sábado, 29 de septiembre de 2012

Cerca del amanecer...5


X. EI macho pardo

– Eh, Jorge, vení – gritó Emeterio, asomando la cabeza por la puerta. Mirá, tenés que ir al Jicaro a traer el explosivo que está preparando Lucas. Lleváte el macho que esta allí afuera.
La acémila mascaba un poco de zacate seco bajo la sombra del frondoso amate; las costillas quedaban desnudas cada vez que movía su maltratada piel marrón para sacudirse las moscas comunes y los malignos tábanos.
– ¡Tomá esta nota, es para el viejo Lucas!
EI reloj marcaba las nueve de la mañana cuando Jorge partió rumbo al Jicaro montando la pobre bestia. En pocos minutos, atravesó La Laguna y comenzó a subir la cuesta del Portillo. A la derecha, el abismo que terminaba en un vallecito junto a las orillas del Sumpul, donde las hordas criminales vestidas de verde olivo habían asesinado el 14 de mayo de 1980 a cientos de mujeres, ancianos y niños.
Ni la masacre del Sumpul había sido capaz de detener la corriente libertaria ni las bombas asesinas habían apagado la llama de la vida.
EI mulo conocía bien el camino. Jorge, despreocupado, entonaba una canción de Alí Primera:
"...//Canta canta compañero que tu voz sea disparo / que con las manos del pueblo no habrá canto desarmado    //Canta canta compañero/ canta canta compañero/ canta canta compañero que no calle tu canción   //Si te falta bastimento tienes ese corazón/ que tiene latir de bongo/ color de vino ancestral….//Canta canta compañero/ canta canta compañero los que mueren por la vida no pueden llamarse muertos canta/ canta compañero/ que tu voz sea disparo...”
La noble bestia avanzaba lentamente, evadiendo las piedras del camino. Tan lento era el caminar, que Jorge comprendió al astuto animal. Jorge se bajó del macho en gesto solidario. Liberado de la carga, el mulo aligeró el paso, al tiempo que descargaba una retahíla de pedos, que Jorge interpretó como señal de agradecimiento. Las huellas verdes en el camino eran muestra de la buena digestión del cuadrúpedo. EI sol comenzó a desesperar la piel del hombre y de la bestia. Al llegar al rio Tamulasco, el macho se detuvo a beber agua. Jorge lo imitó. Al nomás llegar al taller de logística, Jorge entregó la nota a Lucas.

– ¿Compita, no quiere una tortilla? – la pregunta vino del fondo de la cocina.
– Gracias compa – respondió Jorge, mientras alcanzaba una silla para sentarse junto a la destartalada mesa.
Una niñita vestida sólo con un calzoncito se le acercó. Jorge la tomó en brazos y la sentó en su regazo.
– ¿.Cómo se llama, mi amorcito? – preguntó al tiempo que besaba su diminuta frente.
– Julia – contestó la madre, mientras servía un poco de arroz revuelto con frijoles. ¡Vení, dejá comer en paz al compa!
– Déjela nomás, a mí no me molesta – contestó Jorge, tomando con la mano derecha un pedazo de tortilla a guisa de tenedor. Masticando la arepa de harina de maicillo y contemplando el rostro inocente de Julia, recordó a su hija:"... seguro que tienen la misma edad...”– meditaba. Yo también tengo una niña – exclamó en voz alta.
Al terminar de comer, sacó la cartera de cuero argentino, envuelta en varias bolsas de plástico para proteger sus documentos del sudor y la lluvia. Miró la foto y los pensamientos volaron lejos. Jorge pensaba en su hija. Tal vez mañana podría decirle lo mucho que la quería, a lo mejor tendría la oportunidad de explicarle el porqué de su ausencia. Algún día le contaría el triste cuento de rostros marcados por el dolor de la guerra, vientres hinchados, flores marchitas al pie de la tumba, llantos clandestinos de recién nacidos, víctimas inocentes de la injusticia social. Algún día podría decirle que recordaba su nombre en silencio viendo la cándida sonrisa de la pequeña Julia. Con la mente llena de recuerdos mostró la foto.
– Ay, qué chula es la niña – exclamó1a mujer. ¿Cómo se llama?
– Guille – murmuró Jorge.
– ¿Cómo?
– Camila – corrigió.
Volvió a colocar, celosamente, la foto en la cartera, suspirando mientras envolvía en plástico su tesoro. Lucas llegó en ese instante informando que el material estaba listo.
"...diez minas vietnamitas, 35 candiles, 2 tamales, decía Rafael mientras colocaba el material explosivo bajo la sombra de un limón..." Lucas se encargó de acomodar la carga en una caja de madera; el mulo inquieto movía la cola azotándose el lomo. Los enormes ojos observaban a los dos guerrilleros que trataban de ponerle el apero. EI animal se resistía tozudamente a transportar los sesenta kilos de explosivo casero. EI mulo no entendía las necesidades de la guerra ni tampoco le interesaban las súplicas de Jorge. Por fin, el animal aceptó, de mala gana, transportar el material, después que Pastor lo hizo entrar en razón con una verga de toro. A cada lado colgaban cinco minas sujetadas en redes de henequén, en la parte superior del aparejo yacía la caja de madera conteniendo las 35 granadas caseras, en el espacio entre la caja y el apero iban apiñados los dos tamales.
EI sol golpeaba en vertical. Lucas cortó unas ramas y las colocó sobre la carga para evitar el calor.
– Bueno, compas: Si escuchan un vergazo es que hemos sido nosotros – dijo Jorge riéndose. Los obreros del taller rieron de mala gana. Es cosa de mal agüero hablar de la muerte, dicen los campesinos.
La rienda que colgaba del cuello del macho, era sujetada por Lucas, quien avanzaba a dos metros de distancia. Detrás marchaba Jorge.
– ¡Oye, Jorge! Antes de llegar al río habrá que tomar medidas de precaución.
– ¿Porque?
– ¡Joder, hombre! ¿No sabes que la Guardia Nacional acostumbra a emboscarse por estos parajes?
– A mí Emeterio no me dijo nada – contestó Jorge pensando en lo tranquilo que se había detenido a beber agua horas antes.
– Vamos, hombre, que se por qué te lo digo – volvió a insistir Lucas, notando la incredulidad de Jorge.
Río arriba se encontraba el municipio Las Vueltas, famoso por su espíritu reaccionario. Se decía que toda la población era de Orden[1].
Durante la ofensiva guerrillera de enero de 1981, mujeres, ancianos y niños lucharon al lado de la Guardia Nacional. Desde esa fecha, Las Vueltas tenía fama de ser una posición enemiga inexpugnable.
Cruzaron el Tamulasco sin mayores dificultades. El caminar se hacía lento y pesado, diminutos ríos de sudor corrían por las patas del animal, que enloquecido corcoveaba por el calor infernal del subtrópico. Lucas y Jorge se alternaban para conducir el mulo. La fábrica de explosivos había quedado atrás. Los artesanos continuaban seguramente moliendo el aluminio para mezclarlo con el nitrato de amonio. A lo mejor Rafael cortaba con precisión la lámina para las minas antitanque, mientras la sierra de metal partía pacientemente el tubo de hierro, que bajo las manos de Neto, se convertiría en el cuerpo cilíndrico de un candil.
Mientras tanto, la acémila vencía, con mucha dificultad, la pendiente pedregosa. Espesa espuma blanca caía del hocico, mojando el pedazo de lazo que servía como rienda.
El agua consumida en el río no había sido suficiente para saciar la sed del animal; los pedos se confundían con el ruido provocado por los belfos y las tripas lloraban a cada instante.
Los 60 kilos se perfilaban como vencedores de los desnutridos músculos del cuadrúpedo. El vaivén incontrolado ponía en peligro la estabilidad de la carga. Las piedras y las rocas del camino maltrataban sin misericordia las extremidades de los hombres y de la bestia. Por fin llegaron al Portillo.
Los ojos tristes del animal se abrían y cerraban constantemente, hostigados por las moscas que se aprovechaban del cansancio. La cola marcaba con movimiento monótono pendular el pasar del tiempo.
"...qué lástima que los mulos no puedan sentarse..."– filosofaba Jorge, al ver al pobre macho viejo relajar una de las patas traseras. Por un momento pensó en el caballo fantástico de Lucky Lucke y se largó a reír.
Lucas lo observaba sin comprender lo que pasaba.
– ¿Tienes un cigarro? – preguntó Lucas.
– Si.
Ambos encendieron los cigarrillos dando sendas chupadas. Mientras gozaba del tabaco merecido y del descanso necesario, Jorge recordó a Enrique, su cuñado. Se lo imaginó sentado en el excusado, muerto de la risa leyendo las aventuras del caballo parlante de Lucky Lucke, el vaquero más rápido que su sombra. Muchos kilómetros los separaban, pero el recuerdo del compañero de lucha rejuvenecía el ayer.
Lucas y Jorge fumaban tranquilamente cuando dos niños llegaron al Portillo. Observándolos curiosamente los chiquillos aprovecharon la oportunidad también para descansar. Igual que los guerrilleros, ellos también venían del Jícaro.
– Continuemos – ordenó Jorge.
Lucas tomó la rienda y haló al macho cuesta abajo. Jorge, quien marchaba adelante, se detuvo a conversar con unos guerrilleros que venían de La Laguna montando a caballo.
– ¿No tiene un cigarrito, compa Jorge? – preguntó Juan.
– ¡Tienes suerte! Aún me quedan dos.
– ¡Ah pues, no compita! Lo voy a dejar en la calle – respondió incomodo.
– ¡Tomá, hombre! En el local tengo más. Ten cuidado con la brasa que traemos explosivo – advirtió Jorge a los jinetes. Volvió a mirar hacia atrás y vio como los guerrilleros saludaban a Lucas con un gesto de manos. De pronto, sintió un ruido seco y profundo a sus espaldas, los tímpanos vibraron. La muerte había golpeado la puerta de la vida, clavando sus garras en el dorso de Jorge.
El tiempo se detuvo, la mente en blanco conoció la negrura del abismo eterno. El pasado apretó tanto al presente, que el futuro quedó asfixiado, pareciendo morir de angustia. Una inmensa mano invisible lo había lanzado por los aires. El cuerpo de Jorge voló como liviana hoja de otoño burlando el féretro fantasmal. El sol y la pólvora quemaban la tierra. La montaña paría al nuevo Jorge, que renacía entre nubes de polvo y esquirlas de piedra. Abrió los ojos temeroso de no volver a ver el verde vida de los piñales. El sabor amargo de la pólvora le envenenaba el alma y las venas. EI romanticismo había muerto cercenado por diminutas esquirlas de hierro candente. La verdadera guerra sepultaba los viejos recuerdos de pláticas estudiantiles. La hora de la tertulia había concluido...
Había perdido el FAL, la mochila hecha pedazos colgaba de la espalda, el zumbido en la cabeza se hacía interminable, el eco de la explosión saltaba de cerro en cerro.
Comprendió que algo grave había pasado, miró hacia atrás y solamente vio nubes de polvo que se perdían en las alturas. En el suelo distinguió un bulto negro y temiendo algo fatal corrió gritando:
¡Lucas! ¡Lucas! ¡Lucas!
– ¡Mírame la cabeza! ¡Mírame la cabeza! – exclamaba Lucas, fuera de sí.
Jorge examinó con nerviosismo la cabeza de Lucas. Con los dedos fue quitando, uno a uno, los pedazos de carne sanguinolenta que pendían de los cabellos. Dos enormes agujeros a la altura del cerebelo sangraban a borbotones. La espalda de Lucas parecía colador y las piernas sangraban flageladas por el látigo de la explosión.
– Vete rápido al hospital – ordenó Jorge, sin darse cuenta que gritaba. Afortunadamente, el hospital se encontraba a ochocientos metros.
La cabeza del valiente mulo aún pendía de la rienda, el resto del animal había desaparecido como por arte de magia. Jorge buscó las pertenencias de Lucas. Después de varios minutos, encontró su propio FAL. Milagrosamente se habían salvado los niños que venían detrás de la bestia.
– ¿Qué fue lo que pasó? – preguntó Jorge dirigiéndose a uno de ellos.
– Yo solo vi la llamarada que salió de la caja de madera – respondió.
Jorge comprendió que la causa del accidente se debió quizá, a que uno de los candiles se había auto-encendido. Pero en ese momento no había tiempo para las explicaciones pirotécnicas.
– ¿Qué pasó pelao? – preguntó preocupado Ramiro. Jorge no podía hablar. Había llegado corriendo al local de servicios y se le dificultaba la respiración. Tenía el rostro blanco amarillento, le dolía la espalda y la cabeza, los oídos no paraban de zumbar. Quiso sentarse y sintió un fuerte dolor en las nalgas: algo viscoso y caliente humedeció su mano. Comprendió que estaba herido. En el glúteo superior tenía encarnada una esquirla de piedra del tamaño de un guisante.
– Vé a que te curen – dijo Ramiro.
Ramiro acompañó a Jorge al hospital. Allí encontraron a Lucas sentado sobre una banca recibiendo las curaciones de manos de una sanitaria. Las heridas en la espalda no eran de gravedad. Felizmente, las esquirlas no habían logrado penetrar los duros huesos de la cabeza. La fama de “cabeza dura” se había confirmado aquel día. Lucas podría contar orgulloso algún día en Vascongadas, la dureza de su testa.
– ¿Cómo te sientes? – preguntó Ramiro.
– ¿Qué?
– ¿Cómo te sientes? – repitió gritando.
Lucas, que de por sí era más sordo que una tapia, con la explosión había quedado más sordo que un artillero.
– La cabeza me duele – contestó. ¿Tienes un cigarro?
– Nosotros pensamos – comentó Ramiro – que el enemigo estaba bombardeando. La explosión se escuchó como un mortero 120. ¿Qué mierdas pasó?
– A mí no preguntes, que no me di cuenta – contestó Lucas.
Los cipotes que venían detrás vieron una llamarada en el lomo del macho – señaló Jorge.
¿Y qué traían allí?
– los candiles y dos cargas explosivas – respondió Jorge.
– No comprendo cómo pudieron activarse – comentó Ramiro.
– Los candiles venían cebados – agregó Lucas.
La idea de construir una espoleta para los candiles que facilitara el encendido rápido y seguro, había sido de Lucas.
Algunas veces llovía durante los combates y la humedad dificultaba el encendido de las granadas. Con la “nueva espoleta” no había necesidad de encender primero el cigarrillo. EI mecanismo era sencillo: La mecha lenta se encontraba al interior de un tubo de plástico que evitaba que la mecha se humedeciera con la lluvia. La cabeza de la mecha estaba rodeada de varios fósforos con sus respectivas cabecillas en contacto directo con la lija. La fricción iniciaba la combustión de los fósforos y estos, a su vez, transmitían a la mecha el calor necesario para activar el mecanismo detonador de la granada.
– Yo pienso que con los golpes se produjo la fricción – señaló Jorge.
– Hay cosas en la guerra que no se pueden explicar con la lógica formal – comentó Ramiro. ¡Increíble que aún estén vivos! La cantidad de explosivos era suficiente para aniquilar a una compañía entera del enemigo – terminó diciendo.
Para Jorge, su primera experiencia con explosivos significó dos cosas: la toma de conciencia de que la vida se escapa en segundos y que !jamás hay que transportar explosivo cebado!
A pesar de haberse perdido el material explosivo que se utilizaría en la operación de Nueva Trinidad, los combates se realizaron tres días más tarde con todo éxito.


XI. Las Fuerzas Especiales Selectas

– Tomá, Jorge – dijo Emeterio, entregando el mensaje del Comandante Dimas.
"... preséntese hoy mismo ante Felipito... ": Dimas.
– Voy donde Felipito. Ya regreso.
Jorge había oído hablar muchas cosas del jefe guerrillero. Felipito parecía casi un niño, delgado, de modales suaves y contextura liviana.
EI cuartel de las fuerzas especiales se encontraba a cien metros del local de Servicios y Logística..
– Buenas tardes – dijo Jorge dirigiéndose a un guerrillero que descansaba en una hamaca. ¿Está el compa Felipito?
– Allí, adentro – contestó el guerrillero de pelo largo y barba rala, mientras daba una chupada al cigarrillo.
Jorge no alcanzó a entrar en el cuarto, Felipito se encontraba ya en el umbral de la puerta.
– Mire Jorge, el compa Dimas ya me explicó la situación. Vaya donde Ramiro. Él le entregará un radio transmisor.
Jorge había sido trasladado a las Fuerzas Especiales Selectas, las famosas FES. Muy contento se dirigió al local de Ramiro que antes había sido seguramente la casa de algún campesino rico. Los cafetales y árboles frutales habían sido con toda seguridad la fuente de ingresos de la inédita familia. EI caserío de La Laguna estaba formado por varias agrupaciones de casas distribuidas en las faldas del “May Pay” (cerro El Talzate). Las ruinas de las casas que se agrupaban en torno a la iglesia conformaban lo que podía considerarse como el casco del caserío. Siguiendo al oriente se llegaba a las propiedades que ahora servían como casa-cuarteles del estado mayor, las unidades de vanguardia zonales, las FES, unidades de vanguardia nacionales, servicios y el hospital.
La zona donde se encontraba el corazón y cerebro de la guerrilla había sido en tiempos de paz una comunidad floreciente y productiva. Todo estaba allí, los árboles de mango, los piñales, las matas de guineos y los cafetales en flor. Los horrores de la guerra y la barbarie de los soldados, habían borrado con sus bombas la sonrisa feliz del campesino labrador de La Laguna. Los campesinos ricos habían emigrado a Chalatenango o a San Salvador abandonando sus propiedades. Quedaron sólo los que nada tenían que perder, los que en la temporada de café emigraban en busca de los míseros pesos que pagaban los terratenientes en las fincas cafetaleras. Para estos chalatecos “come bofe”, la guerra representaba la esperanza de una vida mejor en el futuro socialista, eran ellos los que cargaban en sus espaldas la mochila repleta de ilusiones, preñada de sueños, de verdad y de justicia social.
La necesidad de mejorar las condiciones de vida de los pobres del campo cobraba vida en las faldas del May Pay. Cuando Jorge veía a los niños trabajando como mensajeros, a las compañeras moliendo el maíz, a las madres amamantando, al campesino sembrando el frijol, entendía lo justo de la guerra. La necesidad del cambio, de la justicia social había dejado de ser letra árida y estéril, había dejado de ser panfleto. El socialismo aunque difícil y lejano seguía siendo simplemente necesario.
– Llévate este radio – indicó Ramiro. El funcionamiento es sencillo – agregó con voz fraterna. Este es el botón de encendido, este es el de las frecuencias, este...
EI AN PRC 77 había sido requisado al enemigo en Nueva Trinidad.
– Hoy por la tarde salimos para El Alto – dijo emocionado Jorge.
– Dale esta cajetilla de “puchos” a Juancito.
Jorge tomó rápidamente la cajetilla de Gauloises y se marchó, cargando el radiotransmisor al hombro.
“...cuídate mucho pelao..." – alcanzó a decir Ramiro.
Atardecía ya cuando Felipito dio la orden de formar en columna.
La escuadra acató la orden. En pocos minutos la escuadra se encontró atravesando el campo de entrenamiento. Adelante marchaba Gonzalo y Saúl, al medio Felipito, Solís y Jorge, en la retaguardia Juancito y Manuelón[2].
Bordearon en silencio el caserío Las Huertas para evitar que los pobladores se enteraran de su movimiento. Las unidades guerrilleras se desplazaban en el terreno con mucho sigilo y siempre desapercibidas por la población civil. Eran las medidas de seguridad que tomaba el mando guerrillero para contrarrestar el posible sistema de espionaje enemigo.
Manuelón fungía como jefe de la escuadra. Joven inteligente y sencillo, gustaba de platicar con Juancito, quien por su parte también era ameno conversador y además fumador empedernido. Los Gauloises habían llegado justo a tiempo, solamente le quedaban cuatro cajetillas de Delta para pasar los próximos días. Paulatinamente las sombras de la noche cubrieron el celeste manto del cielo salvadoreño. Aún faltaba mucho por llegar al campamento de El Alto. Los nueve kilómetros entre el campamento principal de La Laguna y El Alto atravesaban territorio enemigo. El complejo montañoso de El Alto se encontraba al centro de la circunferencia de seis kilómetros aproximados de diámetro que conformaban algunos puestos militares del ejército salvadoreño. Al norte se encontraba el cantón Guarjila. Las unidades militares allí estacionadas controlaban los accesos a las elevaciones de La Laguna y parte de la calle que unía la ciudad de Chalatenango con la región oriental del departamento. Al sur, el puesto militar de Potonico, que mantenía el control de las riberas del embalse del Cerrón Grande y protegía la "5 de Noviembre", la presa hidroeléctrica más grande de Centroamérica de cualquier ataque guerrillero. Al oeste, San Antonio Los Ranchos. Al este San Isidro Labrador. Al sur-este, San José Cancasque ocupada por los asesinos de la Policía de Hacienda.
Solís, natural de la zona, se desplazaba por el terreno con movimientos de pantera. Bajo de estatura y de piel oscura, el guerrillero parecía tener ojos en las botas. Jorge trataba de no perder de vista al felino-humano. Todos los intentos resultaban en vano, la negra piel del guerrillero se confundía con el azabache del camino.
Solís esquivó diestramente la roca a mitad del camino. Jorge, que no pudo percatarse del rápido movimiento hacia la izquierda, chocó frontalmente contra la áspera dureza de la enorme piedra. El intenso dolor en la tibia lo obligó a detenerse unos segundos.
– ¡Por la gran puta! –exclamó adolorido, frotándose con las manos encima del pantalón.
– ¡Eh, compa Jorge, por acá está el camino!
– ¿Dónde? – preguntó preocupado Jorge que no distinguía ni sus propias manos.
Los 60 proyectiles 7.65mm, el radio, la mochila, el viejo FAL mocho, las piedras, los golpes en las piernas se acumulaban geométricamente, dando como resultado las blasfemias de Jorge. El cielo se cubrió de luces cuando un relámpago rompió las penumbras en la lejanía.
La tormenta se aproximaba. Abajo se distinguía por instantes la torre de la iglesia de Guarjila. La noche comenzó a llorar a mares, la vereda se llenó de agua fría, el pequeño torrente chocaba en las botas embarradas de los guerrilleros. En cosa de minutos el camino se había transformado en río desbocado. El centelleo de un relámpago cegó los ojos de Jorge, quien rodó por la pendiente, golpeándose fuertemente la parte posterior de la cabeza con el radio transmisor.
Alguien, protegido por la oscuridad de la noche, soltó una sonora carcajada.
– ¿Está bien compa? – preguntó Felipito, ayudándolo a ponerse de pie.
– Sí, sí – respondió Jorge, acomodándose nuevamente el ANPRC 77 en la espalda.
"... quien habrá sido el hijo de puta que se puso a reír…"– pensaba Jorge mientras se palpaba el chichón en la cabeza.
Era la segunda vez que le tocaba caminar de noche y los resultados no eran tan halagadores que digamos.
"...en verdad sucede lo mismo cuando alguien llega tarde al cine – meditaba – los que están sentados viendo la película, observan con lujo de detalle los movimientos ridículos del recién llegado   “ Eso mismo le pasaba a él: marchaba a tientas.
La tempestad había cesado de castigar los montes y empapar a los guerrilleros. Las estrellas parpadeaban en el ensanchado cielo, los uniformes bañados de lluvia y sudor recibían ahora un baño de estrellas. El calor del cuerpo se encargó de ir secando poco a poco la vestimenta.
Llegaron a una casa abandonada y vacía. Felipito dio la orden de descansar quince minutos. Bebieron agua de un chorro que estaba a la vera del camino. Se encontraban cerca de la calle que conducía a San José Las Flores. De allí en adelante, se exigía absoluto silencio.
– ¿Podemos fumar? – preguntó Manuelón.
– Sí– contestó Felipito – sin olvidar las recomendaciones del caso.
– ¿Querís fumar, pelaíto? – preguntó Juancito con acento austral.
– ¡Dame uno pues! – respondió Jorge con un deje de mal humor, por lo de la caída. 
Juancito se pegó a la tierra y encendió el cigarrillo.
– ¡Puta! Vieras que vergazo me pegué – dijo Jorge. No veo ni mierda en la noche.
– Usted no es el único – intervino Manuelón que estaba junto a Juancito. Yo también soy pasmado para caminar en la noche. Tres veces me he caído hasta el momento – confesó riéndose.
Manuelón tenía pies planos y caminaba como pato en apuro.
El aire fresco y el olor a tierra mojada llenaba el ambiente. El tabaco fuerte francés golpeaba los bronquios de los tres guerrilleros. Los grillos comenzaron el concierto de medianoche acompañados por las ranas cantoras de algún charco cercano. El cancionero campestre era rico en tonos y melodías.
Los culitos brillantes de las luciérnagas formaban largas filas de bombillas volantes alumbrando el escenario. Los pájaros sacudían sus alas y volvían a sus mojados nidos en las ramas de los mangos.
La voz de Felipito puso fin a la sinfonía improvisada de insectos y batracios. Atravesaron la calle y se dirigieron en dirección al cantón el Mojón. El caserío estaba abandonado.
– ¿A qué horas llegaremos al Alto? – preguntó Jorge.
– A este paso – comentó Felipito – llegaremos a las tres de la mañana.
Era casi ya de madrugada cuando los guerrilleros llegaron al campamento de El Alto.

"...dice mi Tango que cuándo van a enviar la Mike del ciento veinte. Hoy en la noche quiere darle las buenas noches a los “treinta menos dos”...pantera de conejo... pantera de conejo, conejo ¡aquí pantera! ¡Qué ondas! dice mi Charly Sierra que no se preocupen que el pájaro ya salió con las Mike...”
– ¡Felipito, permiso para hablarle!
Jorge se cuadró y saludó al jefe guerrillero.
– He interceptado las comunicaciones entre Potonico y Chalate.
– ¿Qué dicen? – indagó el jefe guerrillero.
– El teniente de Potonico está pidiendo la munición del mortero 120. Parece que quiere probarlo esta noche...
– Gracias Jorge, continúe trabajando.
– ¡Permiso para retirarme!
El enemigo, al parecer, había detectado el movimiento guerrillero en esa zona. La guerrilla se encontraba en la fase de exploración del terreno. Nadie, a excepción del jefe guerrillero, estaba enterado que la Comandancia rebelde había decidido atacar el puesto militar de San Antonio Los Ranchos. La misión principal le correspondería a las fuerzas especiales.
– “   la garantía de cualquier operación – decía Felipito –es el conocimiento absoluto del terreno"– mientras se dirigía a los integrantes de la escuadra de exploración. "   Es necesario que ubiquen exactamente las trincheras. ¿Ya entregó las misiones para esta noche? – preguntó Felipito dirigiéndose a Manuelón.
– Sí. Gonzalo, Moris y Solís van a explorar por el lado de la iglesia.
Amílcar, un jovencito de dieciséis años miembro de las unidades de vanguardia zonales, serviría como guía.
Al cabo de un par de días, Jorge había dibujado, con ayuda de Amílcar y los otros exploradores, el municipio de Los Ranchos.
Los comandos de las FES habían trabajado a la perfección.
En cierta ocasión, Solís, el “guerrillero–pantera”, se acercó tanto a la trinchera, que un soldado le orinó la espalda, sin enterarse que bajo sus pies se hallaba un guerrillero.
EI enemigo continuaba amenazando con bombardear el campamento de El Alto. El enemigo sabía que la guerrilla contaba también con medios técnicos para interceptar las comunicaciones. Era parte de la guerra psicológica.
Como de costumbre, Juancito y Jorge se dirigieron a la casa de Marta, madre de cuatro niños, tres hembritas y un varón. Su compañero trabajaba en la guerrilla en Los Amates . Esa tarde, Marta había preparado café salvadoreño. Los panecillos de harina de maíz, llamados totopostes, aún estaban en el horno de barro.
– ¿Qué tal, compitas? Yo pensé que ya no llegarían – dijo Marta, disimulando una sonrisa.
Juancito se adelantó unos pasos y llegó hasta el corredor antes que Jorge y, sin esperar mucho, se tendió en la hamaca que colgaba entre dos pilares de madera con la sonrisa radiante del que ha salido vencedor.
– ¡Cómo se pone a pensar que la íbamos a dejar con los colochos hechos! – contestó Jorge.
– ¿Y el compa Manuel, no viene hoy?
– Ese glotón no se pierde una – intervino Juancito, meciéndose tranquilamente, mirando de reojo y con malicia a Jorge, quien buscaba una silla para sentarse.
– ¿Quieren tomar ya el cafecito? ¿O van a esperarlo?
– ¡Mejor comencemos ya! – dijo Manuelón entrando por la cocina.
Marta colocó los panecillos de maíz en un plato de aluminio gastado por el tiempo. El cacharro de barro dejaba escapar el vapor del café caliente. En un abrir y cerrar de ojos los veinte panecillos habían desaparecido de la mesa.
– Compa Juan – dijo Marta. Mañana va un compa a Potonico a comprar algunas cositas. Si usted quiere encargar algo, yo puedo preguntarle.
– Claro que sí– respondió. Dígale que me compre un paquete de Delta.
– Y usted, Jorge. ¿No va a querer nada?
– No tengo dinero – contestó Jorge, sin ocultar su desazón.
– No te preocupés, pelón que Juancito nos dará de los suyos – intervino Manuelón, guiñando un ojo a Jorge.
Las enormes cejas negras del flaco guerrillero se arquearon en señal de amistoso desacuerdo.
– Compa Jorge, ¿por qué no nos lee algo de la Biblia?– preguntó el padre de Marta.
Jorge acostumbraba a leerles la Biblia. Les hablaba de Cristo y Monseñor Romero. Al escucharlo hablar, cualquiera lo habría confundido con un cura.
– Por supuesto que sí. Traiga no más la Biblia – contestó Jorge, bebiendo de un sorbo el resto de café Vamos a ver, vamos a ver,...
"...San Mateo, versículo 10...no penséis que he venido para traer la paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino la espada... porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa..."
"... La iglesia de los pobres – comentaba Jorge – se vuelve revolucionaria por necesidad y por convicción". "EI verdadero Cristo vive con su gente en las montañas, sufre junto al obrero en las fábricas, tiembla de terror al ver caer las bombas incendiarias en los maizales. Nuestro Cristo es campesino, se llama Pedro, Juan; nuestro Cristo no viste prendas de lujo ni porta en su cabeza joyas ni coronas de oro y plata ni bebe junto a la mesa del oligarca ni bendice aviones de guerra. Nuestro Cristo es de amor y de justicia..."
– ¡Qué lindo habla usted compa! – comentó la humilde mujer.
– Compa Jorge, nos tenemos que ir ya – interrumpió Manuelón.
– ¿Van a venir mañana? – preguntó Marta. Así les preparo otro cafecito, totopostes no les ofrezco, pues ya no tengo harina.
– Mañana nos tiene otra vez por estos lados – dijo Jorge tomando el viejo FAL!
– Dios los bendiga – exclamó Marta sosteniendo a la menor de las niñas en sus brazos.
La noche llegó como de costumbre. Las pocas familias que poblaban El Alto, fueron preparándose para el sueño. Diariamente mujeres, ancianos y niños tendían sus plásticos sobre el polvoriento suelo, acomodando sus cabezas en almohadas de esperanza y rezando por la llegada del verdadero Cristo a la tierra, olvidada por el Dios del Vaticano.
Desde El Alto se distinguían las luces de la ciudad de Suchitoto. Sobre el lago artificial flotaban enormes alfombras verdes. La espesa lechuga impedía que las estrellas reflejaran su pálida luz. El farol de alta potencia de la represa iluminaba las aguas que reposaban tranquilas besando la gigantesca pared de concreto. Al interior, estaban los generadores trabajando sin interrupción, entregando su líquido eléctrico a los enormes transformadores. Las huesudas manos de las torres de alta tensión arrebataban, sedientas, la energía eléctrica destinada al extranjero.
La muerte se había anunciado por la mañana en la voz grasosa del soldado. Llegaría vestida de granada de mortero, traía un mensaje funesto.
Los tres guerrilleros llegaron al campamento en el mismo momento en que Felipito se aprestaba a partir a Los Amates. Montaba un caballo blanco que resoplaba mientras golpeaba el suelo con las patas traseras.
– Si quiere lo acompaño – dijo Gonzalo.
– Móntese pues – contestó Felipito. Mire, Manuel, mañana estoy de regreso.
– Dele saludes a su compañera – dijo Manuelón.
El potro blanco arrancó caracoleando soportando el peso de los dos guerrilleros.
No habían transcurrido cinco minutos cuando se escuchó la primera explosión. El sonido seco y sordo del mortero 120 rompió el silencio. El silbido mortal movió las hojas de la ceiba real. La granada cayó justo donde tres familias hilvanaban sus sueños en improvisados lechos. No se dieron cuenta que murieron, los ojos cubiertos con las empolvadas colchas no vieron la luz cegadora que apareció en el techo de teja y madera.
Marta murió abrazando a una de sus niñas.
El cielo se iluminaba al golpe de los morteros. Le orgia mortal continuaba. Del cielo siguió cayendo el fuego maldito, quemando vida inocente para que una señorita burguesa pudiera vestir de novia y viajar por los Campos Elíseos en viaje de bodas, para que un oligarca llenara con dinero sus arcas suizas, para que un demente General pudiera financiarse la manutención de tres concubinas, para que un Presidente paranoico se sintiera paladín de la democracia y la justicia occidental.
La muerte llegó y dejó sus huellas imborrables en la conciencia de Jorge. Ya no se trataba de la verborrea aprendida en un manual, ya no era el documental de guerra, ya no era masturbación revolucionaria. Era la toma de conciencia, la proletarización aprendida con miedo, bajo una lluvia de morteros.
Esa noche Jorge lloró como un niño contemplando el cuerpecito inerte de la hijita de Marta que, horas antes, había jugado en su regazo. El vientre partido en pedazos, los pequeños riñones destrozados, la dulce sonrisa en sus labios fríos y resecos.
A la mañana siguiente, contemplando el cadáver de la niña recién asesinada, Jorge escribió en su diario un poema dedicado a su compañera:
"...sabes, esta noche pensé en ti, todo fue como un sueño interminable, juntos caminábamos tomados de la mano el largo sendero del honor humano. Como un rayo llegaron a mi mente, horas felices de intimidad vivida, recuerdos de viejas caminatas, llevando en tu vientre amorosa carga. Tardes de otoño en la montaña, soñando despiertos nuestro futuro, cargando en mis brazos la pequeña, fruto del amor eterno y puro. Hoy como ayer, siento el calor de tu cuerpo, palabras llenas de comprensión y aliento emanaron lentamente de tu boca y mis brazos te estrecharon con ansia loca. Sabes, esta noche pensé en ti, entre pensamiento y pensamiento rodaron lágrimas de amargura y odio al ver sufrir a mi pueblo. Con dolor y tristeza pude probar que respiraba aires de guerra y el grito de una niña herida de muerte interrumpió mi sueño. Sabes, esta noche pensé en ti y me escondí en la mente para no ver con los ojos el cuerpo inerte de un chiquillo. Esta noche, como todos los días, me oculté tras nubes de fantasía para borrar de mi memoria las pesadillas, para enfrentar, otra vez, la verdad del nuevo día..."

Las moscas alborotadas zumbaban sobre los cadáveres. Solamente el hijo de Marta se había salvado. La esquirla de metal le había cortado el calcañal de un tajo. ¡Qué terrible sería la angustia de aquel niño!, que al ver el cuerpo inerte de su madre tendido en el suelo no dijo nada, sus pequeños ojos se abrían y se cerraban como queriendo borrar de su memoria el cuadro dantesco que presenciaba. Contempló el cuerpo de su madre por unos minutos sin decir nada. Minutos más tarde, al tomar conciencia de lo que había sucedido, comenzó a gritar desesperado que quería ir en busca de su padre.

EI mando de la guerrilla local se encargó de darles cristiana sepultura a las dieciocho víctimas del ataque de artillería.
Los días transcurrían sin sentirse en el campamento. Jorge había cambiado físicamente: estaba más delgado y ágil en sus movimientos; había aprendido a ver en la noche y distinguir los ruidos de la montaña. Se estaba transformando en guerrillero.
El enemigo continuaba hostigando a fuego de morteros las posiciones de El Alto. Al parecer los artilleros tenían bien ubicadas las coordenadas del campamento. El mando guerrillero había ordenado la evacuación del campamento principal. Las pocas familias se ubicaron en los alrededores.
Felipito ya no regresó al campamento. Estando en Los Amates recibió la orden del Comandante Dimas de regresar inmediatamente a La Laguna. Manuelón se trasladó con las escuadras de la FES para reunirse con su jefe. Jorge se quedó en El Alto.
La noticia de un eminente operativo guerrillero se propagó rápidamente al conocerse el desplazamiento de las Fuerzas Especiales Selectas.
Lencho, un joven guerrillero, gordito y de mediana estatura había llegado al Alto comandando una escuadra de zapadores. Jorge lo había conocido semanas atrás en el cuarto del negro Hugo.
– ¡Hola, Jorge! No sabía que estabas por estos lugares– dijo Lencho, quitándose el sombrero verde de ala ancha.
– Esta sí que es una sorpresa – contestó Jorge. Ya me estaba aburriendo un poco…
– ¿Qué estás haciendo aquí? – preguntó Lencho.
– Ahora trabajo con las FES. ¡Soy radista!
– ¿Te gusta el trabajo?
– ¡Claro que sí! Es más interesante que estar contando balas con Emeterio.
– Ja, ja, ja – reía Lencho, desabotonándose la camisa militar.
– ¿Y tú qué haces?
– Pues,...aquí trabajando con estos compas...
Lencho señaló con un gesto bucal, muy típico entre los salvadoreño, apuntando con los labios al grupo de guerrilleros que se encontraban sentados en el suelo bajo la sombra de los naranjos.
– Vamos a bañarnos – invitó Lencho con la camisa sudada en la mano.
– Vamos, pues– contestó Jorge recordando que ya tenía cuatro días de no bañarse.
–Eh, compas, vamos a bañarnos – propuso Lencho dirigiéndose a los zapadores.
– ¿Adónde vamos? – preguntó Jorge.
– ¿Cuál es el que tiene más agua?
– Me imagino que el de allá abajo – contestó Jorge señalando con el índice el lugar.
En El Alto había dos pozos de agua. Ambos estaban retirados del campamento.
– ¡Compas! Este es Jorge, el radio-operador de las FES – comentó Lencho a sus compañeros.
– Hola, soy Arnulfo.
– ¡Qué ondas! Soy Frank.
EI más joven de todos era Frank. La cara de niño armonizaba con la cabellera rizada, las espinillas en la frente y en la mejilla delataban el período de desarrollo biológico en que se encontraba. Todos lo llamaban el “bicho Frank”, que en salvadoreño tenía la connotación de “niño”. Los cuatro guerrilleros se dirigieron cuesta abajo buscando la frescura del agua. Lencho y Jorge continuaron conversando durante el resto del día. Jorge lo bombardeaba constantemente con preguntas.
– ¿Cómo hay que comportarse en los bombardeos? – preguntó Jorge sin disimular su preocupación.
– En primer lugar – dijo Lencho, no salir corriendo a lo loco. Tenés que escuchar primero el ulular de la granada, pues eso te indica la dirección que lleva el proyectil. El mortero – continuó hablando – tiene la ventaja que te permite escuchar la explosión de la carga impulsora. Si se escucha la detonación significa que la granada caerá en otro lugar.
– ¿Y sí no se escucha?
– Puede significar dos cosas: o te cae encima o caerá en las cercanías.
– ¡A la puta! – exclamó Jorge.
– Por eso te digo que hay que quedarse tranquilo primero para escuchar bien. Sí las granadas están cayendo cerca, tenés que tenderte en el suelo y abrir la boca. Los morteros en realidad son inofensivos, los bombardeos de los Fouga y los A-37 son mucho más peligrosos – advirtió.
– ¡Puta, inofensivos! – gruñó Jorge pensando en las dieciocho víctimas del Alto.
– Para que un mortero te caiga, el enemigo tiene que conocer exactamente tu posición y eso es muy difícil. Ellos disparan a los lugares donde suponen que están los campamentos ¿Cómo van a saber que estamos en estos momentos viviendo en esta casa?
– En realidad tienes razón, pero yo sigo teniendo miedo.
– Miedo tenemos todos. Solamente quien logra vencer el miedo puede considerarse valiente...

A lo lejos se escuchaban las detonaciones de las bombas de 500 libras arrojadas por los aviones caza de la fuerza aérea salvadoreña. Guazapa estaba siendo atacada por décima vez. Desde el campamento de El Alto se distinguía en la lontananza el pico del Roblar, la parte más elevada del complejo montañoso del cerro de Guazapa. En ese lugar se encontraba el campamento guerrillero del Roblar, bastión indoblegable de la guerrilla salvadoreña. Por su cercanía a San Salvador, el frente central Modesto Ramírez era la espina revolucionaria enclavada en territorio controlado por las tropas gubernamentales. Desde la ofensiva rebelde de enero de 1981, el alto mando castrense había intentado infructuosamente ocupar los campamentos guerrilleros instalados en el cerro de Guazapa y sus alrededores.

Jorge había logrado interceptar las comunicaciones enemigas.
EI radio-operador reportaba al puesto de mando la destrucción de una tanqueta.
Al otro extremo de la línea, la voz colérica de un coronel ordenando el rescate de la tanqueta y la respuesta nerviosa del soldado informando que los guerrilleros se encontraban por todos lados. Ni la primera brigada de infantería al mando del coronel Blandón ni el batallón elite “Atlacatl” lograron recuperar el vehículo averiado.
El impacto certero de la granada anti–tanque del RPG–2 había puesto fuera de combate al vehículo de guerra.
Jorge anotaba en un cuaderno las comunicaciones interceptadas, cuando en ese precisio instante el estallido de la carga impulsora de un mortero 120 lo obligó a lanzarse en picada al tatú. La casa donde se encontraba estaba ubicada en las cercanías del campamento provisorio de las FES.
Cuatro granadas explotaron en la cancha de futbol sin causar ningún daño en la población civil. A pesar de los consejos de Lencho, Jorge se encontraba sumamente alterado por los constantes bombardeos, el nerviosismo iba aumentando a medida que el día transcurría. El estado de alerta permanente ocasionaba la falta de apetito y la angustia inconsciente de no poder alcanzar a percibir la primera detonación. Eran los efectos de la guerra psicológica.

La tabla de madera prensada “Playwood”, que ahora servía de cama a Jorge, había sido en épocas de paz una mesa de pimpón. Jorge extendió el plástico marrón y colocó la mochila a modo de almohada. Lencho se quedó dormido de inmediato y comenzó a roncar a todo gaznate. Jorge extrajo el pequeño radio-transmisor con el deseo de escuchar música. Todas las emisoras salvadoreñas estaban en cadena, trasmitiendo la declaración oficial del gobierno salvadoreño leída por el Presidente Álvaro Magaña en relación a la propuesta del Frente Democrático Revolucionario/Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FDR/FMLN) de formar con todos los partidos políticos un gobierno de amplia participación. La propuesta fue rechazada tajantemente por el Presidente interino de la Junta Cívico-Militar. Los últimos acordes del himno nacional salvadoreño se perdieron en el éter. 

Jorge apagó la radio y se levantó para tomar un trago de agua. El guerrillero que estaba de guardia al sentir movimiento se acercó a la casa-cuartel. 
– ¡Regáleme un cigarro, compa Jorge!
– Está tranquila la noche – comentó Jorge al tiempo que tomaba la cajetilla y sacaba dos cigarrillos.
Jorge regresó al corredor y volvió a tenderse sobre la tabla.
– ¡Eh compa Jorge! ¡Su turno!
– ¿Qué hora es? – preguntó Jorge.
– Las dos de la mañana.
Jorge comprobó la hora. Sucedía que a veces los guerrilleros adelantaban intencionadamente los relojes. La noche estaba fría. La trinchera de piedra, a la vera del camino que conducía al Portillo del Norte y a San José Cancasque se encontraba a veinte metros del campamento. El canto de los grillos acompañaba por momentos los cabezazos soñolientos de Jorge. Las luciérnagas borrachas de tanta tranquilidad iluminaban la noche oscura. Una cotuza pasó corriendo perseguida por un gato montes. Jorge se despertó asustado. El corazón le latía agitadamente. Pensó que quedarse dormido en la posta podía significar la muerte. Se puso de pie y comenzó a moverse de un lado a otro. La hora y media de guardia había llegado a su fin.
Lencho continuaba roncando como un lirón. Tal vez soñando con sus hijos, a lo mejor viéndose estudiante en el instituto, o tal vez haciéndole el amor a su compañera. Jorge se cubrió con la colcha y se durmió.


Cierto día llegó al campamento, un guerrillero llamado Eugenio, quien trabajaba en la sección de logística. Se comentaba entre la tropa que Eugenio era el hermano menor de dos importantes comandantes guerrilleros de las FPL. Había llegado al campamento de El Alto con la noticia de la emboscada guerrillera en Los Corrales. Las unidades de vanguardia y las FES habían emboscado a una compañía del batallón “Sierpes” que se trasladaba al municipio de San José Las Flores. El sitio “Los Corrales” estaba ubicado en las cercanías del río Guancora. Gonzalo, el negro Soto, Tino, Jorgito, todos ellos guerrilleros de las FES, habían resultado heridos cuando intentaron lanzarse al asalto y recuperar el armamento que yacía sobre la calle. La emboscada le había costado al enemigo más de setenta bajas efectivas entre muertos y heridos.

Eugenio era bromista y dicharachero. Entabló rápidamente amistad con Jorge. En los días siguientes, Jorge se enteraría por medio de él, de las diferencias ideológicas al interior del partido. 
– Yo siempre pensé que en las FPL existía la homogeneidad ideológica – comentó Jorge.
– ¡No, no qué va!– respondió Eugenio. En las “F” existen dos tendencias: la tendencia “Let it be” y Marcial.
– Jorge se largó a reír al escuchar la definición peyorativa de “Let it be”.
– ¿Qué quieres decir con eso? – preguntó.
– Son los Comandantes jóvenes – contestó, sin ocultar la sonrisa. Pero esto te lo cuento sólo a ti...
– Jorge no comprendía las razones que motivaban a Eugenio a contarle estas cosas, supuestamente tan compartimentadas. Eugenio pertenecía a la misma generación de los que él llamaba la mara[3] "Let it be".
– ¿Y tú cómo sabes todas esas cosas? – preguntó Jorge.
– Es que yo también soy miembro del Consejo Revolucionario – dijo.
Jorge no salía de su asombro. Sin embargo, le pareció muy extraño "la franqueza" de Eugenio, tomando en cuenta que dentro de las "F", la compartimentación de la información era una medida de seguridad que se cumplía al pie de la letra. 
– ¡No me digas! – exclamó Jorge, poniendo cara de baboso.
– Lo que pasa es que estos me han sancionado – continuó diciendo.
La forma de acentuar la palabra “estos” explicó a quienes se refería.
– ¿Por qué te han sancionado? – insistió Jorge
– Yo recibí la orden de Marcial de salir fuera del país a que me operaran – explicó Eugenio. Pero "ellos" insisten en que no es cierto y por eso me han sancionado. 
– ¿Pero tú no has protestado?
– ¡Cómo no! Pero como "ellos" son los que ahora mandan acá – contestó con desdeño – que más puedo hacer.
– ¿Pero cómo es posible que ellos desconozcan la orden de Marcial? – preguntó Jorge, sin comprender en realidad la situación.
– Cuando venga Benito se va a aclarar la situación...
Eugenio se refería al médico cirujano, jefe del servicio médico del frente norte, quien al parecer estaría enterado de la orden de Marcial.
Jorge jamás se enteró de la verdad.



[1] ORDEN: Organización Democrática Nacionalista. Grupo paramilitar de extrema derecha fundado en el los años sesenta del siglo pasado.
[2] Manuelón: Jesús Chicas Cartagena, caído en combate durante el asalto guerrillero a la Central Hidroeléctrica “El Cerrón Grande” en 1984.
[3] Mara en salvadoreño significa un grupo de jóvenes

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