contestó tímidamente Jorge.
Hugo miró fijamente a Jorge y se largó a reír, mostrando una fila de dientes blancos que contrastaban con lo oscuro de su piel. Un manchón plateado cruzaba el cabello crespo de aquel lobo solitario. La barba larga, recordaba algún personaje moro de las guerras en Granada. Lucas comenzó a echar bromas y humo por todos lados.
– ¿Querés fumar? – preguntó el “negro Hugo”, abriendo la gaveta de la mesa y sacando una cajetilla de Delta.
– Gracias – contestó Jorge.
– Me voy a dormir – dijo Lucas y se marchó.
– Este huevón es muy bueno– advirtió Hugo. Lástima que sea tan anarco. En explosivos, no hay nadie que se le iguale. ¡Si supieras todo lo que ha hecho...!
Hugo continuó su monologo mirando fijamente a los ojos de Jorge, quien atento le escuchaba.
– Gente como vos necesitamos aquí. Cuidáte mucho Ché – advirtió fraternalmente. Las invasiones y los bombardeos son lo más crudo. Lo primero que tenés que hacer en caso de una invasión es quitarte la barba y el bigote.
– ¿Porque?
– Los pelotudos de los soldados piensan que los barbudos somos cubanos o nicas. En la invasión de octubre[4], al “Caballo” por poco lo mata un francotirador.
– ¿Quién es el Caballo? – preguntó Jorge, pensando en el sobrenombre de Fidel Castro en la sierra maestra.
– Ya lo vas a conocer...
Hugo sacó una lata de leche condensada del cajón de la mesa y bebió un sorbo del espeso y azucarado líquido. Se secó la boca con la manga verde olivo de su uniforme.
– Esta úlcera me tiene bien jodido.
Jorge miraba de reojo el pequeño tarro Nestle, sin atreverse a pedir un poco. Las glándulas salivales comenzaron a trabajar horas extras. EI negro Hugo abrió nuevamente el cajón y tomó un tarro virgen.
– Quedáte con el, guardálo como reserva estratégica – recomendó.
El día había expirado. La noche abría a su antojo un telón de estrellas y, entre lejanos relampagueos, gestaba el nuevo día.
– Si querés, podés dormir acá. Tomá esta colcha.
Jorge se tendió sobre el suelo pedregoso, colocando previamente varios sacos de henequén, a guisa de colchón. Hugo se acostó sobre la banca tomando una posición fetal, para evitar que sus largas piernas colgaran en el vacío.
– Ché, apagáte la vela...

IX. Rodolfo

Jorge fue conociendo con el tiempo los personajes celebres de La Laguna. El cuarto del negro Hugo se había convertido en el centro de reuniones nocturnas.
A partir de las siete de la noche iban llegando uno a uno. Ramiro, Lucas, el Caballo, Rodolfo, Nicolás y Jorge. En esos momentos la estrella principal era Rodolfo, apodado “Trapito”. Flaco y larguirucho, Rodolfo pasaba la mayor parte del tiempo en el cuarto de Hugo, leyendo a Oscar Wilde o escribiendo cualquier cosa. El joven guerrillero había perdido el ojo izquierdo en cierta ocasión, cuando el mando de la guerrilla urbana le ordenó a él y a otros compañeros requisar un vehículo particular en San Salvador en los días aquellos de las grandes marchas populares. Con tan mala suerte para Rodolfo, que el carro escogido por el comando guerrillero, resultó ser de un jefe militar. Los nueve impactos da la Browning “9” milímetros parabellum del guardaespaldas se clavaron en el cuerpo enjuto y magro del guerrillero. Rodolfo cayó en la acera y revolcándose con la muerte, trataba de esquivar los proyectiles. Una bala le había destrozado el ojo, el calcañal derecho estaba hecho trizas, el resto de la descarga la había recibido en el tórax y el abdomen. Los demás compañeros lograron escapar. Quedó tirado junto a la cuneta de la calle. Un río de sangre corrió buscando la cloaca más cercana, mientras el cuerpo, aún con vida, se retorcía entre la vida y la muerte. Los gemidos y los dolores se confundían con el bullicio de los curiosos.
Una nube negra cubrió sus ojos. Cuando vio nuevamente la luz, se encontraba en la cama de un hospital con el cuerpo lleno de tubitos plásticos, Suero y sangre fresca fluían en sus venas. Sentía la cabeza del tamaño de un globo.
– ¿Dónde estoy? – preguntó Rodolfo con débil voz, al tiempo que una enfermera entraba al cuarto.
La enfermera colocó nerviosamente la bandeja sobre la mesita, temiendo tirarlo todo al suelo, tomó la presión y el pulso después de cerciorarse del buen funcionamiento de las infusiones.
– Usted se encuentra internado en la sala especial del Hospital Rosales.
Los doctores pensaban que Rodolfo no soportaría la enorme perdida de sangre. Setenta y dos horas había permanecido inconsciente. Rodolfo comprendió cual era su situación. Los dos policías armados que se encontraban en la puerta de la sala confirmaron sus sospechas.
Estaba con vida y pensaba con claridad. Le preocupaba el hecho de ignorar el destino de sus compañeros.
"¿...estarán enterados los compas de lo sucedido...?¿…sabrán que me encuentro hospitalizado... " – se preguntaba. Sabía perfectamente que las autoridades lo someterían a crueles interrogatorios; en manos de la Guardia Nacional estaba condenado a muerte. Se lamentó entonces de estar vivo, hubiera preferido mil veces haber muerto en combate, que tener que morir torturado como un perro en las cárceles clandestinas de la Policía Nacional o tal vez en alguna casa de seguridad del servicio de inteligencia. Las enfermeras lo atendían con especial cariño y gran admiración. Rodolfo se aferraba a la idea de seguir luchando por la liberación de su pueblo.
Las FPL no se habían olvidado de él, un comando urbano armado burló la vigilancia de los centinelas y en una acción relámpago, liberó al compañero herido.
Rodolfo fue trasladado a una casa de seguridad de la organización, donde lo esperaban un cirujano y una enfermera para atenderlo de emergencia.
EI mismo guerrillero que había enfrentado la muerte en las calles de San Salvador, conversaba esa noche con Jorge, en las montañas de ChaIate.
Jorge había reconocido de inmediato la formación marxista de Rodolfo. Hablaba con voz suave y tranquila. A los veintitrés años, Rodolfo poseía un tesoro cultural poco usual en la juventud salvadoreña. Gustaba hablar de los clásicos de la literatura y la música.
Los problemas políticos e ideológicos del partido, acostumbraba analizarlos dialécticamente. A pesar de su capacidad analítica, Rodolfo tendía fácilmente a caer en depresiones. Su forma de actuar y proceder era causa de burlas en el pelotón. Enamorado fiel de la planificación y organización del trabajo, luchaba contra el pragmatismo y voluntarismo de algunos jefes. Algunos no comprendían que las tareas militares no excluían el pensamiento marxista. Para otros, Rodolfo estaba loco.
A pesar de ser jefe de escuadra del pelotón uno, permanecía la mayor parte del tiempo en el puesto de mando del destacamento. Al parecer, la tropa le aplicaba la “ley del hielo”. Nadie, a excepción del “caballo Memo”, comprendía en el pelotón los problemas de Rodolfo.
La falta del ojo derecho dificultaba la correcta apreciación de las dimensiones espaciales, sobretodo durante las noches de largas caminatas. Constantemente rodaba en la oscuridad provocando la risa de compañeros.
Para evitar su aburrimiento, el negro Hugo le había asignado, temporalmente, la tarea de interceptar las comunicaciones enemigas, hasta que la Comandancia solucionara su situación.
Trabajando con Ramiro, jefe de comunicaciones, Rodolfo se sentía mejor, aunque el trabajo en sí era bastante aburrido.
Todas las mañanas se colocaba el radio-transmisor AN PRC 77 en la espalda y se dirigía, acompañado por una jovencita, a lo más alto del cerro May Pay. Desde allí, era posible interceptar las comunicaciones al otro lado del rio Lempa. EI cuartel de Sensuntepeque lo agarraba “limpio y con cañonazo”, que en el lenguaje codificado del enemigo significaba: nítido y sin interferencias. En poco tiempo, se había familiarizado con el lenguaje radiofónico. EI código secreto del enemigo no representaba secreto alguno. La señal enemiga era escuchada fuerte y clara desde las alturas. Ramiro recibía diariamente el informe de sus muchachas y el de Rodolfo.
Descifrar los jeroglíficos de las niñas semi-analfabetas le tomaba varias horas de intenso análisis caligráfico.
Metódico como era, Ramiro clasificaba la información enemiga en tres categorías: la estratégica, la operativa y la pura paja. La información tiene que ser veraz, precisa y oportuna decía, pacientemente, el jefe de comunicaciones. En poco tiempo se había convertido en un padre para todas las chiquillas; con cariño y especial cuidado las protegía de la voracidad sexual de los guerrilleros. A menudo, Ramiro se enfadaba al recibir reportes incompletos.
– ¿Cuántos efectivos se van a trasladar? – preguntaba.
– ¡Ay! Si no pude agarrar todo – contestaba tímidamente Lupita.
– ¿A qué hora se van a trasladar?
– ¡Creo que a las once y media! Pero no estoy segura – respondía Yesenia.
Ramiro sabía que nadie tenía culpa. EI analfabetismo continuaba siendo el talón de Aquiles de la sección de comunicaciones. Rodolfo, consciente del mal endémico, trataba de encontrar una solución al problema. Todas las tardes, después del trabajo, se sentaba a escribir un proyecto de alfabetización, tomando como base el método del pedagogo brasileño Paulo Freire. En Jorge había encontrado un oído receptor, éste conocía tal método y se había ofrecido a colaborar.
Esa tarde, después de bajar del May Pay, Rodolfo colocó el radio sobre las bancas de bambú que rodeaban el patio del cuartel. Algunos guerrilleros ayudaban en las labores de cocina. EI “negro Hugo” estaba siendo entrevistado por un periodista mexicano con apellido de ruso en el pequeño cuarto oscuro.
Jorge se acercó a Rodolfo que se había quitado las botas para rascarse a sus anchas los hongos. Con placer indescriptible, se frotaba los dedos de los pies utilizando el sucio calcetín. Acercarse a Rodolfo en esas circunstancias, era un acto de valentía. EI olor a queso rancio francés inundaba el ambiente.
– ¿Qué hongos? – preguntó Jorge, que en lenguaje salvadoreño equivalía a cómo estás.
– Más o menos – respondió.
Rodolfo pertenecía al grupo guerrillero que solamente tenía hongos en los dedos de los pies. Había otros que padecían del mismo mal en los testículos. Estos pobres se restregaban, frenéticamente, hasta dejárselos rojos como un tomate. Los más tristes de la montaña, eran los que adolecían del famoso “rasquín”, variante campestre de la sarna. La infernal picazón atacaba el cuerpo entero y solamente se curaba con escabizán, un preparado especial para combatir la escabiosis.
– ¿Cuándo me enseñarás el desarme de la carabina? – preguntó Jorge.
– Es fácil – contestó. Tomó la M1 que yacía en la banca. En pocos segundos el arma se encontró dividida en varias partes.
– ¡Te das cuenta que es bien chiche!
– Ese Emeterio es muy esquemático – masculló Jorge, olvidándose de la carabina.
– ¿Por qué?
– Ayer le sugerí que deberíamos sistematizar mejor el trabajo y ¿sabes lo que me contestó? ¡Que yo era un “marxólogo”!
– ¿Y eso qué es? – preguntó Rodolfo mientras limpiaba el ojo de vidrio con un pañuelo.
– Sepa putas qué quiso decir con eso – contestó Jorge sin ocultar su enojo. Cada vez que menciono el problema de los métodos de trabajo, me contesta que soy un teórico, que él conoce bien a los pequeñoburgueses...
Rodolfo conocía por experiencia propia lo que Jorge estaba comentando. Él pertenecía también al grupo de los “intelectuales”.
– Yo qué le podía responder – continuó hablando Jorge.
Rodolfo calló y miró en dirección al cuarto de donde salían Hugo y el periodista.
– No le hagás caso – contestó por fin, pensando en los muchos “Emeterios” que aún le faltaba por conocer.



[1] Operación militar llevada a cabo en los días de navidad de 1981
[2] Desnuda
[3] Carlos Francisco Aragón Cabrera, alias Sebastián.
[4] La histórica“guinda” de octubre de 1981

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