domingo, 28 de octubre de 2012

Cerca del amanecer...9


XXIV. Invasión número tres

Los aviones llegaron a bombardear el campamento en el Volcancillo. Estaba claro: era la preparación aérea de la eminente invasión. Los morteros comenzaron a pasar silbando por la copa de los árboles. Las bombas de 500 libras explosionaban en los alrededores. En las trincheras cavadas recientemente se sentía con gran intensidad el vibrar de la tierra. Las granadas de los morteros caían mucho más abajo del campamento. A los pocos minutos de transcurrido el bombardeo los nervios se fueron calmando poco a poco, aunque el temblor natural de las piernas era difícil de controlar. EI estallido sordo de las bombas ya no asustaba a nadie. EI oído de Jorge se había habituado a la nueva situación y distinguía claramente la salida de los morteros. Después de diez minutos de inútil e intenso ablandamiento aéreo los aviones regresaron al aeropuerto militar de Ilopango.
Un proyectil de mortero 120 reventó en un árbol; éste crujió y quedó partido por la mitad, esparciendo sus ramas en la rojiza tierra. En la cabañita había dos sacos con carne seca. Memo había preparado días atrás carne seca “à la charqui” chilena. Los combatientes, no acostumbrados a ese tipo de conservación de la carne (carne secada al sol sin sal), prescindieron de ella. Jorge, por el conrtario, hizo de tripas corazón y llenó su mochila con la carne seca. En un tatú guardaron las máquinas de escribir requisadas en el Carrizal y muchas otras cosas más.
Jorge recibió la orden de trasladarse al puesto de mando del Estado Mayor. EI equipo de radistas se ubicó a lo largo de la trinchera. Los Comandantes Dimas Rodriguez y Jesús Rojas[1] se encontraban en el puesto de mando puntualizando los últimos detalles de la maniobra de repliegue táctico-operativa. Jorge divisó, desde su puesto de vigilancia, una columna que se desplazaba desde las elevaciones que tenía al frente en dirección al puesto de mando de la Comandancia.
– ¡Comandante Dimas! ¡Comandante Dimas! Una columna viene bajando de la montaña gritó Jorge, en el preciso momento en que Dimas leía un mensaje en el cual le informaban que el enemigo avanzaba por el sector que defendía el pelotón tres. El comandante pensó que podría tratarse del enemigo y ordenó la retirada.
– Jorge, !vaya adelante! – ordenó el jefe guerrillero.

Jorge obedeció sin rechistar la orden del Comandante, a pesar de estar consciente deI peligro. Quitó el seguro al M-16 y lo preparó para “tiro automático”. Despacio y muy atento fue avanzando por la vereda. Marito venía unos metros detrás de él. Ambos conformaban la vanguardia. EI camino que bajaba de la montaña y la vereda convergían en el punto conocido como EI Portillo. Llegaron al cruce de los caminos y todo pareció estar en orden. Jorge esperó en ese lugar a la Comandancia, mientras Marito se adelantó hasta alcanzar las próximas elevaciones, donde se encontraban los pelotones del destacamento dos. Por la tarde, la Comandancia se retiró a esas elevaciones con el propósito de replegarse escalonadamente. En ese lugar, el comandante Dimas formó y arengó a la tropa, haciendo hincapié en que no se trataba de una “guinda”.
Las “guindas” significaban, en el lenguaje guerrillero, escapar a toda costa evitando chocar con el enemigo sin oponer resistencia. En esos momentos era necesario romper con ese concepto derrotista.

Los combates disminuyeron conforme atardecía. Al día siguiente por la mañana, se dirigieren rumbo a la Burrera. Durante todo el día se combatió en los alrededores deI Volcancillo. A lo lejos se escuchaban las detonaciones de los “noventa” y las ametralladoras M60. Ocultos dentro deI monte, los guerrilleros improvisaron un campamento para pasar la noche. EI amanecer fue anunciado con una lluvia de morteros. Las granadas caían en el campamento donde habían pasado la primera noche. En la tarde deI tercer día de invasión, la Comandancia decidió retirarse rumbo al Conacaste. Alrededor de las cinco y media de la tarde, la columna compuesta por el mando estratégico y la Plana Mayor deI frente norte comenzó a descender de las elevaciones de la “Burrera”. Jorge interceptó las comunicaciones enemigas. En Las Vueltas había una compañía deI batallón Belloso. EI teniente, quien había detectado el desplazamiento de la columna pidió a gritos al cuartel de Chalatenango que bombardearan a los guerrilleros.
– ¡Se nos van los hijos de puta!– gritó furioso el oficial. Van en dirección a La Laguna seca...
De haber sabido el tenientillo que en la columna guerrillera se encontraba el mando estratégico deI frente norte Apolinario Serrano, hubiera llamado personalmente, tal vez hasta  al mismo General Guillermo García.
Dimas ordenó a la vanguardia tomar posiciones en las alturas a lo largo de la calle que comunica el caserío EI Zapotal con Las Vueltas. Allí en ese lugar y tendidos en los zacatales esperaron hasta que oscureciera.

EI cielo bañado en estrellas era el hermoso lienzo que cubría las montañas. Andrómeda coqueteaba con Perseo, mientras la Osa Mayor los contemplaba extendiendo su cola de ardilla. Una estrella fugaz salió corriendo perseguida por un meteorito travieso que la invitaba a danzar un valse celestial en la tranquila noche. Era la sinfonía infinita de miles de soles que arrullaban con su luz el inquieto sopor guerrillero. Los diez minutos de descanso volaron como cometas. Los cansados guerrilleros fueron levantándose uno a uno; parecían los anillos de una enorme serpiente ondulante que se prepara para continuar la marcha. Era menester y estratégico llegar al Conacaste antes del amanecer. La sed quemaba las gargantas resecas, los pies arrastraban lastimosamente las piedras que a su paso encontraban. Al atravesar la columna un riachuelo, cada uno de los combatientes hacía un alto para beber de aquella agua turbia y lodosa. A las dos de la mañana, el grueso de la columna llegó al Conacaste. Las casas vacías deI caserío se vieron repentinamente abarrotadas de guerrilleros agotados. El ulular de los proyectiles despertó a la tropa que aún se recuperaba del cansancio. Eran las seis de la mañana. La artillería enemiga disparaba desde la calle de tierra del Zapotal; los observadores apostados en la elevación conocida como “EI Picacho” corregían los disparos. Las dos primeras granadas cayeron delante deI caserío, las dos siguientes un poco más atrás. Los dos morteros “81 mm” concentraron fuego sobre el Conacaste. En cosa de segundos los guerrilleros abandonaron el lugar y se pusieron a salvo fuera del alcance de los morteros. En el aire sobrevolaba la “Paciencia”, llamado así por volar a baja velocidad. Era el avión explorador, conocido también como la “Carreta”. Portado de lanza-rockets, la “Paciencia” era un avión tipo Push and Pull que antes de disparar, desconectaba sus motores hélice. La “Carreta” no asustaba ni a los niños, quienes al verla aparecer en el horizonte comenzaban a gritar: ¡Allí viene la “Paciencia”!Allí viene la “Paciencia”!

La espesura deI monte ocultaba a la columna guerrillera de los ojos electrónicos del avión explorador que infructuosamente buscaba algún movimiento delatador. Por la tarde llegó la noticia que el enemigo se desplazaba de Ojos de Agua hacia Las Vueltas. Dimas ordenó inmediatamente al pelotón dos del destacamento uno al mando del “zarco” Samuel, tender una emboscada de aniquilamiento. AI parecer el enemigo comenzaba a replegar sus fuerzas. Ese fue el bautizo de fuego del batallón Ramón Belloso. La compañía fue sorprendida a la altura del Picacho. En la polvorosa y blanca calle quedaron tendidos los cuerpos inertes de muchos soldados, cuya única gloria había sido la de asesinar a niños y mujeres indefensas que habitaban en las zonas bajo control guerrillero.
En esa acción, la guerrilla recuperó un cañón 90 mm y gran cantidad de armamento y uniformes. La emboscada fue el golpe de gracia a la invasión que todavía estaba en marcha, pero cada vez con menos fuerza y entusiasmo por parte de las tropas gubernamental.

La buena nueva llegó como bálsamo, pero todavía había que permanecer oculto, puesto que se corría peligro de ser detectados por el enemigo. En la pendiente cubierta por la maleza conversaban  German, Julio, Marito y Jorge. Hablaban acerca de las relaciones sexuales en el frente.

– EI problema es que aún conservamos resabios de la moral burguesa – comentó Jorge. Entonces de manera inconsciente, separamos las relaciones sexuales de la lucha de clases...
– Lo que pasa es que vos querés implantar el amor libre – intervino German.
– Yo pienso – dijo Marito –que nuestro pueblo tiene costumbres morales distintas a los países europeos...
– ¡Pero si no se trata de imponer ninguna costumbre extranjera! exclamó Jorge.
– ¿Entonces? – preguntó Julio al tiempo que guiñaba un ojo a Marito.
Jorge, que se había percatado deI acuerdo silencioso entre Julio y Marito, no le dio importancia al hecho y sin reparar en formas diplomáticas argumentó su pensamiento, a sabiendas que se trataba de una provocación. Era evidente que querían que se fuera de lengua.
– De lo que se trata más bien es de desarrollar nuevos valores morales – comenzó diciendo. Valores que correspondan a nuestra ideología.
– ¿Querés decir que no tenemos moral revolucionaria? – preguntó Julio sin ocultar su ironía.
– Estrictamente hablando, sí. Yo pienso que la mayoría de nosotros aún no ha desarrollado una verdadera moral comunista – contestó Jorge.
– ¡Cómo es posible, compa Jorge, que usted pueda afirmar tal cosa! – exclamó ofendido Marito. ¡Nuestro partido siempre se ha caracterizado por sus principios ético-morales!
– No dudo que desde el punto de vista teórico se hable de valore morales revolucionarios – contestó Jorge, pensando en Carmen, la compañera violada por Raúl. ¿Cómo es posible que un cuadro dirigente arengue a la tropa acerca de la moral revolucionaria? Mientras en la práctica se niega a sí mismo – concluyó Jorge.
– Concretizá un poco – exigió Julio mostrando irritación. ¿De quién estás hablando?
– Te voy a dar dos ejemplos – contestó Jorge, seguro de tener un gran repertorio. ¿Qué me dices del caso de Raúl?
– El compa ya fue sancionado – contestó rápidamente Marito.
– ¿Y cuál fue la sanción? – preguntó Jorge provocando.
– Esas cosas son compartimentada s – argumentó Julio. ¿Y vos cómo sabes eso? – inquirió.
– En primer lugar, eso un secreto a voces en el frente. Además, yo mismo fui testigo de la violación, pero eso no tiene ninguna importancia. Pero no sólo fue esa situación... también quiso abusar de una compañera sanitaria. ¿Cómo se llama la compita? – preguntó Jorge dirigiéndose a German quien escuchaba la conversación sin interés alguno.
– Yo no sé de quien estás hablando – contestó ocultando deliberadamente el nombre.
– La compa que usa anteojos...la flaquita esa... ¿cómo se llama? Florcita creo…Bueno. No importa, qué más da. ¡Imagínense, es casi una niña...!
– Pueda ser que el compa este enfermo – comentó Marito.
– Entonces hay que curarlo y prohibirle que hable de moral revolucionaria. ¿No le parece?
– ¿Y el segundo ejemplo? – preguntó sarcástico Julio.
– En el frente externo trabajan cualquier cantidad de compañeros cuyo lema es: ¡Haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago! – respondió Jorge. Pero creo que no tiene sentido seguir hablando de estas cosas, pues podríamos pasar horas enteras presentando ejemplos.
– AI escucharlo hablar, da la impresión que usted es el único que tiene una moral revolucionaria por estos lados – comentó Marito.
– ¡Nada que ver! Al contrario, reconozco que también estoy lleno de prejuicios, pero tampoco voy dando clases de moral revolucionaria como hacen algunos...
– ¿Qué propones entonces? – insistió Julio.
– Primero, reconocer que todavía estamos influenciados por la moral burguesa, y segundo, que aceptemos que aún tenemos muchos prejuicios con respecto al sexo.
– ¿Cuáles serían los prejuicios? – preguntó Marito.
– Hace poco llegó a mis manos un documento del partido titulado: "Las relaciones afectivas de los revolucionarios". En resumidas cuentas, lo que ese documento propone es que hay que estar casado primero para poder tener relaciones sexuales. ¿No cree usted Marito que es un prejuicio camuflar las relaciones sexuales dándoles el nombre de relaciones afectivas?
– A mí me parece que no – contestó.
– ¿Por qué?
– Porque las relaciones afectivas son más generales que las relaciones sexuales – señaló Marito.
– Pero en ese documento de lo que se habla concretamente es de las relaciones sexuales. En el fondo se mantiene la concepción religiosa-burguesa del “matrimonio legal". ¡Quién no está casado no puede copular con la compañera! ¡Como sí el coito fuera pecado! Esa es la verdad – manifestó Jorge.
German soltó una sonora carcajada.
– ¿No es eso un prejuicio?
– Lo que pasa es que a usted le gusta el libertinaje – argumentó Marito.
– No es cuestión de libertinaje ni mucho menos. Se trata de tener una relación sana con respecto al sexo. A ese documento lo único que le hace falta es recomendar el celibato y la virginidad como las condiciones necesarias para ser verdaderos revolucionarios. Eso es tener una mentalidad medieval, pero sobretodo católica. Las relaciones sexuales son tan naturales como comer y reír. En lugar de andar prohibiendo las “relaciones ilícitas” entre los compas, deberíamos fomentar la interpretación correcta de las relaciones sexuales y la utilización medios anticonceptivos.
– Lo que pasa es que vos estás muy europeizado – manifestó Julio.
– Pueda ser. En todo caso, no estoy de acuerdo con ese documento. Al respecto, he escrito un documento donde señalo a mi juicio las debilidades ideológicas que padece ese documento...
– ¡Interesante ¡– dijo Julio. ¿Por qué no me lo prestás?
– Claro. Cuando regresemos a la montaña te lo paso. Lo tengo entatusado.

Jorge sabía que Julio no sería el único que leería el documento y eso era precisamente lo que buscaba. En algún momento llegaría hasta los oídos de los máximos dirigentes. EI documento oficial criticado por Jorge había sido elaborado por la Comisión Nacional de Educación Política-Ideológica deI partido, en la cual había con seguridad más de algún exsacerdote.
De no ser por “La Paciencia” que pasó volando tan bajo, la discusión hubiera continuado, aunque a decir verdad, Julio y Marito a esas alturas de la discusión ya habían perdido la paciencia con el libertino Jorge.
AI día siguiente, regresaron al campamento de La Laguna. La invasión había concluido. Después de la emboscada a la altura del Picacho, el enemigo retiró sus unidades militares utilizando un puente aéreo. Los helicópteros aterrizaban en Ojos de Agua y desde allí transportaron a los soldados al cuartel “La Sierpes” en Chalatenango.

XXV. De regreso al campamento de La Laguna

La sección de información y comunicaciones ocupó el antiguo local de Ramiro. Todo parecía lo mismo. Las operadoras se ubicaron en sus antiguos puestos. Sin embargo, en el ambiente reinaba un clima de tensión y de desconfianza inconsciente hacia el nuevo jefe. Aún se sentía la presencia de Ramiro. No sería tarea fácil mantener sólo con mística lo alcanzado con paciencia, tolerancia y sabiduría. Marito estaba más preocupado, al parecer, de cuidar la “supuesta” virginidad de las radistas, que de elevar la calidad del trabajo.
Jorge había regresado al campamento de La Laguna después de más de dos meses de ausencia. Algunas casas habían desaparecido del terreno. En el camino que conducía al pozo de agua se encontró con Giovanni, el joven médico, quien le relató lo sucedido con el hospital durante la penúltima invasión: “...el enemigo había bombardeado durante toda la mañana. Más tarde llegaron los helicópteros a barrer con las M60. Cuando escuchamos el ruido del huesudo, todo el mundo salió a esconderse en los tatús. Seguramente el piloto vio cuando la gente corría a protegerse. Soltó una bomba que cayó en la entrada de un tatú. De toda la gente que se había refugiado allí, solamente un niño resultó herido. Estaba bastante grave y lo trajimos al hospital. Por la tarde apareció nuevamente el helicóptero. Pedrito[2] y yo estábamos en la cocina. En el cuarto grande estaba la mamá del niño herido cuidándolo. De repente escuchamos el silbido de las bombas y nos tiramos instintivamente al suelo. Lo único que sentimos fue el temblor de la tierra. Cuando nos levantamos, la casa había desaparecido. Entre los escombros estaba la madre abrazando al hijo. Los dos estaban muertos..."

EI cuadro que presentaba el terreno vacío era muy tétrico. Lo único que estaba en pie era la pequeña cocina. EI resto era un montículo de teja y tierra blanca. En el portón de la casa había un árbol enorme de mango que tenía desde las raíces hasta la copa un color café quemado y estaba lleno de miles de agujeros; la otra mitad del árbol había sobrevivido a la onda expansiva de las bombas. La Laguna se había transformado en un pueblo fantasma, donde la muerte estaba dibujada en cada rama, en cada arbusto, en cada casa…Era el tributo que había que pagar para alcanzar la justicia social y económica en El Salvador.

Jorge y Marito discutían mucho y muy pocas veces estaban de acuerdo. Ambos defendían posiciones diametralmente opuestas. Mientras tanto, al margen de discusiones vanas y algunas veces hasta absurdas, eI tiempo pasaba lento y pegajoso. El ocio y la inactividad operativa en la guerra son el caldo de cultivo del relajamiento y la inconformidad. Las horas se llenaban de hastío. EI ácido de la pereza corroía los minutos. La soledad cabalgaba por los montes triste y acongojada, mientras los pensamientos sumergían en las turbulentas aguas deI libertinaje. Las serpientes marinas preñadas de incertidumbre se revolvían en las sombras del pasado. Burlona reía la tristeza y las distancias se alargaban al vaivén de la hamaca. La paciente hormiga constructora de porvenires, labradora de arrozales, vencedora deI tiempo y el espacio, se había emboscado en los rincones de la inercia. La inquietud se perdía en la espera. Las arenas movedizas se tragaban preguntas y respuestas, desapareciendo y volviendo a resucitar fortalecidas. EI tiempo se arrastraba como lagarto viejo y cansado, el verde milenario de su espalda llenaba el espacio de los recuerdos y olvidos. EI monstruo se metía tan adentro de las entrañas que no podía escapar; forcejeaba las paredes de la razón procurando por la fuerza romper la resistencia humana. Así quedaron frente a frente, el Hombre convertido en bestia y el tiempo, luchando por el espacio vital de la existencia.

Jorge seguía sin tener una tarea concreta. Los días transcurrían y el témpano de hielo que lo separaba de su jefe se hacía cada vez más grande y frío. Pero al margen de las relaciones entre jefes y subordinados, la guerra continuaba con fuerza arrolladora. EI enemigo había abandonado los puestos militares del Carrizal y Ojos de Agua, lo cual permitía el contacto directo de la guerrilla con la población de esa zona.  El Coyolar, caserío ubicado en las cercanías deI Zapotal, estaba ocupado por unidades milicianas bajo el mando de Lencho. Prácticamente la subzona dos se encontraba bajo control guerrillero. Solamente quedaban seis puestos militares: San José las Flores, Guarjila, EI Jícaro, Las Vueltas, Potonico y San José Cancasque.
Desalojando al enemigo en esas zonas, el departamento de Chalatenango quedaría dividido en dos partes. Un Chalatenango rebelde y el otro gubernamental.

Los rumores de un operativo militar al puesto de Guarjila habían llegado a los oídos de Jorge.
– Mire, Jorge. Usted participará en una tarea – dijo Marito.
– ¿Qué tengo que hacer?
– Eso lo sabrá a su debido tiempo. Hoy por la tarde tiene que presentarse en el Roble.
Marito salió de prisa deI cuarto y se dirigió al Estado Mayor.
– Este cabrón realmente es ridículo – comentó Jorge dirigiéndose a Samuel que compartía por esos días la casa-cuartel con la sección de información y comunicaciones. Samuel era un hombre de confianza del Comandante Dimas. Había sido jefe deI pelotón dos y del pelotón de armas de apoyo. Actualmente sustituía a German como jefe interino de la sección de operaciones.
– Ja, ja, ja – rio Samuel, mientras se balanceaba en la silla, llevándose las manos a la nuca.
– Demasiado místico este Marito – dijo Jorge.
– Yo se cuál tarea te toca hacer – comentó Samuel. Tenés que hacer un croquis de Guarjila...
– ¡Aleluya! ¡La santa compartimentación! – exclamó Jorge sarcástico.
Por la tarde, Jorge se dirigió al local del Roble. En el camino se encontró, para su sorpresa, a Eugenio. Desde los días del Alto lo había perdido de vista.
– ¡Puta, Eugenio! ¿Qué te habías hecho? ¿Cuándo llegaste? ¿Cómo estas?
– Más o menos – respondió Eugenio con un gesto de desdén.
– ¿Cómo sigues de las almorranas?
– Siempre me joden. No puedo comer nada que contenga grasa – comentó.  ¿Y a vos cómo te va? Te ves bien...
– No creas. Estoy trabajando en la sección de información pero lo que menos hago es trabajar...
– ¿Yo pensé que seguías en la FES? – preguntó.
– ¡Qué va! La verdad es que no se por qué putas me quitaron de allí. AI menos en las FES aprendía algo nuevo todos los días. Ya tengo más de seis semanas de estar en la sección y lo único que he hecho es pelearme con el jefe...
– ¿Quién es tu jefe?
– Uno que ha llegado hace poco. Se llama Mario.
– ¿Bajito y colochito?
– Ese mismo. Acá le decimos Marito – respondió Jorge.
– Lo conozco.
– ¡Es tan esquemático! Más cerrado que niña virgen. Me tiene hasta la coronilla con la mística revolucionaria. Yo creo que hasta los pedos se los tira con mística...
– Vos sos desvergado – dijo Eugenio. Mira que te van a sancionar los “Comanches” – comento riéndose.
– A estas alturas de la vida...!me vale verga!
– Mirá que las sanciones están de moda – advirtió amenazante Eugenio.
El comportamiento y apariencia de indicaba que Eugenio no estaba pasando emocionalmente por buenos ratos. EI rostro expresaba un estado depresivo y de resentimiento.
– Los “comanches” me degradaron a nivel de combatiente – expresó sin ocultar un gesto de disgusto.
– ¿Por qué?
– No sé…
Eugenio ocultó deliberadamente la verdad de los hechos. Eugenio abandonó sin permiso el frente, hecho que era considerado como deserción.
– ¡Vale verga! – dijo. Si tengo que comenzar como combatiente, lo voy a hacer.
– A Netón parece ser que también lo han sancionado – comentó Jorge.
– Así parece – contestó Eugenio.

EI ataque al puesto militar de Guarjila le correspondió a la columna guerrillera número uno. A pesar de ser Lencho el jefe de la columna guerrillera, el ataque estaría dirigido por Ramón, destacado jefe guerrillero muy conocido en el frente norte.
Por la noche, las escuadras se dirigieron a ocupar sus posiciones de combate. Debido a la cercanía del lugar, el acercamiento se realizó alrededor de las once de la noche. Lencho no permitió que Eugenio combatiera. Los combates comenzaron a las dos de la madrugada. Alas cinco de la mañana todo había pasado.
– ¿Dónde está Lencho? – preguntó Jorge.
– Yo creo que se fue al pozo – indicó “cobija”, un guerrillero de corta edad, pero con cara de viejo, estirando los labios a la usanza salvadoreña.
Lencho aprovechaba el tiempo para refrescarse un poco. Ya se había bañado en la enorme pila de Guarjila cuando llegó Jorge.
– ¿Como salió la cosa? –preguntó.
– Bien – contestó Lencho. Algunos soldados lograron escaparse agregó, al tiempo que se tendía en el suelo a la par de Walter, quien descansaba junto al cañón “57 mm”.
– ¡Los hiciste mierda! – exclamó Jorge dirigiéndose a Walter.
La granada deI cañón, disparada por Walter, había entrado por el techo de la comandancia donde cinco soldados habían buscado refugio. Los cinco quedaron totalmente destrozados. Lencho se quedó dormido junto al M16. Walter y Jorge regresaron al caserío.
Jorge, hágase cargo de los prisioneros de guerra – ordenó Marito.
Los cinco soldaditos se encontraban sentados sobre las raíces de la ceiba real que con sus ramas frondosas cubría gran parte de la placita de Guarjila.
– ¡Capturamos a uno! – gritó un guerrillero mientras empujaba con la punta del FAL a un soldado semidesnudo. Solamente le habían dejado los pantalones, que estaban prácticamente deshechos por las esquirlas.
– ¿Quién es? – preguntó Jorge a un soldado herido.
– Ese es el cabo – contestó con voz suave.
– Tráiganlo para acá – gritó Jorge.
– ¿Cómo te llamas?
– Tomás – respondió asustado.
– ¿Cuál es tu rango?
– Soy recluta. Hace tres meses que me reclutaron a la fuerza – contestó.
– ¡Pobrecito el niño! – exclamó Jorge lacónico.
Ramón se acercó a Jorge.
– ¿Has visto a Lencho? – preguntó.
– Está en el pozo – contestó Jorge.

Ambos se dirigieron a buscar a Lencho, quien aún continuaba tendido en el suelo cuan largo y redondo era. Hubo necesidad de echarle unas gotas de agua en la cara para que se despertara.
AI cabo de unos minutos llegó Héctor, jefe deI pelotón uno de la columna guerrillera y se unió al grupo.
– Puta, Lencho – dijo Jorge. A ti te cogen dormido y ni cuenta te das…
Entre risas y carcajadas se escuchó una voz que salía de los arbustos cercanos a la pila de agua, diciendo: Eh, compas, ¡no disparen ¡ Me rindo, me rindo…
Todos miraron sorprendidos hacia el lugar de donde un soldado con el fusil en alto salía de su escondite.
– ¿Desde cuándo estás allí? – preguntó Ramón.
– Desde que comenzó el vergaceo – contestó el soldado.

Posteriormente, durante los interrogatorios a que fue sometido por Jorge, el soldadito comentó que bien pudo haber dado muerte a Lencho, cuando éste se quedó dormido. Pero no tuvo valor de hacerlo…

Dos semanas más tarde, las Unidades de Vanguardia atacaron exitosamente las instalaciones militares de Potonico, punto estratégico del enemigo situado a tan sólo cinco kilómetros de la presa hidroeléctrica deI Cerrón Grande. La planta hidroeléctrica estaba defendida por una compañía del cuartel de Chalatenango y una sección de la Guardia Nacional.
Samuel fue el encargado de comandar la emboscada de contención apostada en las cercanías de la presa. EI mando guerrillero había previsto que los refuerzos del enemigo llegarían precisamente desde ese lugar debido a la cercanía.
EI puesto de mando estratégico se ubicó en EI Alto. Desde el lugar se divisaba Potonico y la carretera que unía al pueblo con la central eléctrica.
Una escuadra de la FES, comandada por Manuelón estaba a cargo de la seguridad de los Comandantes Dimas y Jesús.
A las tres de la mañana el cielo se tornó naranja con las explosiones de las cargas acumulativas. La detonación de los “candiles” (granadas de mano artesanales) se escuchaba a lo lejos. La ametralladora M60 comenzó a hablar con su tartamudo lenguaje de fuego, mientras las ráfagas de los M16 delataban las posiciones de las escuadras  guerrilleras. Amaneció, y los combates aún continuaban. A las cinco de la mañana las luces de un vehículo en movimiento anunciaron la salida de los refuerzos. De pronto una explosión. Las luces del blindado dejaron de alumbrar. La mina antitanque había funcionado a la perfección. El combate en la emboscada había comenzado. A las nueve de la mañana los primeros aviones caza A 37 surcaron amenazantes el cielo. Las bombas arrojadas por los aviones cayeron en las elevaciones donde se encontraba la emboscada. El Comandante Dimas ordenó a Samuel permanecer en el lugar hasta nueva orden. Potonico aún no caía en manos de la guerrilla.

A la una de la tarde, Ramón comunicó por radio que Potonico estaba bajo su control. La sección de información se dirigió al pueblo. Jorge se encargó de dibujar el lugar y las trincheras del enemigo. La emboscada de contención evitó que los refuerzos del enemigo avanzaran por el camino. A las tres de la tarde, Samuel dio la orden de replegarse escalonadamente. EI enemigo comenzó a tomarse las elevaciones y avanzar rápidamente en dirección a Potonico. La gran cantidad de alimentos recuperados hubo que transportarlos en un camión hasta las faldas de la montaña.
A las cinco de la tarde los guerrilleros abandonaron el pueblo de Potonico. Veinte minutos después, una compañía del ejército salvadoreño retomó las posiciones. Jorge y Marito se encargaron de interrogar a los nueve prisioneros de guerra. Para Marito los interrogatorios era algo nuevo. Alejandro, el nuevo jefe de la sección política y personal, hizo acto de presencia y también conversó con los soldados. Alejandro y Marito, al parecer se conocían desde algún tiempo, pues se trataban con familiaridad.

Por la noche, Jorge extendió el plástico sobre el suelo deI corredor de la casa donde pasarían la noche.
– Compa, Jorge, ¿Puedo dormir a la par suya? – preguntó una guerrillera.
– Por supuesto – respondió Jorge, recordando que tenía más de diez meses de no dormir junto al cuerpo de una mujer. Las horas siguientes fueron de tortura y desvelo. La compita le había colocado la robusta pierna encima de las suyas.
Cuando Jorge le contó a Manuelón lo sucedido, éste le respondió: ¡Ay!, Jorgito, ¡usted por bruto no se la pisó!: ¡A mí no se me hubiera escapado! Y Jorge no dudó de sus palabras…



[1] Antonio Cardenal Calderas, ex seminarista jesuita nicaragüense muerto en una emboscada en las cercanías de Arcatao el 11 de abril de 1991. Conocido en el frente como “Chuzón”, debido a su gran estatura y fortaleza.
[2] Pedrito: Carlos Mauricio Linares Magaña

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