domingo, 2 de septiembre de 2012

Cerca del amanecer...1


Estimados lectores,
les presento aquí los dos primeros capítulos de mi libro Cerca del amanecer. Regularmente iré bajando  uno o más capítulos. Esperando que sea de su ínteres,
atentamente. Roberto Herrera


Prólogo del autor de “Cerca del Amanecer”


Mi participación en la revolución salvadoreña tuvo como trasfondo político-histórico, el trabajo solidario en Alemania con la lucha de resistencia del pueblo chileno y con la revolución sandinista. Los primeros contactos informales con el movimiento revolucionario salvadoreño se dieron en 1979 en el marco de las actividades solidarias. Así fue que de pronto me vi “trabajando a tiempo completo” para la revolución salvadoreña, asumiendo en 1980 la representación oficial del Frente Democrático Revolucionario (F.D.R) en Suiza y Austria hasta mi ingreso al “frente de guerra” en 1981.

Simplemente por el hecho de ser salvadoreño de nacimiento, mi vinculación emocional con la revolución salvadoreña estuvo impregnada de matices y colores sociales relacionados con mi infancia y mi juventud. De no haber sido por esta circunstancia fortuita, mi participación en la guerra hubiera sido la de un colaborador internacionalista marxista cualquiera.

Por otra parte, los dos años de vida estudiantil universitaria también dejaron sus huellas imborrables en mi conciencia. En los pasillos de la Universidad Nacional, el tema principal en aquellos turbulentos días era la gestación de los primeros comandos armados y fueron muchos los jóvenes que simpatizaron con la guerrilla urbana. El 19 de julio de 1972 el gobierno del coronel Arturo Arnoldo Molina ocupó militarmente la Universidad, la cual permaneció cerrada hasta finales de 1973. El auge posterior del movimiento revolucionario salvadoreño de los años setenta me “pescó” en el extranjero, pero el espíritu revolucionario de mi generación ya lo llevaba guardado en mi mochila.

En este sentido, mi ingreso – voluntario y consciente – al “frente de guerra salvadoreño” fue un acto natural, acorde a la consigna revolucionaria de mi generación, proclamada por Ernesto Guevara en su “mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental” en 1966.

“Cerca del amanecer” fue escrito en 1986 y publicado en 1993 en la ciudad de Valdivia/Chile. El desfase entre la escritura del manuscrito original y la fecha de su publicación, está íntimamente relacionado con el desarrollo mismo de la guerra en El Salvador. Con la firma de los acuerdos de paz en la ciudad de Chapultepec/México el 10 de enero de 1992, se puso fin al conflicto armado que estremeció y enlutó a la sociedad salvadoreña durante diez años. A partir de allí, todo lo vivido durante mi estadía en el Frente Apolinario Serrano y la interpretación subjetiva de lo ocurrido, formaba parte ya de la historia de la guerra popular revolucionaria. La revolución salvadoreña fue, sin duda alguna, un proceso extremadamente complejo que comprendió diferentes etapas de desarrollo y de replanteamientos tácticos y estratégicos. Para un “revolucionario de a pie”, como yo, que ni era miembro de ninguna organización ni militaba en ninguna estructura orgánica partidaria, resultó extremadamente difícil, en primer lugar, entender y comprender en condiciones de guerra, la complejidad y la problemática geo – política inherente al proceso revolucionario salvadoreño – según mi opinión, mucho más radical y anti – imperialista que la revolución nicaragüense – y , por otra parte, interpretar correctamente la lucha político – ideológica interna que se palpaba al interior de las Fuerzas Populares de Liberación Farabundo Martí (FPL-FM) en el frente de guerra. Me sucedió, lo que normalmente ocurre, que de tanto árbol no pude ver el bosque y cuando salí de él no logré distinguir a la distancia, las diferencias político – ideológicas entre los cuadros dirigentes.

En la misma medida en que el socialismo real se desmoronaba lentamente en la década de los ochenta, las diferencias entre las organizaciones político-militares del FMLN en relación al carácter, contenido y futuro de la revolución salvadoreña se hicieron más evidentes. Es en el marco de esta lucha político – ideológica que ocurre el asesinato de la comandante Ana María en abril de 1983 y el posterior suicidio de Salvador Cayetano Carpio, el legendario Comandante Marcial. Dos hechos históricos que, junto al asesinato de Roque Dalton en 1975, conmovieron al universo revolucionario latinoamericano y que sin duda alguna, marcaron el punto de inflexión en la revolución salvadoreña. A partir de ese entonces, en mi fuero interno hubo un antes y un después. ¿Qué tan cerca estuvo realmente la revolución salvadoreña del nuevo amanecer socialista? ¿Existió en algún momento de la guerra revolucionaria, desde la “ofensiva final de enero de 1981” hasta la ofensiva general del FMLN en noviembre de 1989 una opción real de tomar el poder político – militar?

Obviamente nunca se dio tal situación histórica. Más bien, el proceso revolucionario salvadoreño, asfixiado en la “guerra civil” estaba atrapado desde 1981 en un callejón, en el cual la única salida posible fue la negociación política de la paz, sellada hace ya más de veinte años. A pesar de todo, la violencia y la injusticia socio – económica son, al parecer, dos categorías sui generis en El Salvador, las cuales están más allá de las fronteras de la guerra y de la paz.

El personaje central de la novela testimonial “Cerca del amanecer” es Jorge López, un “aprendiz de revolucionario”, quien, al igual que otros tantos, optó por la revolución socialista. En definitiva, una elección de vida que conlleva la muerte en defensa de los grandes ideales socialistas de la época. Jorge López va madurando ideológicamente al ritmo de los tambores de guerra, de largas caminatas, de ofensivas guerrilleras y enemigas. La muerte simbólica de Jorge López (Daniel) – en la versión original impresa –, es la muerte del revolucionario romántico e idealista, a quien la guerra le mostró como en un espejo límpido, las virtudes y las debilidades humanas, las propias y las ajenas.

La única diferencia entre la primera versión escrita de “Cerca del amanecer” y la que aquí se presenta, son los verdaderos nombres de guerra utilizados por los personajes, pequeñas modificaciones literarias, especificaciones de carácter político-ideológicas, la necesaria compilación de los últimos cinco capítulos debido a la omisión de la muerte ficticia de Jorge López y un epílogo, con el que cierro una etapa importante de mi vida. Este libro está dedicado a todos los revolucionarios que creyeron que un mundo mejor era posible, y en aras de conseguirlo, dejaron sus vidas en los parajes de América Latina. Algunos de los revolucionarios mencionados en la novela, murieron años más tarde de haberse escrito esta historia.

Regresé a El Salvador por última vez en 1993, únicamente para incinerar los restos mortales de Jorge, mi padre, el hombre que me impartió las primeras lecciones de historia y que aún no he olvidado.

Roberto Herrera                                                                                   Alemania, 2012


Nota aclaratoria
„Cerca del Amanecer” no es un inventario político-militar histórico del acontecer del movimiento revolucionario salvadoreño entre los años 1980 y 1985. Es decir, una crónica de guerra en la que se hace constar y contar “uno a uno” periódicamente el desarrollo de los eventos. “Cerca del Amanecer” es un relato de las experiencias personales vividas durante ese período y precisamente, por ser una percepción individual del entorno, éste no puede reflejar la “verdad verdadera”. Cerca del Amanecer es el reflejo parcial de una realidad objetiva concreta, contaminado con la subjetividad y el estado anímico del autor y sobre todo, del nivel de información y/o desinformación del mismo, tanto en los momentos de la “experiencia misma en sí”, como en los momentos de transformación de lo vivido en una novela testimonio. En este sentido, “Cerca del Amanecer” es la interpretación personal – falsa o verdadera – de situaciones político-militares y sociales concretas.

Para Bruno Serrano, conocido escritor chileno, “Cerca del Amanecer”, devela desde adentro, el acontecer de la guerrilla salvadoreña entre los años 1980 y 1985; y es el personaje central– Jorge López – quien, en definitiva, da cuenta de esa gesta…..Es el revés de la noticia distorsionada que mostraron los periódicos de la época, contada por un protagonista que madura y cambia – sin perder su capacidad crítica – en la experiencia guerrillera. Como dice Silvio Rodriguez “…lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida…”; porque la elección de vida que hace Jorge, al igual que otros tantos que optaron por la lucha de liberación en el Salvador, es en definitiva una elección que conlleva la muerte en defensa de los grandes ideales. Sólo que el protagonista escribe su diario en las montañas del Frente Norte Apolinario Serrano, y por tanto queda constancia escrita de lo que aconteció fuera y dentro de él mismo, de cómo fue cambiando su visión idealizada de la guerrilla hasta la dura realidad del combatiente acechado por el enemigo, la naturaleza hostil y las debilidades humanas tanto más evidentes en las situaciones límites….Entonces , si pensamos que la literatura nace como palabra escrita realizada por los humanos para contar y comunicar lo que les acontece, en este “relato testimonial” se cumple con creces la misión que se asigna el autor-protagonista en cuanto a que la experiencia vital directa e indirecta es imprescindible que sea contada…para que pase al dominio público y pueda ser conocida socialmente....”

En este sentido, invito a tod@s aquellos que tuvieron la suerte de sobrevivir la guerra, a que relaten desde su perspectiva personal, la gran gesta revolucionaria del pueblo salvadoreño.
Finalmente, quiero dejar constancia a los lectores, parafraseando a Don José Hernández, que no hago alarde de mi experiencia ni busco protagonismo alguno. Sólo fui un sujeto más en la masa anónima, quien decidió, por convicción propia, irse a la guerra tal como lo hiciera Mambrú en la canción popular infantil.

La memoria individual y colectiva es un gran Don, cualidad muy meritoria, y aquellos que en este relato sospechen que los critico o salen mal parados, sepan que olvidar los sucesos de la guerra, también es tener memoria…más nadie se sienta ofendido ni maltratado, pues no es mi intención incomodarlo, y si relato de este modo mi historia, es porque lo encuentro oportuno. No es para mal de ninguno, sino para bien todos…..!



                                     Cerca del amanecer

I. Las primeras lecciones de historia
– ¿Quién es él, papá?–
– ¡Fidel, hijo! –
– ¿Y éste? –
– El Ché, Camilo, Raúl, Almeida... estos sí son hombres de verdad decía el padre – mientras guardaba cuidadosamente las Bohemias en el viejo baúl de madera.
Las pocas pertenencias que poseía las cuidaba celosamente en aquel cofre de pino, acompañante fiel en cada mudanza.
Las desnudas paredes de barro de aquel solitario cuarto, cercano al cementerio general, eran el telón de encuentros dominicales y fantasías infantiles.
– Mirá hijo, cuando seas grande nunca permitás que te humillen, recordá siempre que tu tata ¡nunca se arrastró ante nadie!
– Vos no vas a tener que trabajar para estos hijos de puta, ¡A Rusia te voy a mandar cuando seas mayorcito!
– ¿Y quien es mejor papá, los Estados Unidos o Rusia? – preguntó el niño.
– ¡Rusia por supuesto! – contestó el padre, pensando que el deseo de enviar a su hijo a ese lejano país no era mas que un sueño sepultado en el abismo de su pobreza.
Juan trabajaba como camionero desde hacía ya varios años transportando café de las fincas de Don Robert Parkinson y Doña Margarita Palomo de Parkinson.
Era la temporada del oro rojo de la oligarquía salvadoreña. Tres meses de intenso trabajo nocturno bajando y subiendo el sinuoso camino del volcán de San Salvador.
También era el período de vacaciones escolares y como de costumbre su hijo le acompañaba en aquellas noches novembrinas.
– Papá, ¿y los revolucionarios por qué son barbudos?
– Ellos no tienen tiempo de rasurarse en la montaña. Como pasan muchos meses en el monte, la barba les crece muy larga, así como Fidel – contestó Juan.
– ¿Y todos los revolucionarios tienen barba? – volvió a preguntar el chiquillo.
– Si
– ¡Pero usted dice que es revolucionario y no tiene barba! – comentó levemente preocupado.
Juan soltó una carcajada al mismo tiempo que presionaba dos veces el embrague para meter la segunda al camión International de doce toneladas. Como experto motorista de vehículos pesados, conocía los secretos del oficio. Hace algunos años había estado a punto de perder la vida en un accidente cuando los frenos de aire dejaron de funcionar. Había perdido el control del camión cisterna y había rodado corno un trompo izalqueño[1] por la abrupta pendiente en las cercanías del balneario Los Chorros, dando vueltas y haciendo piruetas hasta llegar al fondo del precipicio. Desde entonces el dolor de rabadilla lo obligaba a caminar un poco encorvado.
A Juan le gustaba narrarle al pequeño copiloto sus aventuras y experiencias acumuladas a lo largo del tiempo. Esa noche, mientras terminaban el tercer viaje, comenzó diciendo:"... estas tierras hace muchos años, pertenecían a varias familias de campesinos. Este terreno era de un tal Gumersindo Galdámez; más arriba estaba la finquita de los Flores. En la época del dictador Maximiliano Martínez Hernández, muchos ricos se aprovecharon de la situación. Con engaños y la Guardia Nacional les robaron todas sus tierras..."
– ¿Y nadie defendía a los pobres?
– Cuando uno es pobre– respondió Juan– nadie lo defiende. Para la insurrección del “32” muchos campesinos de Sonsonate fueron asesinados por la Guardia Nacional. En Jayaque, yo tendría más o menos tu edad, fusilaron a cientos de gente pobre. La guardia no perdonó a ningún campesino – terminó diciendo.
– Este es el último viaje Don Juan – dijo el empleado de la finca, extendiendo el papel para que firmara el recibo de 60 sacos de uva.
– ¡Mirá Joaquinón! Cuando terminen de cargar, revisá el aceite y echále agua al radiador. Estoy donde la Lencha, ¿oíste?
– ¡Vení! – ordenó al hijo – tal vez le queden un par de tamales a la Lencha. Tenés hambre, ¿verdad?
– Sí – contestó débilmente el pequeño, tratando de no hacer ruido con los dientes que rechinaban por el intenso frio de la noche.
– ¡Buenas noches, Lencha!
– ¡Buenas noches, Don Juan! – respondió la mujer al saludo. ¿Así que hoy trajo al niño? – preguntó, mientras dirigía una maternal mirada al pequeño que tiritaba de frío.
–Mirá que lindo el cipote! – exclamó la hermana de la Lencha.
– ¿Qué va a querer Don Juan? ¡Sólo tengo un poco de frijolitos y queso duro-blandito!
– No importa, dale de comer nomás al cipote. A mí dame una taza de café. ¡Puta que frío hace! – masculló Juan – mientras ofrecía un cigarrillo Embajadores a Chepe Luis, el marido de la Lencha.
– Gracias – respondió amablemente el campesino.
José Luis lo apreciaba mucho, decía de él que era muy macho y cabal. Dos años atrás había trabajado con él como ”cargador de camión”, pero desde que un filoso machete le cortara de un tajo la mano derecha, trabajaba en el beneficio. A raíz del pleito aquel, había dejado para siempre de beber chicha y chaparro.
– ¡A la puta, Don Juan, que grande está el bicho! – exclamó asombrado! Dentro de poco le van comenzar a gustar las mujeres!
– Si ya tiene novia el jodido – dijo Juan orgulloso.
– Ve qué mono mas abusado – interpuso Lencha – mientras ponía el plato de frijoles sobre la mesa.
– Me ha salido bueno el cipote. Este año se sacó el primer puesto en la escuela.
– ¿Qué pasó, Joaquinón, ya terminaron de cargar? – preguntó Juan apagando con la suela del zapato la colilla del Embajadores. ¡Apuráte hijo, que nos tenemos que ir!
– Bueno, Lencha, ¿cuanto te debo?
– Nada, Don Juan, ¡cómo se le ocurre! – exclamó tiernamente ofendida.
– ¿Cómo dijiste que se llama el remedio para la Lupe? –preguntó rápidamente.
– Lombrisaca – contestó con voz tenue la mujer.
– Ah, claro, tengo que apuntarlo, pues se me puede olvidar… y ¿la otra cosa? – consultó impaciente.
– Wampole – contestó Chepe Luis.
– Mañana te lo traigo. ¿Oíste?
– ¡Dios se lo pague, Don Juan!
– 'ai nos vemos – dijo éste.
Ambos, padre e hijo, se dirigieron al camión que pacientemente esperaba con la pesada carga a sus espaldas.
– ¡Papá, tengo frio!
– Ponéte esta chaqueta – respondió malhumorado. ¡Es la última vez que te traigo!
EI niño colocó su cabecita sobre el regazo, buscando el calor paterno como un pajarillo que se acomoda en su nido. Con el bamboleo y el vaivén del vehículo, lentamente se fue quedando dormido, transportándose al mundo de los sueños.
Juan acarició con su fuerte y bronceada mano los cabellos rizados de su hijo mientras esquivaba con maestría y habilidad los baches y las piedras en el camino.
Al verlo dormir, tranquilo y despreocupado, en su mente despierta hilvanaba el futura de su hijo.
“... Cuando sea grande, lo voy a mandar a estudiar a Cuba para que sea un gran hombre...” Entonces se acordó que había que comprarle zapatos y uniforme nuevo para la escuela, y todos los hermosos sueños de viajes imaginarios a islas liberadas y de noches blancas en Leningrado se desvanecían como el humo del cigarrillo obrero frente a lo amargo dela verdad. Juan no sabía cómo cubrir los gastos y sacaba cuentas mentalmente: "...35 de comida, 30 del cuarto, 10 los zapatos del cipote, 20 el uniforme, 25 para la Mercedes – la mujer de turno –, 15 el lavado de la ropa... en total son 135 colones" – exclamó, largando un suspiro, mezcla de resignación y tristeza. En sus cálculos, solamente le sobrarían 90 pesos para pasar el mes entero.
EI sábado – como de costumbre – se juntaría con sus cheros en el Bar Lutecia y se echaría un par de vergazos. Par lo menos se gastaría 30 colones.
– ¡Y todo par estos hijos de puta de los ricos! ¡Uno se mata trabajando, mientras ellos tranquilamente se divierten de fiesta en fiesta! – masculló en voz alta.
Con rabia y amargura metió la “cuarta” para agarrar mejor así la recta y asfaltada carretera Panamericana.
EI aire fresco de la noche entraba con fuerza en la cabina del camión. Los mozos, tirados sobre los sacos de café, contemplaban las estrellas, ignorando que mientras ellos doblaban sus espaldas bajo el peso de la carga, Carolina, la hija menor de los patrones, viajaba por tercera vez a Europa a pasar las vacaciones escolares en el frío invierno de los Alpes, y que Jackeline, la mayor, estudiaba idiomas en una escuela privada a las orillas del lago de Ginebra.
Juan encendió otro cigarrillo, posó tiernamente sus rudos dedos sobre la panza del cipote y con descontento comparó su situación con la del patrón.
“…ese cabrón solamente órdenes sabe dar, ni siquiera puede sembrar un naranjo...” Se tocó el riñón izquierdo, que siempre le hacía presente el accidente de Los Chorros.
– Al menos yo tengo trabajo. EI que está bien jodido es mi primo Humberto – pensó.
Desde hace un año estaba sin trabajo; de tanta preocupación empinaba diariamente la pacha de Muñeco[2]. Más de una vez había tenido que buscarlo por las calles de la capital y encontrarIo tirado en una esquina con la cabeza sumergida en un charco de vómitos y rodeado de moscas y heces fecales.
Tito, así lo llamaba Juan, era un caso más entre los cientos de guanacos que pululaban soñolientos buscando un pedazo de tortilla en los montes de basura.
Pensó en la Lupe, la hija menor de Chepe Luis, quien a sus nueve años aún no conocía la escuela."...seguro que cuando crezca, se irá a San Salvador a trabajar de sirvienta en casa de alguna familia rica, y si no se cuida, a los pocos meses el hijo del patrón o quizás él mismo la preñará y a la pobre no le quedará más remedio que comenzar a putear para poder alimentar a la criatura..."
La ciudad de Santa Tecla dormía bañada en la bruma que bajaba de las colinas aledañas. La pálida luz de neón iluminaba la venta de chuco, punto de reunión inevitable de todos los camioneros madrugadores. Juan observó a su hijo que aún dormía profundamente, al tiempo que detenía el vehículo junto a la cuneta.
– ¿No van a querer chuco? – preguntó Juan dirigiéndose a los cargadores de café, quienes dormían en medio de los sacos de henequén.
Al escuchar la voz de su padre, el niño se levantó rápidamente y a pesar del  frío tecleño se acercó al grupo de trabajadores que sostenían entre sus manos los huacales de morro repletos de la exquisita bebida popular. Como buenos bebedores de chuco, todos movían los recipientes haciendo pequeños círculos a tiempo que soplaban fuertemente el líquido viscoso. Después del típico desayuno, Juan condujo el camión hasta el beneficio de café de la familia H. de Sola y Sucesores.


II. Ayer, hoy y mañana
– ¡Ring, ring, ring!–
De un salto, Jorge se levantó del sofá: miró su reloj pulsera. Las agujas marcaban exactamente la una de la tarde. Le parecía que el tiempo se había arrastrado pesadamente llevando en su caparazón los recuerdos de su infancia. No habían transcurrido veinte minutos, lapso suficiente para que una parte de su vida se transformara en película de largometraje de melancólicas remembranzas. Se preguntó si todo habría sido nada más que un sueño. Ciertamente recordaba con lujo de detalles lo revivido.
El tiempo había transcurrido entre el patio de la escuela y temporadas de café, la vida había pasado rápidamente llevándose su infancia, robándole violentamente el derecho de gozar el amor de madre.
Mas el recuerdo de aquellas horas de inocente trabajo, y los rostros sonrientes y barbudos de aquellas Bohemias habían quedado grabados en su mente.
EI timbre del teléfono continuaba llamándole, retándole, riéndose con su repiquetear. Jorge avanzó en cámara lenta y levantó el auricular. ¡Cuánto tiempo había esperado esa llamada!
– ¡Aló! Sí, soy Jorge.
Una voz de mujer se escuchó en el otro extremo de la línea.
– A las dos de la tarde en la pupusería Conchita.
Jorge entendió el mensaje. En décimas de segundo tuvo ante sí el mapa planímétrico de la ciudad de San Salvador. –¡Claro! es en la segunda avenida norte – pensó.
– ¡Entendido!
– Buena suerte – dijo la voz femenina.
– Gracias – respondió Jorge.
– ¡Adiós!
– ¡Chao!
Jorge colgó pensativo el teléfono. Su padre lo observaba seria y firmemente. Ese era su estilo. Entre ellos todo estaba dicho.
– ¿A qué hora te vas? – preguntó Juan.
– Dentro de cuarenta minutos – respondió mecánicamente Jorge, pensando en lo pesado del maletín.
“... ¿y si después lo necesito? – se preguntó. ¡Mejor lo llevo!"
Colocó nuevamente el desodorante sobre la cama donde tenía ordenado todo lo que iba a llevar: una co1cha, dos bluejeans, tres camisas, tres camisetas, seis calzoncillos, seis pares de calcetines, las botas, dos chaquetas, una toalla, cepillo de diente, tres tubos de pasta dentífrica, un juego de desatornilladores, un cuaderno, un peine, el puñal brasileño – regalo de Juan– y el radio transistor Sanyo, igualmente obsequio de su padre.
Tenía todo lo que supuestamente necesitaría. Ninguno de los dos podía imaginarse lo que vendría.
– Si querés, podés llevarte esta chaqueta de mezclilla – indicó el padre. A mí me la regalaron, pero no la uso. Llevátela – insistió Juan – quizás te sirva mas tarde.
– Está bien – contestó Jorge pensando en lo que tenía que cargar.
Rápidamente y como era usual en Jorge, colocó en orden todas las prendas de vestir en el maletín negro. Calculó el peso:”.....aproximadamente 18 kilos... ¡Esta bien! EI Ché dice que hay que llevar máximo 15 kilos. ¡Que son tres kilitos de más…!"
Aún le quedaban veinte minutos. Volvió a repasar mentalmente la información recibida dos días atrás.
– ¡Puta! – exclamó asustado Jorge. ¡Por poco se me olvidan los guineos! Mire papá, cómpreme unos guineos y una cajetilla de fósforos.
A medida que los minutos se sucedían, la tensión en Jorge crecía. Sacó un cigarrillo, se dirigió a la cocina en busca del encendedor, aspiró fuertemente el humo hasta sentir estallar los bronquios y miró a su alrededor.
Todo estaba presente. Las ventanas que destruyera en su niñez le sonreían, mostrando sus dientes rotos, carcomidos por la caries de los años. La tortuga aguardaba pacientemente el próximo invierno en una esquina del patio. Cortó un pedazo de sandía para el zenzontle; a sus pies jugueteaba la perrita mostrándole sus tristes ojos, la acarició y se sentó en las gradas. Jorge enjugó una lágrima que lentamente rodó por su mejilla, pensó en su hija, en su compañera. Las imágenes del pasado se transponían, tapizando el presente.
– ¡Aquí están los guineos y los fósforos!
– No fumés mucho – advirtió Juan. Mirá que es malo para la salud. Aprende de mí.
Jorge recordó a su fiel amigo Mauricio, quien le enseñó a fumar, y también la golpiza que recibiera de su padre cuando se enteró que fumaba.

Jorge, pretendiendo estar tranquilo, hablaba de cosas sin importancia.
– Bien, llegó la hora – dijo Jorge, cerrando la puerta del pasado, poniendo fin a una vida de supuesta tranquilidad y engañosa comodidad.
– Si quiere, maneje usted. ¡Tome, acá están las llaves!
Ambos subieron al viejo Volkswagen. A Juan, a pesar de la experiencia como motorista, se le dificultaba doblegar al pequeño escarabajo.
– ¡Esta mierda no entra! Jorge– gritaba histérico, tratando de meter segunda.
La caja de cambios tronaba furiosamente, victima de los modales bruscos deI viejo Juan.
– ¡A la Puta!– decía Jorge riéndose, provocando. ¡Todo un camionero y no puede manejar esta babosada!
– ¡Calláte! Mira que soy tu tata y me tenés que guardar respeto – contestaba riéndose.
Por un momento olvidaron la misión que cumplirían. Dentro de pocos minutos volverían a separarse, esta vez tal vez para siempre. Sin embargo, ninguno de los dos pensaba en la muerte.
Juan y Jorge habían dejado de ser padre e hijo desde hacía mucho tiempo.
Más de veinte años transcurridos desde aquellas largas horas de pláticas subversivas transportando café. Nuevamente iban sentados en un vehículo en busca del abismo que los separaría; quizás era la consecuencia natural de aquellas enseñanzas dominicales y noches de desvelo proletario.
– Estaciónese aquí – indicó Jorge.
Se estrecharon en fraternal abrazo.
– Cuídate mucho – murmuró Juan.
Jorge, con el puño en alto, se despidió de su padre con un seco adiós. El desempleado Juan aguardó hasta que su hijo dobló la esquina.



[1] Ciudad de Izalco, departamento de Sonsonate
[2] Bebida alcohólica de baja calidad

1 comentario:

  1. Yo nací en El Carrizal Chalatenango en agosto/1965 todavía visitó mi pueblo y su montañona, te agradezco por tan bonita novela ya que conozco a algunos de sus personajes.

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