sábado, 8 de diciembre de 2012

Cerca del amanecer...15


XXXIV. Un médico internacionalista llamado Yoel

                     Yoel era su nombre de guerra. Se llamaba Charlo Reyes.

Por la tarde partió la columna guerrillera número uno bajo el mando de Felipón rumbo al Izotal. Una nueva ofensiva guerrillera clausuraría el año 1982. AI cabo de unos minutos, los combatientes pasaron de largo frente a la escuela militar. En el patio de la casa descansaban los nuevos reclutas que recientemente habían llegado de todos los rincones del país. Frank, Rafael y Nicolás saludaban a los guerrilleros cariñosamente. Jorge se detuvo un momento para conversar con los tres instructores. ÉI también tenía la responsabilidad de la formación político-ideológica de los futuros combatientes.

– ¿No tiene cigarritos, George?– preguntó el bicho Frank.
Jorge, que desde el “mini-chantaje” a Agustín estaba abastecido de tabaco, no vaciló en sacar dos cajetillas de Delta de la mochila.
– Toma, una para vos, la otra se la das a Rafael...
– ¡Muchas gracias, George! Cuídese mucho, ¿oye? No vaya a ser que me le den un semillazo por esos lugares – dijo Frank dejando entrever sus enormes dientes.
– Vamos a ver a quien le toca esta vez su turno – contestó Jorge, al tiempo que estrechaba fuertemente la mano del joven amigo y compañero.

Jorge aligeró el paso para ocupar nuevamente su puesto en el medio de la columna. Pasaron por el caserío El Común donde se encontraba el hospital militar y el destacamento cinco al mando del comandante Oscar.
Todas las casas del lugar habían sido ocupadas por las fuerzas populares. La calle de tierra que partía en dos al caserío comunicaba a Dulce Nombre de María con el municipio de San Fernando en la frontera con Honduras. Caminando por la calle, rápidamente llegaron al campamento del Izotal. Allí se encontraba concentrada la columna guerrillera número dos conducida por Héctor. La Comandancia lo había designado a él como jefe de la operación. Lencho ocuparía el cargo de segundo al mando.

22 de diciembre 1982: Héctor concentró a la tropa en la planicie del Izotal y entregó las raciones operativas. Minutos después daba el parte de guerra al Comandante Jesús, jefe del Estado Mayor. Héctor padecía de paludismo y la enfermedad se le veía en el rostro. Los intensos escalofríos y la fiebre ardiente lo tenían tan agotado, que a duras penas podía mantenerse en pie. Ante esta situación, el comandante decidió entregar el mando de la operación a Felipón, quien en un principio, no participaría en la acción. La decisión del alto jefe militar causó gran sorpresa a todos, pues de acuerdo a la jerarquía militar le correspondía a Lencho, como segundo al mando, asumir la conducción del operativo[1]. En un principio, el Estado Mayor de las FAPL tenía la potestad de designar como jefe de la operación a quien se le antojara la gana, y como siempre los combatientes daban rienda suelta a la imaginación. Se rumoraba entonces en la tropa que Lencho estaba sancionado por la comisión política del partido desde hacía ya varios meses; al parecer, habría expresado de manera muy liberal, que la compañera Lety estaba en un puesto de dirección, no por sus competencias político-militares, sino por los lazos familiares que la unían al Comandante Salvador Guerra. La “degradación” era una forma muy sutil de sancionar a los compañeros “liberales y rebeldes”. AI no poder prescindir de la capacidad de dirección de Lencho, las sanciones se limitaban a relegarlo siempre a un segundo o tercer plano dentro de la jerarquía militar. Para algunos jefes guerrilleros el “poder” tenía mucha importancia. Por el contrario, para otros, como Lencho, no tenía ningún valor. Él era muy apreciado en la guerrilla y en la gente de masa y Jorge había podido comprobar reiteradas veces el trato cariñoso y especial que recibía por parte de la población civil.

La marcha se desarrollaba sin mayores contratiempos. La columna avanzaba lentamente ascendiendo las montañas. A lo lejos se divisaba el pico del Pital, el cerro más alto en todo el territorio salvadoreño. EI bosque era frondoso y de vegetación espesa. EI frío de la montaña azotaba la magra piel guerrillera. Cerca de un claro del bosque, Felipón ordenó descansar unos minutos, los que Jorge aprovechó para colectar frambuesas silvestres. Miles de jugosos y diminutos gajos colgaban de los frambuesos. La ausencia de la civilización en esos lugares permitía el crecimiento espontáneo, salvaje y natural de arbustos, plantas, árboles madereros y frutales. Ni las espinas enormes de la acacia cornígera, que parecían cuernos de toro bravío ni las miles de hormigas carnívoras, impidieron que en cosa de minutos, aquellos arbustos vírgenes quedaran desnudos y destrozados por la voracidad guerrillera. Después de veinte minutos continuaron la marcha ascendente que poco a poco se fue transformando en descendente. Era el eterno sube y baja de la montaña y de la vida guerrillera.

Atardecía cuando Felipón ordenó detener la marcha, porque en ese lugar pasarían la noche. En pequeños grupos se fueron acomodando en el monte. Lencho y Jorge juntaron sus plásticos. Pronto se hizo de noche y lo único que brillaba en la oscuridad eran las brasas de los cigarrillos. Ellos se encontraban en un sitio seguro y por lo tanto, podían darse el lujo de fumar sin el temor de ser detectados por el enemigo.

– Lencho, ¿sabes que puesto vamos a atacar?
– La Palma – respondió suavemente. ¿Qué no sabías?
– ¡Y yo que putas voy a saber esas cosas! – masculló Jorge entre dientes sosteniendo entre sus labios el pitillo Delta.
– No te preocupés por eso – comentó Lencho.
– Fíjate Lencho, que Dimas no quiso que yo asumiera el cargo de político del batallón.
– Es que mirá Jorge, tanto vos como yo tenemos fama de ser criticones y eso no les gusta a ellos...
– ¡A mí me vale verga eso! Yo no pretendo escalar puestos. ¿Me entiendes?
– Yo te comprendo, pero la cosa acá funciona de otro modo – señaló Lencho.
– De eso me di cuenta ya hace mucho tiempo. Estoy seguro que si yo fuera más “manejable” o como ellos dicen “más humilde y proletarizado”, a estas alturas sería uno de los “ahijados” favoritos de algún comanche.
–Lencho se rio con ganas. ¿Sabes en verdad lo que piensan de nosotros?, preguntó con más seriedad.
– No, pero me puedo imaginar...
– Dimas dice que él nos tiene confianza, pero no le gusta la forma liberal en que hacemos la crítica...
– ¡A la puta! Ya aburren con la misma cosa. Desde que estoy en la montaña vengo escuchando el mismo sermón…
– ¿Vos no llegaste a conocer a “Chapael”? – preguntó Lencho, quien conocía de memoria las dificultades y sobre todo, la opinión de Jorge en asuntos partidarios.
– No, pero sé quién es él. Te refieres a Fernando, el que desertó el año pasado. ¿No es cierto?
– ¡Ese mero! – contestó Lencho. Pues ese hijo de puta era el “niño bonito” de algunos Comandantes. En la época en que “Chapael” estaba de jefe de la sección logística todo funcionaba por amistad y caudillismo. Toda la gente que trabajaba junto con él lo pasaba chévere.
– ¿Y por qué le pusieron Chapael? preguntó Jorge, pensando en la comida típica mapuche del sur de Chile, hecha de harina de trigo y papa, conocida como “chapalele” y sobre todo en la canción que cantaba su compañera, cuando él no quería levantarse de la cama:// Levántate, hombre flojo/salí a pescar/ salí a pescar/ que la mar está linda/ pa' navegar/ pa' navegar.// No puedo levantarme/ tengo mucha hambre/ y el pescar con fatiga/ va a malograrme/ va a malograrme.// Quiero comer curanto/ con chapalele/ milcao, chicha 'e manzana/ y aunque me vuele…
– Dicen que en Rusia existió un guerrillero muy famoso llamado Chapaev, conocido por su valentía y su rebeldía.
– ¡Ah, ahora entiendo, exclamó Jorge! Pero nuestro Chapael no le llegaba ni siquiera a los cascos del caballo de Chapaev – comentó socarrón Jorge, quien había leído el libro de Furmanov.
– Ya ves, pues. No obstante, ese cabrón era considerado un “cuadrazo” – agregó Lencho. ¡Era el niño bonito de todos!
– Hasta que desertó – agregó Jorge.
– Allí se terminó el famoso Chapael.
– Yo leí las declaraciones que dio en la Prensa Gráfica – interrumpió Jorge.
– Dicen que está trabajando con el enemigo – señaló Lencho. La invasión de octubre del año pasado fue poco después que “Chapael” desertara. EI enemigo sabía el lugar exacto donde estaba reunida la Comandancia General, además sabía que Marcial estaba en el frente...
– ¡Vale verga! – comentó Jorge mientras encendía un cigarro. Mejor durmámonos. ¡Para que putas seguir amargándonos la vida!
Lencho giró hacia la derecha sin decir una palabra.

EI 23 de diciembre lo pasaron ocultos entremedio de la maleza, esperando el atardecer para continuar la marcha en dirección a la Palma.
“Yoel”, el médico chileno, había ingresado al país junto con Jorge. Su nombre de guerra era una combinación de dos pronombres personales: yo y el. Esta era la primera vez que ambos participaban juntos en una operación y aunque habían entrado al Apolinario Serrano en el mismo tiempo, nunca habían tenido la oportunidad de conversar detenidamente. Hacía un par de semanas que fungía como jefe del grupo de sanitarios operativos. Portaba un viejo FAL. Durante la marcha conversaba animosamente con Jorge. La Palma sería su bautizo de fuego. En los operativos militares anteriores le había tocado permanecer en el puesto médico estratégico. Esta vez se trataba de estar presente y más cerca de la primera línea. Aunque la función del médico y la del personal de apoyo nunca era la de combatir, salvo en casos de necesidad, en el fondo Yoel quería combatir con su viejo FAL. No le bastaba con dar su aporte altamente especializado; él quería oler de cerca la pólvora...

Yoel era uno de los pocos internacionalistas que aún quedaban en esos momentos en el frente norte. Rápidamente se había integrado a la vida en la montaña. Había salido muy joven de su terruño. No había vivido los días en que Santiago de Chile había muerto de terror. Yoel no vio las calles manchadas con sangre obrera. EI golpe militar fascista de Pinochet lo sorprendió estudiando anatomía y fisiología entre palmeras tropicales. Había abandonado la milenaria tierra curtida con sudor y sangre minera con el propósito de aprender a curar las profundas heridas del pueblo trabajador. Yoel era herencia guerrera del joven Lautaro...

Sabía que la hora del castigo se avecinaba. La hiena de saprófitas costumbres, burlona reía encerrada en las frías paredes de la Moneda. En sus sueños escuchaba el grito de justicia de miles de inéditas tumbas y voces exigiendo justicia. Vientos libertarios recorrían las Alamedas. EI grito de guerra se escuchaba a lo lejos, allá en el Cono Sur. Yoel, quien era socialista como el suegro de Jorge, había llegado a EI Salvador a entregar su grano de arena revolucionario. La solidaridad internacional, dijo el Che Guevara un día, es la ternura de los pueblos. Yoel como los otros tantos internacionalistas expresaban con su trabajo diario el gran amor que sentían por el pueblo salvadoreño y su revolución socialista.

Eran las once de la noche cuando las luces de La Palma aparecieron en la oscura hondonada. EI pueblo dormía. No se escuchaban los cohetes ni petardos típicos de los días navideños. En realidad Chalatenango no necesitaba de fuegos artificiales. Era suficiente con los disparos diarios de los soldados, con el estallido de las bombas de 500 libras que lanzaban los A-37. En La Palma no había dinero para celebrar el nacimiento del “Niño Jesús” como “Dios manda”: Con chumpipe[2], sidra champán el Gaitero, uvas, manzanas, tamales de gallina, regalos y árboles de Navidad. En la Palma no había espacio para bailes ni fiestas nocturnas. Chalatenango era territorio en guerra...

Las unidades guerrilleras habían ocupado sus posiciones combativas. EI mando táctico entró al pueblo por la parte sur de la Troncal del Norte. Samuel, jefe de la escuela militar, estaba a cargo de la emboscada de contención en la calle que bajaba del puesto militar de Miramundo. La Comandancia había previsto que los primeros refuerzos llegarían de Citalá y Miramundo. A pesar de eso, había otra emboscada en el sector sur del pueblo.

Felipón aún no había encontrado el lugar ideal para establecer el puesto de mando cuando se inició el combate. Inmediatamente el mando táctico-operativo se ocultó en el patio del hotel del pueblo. Jorge recibió de Felipón la orden de ir a explorar el terreno. Yoel lo acompañaba. Tocaron la puerta de la recepción del hotel. La voz temblorosa de una mujer respondió al llamado de los guerrilleros.
– Señora, ¡abra la puerta! No le vamos a hacer nada – insistió Jorge.
– ¡Ay, santo Dios, santo fuerte!
– ¡Abra la puerta le digo! ¡O quiere que la abramos nosotros! – dijo Jorge amenazante.
– ¡Ay, virgencita santa, sálvanos por favor!
Después de un par de minutos de ruegos, súplicas y amenazas la dueña del hotel se decidió a abrir la puerta. 
– ¿Está sola? – preguntó amablemente Jorge.
– No, también están mis dos hijos... y mi marido.
– ¿Hay gente hospedada?
– Solamente en el 18. Es una pareja de recién casados – contestó suavemente la mujer.
– ¿Sólo una pareja? – interrogó dudoso Jorge.
– Viera que malo está el negocio – manifestó rápidamente la mujer notando la incredulidad de los guerrilleros.
– ¿Dónde está el dieciocho?
– Allí en frente – indicó la dueña,  al tiempo que se abrigaba el pecho descubierto con una colcha blanca.
– ¡Yoel! ve con la señora y mira que gente hay allí
– Está bien – respondió el médico.
– ¡Usted venga conmigo! – dijo Jorge dirigiéndose al hombre que hasta el momento no se atrevía a salir de la casa.
EI hombre aparentando serenidad se dirigió a Jorge diciendo:
"Nosotros no estamos con el gobierno, no nos metemos en nada... "
– No se preocupe señor, lo único que le pedimos es su colaboración – manifestó Jorge.
– Gracias
– ¿Dónde duermen los muchachos?
– Ellos duermen en el cuarto del fondo...
– Vamos a despertarlos – dijo Jorge.
EI hombre tocó la puerta de madera.
– ¡Abran la puerta!
Al escuchar la voz conocida del padrastro, los jóvenes salieron del cuarto. Poco después llegó Yoel con la mujer.
– ¿Qué paso? – preguntó Jorge.
– Todo está tranquilo – respondió Yoel. Están de luna de miel. Les dije que se quedaran en el cuarto.
– Está bien – señaló Jorge. A lo mejor los “tórtolos” tienen ganas de seguir afilando
– No lo creo – comentó Yoel, mostrando el diente de oro. Los vi bastante asustados…

Mientras tanto el combate continuaba con toda violencia. Al comprobar que no había más gente en el hotel, Jorge decidió concentrar a la familia en el cuarto de los muchachos.
Se formó una defensa circular en torno al terreno que abarcaba el hotel. EI fuego era intenso. EI ruido característico de una HK-21 se escuchaba en las cercanías.

EI combate había comenzado a las dos de la mañana. EI sol amenazaba con salir en el horizonte. EI intercambio de fuego había cesado. Siempre sucedía lo mismo. En la noche el fuego cruzado era el elemento dominante. AI amanecer los actores principales tomaban nuevas y mejores posiciones. Ya nadie disparaba a ciegas, cada quien, guerrillero o soldado apuntaba antes de disparar.

Jorge y Ernesto entraron al cuarto donde aguardaba la familia.
Se trataba de un taller de artesanía. Las paredes estaban adornadas de cuadros típicos de EI Salvador. Algunos estaban listos para salir rumbo al mercado, otros todavía estaban siendo trabajados. Jorge tomó un cuadro que le llamó mucho la atención por la ironía del motivo. Era un mapa de EI Salvador cuyos departamentos estaban pintados con colores brillantes. En el centro de Chalatenango volaba una paloma blanca.
– ¿Y cómo va el negocio? – preguntó Jorge.
– ¡Ay Dios!, esto está mal – respondió la mujer.
– ¿Y la artesanía? ¿Ustedes mismos la venden?
– No. Nosotros solamente producimos – señaló el hombre.
– La vendemos a mayoristas – intervino nuevamente la dueña. Si quiere puede llevarse ese cuadro, ofreció la mujer.
– Muy amable, pero no creo que pueda servirme de mucho...
– Acepte aunque sea este llavero – insistió la mujer.
Jorge no tuvo más alternativa que tomar aquel recuerdo sencillo del pueblo de La Palma.
Se trataba de una semilla de copinol barnizada, en la cual se hallaba pintado un folclórico paisaje salvadoreño. Ese sería su regalo de Navidad en aquel 24 de diciembre de 1982.
– Muchas gracias, espero que algún día pueda utilizar el llavero – dijo Jorge sonriendo. Bueno. ¿Y... qué piensan ustedes de los guerrilleros?
– Que son gente buena – contestó de inmediato la mujer.
– En realidad nosotros no creemos en lo que dicen los militares de ustedes – intervino uno de los hijos.
– ¿Y qué dicen?
– Que los guerrilleros ya están acabados.
– Pero aquí en el pueblo nadie les cree – manifestó el otro muchacho.
– Mirá, Jorge. Ya regreso. Voy a ver cómo está la cosa por allí.
Yoel se paró y se marchó.
– ¿No quiere comerse un guineyo? Es lo único que tengo para ofrecerle...
– ¡Ah! gracias – contestó Jorge.
– Andá vos y traéle un par de guineyos al señor – ordenó la madre a uno de sus hijos.
– ¿Cuánta gente trabaja en el taller?
Solamente nosotros cuatro – respondió la mujer, quien al parecer era la que “hacía y deshacía” en ese lugar. 
EI hombre bailaba al compás del son de aquella enérgica y pequeña empresaria, a quien Jorge de todas maneras no le creía todo lo que contaba.

EI hecho mismo de poseer un hotel, probablemente el más grande de La Palma, delataba la posición social de aquella tímida y sumisa familia.
– Nosotros estamos luchando para que no haya más injusticia en EI Salvador, para que los pobres tengan derecho a la vida, para que haya más trabajo para los pobres...
Los cuatro aprobaban mecánicamente lo que aquel guerrillero les contaba, pensando tal vez, que si no aceptaban los planteamientos revolucionarios, el barbudo guerrillero podría acribillarlos a balazos.
– Los soldados dicen que si los comunistas ganan la guerra – habló de nuevo la mujer – nos van a expropiar todas nuestras pertenencias...
– Por el contrario, interpeló Jorge. EI gobierno revolucionario fomentará la pequeña industria e incentivará el turismo. A las catorce familias, a esas sí las vamos a expropiar...
La llegada de Felipón interrumpió la plática.
– Nos vamos a otro lugar – indicó el jefe guerrillero.
– Está bien.
– ¿Y Yoel dónde está? – preguntó Felipón.
– Yo pensé que estaría contigo...
– ¡No! No lo he visto. Bueno, vámonos...
– Si alguna vez voy al mercado cuartel[3] me hacen una rebajita – dijo Jorge poniendo cara de serio.
– Si, si, si, por supuesto – contestó la mujer sin haber entendido la broma del guerrillero.

AI frente del hotel se hallaba una tienda. Una ancianita salió del establecimiento y les ofreció café caliente y pan dulce.
– ¿Qué tal es la gente del hotel? – preguntó Jorge dirigiéndose a la anciana.
– Esos son unos tufosos – respondió la viejecita al tiempo que ofrecía otra taza de café. A veces el comandante del pueblo duerme en el hotel con alguna puta del pueblo.
– ¡No me diga! Y tan inocentito que se veía el concha e su madre
– ¡Si son bien cheros! Tome otro pedazo de semita – insistía la anciana.
– Gracias, ¡Dios se lo pague! – dijo Jorge.
– No hay de qué hijo...

Después del improvisado desayuno atravesaron varios patios hasta llegar a una casa de ladrillo y cemento. Probablemente propiedad de otro rico. La casa a pesar de estar amueblada estaba vacía. Seguramente los dueños vivían en San Salvador.
– ¡Hirieron a Yoel! ¡Hirieron a Yoel! – llegó gritando Walter, el sanitario.
– ¡Puta mierda! – exclamó Jorge. ¿Dónde está?
– Ya lo traen en camilla – dijo Walter visiblemente nervioso.
Al cabo de unos minutos llegaron dos guerrilleros cargando al médico herido. Yoel, al ver a Jorge, hizo una mueca que más parecía una sonrisa dolorosa. Un amarillo muerte cubría su piel morena. Lo colocaron en el corredor de la casa. Las frías baldosas le robaban lentamente el calor del cuerpo.
– ¿Qué putas pasó? – preguntó exaltado Jorge.
– Después que los compas se tomaron la comandancia – Walter hablaba entrecortado – nosotros nos metimos también a la casa. Yoel se dirigió al patio cuando escuchamos la ráfaga del G-3. ¡En el excusado estaba escondido el hijueputa del comandante! Goyo tiró una granada de mano adentro del excusado y lo hizo mierda al cabrón...

La ráfaga le había entrado en el costado izquierdo. Tres enormes agujeros le quitaban de a poquito la vida a Yoel. Aún consciente daba instrucciones a Walter. Sin embargo, el sanitario era incapaz de salvar al médico. En esas circunstancias, ni la presencia de un cirujano hubiera cambiado su destino. Se encontraban a doce kilómetros de distancia del puesto médico más cercano. Solamente una intervención quirúrgica produciría el milagro.
Walter miraba nervioso a Jorge mientras apretaba desesperado el pecho de Yoel a la altura del corazón tratando de espantar la muerte, pero la hemorragia interna le devoraba segundo a segundo la vida.

– ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!, me muero – gemía Yoel.

Jorge arrodillado le secaba la frente fría y húmeda. A un lado en el suelo yacía el fusil G-3 del comandante local, que por los efectos de la granada de fragmentación había quedado retorcido. EI olor a sangre impregnaba el ambiente. EI combate continuaba con violencia. Las cargas acumulativas levantan nubes de polvo. Los gritos de los guerrilleros se ahogaban bajo el estruendo de los candiles.
EI cuerpo de Yoel comenzaba a convulsionarse y los gemidos cada vez eran más débiles. Walter continuaba presionando el corazón con todas sus fuerzas. A las diez de la mañana de aquel 24 de diciembre de 1982 murió Charlo Reyes, “Yoel”, el médico internacionalista chileno, tres horas después de haber recibido la ráfaga mortal. Jorge llorando amargamente como un niño, no podía aceptar la verdad de la muerte. Los quejidos y lamentos de Yoel se incrustaron como huellas imborrables en la memoria de Jorge.

– ¿Por qué putas tenías que meterte en la comandancia? ¡Esa no era tu tarea, mierda!
– Tome la mochila de Yoel – dijo Walter secándose las lágrimas con la manga de su uniforme. Jorge tomó la mochila y la abrió con desgano. Pocas eran las cosas que llevaba consigo. EI radio Sony que Ramiro le había regalado, una chaqueta verde olivo y un cuaderno de apuntes era todo su equipaje. En el cuaderno había una carta y una foto de su esposa. Jorge tomó la carta[4] y la leyó:
"... amor, espero que todo marche bien. Recibí la carta que me enviaste, me alegró mucho pues no sabía cómo te había ido en el parto. Me puse feliz al saber que fue una niña. Yo me siento bien. Me he ambientado rápido, los compas son muy buena gente y he aprendido mucho con ellos. La moral combativa está muy en alto. Aún no he participado directamente en ningún combate, pero tal vez en el futuro se dé la oportunidad. Sabes que estoy de responsable de una escuadra de sanitarios.
Amor, si yo cayera en combate, no es que yo piense en la muerte, pero eso acá puede suceder en cualquier momento, y no llegara a conocer a mi hija, dile que su padre murió combatiendo al imperialismo yanqui, que su padre fue un internacionalista que murió por la revolución latinoamericana... Salúdame a tu padre. Besos... Yoel…"

Los disparos que provenían de la emboscada de contención de Samuel lo hicieron volver de nuevo a la situación de guerra en que se encontraban. Lencho había llegado al puesto de mando para informarle a Felipón del desarrollo del combate. Al parecer la situación operativa se había puesto muy difícil. EI enemigo se encontraba bien parapetado. A medida que el tiempo transcurría, la tensión aumentaba. A las doce del mediodía llegó Danielito, el correo de Samuel, anunciando que la Guardia Nacional había roto la resistencia de los guerrilleros emboscados y que avanzaba en dirección al pueblo. EI “niño-mensajero” regresó de inmediato al lugar donde lo esperaba el resto del contingente. Ante esa situación Felipón ordenó la retirada. A Jorge le vino el recuerdo del ataque a San José Las Flores.

Lencho se encargó de organizar la vanguardia. Walter improvisó una camilla y colocó el cuerpo rígido de Yoel. Una escuadra asumió la responsabilidad de transportar a los heridos: un joven guerrillero y una combatiente guerrillera.
AI darse cuenta el enemigo de la retirada rebelde, éste salió de sus trincheras.
En cosa de minutos pasaron frente al convento de monjas a la salida de La Palma, lugar donde antiguamente las niñas de los colegios católicos acostumbraban a pasar los retiros en semana santa. Las balas disparadas por los soldados y los guardias nacionales pasaban silbando por encima de sus cabezas. Un avión A-37 sobrevolaba el territorio aledaño al pueblo atacado.

La espesura del bosque con sus innumerables filas de pinos dificultaba la observación aérea enemiga. Inmediatamente hicieron acto de presencia dos helicópteros artillados HUEY tratando de detectar la retirada guerrillera. Entre tanto, el mando guerrillero decidió sepultar a Yoel.
Allí quedó el médico internacionalista chileno, Charlo Reyes, alias Yoel en el verde bosque de La Palma, en tierras lejanas, a miles de kilómetros del cono sur y sin embargo, muy cerca de su pueblo. Yoel murió amando a su pueblo en la lucha. Murió latinoamericano...

Minutos después de haber enterrado apresuradamente al revolucionario chileno, un A-37 de la fuerza aérea salvadoreña comenzó a bombardear a ciegas los alrededores. Inmediatamente los helicópteros descargaron miles de proyectiles en los lugares donde habían impactado las bombas. Nadie se movía. Jorge le hizo señas a Ernesto, el mismo guerrillero que había acompañado al comando de las FES en la exploración del cuartel El Paraíso, indicándole que a sus espaldas se acercaba un artillado. Ambos sabían que era muy difícil ser detectados bajo la espesura de los árboles, pero tal era la tensión que instintivamente evitaban mirarse, temiendo que los pilotos pudieran descubrir sus miradas.
Hay momentos en la vida del hombre, hinchados de grandeza, majestuosidad y de soberbia, y otros, como en los bombardeos, donde se quisiera ser hormiga, donde se prefiere ser el organismo más pequeño e insignificante de todo el reino animal. Quien sobrevive un bombardeo jamás lo olvida…

EI ataque aéreo duró veinte minutos. Felipón ordenó entonces organizar la marcha. Ernesto y William eran los únicos que conocían bien el terreno. AI parecer la retirada no estaba contemplada a través de esos territorios. En primer lugar, se trataba de una zona bajo control enemigo y por otra parte, el mando guerrillero contaba con un golpe contundente en La Palma. En ese caso, la retirada se hubiera desarrollado con toda tranquilidad y sin ningún apuro. Incluso se pensó que la tarea fundamental sería el trabajo político con la gente del pueblo. Sin embargo, la guerra con su eterno acompañante, el señor caos, echó al traste los deseos de la Comandancia guerrillera.

Ernesto había sugerido marchar paralelo a la Troncal del Norte en dirección a La Reina, pueblo ubicado aproximadamente a doce kilómetros al sur de La Palma, distancia que a campo traviesa se alargaba irremediablemente. De los ciento veinte guerrilleros que participaron en el ataque sólo la mitad se había retirado junto con el jefe de la operación. EI resto había tomado rumbos desconocidos y diferentes, A las dos de la tarde iniciaron la marcha. EI objetivo era llegar cuanto antes al campamento del Higueral o en su defecto, al menos lograr atravesar la importante carretera antes que irrumpiera el nuevo día, de lo contrario se exponían a chocar en cualquier momento con las fuerzas enemigas en posición desventajosa. La situación se dificultaba debido a que las comunicaciones con el mando estratégico se habían interrumpido y se ignoraban los resultados de la emboscada de aniquilamiento y requisa, que era efectivamente la misión principal del operativo militar. Tres destacamentos de las unidades de vanguardia apoyadas por el destacamento de artillería se habían emboscado a lo largo del lugar conocido como “El Barrancón” en las cercanías del pueblo de La Palma, que había sido el “cebo” que atraería a las fuerzas élites estacionadas en el cuartel EI Paraíso. EI punto donde atravesarían la carretera estaba ubicado justamente a la altura de EI Barrancón.

Jorge comenzó a sangrar fuertemente del recto. Desde niño las hemorroides habían sido su calvario, pero desde la última invasión la enfermedad se había agudizado. Francisco[5][4] el médico-cirujano le había recomendado dieta y descanso, pero Jorge hizo caso omiso de la recomendación médica. Los cuatro días de intensa caminata y la diarrea le habían irritado las várices anales. Constantemente tenía que meterse con el dedo índice la pelota sanguinolenta del tamaño de una nuez a su lugar de origen. La bronquitis crónica le provocaba una especie de tos convulsiva y ese reflejo incontrolado, hacía que apretara cada vez los músculos pélvicos con el consiguiente dolor en el ano.
En ese entrar y salir la cabeza de vena, poco a poco fue quedando estrangulada. Lo único que le quedaba era “apechugar”, como decían los chilenos y continuar caminando cuesta arriba. A cada paso sentía miles de pequeñas agujas atravesando sin piedad ni misericordia la mucosa rectal.

Los heridos se balanceaban de izquierda a derecha marcando con ritmo pendular la lentitud de la marcha. Los palos transversales de las camillas se incrustaban como lanzas de fuego en los hombros irritados de los cargadores. EI peso de los heridos después de varias horas de camino abrupto, despedazaba las fuerzas de los más fuertes. Todos los guerrilleros de la columna, incluyendo los jefes, se turnaban para transportar a los heridos durante veinte minutos, que en esas condiciones se convierten en una eternidad.

La guerrillera que tenía los glúteos cercenados por las esquirlas de una granada industrial, valientemente soportaba el dolor intenso que le ocasionaban los golpes al chocar con las piedras del camino. Ni las advertencias enérgicas de Walter podían evitar los inevitables “maltratos” a la compañera herida. La oscuridad de la noche y el cansancio contribuían a aumentar las constantes caídas. Había que hacer esfuerzos sobre humanos para no interrumpir el ritmo de la marcha. Solamente el instinto guerrillero era el motor que movía la columna. Ya no había que dar órdenes ni instrucciones. Había que ahorrar las últimas reservas de fuerza. Los comentarios estaban de sobra.
La diferencia entre el mando real y el mando legal se concretizaba en los pensamientos de los combatientes.
Felipón tenía el mando legal sobre la tropa, sin embargo, a quien reconocían como su jefe, respondía al nombre de guerra de “Lencho”. Era él, quien vivía con ellos y por lo tanto el que los conocía mejor.
EI tiempo se encogía; ni el enorme reloj de Jorge podía alargar las horas. A las siete de la mañana del 25 de diciembre, la columna guerrillera atravesaba la carretera Troncal del Norte. Detrás quedaban los barrancos y las veredas teñidos con la sangre de los heridos. Habían caminado sin descanso más de dieciséis largos y tortuosos kilómetros. AI oriente de la calle asfaltada se extendía el territorio rebelde hasta llegar al cerro Eramón a cuarenta y cinco kilómetros de distancia.

Los nervios comenzaron a relajarse. Ya nadie tenía prisa por llegar al Higueral. En el río grande de Tilapa hicieron el primer gran descanso de la dura jornada, que fue interrumpido poco después por el ruido de un avión explorador. Todos se quedaron con las ganas y el deseo de echar una siesta. A los pocos minutos apareció un Fouga Magister sobrevolando las elevaciones donde en la víspera se había desarrollado la emboscada.
Felipón ordenó continuar la marcha rumbo al Higueral .Ya dentro de la montaña sólo era cuestión de subir y subir. Tres horas más tarde volvió el Fouga Magister hacer acto de presencia. Esta vez voló tan bajo que todos se vieron obligados a tirarse al suelo creyendo que detrás venían las bombas. Parecía que el piloto daba una demostración acrobática. Se lanzaba en picada desde el Izotal y se elevaba en vertical, girando sobre su eje para volver a ganar altura y repetir el número circense.

¿... estará celebrando el fracaso de nuestro operativo tal vez...?, pensaba Jorge tratando de encontrar una respuesta lógica al comportamiento extraño del piloto[6].

De lo que Jorge sí podía estar seguro, era que el piloto ignoraba que tenía como mudos espectadores a un grupo de guerrilleros, que de no haber sido por el cansancio agotador y el desorden en la marcha, lo hubieran puesto en gravísimo aprieto. Diez guerrilleros puestos en línea y con sus armas automáticas en posición de ráfaga podrían conformar una cortina de balas capaz de derribar a cualquier avión.
Viet Nam era un ejemplo muy amargo para los pilotos norteamericanos. De haber sabido esto el oficial de la Fuerza Aérea no se hubiera atrevido a tanto, pues los pilotos salvadoreños no eran precisamente abanderados de la valentía y la osadía.

Al llegar a un riachuelo Jorge decidió darse un remojón. A la sazón, el caos reinaba en la columna. EI orden en la marcha había desaparecido. Felipón había perdido el control sobre la tropa. La frescura del agua alivió los dolores ocasionados por las hemorroides. Después del baño continuó caminando.
Atardecía cuando alcanzaron las montañas aledañas al Higueral. A las once de la noche llegaron al lugar, donde meses atrás estuviera el campamento de las FES. EI árbol gigante con sus frondosas ramas en forma de paraguas descansaba tranquilo en la noche. Las champas de láminas de zinc aún se mantenían en pie. De todos los guerrilleros que integraban la columna original solamente una docena se mantenía junto a Felipón, el resto había seguido la ruta escogida por Lencho para llegar al Higueral. EI árbol acogió a los exhaustos caminantes. Jorge se tendió sobre una cama de bambú, encendió un cigarrillo y prendió la radio de Yoel. Una emisora centroamericana transmitía la noticia del ataque a la población de La Palma y de la exitosa emboscada guerrillera en la Troncal del Norte. Sin dar mayores detalles el locutor hablaba de gran cantidad de muertos y heridos en las filas del ejército salvadoreño. La noticia le hizo olvidar los dolores anales y musculares, el sabor amargo de la muerte de Yoel y de la retirada apresurada. Estratégicamente hablando, la operación en su conjunto había sido un rotundo éxito, aunque tácticamente el operativo en La Palma no había funcionado como se esperaba. La mejor propaganda política continuaban siendo las victorias en el terreno militar, de eso no cabía la menor duda.

La tenue luz del amanecer, filtrada por los huecos del techo de las láminas indicaba que el descanso había concluido. Desperezado, Jorge encendió un cigarrillo pensando tontamente que con el humo del tabaco entraría más rápido en calor. EI caserío de El Higueral se encontraba más o menos a treinta minutos de camino.
Al llegar al campamento Jorge recibió un mensaje firmado por Bernardo. Tenía que interrogar a los prisioneros de guerra capturados en la emboscada.
– Mira, Felipe. Yo no puedo quedarme aquí, estas mierdas me están sangrando mucho – manifestó Jorge. Tengo que ir al hospital.
– Eso es cosa tuya – contestó secamente el magro guerrillero.
– Oye, Ernesto, creo que vas a tener que hacerte cargo de los prisioneros. Yo no puedo quedarme, tengo que ir con urgencia al hospital.
– Está bien – respondió Ernesto.


EI hospital operativo se encontraba en el caserío Las Cañitas muy cerca de EI Higueral.
– ¿Cómo te fue? – preguntó Francisco. Hace un rato pasó por aquí Felipón contando que andabas con el culo al aire.
– ¡Puta, calláte papá! Hoy si me llevó la legión de putas – exclamó Jorge. No aguanto el dolor. ¡Vieras como me duelen las cabronas!
– Ya te voy a examinar – dijo el médico. ¿Qué chingada lo de Yoel, eh? ¿Qué fue lo que pasó en realidad? Por allí anda la bola que por estar tomándose una gaseosa lo mataron...
– Eso es paja – respondió Jorge. Yoel pensó realmente que en la comandancia local ya no había ningún problema, pues los compas se la habían tomado. Se descuidó nomás. Sus cosas las tengo yo, se las voy a entregar a Bernardo tal vez puedan enviárselas a su compañera...
– Compa, Jorge, podría quedarme con la chumpa de Yoel? – preguntó tímidamente Walter.
– ¡Claro que si! – exclamó Jorge al tiempo que abría la mochila y sacaba la chaqueta verde olivo.
– Gracias, compa – dijo Walter poniéndose al instante el recuerdo de su antiguo jefe.
– Mira, Jorge, lávate con agua fría – dijo Francisco. Aquí cerca hay un pocito. Solamente termino de curar a este compa y te examino. ¿Ok?
– ¡Vale!

AI cabo de unos minutos Francisco hizo pasar a Jorge en el cuarto que le servía como sala de consulta, operaciones y dormitorio-comedor.
– ¡Qué tal compa! – exclamó Jorge sorprendido al encontrarse con Elizabeth, la compañera de Manuelón.
– Bien – respondió dulcemente la sanitaria. ¿Y usted?
– Pues no tan bien que digamos...
– Esto te pasa por ser necio y testarudo. Si me hubieras hecho caso en EI Tamarindo ya estarías mejor – señaló Francisco,  adoptando un tono de médico adornado con un deje de paternalismo. Vamos a ver. Bájate el pantalón y súbete a la mesa.
Elisabeth tuvo la intención de salir del cuarto.
– No, no, no quédese acá – dijo el médico mejicano.
Jorge con el trasero al aire libre y en una posición que recordaba a los oradores de Alá, miró de reojo a la sanitaria comprendiendo lo embarazoso que sería para ella verle las nalgas.
– Te jodiste, Jorge. Hay que operarlas...
– ¿Y tú puedes hacer ese tipo de operación? – pregunto Jorge.
– ¡Claro, por supuesto! Es una intervención sencilla. EI problema es que acá no tenemos las condiciones para garantizarte la recuperación. Para empezar, tienes que tener una dieta especial, guardar reposo y sobretodo la higiene. ¡Imagínate te da una infección!
Lo mejor es que te operen afuera...
– ¡Vale verga!
– No hay de otras…
– Mira Francisco. Fíjate que cada vez que cago, me sale un chorrito de sangre. ¿A qué se debe eso?
– Es que tú tienes hemorroides internas y externas. Las de adentro están muy infladas, entonces cuando haces presión lo primero que te sale es la sangre derramada. Puede ser muy peligroso cuando una vena se rompe. Fácilmente te agarras una infección de la chingada. Por el momento lo único que podemos hacer es tratártelas con fórmula “H”.
– ¡Puta, qué mierda qué mala onda! – exclamó Jorge. ¿Me podrías dar una nota para Dimas?
– No te preocupes, le voy a escribir informándole la situación.

Jorge regresó al campamento de El Candelero. Allí el ambiente era de fiesta. Bernardo había ordenado la compra de tres cuches. Agustín se había encargado de realizar el trueque en el caserío el Ocotal cercano al campamento guerrillero.
Jorge estaba encargado de preparar el acto político de fin de año. EI sacrificio de los marranos estuvo a cargo de “Joaquín Treinta”, quien a la sazón era conocido como “Joaquín cincuenta”. La ametralladora liviana calibre “punto treinta cincuenta y seis” había sido desplazada por la fuerte y pesada “punto cincuenta”.
La sangre coagulada y sazonada con maestría por las cocineras se había transformado en deliciosa moronga. EI olor a chicharrones se escapaba por los agujeros de la cocina vietnamita. Una escuadra guerrillera se encargaba de moler los granos de maíz en los molinos de hierro. Mientras tanto, las manos hacendosas de las mujeres preparaban los tamales de carne de chancho, mientras eI hacha blandía el aire partiendo certeramente en dos pedazos un tronco seco de pino.

Otro grupo se preocupaba de mantener abastecida de agua la cocina y en un rincón de El Candelero se ensayaba un número de teatro.
– Bueno, Jorge, contános la verdad. ¿Por qué te han salido esos granos en el chiquito? – preguntó Medardo. ¿AI rato tenés un secretito escondido?
Medardo aprovechaba el receso de los “artistas-guerrilleros” para provocar fraternalmente a Jorge.
– ¿Y cuál es el problema? – respondió Jorge. ! Cuando el amor es puro no importa el sexo!
– Ja, ja, ja – reía el bicho Franky agarrándose el estómago con ambas manos.
– Yo creo que lo que Jorge quería era que Francisco lo trasteara todo – continuó Medardo con su ataque.
– ¡Ay, este Medardo que jode! –exclamó “La China” tratando de defender a Jorge y liberándose de los brazos de su compañero que la sujetaban por la cintura.
– No jodás, cuando Francisco me metió el dedo no sabía si moverme o ponerme a llorar…
– Todos los guerrilleros rieron divertidos.
– Este Jorge sí que es lépero – comentó “La China”.
– ¡Claro, si es un lumpen! – señaló Medardo.
– ¡Vos mejor calláte! – ordenó enérgicamente “La China”. Todos ustedes son un atajo de jayanes y vulgares. ¡Mejor me voy!
– ¡No jodás, Chinita, no te vayas! – suplicó Jorge.
Entre broma y risas se fue acercando la hora de iniciar el acto político-cultural.
Jorge explicó brevemente los objetivos de aquella velada guerrillera. Seguidamente habló el Comandante Dimas. AI Comandante Jesús le correspondió hacer las de cura, casando a Barrabás con Ana María, la radista y a Javier con Rosita, la sanitaria. EI aplauso general lo recibieron los talentosos artistas, después de participar con dos estupendos números teatrales.
Jorge improvisó algunas cosas que causaron la risa de los espectadores.

AI caer la noche llegó el momento de presentar la película "EI Salvador, el pueblo armado vencerá". Los responsables de la proyección colocaron una enorme colcha blanca entre dos pinos. EI ruido del motorcito de gasolina casi no se escuchaba pues se encontraba en un tatú. Un anciano de ochenta años se acercó tímidamente a la maltrecha pantalla y la tocaba con sus lustrosas manos tratando de palpar las imágenes reflejadas en el lienzo.
Según contaban, el octogenario nunca antes en su vida había visto una película ni tampoco había estado nunca en San Salvador.
En el intermedio, Jorge aprovechó los minutos para arengar a la tropa y a las masas.
! Compañero Yoel!
¡Hasta la victoria siempre!
¡Compañero Julio!
¡Hasta la victoria siempre!

AI final de la película se repartieron los tamales y los chicharrones. Los músicos comenzaron a rasgar las cuerdas metálicas de las guitarras y en un santiamén se formaron los grupos de bailadores.
Jorge, cansado, se fue a dormir al agujero. Allí se encontró tendido a Bernardo escuchando a Silvio Rodriguez. No quiso molestarlo y se acostó sin decir una palabra. Del auricular se escapaban las estrofas aprendidas de memoria. EI “Rabo de Nube” en el tatú tenía un significado especial. En realidad, todas las canciones del cantor cubano tenían otra connotación en la montaña. EI Rabo de Nube era la canción que salía espontánea de los labios de Bernardo. AI final del casete se escuchaba la voz de Bernardo diciendo:"... no, no hijito, no toque eso…” y la de su hijito repitiendo:... papá, papá...”

Despiertos los dos, pero ausentes, navegaban en barcos de fantasías cruzaban mares y fronteras hasta encontrarse con sus seres queridos. Lo mejor era no interrumpirse los pensamientos mutuamente. Luego la balacera los despertó violentamente. Bernardo salió del refugio-dormitorio sin comprender lo que estaba sucediendo. Por todos lados se escuchaban disparos.
Los gritos de Bernardo y German lograron controlar los ánimos desbocados de los guerrilleros. En un arrebato de emoción alguien había disparado una ráfaga al aire provocando una reacción en cadena. Algunos pensaron que se trataba de un ataque enemigo.
Hasta allí duró la fiesta de fin del año 1982.

Bernardo sancionó a la tropa reduciéndole el parque a sesenta proyectiles por arma.
Así, entre despilfarro de munición y desbordes de alegría retenida, se comenzó el nuevo año 1983, supuestamente el de las batallas decisivas...




[1] Esta información no corresponde a la realidad: Lencho no era el segundo al mando del destacamento, sino que para ese entonces, él era el jefe de una columna guerrillera recién formada. Felipón, efectivamente asumió la jefatura del operativo, pero no por las razones descritas en el relato.
[2] chumpipe o chompipe: pavo real
[3] Mercado popular de artesanías en San Salvador, ubicado en un antiguo cuartel de infantería, que fue destruido completamente por el famoso incendio del 12 de abril de 1956.
[4] Ojalá esta carta haya llegado a manos de la compañera de Charlo Reyes. El contenido no es fantasía del autor, el texto quedó guardado para siempre en su memoria emocional.
[5] Alberto José Gutiérrez, Chicón: Médico internacionalista de origen mexicano.
[6] La valoración del autor fue equivocada puesto que en La Palma se cumplieron los objetivos militares de hostigamiento fijados por el alto mando guerrillero. Dicha información la conocían solamente los jefes operativos. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario