domingo, 22 de septiembre de 2013

La política paliativa marxista de la izquierda parlamentaria en Latinoamérica: ¿Un analgésico político?

Chile y El Salvador fueron en un momento determinado de su historia paradigmas revolucionarios marxistas en la lucha por el socialismo. La revolución democrática de la Unidad Popular y la guerra revolucionaria del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional. El equilibrio relativo de las fuerzas político-militares en contienda se rompió de manera violenta en Chile con el golpe militar el 11 de septiembre de 1973 y en El Salvador, el 10 de enero de 1981 con el inicio de la primera gran ofensiva guerrillera.

Después de trece años de dictadura militar en Chile, el gobierno de los Estados Unidos, presidido por Ronald Reagan llegó en 1986 a la conclusión, que el régimen militar de Augusto Pinochet se había transformado en un factor negativo casi absoluto y polarizador en la coyuntura político-económica chilena. No obstante, la transición a la democracia parlamentaria no se vislumbraba en esos años ni fácil ni exenta de riesgos. Por una parte, Pinochet no estaba dispuesto a abandonar el poder y por otra parte, el incremento de la lucha armada revolucionaria a partir de 1983 “preocupaba mucho” al Departamento de Estado norteamericano.

En Centroamérica, la coyuntura geopolítica a mediados de los ochenta no presagiaba buenos augurios. Era evidente que la guerra civil salvadoreña se había transformado en el elemento desestabilizador clave en la sociedad salvadoreña y que además, ninguno de los bandos militares estaba en capacidad de alzarse con la victoria. Esta situación de impasse militar, a pesar del  asesoramiento y ayuda militar por parte del gobierno de los Estados Unidos a las Fuerzas Armadas salvadoreñas, solamente podía romperse con la intervención directa del Departamento de Estado  norteamericano. Así como en Chile, la opción del presidente Ronald Reagan en El Salvador – por muy contradictorio que pudiera parecer  – fue la de apoyar y fortalecer la salida política.

No se trata aquí de comparar uno a uno ambos procesos, puesto que son fenómenos históricos muy distintos. Sin embargo, sendos conflictos político-militares tienen un denominador común: Su origen  – la lucha de clases – y la solución política final de los mismos. En los dos países se aplicó exitosamente la fórmula del diálogo y la negociación.

Las fuerzas políticas de izquierda y centro-izquierda, tanto las de Chile – con la excepción del partido comunista chileno y el movimiento de izquierda revolucionario (MIR) – como las de El Salvador, se comprometieron a cohesionarse en torno a un programa de transición específico aceptable para los militares, los insurgentes, los políticos, las oligarquías y por supuesto, el gobierno de los Estados Unidos. 

Es precisamente en esta coyuntura histórica donde la izquierda moderada responde a las exigencias concretas del momento, con el planteamiento de una política paliativa que se expresó, en el caso chileno, en la alianza política conocida como la Concertación de partidos políticos por la democracia en 1989, constituida por el Partido Socialista, el Partido por la Democracia, el Partido Radical Socialdemócrata y el Partido Demócrata Cristiano. En el caso salvadoreño, la fundación notarial del FMLN en partido político el 1 de septiembre de 1992, significó dos cosas: Primero, la puesta en marcha de un proyecto político que estaba en consonancia con los acuerdos de paz firmados en Chapultepec en enero del mismo año, con los que se puso fin a doce años de guerra y segundo, la muerte simbólica del FMLN histórico, integrado por las Fuerzas Populares de Liberación Farabundo Martí, el Partido Comunista, el Ejército Revolucionario del Pueblo, el Partido Revolucionario de los Trabajadores y la Resistencia Nacional. 

Transformada la alianza estratégica guerrillera en partido político, según lo establecido por la Constitución Política, el nuevo FMLN se comprometió a impulsar la unidad nacional, la reconciliación de las clases sociales antagónicas y a fortalecer el diálogo y la concertación para resolver las diferencias sociales, económicas y políticas. Es decir, el nuevo FMLN se convirtió en una estructura partidaria electoral en busca de cuotas de poder burgués.

Mientras la Concertación chilena gobernó durante veinte años (1989-2009), la Concertación efemelenista entró en una profunda crisis político-ideológica a partir de 1994, en la que las divisiones, expulsiones, marginaciones y descalificaciones eran la tónica que se impuso en las estructuras orgánicas. En la actualidad, la columna vertebral dirigente del partido político FMLN está integrada en su mayoría – salvo excepciones contables con la mano izquierda y/o la derecha – por ex cuadros de dirección de las antiguas Fuerzas Populares de Liberación Farabundo Martí (FPL-FM) y miembros del antiguo Partido Comunista Salvadoreño (PCS). De manera metafórica podría decirse que el hijo prodigo volvió al lecho materno, puesto que las FPL-FM históricas nacieron en el vientre del partido comunista salvadoreño.

La política paliativa marxista, entendida ésta como una válvula de alivio de presión y temperatura política, impulsada en su momento por la Concertación chilena y el FMLN fue la única alternativa viable para resolver el entuerto de la dictadura pinochetista y de la guerra civil salvadoreña. En este sentido es importante señalar y remarcar que los dirigentes políticos hicieron lo correcto al optar en esos momentos por lo concreto posible y no por lo históricamente necesario, que en el caso chileno, hubiera sido la derrota político-militar de la dictadura y en El Salvador, el triunfo de la guerra revolucionaria socialista. Lo contrario hubiera significado más muerte y represión en Chile, y la vietnamización, con todas sus consecuencias, en El Salvador.

¿En qué momento se convierte la política paliativa marxista en un analgésico político?

En el momento en que la izquierda marxista parlamentaria se dedica a tiempo completo a planificar y a impulsar únicamente las “batallas por los votos” y cuando se sustituye el contenido clasista de la lucha política por las cuotas de poder en el Estado burgués.

Un conocido comunista salvadoreño de los años sesenta y setenta del siglo pasado dijo:
…Y es que el dolor de cabeza de los comunistas se supone histórico, es decir que no cede ante las tabletas analgésicas sino sólo ante la realización del Paraíso en la tierra…Así es la cosa…

Así filosofaba, Roque Dalton, el escritor y poeta salvadoreño en “El dolor de cabeza de los comunistas”[1], poema en el cual, “el comunismo será, entre otras cosas, una aspirina del tamaño del sol”.

Científicos de diversos países del mundo desarrollado aseguran que el consumo excesivo de analgésicos o antiinflamatorios durante varios años, conlleva un aumento del riesgo de padecer un infarto de miocardio o un derrame cerebral. En política ocurre algo parecido. Precisamente en el abuso y mal uso de la política paliativa marxista radica su mayor riesgo.

En el 2009 el pueblo chileno “le pasó la cuenta” a la Concertación de partidos políticos por la democracia cuando eligió al candidato de la derecha como presidente de la república.

Schafik Handal, comunista salvadoreño contemporáneo de Dalton, expresó durante la campaña electoral para la presidencia en septiembre del 2004 un pensamiento que bien podría interpretarse como propagandístico, pero que encierra uno de los peligros más grandes que corren muchos antiguos guerrilleros cuando parlamentan con los representantes del Gran Capital: “…abandonamos las armas, entramos en el sistema, para cambiar el sistema, no para que el sistema nos cambie a nosotros.”[2] Y vaya que son muchos los antiguos guerrilleros en América Latina que han sufrido una metamorfosis político-ideológica en los últimos años.

El 17 de noviembre de este año se celebrarán en Chile elecciones presidenciales y el 2 de febrero del 2014 en El Salvador. Esperemos que la izquierda parlamentaria chilena y la salvadoreña hayan aprendido la lección.



[1] Hay que suponer con justa razón que Roque Dalton no se refiere con este término solamente a los miembros del partido comunista, sino que a los marxistas revolucionarios en general.
[2] El-FMLN-y-la-vigencia-del-pensamiento-revolucionario-en-El-Salvador

sábado, 7 de septiembre de 2013

¿Lo de Siria es en serio?

La pregunta es retórica y enriquecida con una fuerte porción de sarcasmo. Cuando en la década de los sesenta del siglo pasado – unos años después de las dos bombas atómicas contra la población civil en Japón –, el gobierno de los Estados Unidos “fertilizó” vastas extensiones de tierra en Vietnam con una sustancia química conocida como “agente naranja”. Muchos fueron los ciudadanos en el mundo que indignados por la barbarie militar norteamericana llenaron los bulevares y avenidas de las ciudades importantes, lanzando su grito de protesta. Sin embargo, los Estados Unidos continuaron olímpicamente destruyendo las montañas vietnamitas y construyendo más bombas atómicas sin importarles un bledo la opinión pública.

Hechos históricos comprobados empíricamente sobre el teatro militar de operaciones, crímenes de guerra, ética y moralmente condenables; con repercusiones altamente nocivas y perdurables contra la salud del hombre, de los animales y del medio ambiente, pero inocuos jurídicamente. La Convención sobre armas químicas, que ilegaliza la producción, almacenamiento y uso de armas químicas se celebró recién en 1993 y concluyó con la firma del tratado internacional de control de armamento químico que entró en vigor apenas en abril de 1997, es decir, anteayer. Siria, así como Angola, Egipto, Sudán del Sur y Corea del Norte no son países firmantes. Y, antes de Nagasaki e Hiroshima, no existía ningún acuerdo o tratado concerniente al armamento nuclear.

En cualquier caso, para todos los fines prácticos, todos los tratados habidos hasta la fecha, siguen siendo ignorados e irrespetados descaradamente por todas las naciones firmantes y no firmantes. En primera fila, el gobierno de los Estados Unidos y sus aliados incondicionales.

De acuerdo al Plan militar A, la intervención militar en Siria por parte de los Estados Unidos y sus aliados no durará tres días, sino tres meses y después – de la destrucción masiva de la infraestructura y miles de pérdidas humanas – se prevé un periodo de treinta días para buscar las soluciones políticas al conflicto sirio. Frente a tal cinismo uno se pregunta: ¿Lo de Siria es en serio?

No cabe la menor duda. Sólo un milagro podrá detener la guerra imperial contra Siria.
¿Existirá un plan B o C, donde prevalezca la búsqueda de una solución política al uso de las armas convencionales, pero también letales, en el conflicto sirio?


¡Ojalá!! Sha'a Allah!

domingo, 18 de agosto de 2013

La importancia de hablar tanta “huevá”

El valor del pensamiento dialéctico y la retórica 


Hace unos días tuve de visita en casa a tres personas distintas con pasados semejantes. Dos de ellos físicamente presentes y un tercero, de manera virtual, por obra y gracia de Skype. El estío en Europa Central, por muy corto que sea, por lo general, fortalece el ánimo, enriquece el espíritu y engorda la carne. Y esta vez tampoco fue la excepción. El mejor regalo del verano 2013 ha sido el reencuentro feliz con el pasado, que aún sigue siendo presente.

La tertulia con estos tres personajes importantes en mi vida, ha servido para constatar que más allá de las diferencias político-ideológicas y religiosas, o mejor dicho, las diferentes interpretaciones de la “realidad objetiva” que cada individuo pueda elucubrar, la confianza, el cariño y el respeto son la base para construir las verdaderas amistades. La política en sus diferentes interpretaciones (Platón, Aristóteles, Maquiavelo, Marx, Lenin, etc.) es un arte en función de un objetivo concreto y colectivo, pero no es la esencia de la vida. 
El ser humano no nace y vive en sociedad para “hacer política”, vive y se desarrolla para gozar del fruto de su hacer cotidiano en ese breve espacio que es su vida. Sin olvidarnos del axioma, que no es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, es el ser social lo que determina su conciencia, lo cual presupone, la lucha diaria por alcanzar un modo de producción de la vida material que facilite el desarrollo integral de la vida social, política y espiritual en general de todos los ciudadanos.

Si el que “hace política” no se gana la confianza, el cariño y el respeto de los ciudadanos, no llegará lejos. Sí el “que hace la guerra”, no se gana en el terreno la confianza, el cariño y respeto de la tropa, difícilmente ganará grandes batallas, cuanto más, victorias pírricas.

La frustración que siente uno de mis amigos, representante fidedigno de la generación de aquellos jóvenes de la plaza de Tlatelolco o del histórico Paris del 68 con sus consignas de HO HO HO CHI MINH, LUCHAREMOS HASTA EL FIN, sin dejar de ser un sentimiento válido, se relativiza frente a todas las “pequeñas cosas” alcanzadas en esta América de color, sombría y taciturna.

La época actual es de cambios lentos y menos estrambóticos que en los años sesenta y setenta del siglo pasado. ”…Ahora – según San Lorenzo de la Montaña – la cosa es más fácil por muy difícil que la veamos. Hoy no hay que luchar contra unas Fuerzas Armadas gubernamentales asesinas, crueles y aplastantes. No hay morteros ni aviones que bombardeen...”

¿Para qué sirve hablar y escribir tanta “huevá”?, me preguntó mi otro amigo sin sarcasmo e ironía. La cuestión iba en serio.

Hoy la lucha es más de pensamiento y retórica, contestó virtualmente mi tercer amigo.

La importancia de hablar y escribir tanta “huevá”, pienso yo, radica en el valor que tiene tanto el pensamiento dialéctico como la retórica, que no es otra cosa que el arte de contarle al ciudadano aquello que cree posible realizar.

¡Por eso yo escribo tanta “huevá”!

domingo, 11 de agosto de 2013

Acerca de la relatividad de las estadísticas y los conceptos

El Salvador a escasos seis meses de las elecciones presidenciales


En El Salvador, las contradicciones socio-económicas, típicas de estados débiles y dependientes, se ven reflejadas diariamente con cruda nitidez en las calles de San Salvador y sobre todo, en la campiña cuzcatleca. En el periodo preelectoral, como es usual en la “democracia” parlamentaria, los partidos políticos en contienda suelen librar “batallas verbales” y “combates propagandísticos”. El partido de “izquierda”, Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), cuyas raíces históricas están estrechamente vinculadas al movimiento guerrillero de la década de los setenta del siglo pasado, no es la excepción de la regla.

Pero no nos engañemos. El partido político FMLN, como unidad política estratégica, está más a la “derecha” de la parte más conservadora de la Dirección Revolucionaria Unificada (DRU), el antecedente guerrillero del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional. Las siglas “FMLN” son solamente el nombre de un producto político, que por sus orígenes históricos, fácilmente podría asociarse con cambio social radical – léase revolución social – y lucha de clases. ¡Pero esto lamentablemente no es así!

El programa político del FMLN formulado en el acta de Constitución del Partido del primero de septiembre de 1992 y la Carta de Principios y Objetivos está a años luz de ser un programa político marxista revolucionario. Este hecho por sí mismo, no niega la existencia de la ideología marxista e incluso leninista en las mentes de alguno de sus dirigentes y/o militantes. Pero el todo, en la dialéctica, no es la suma de sus partes, sino que algunas veces debido a la lucha de contrarios y por cuestiones de calidad y cantidad, la supuesta suma se convierte en una sustracción dialéctica.

El FMLN y la Realpolitik

El FMLN es un partido comprometido en el esfuerzo de la Reconciliación [de clases] y la Concertación, es decir el pacto y/o negocio político para resolver de manera racional la lucha de clases[1]. En definitiva, más allá de los ditirambos lingüísticos y semánticos, la política real y pragmática del FMLN es, cuanto más, socialdemócrata. Demás está recalcar, que tanto la dirigencia, así como los militantes y simpatizantes del partido tienen el pleno derecho de optar por ese modelo político-económico. Pero, dado el pluralismo ideológico dentro del FMLN, cabe la pregunta, ¿es mayoritaria realmente la tendencia socialdemócrata? Pero este no es el foco de la crítica en este ensayo.

No obstante, si tomamos en cuenta el comportamiento político real de la dirigencia, pareciera que las máximas autoridades del actual FMLN actuaran como un conductor de ómnibus que pone la luz intermitente a la izquierda, pero gira a la derecha. El FMLN es un partido político que está más interesado en frenar la lucha de clases que en impulsarla. Y esto sí es criticable, sobre todo cuando se trata de políticos que otrora lucharon por la revolución socialista en El Salvador.

El FMLN, desde su transformación en 1992 en partido político y después de sufrir varias escisiones, depuraciones y/o purgaciones, está sujeto al cumplimiento de las reglas del juego electoral de la democracia parlamentaria capitalista, pero no solamente eso, si no que los mismos dirigentes de alto nivel están empecinados en cuidar y acentuar su nuevo perfil político-ideológico moderado, negando o renegando u ocultando su pasado marxista revolucionario.
¿Es este el precio político que tuvo que pagarse para alcanzar los acuerdos de paz en 1992? ¿Valió la pena el esfuerzo y sacrificio de una generación de jóvenes imberbes que ofrendó su vida en los frentes de guerra e hipotecó su futuro en aras de la revolución social?

¿Toma del poder o poder administrar el poder?

Después de tres intentos fallidos (1994, 1999, 2004), el FMLN logró por fin, su objetivo electoral en el año 2009 con el candidato Mauricio Funes, periodista salvadoreño, políticamente inocuo y sin filiación partidaria, defensor del modelo socialdemócrata de desarrollo de la economía [social] de mercado y admirador del ex presidente brasileño Lula da Silva. Con este triunfo electoral, la “izquierda” salvadoreña ganó por primera vez en la historia de El Salvador la Presidencia de la República, hecho que no implica la toma del poder real del Estado burgués, sino que solamente el derecho legítimo, vía sufragio universal, para administrar los tres poderes del Estado. Este período presidencial concluirá en enero del 2014. Por lo tanto, los comandos de propaganda y agitación de los partidos políticos en concurso están calentando motores y preparándose para el inicio oficial de la campaña electoral.

Según el diputado del FMLN, Roberto Lorenzana y secretario de comunicaciones del Frente, los datos estadísticos avalan la gestión administrativa del gobierno efemelenista. Principalmente en el área social, donde el FMLN ha contabilizado un “triunfo histórico”, sobre todo en el campo de la salud. A pesar del contenido triunfalista y agitador de la valoración de Lorenzana, cuatro años son un periodo corto de tiempo, como para realizar un “balance histórico” científico y ponderado. En cualquier caso, nadie puede echarle en cara a Lorenzana y al partido FMLN que haga malabares y piruetas a favor de sus intereses partidarios con cifras y pronósticos estadísticos. Los contrincantes también operan con los mismos métodos y objetivos. Así son las reglas del juego “democrático parlamentario”. En la agitación y propaganda electoral o electorera, tanto la manipulación de datos, como la demagogia y la difamación, son instrumentos legítimos del proselitismo partidista.

Roberto Lorenzana asegura que la mayor inversión económica en la historia de El Salvador, ha sido la realizada por el gobierno del FMLN en el campo de la Salud y Seguridad Social. Suponiendo que la apreciación subjetiva de Lorenzana correspondiera efectivamente con los indicadores económicos presupuestarios reales del periodo legislativo 2009-2014, habría que preguntarse: ¿Es lo máximo o lo mínimo que se puede esperar de un gobierno dizque de izquierda?

La pregunta es válida y no implica crítica alguna a la gestión de gobierno, puesto que el gobierno hace lo que puede, independientemente de la capacidad o incapacidad y corrupción de algunos funcionarios estatales. Pero el sector social, en una economía social o libre de mercado, abarca otros campos, tales como la creación de puestos de trabajo en la ciudad y en el campo, la reducción de la tasa de desempleo, la implementación de un salario mínimo nacional, la construcción de viviendas para los sectores más pobres de la sociedad, el desarrollo de una campaña general y profunda de alfabetización, así como la implementación y desarrollo de la educación estatal gratuita, el aseguramiento de la enseñanza primaria para toda la población y el fortalecimiento de la enseñanza técnica y universitaria. Además están las áreas productivas que tienen que ser fomentadas y reestructuradas para asegurar una tasa de crecimiento del producto interno bruto. Asegurar la explotación sostenida de los recursos naturales y la distribución y retribución justa del agua potable y luz eléctrica, y por último, como condición indispensable para erradicar el bacilo de la pobreza en El Salvador, una verdadera y profunda reforma agraria. Todo esto, sin olvidar que la violencia social en la sociedad salvadoreña, expresada en el crimen organizado de las maras[2], es consecuencia directa del desequilibrio socio-económico que reina en el país.

Es decir, que para evaluar ponderadamente la gestión administrativa del gobierno efemelenista en los últimos cuatro años se requiere de un análisis horizontal y vertical de la economía, y de la idiosincrasia de la sociedad salvadoreña.

Un análisis científico con tales características no solamente es posible, sino que además ya existe. Se trata del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo El Salvador 2010 (PNUD) que demuestra en blanco y negro la cruda realidad y desigualdad socio-económica de la sociedad salvadoreña. Y si este informe resultase poco para los incrédulos, allí está a disposición del público interesado, todo el material estadístico del Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), de los diferentes organismos de las Naciones Unidas y Organizaciones no Gubernamentales. Existen suficientes datos fidedignos como para realizar un balance parcial, justo y ponderado, de la gestión administrativa del gobierno del FMLN.

El desarrollo de la sociedad salvadoreña está caracterizado desde principios del siglo diecinueve por la desigualdad socio-económica y por una elevada cuota de pobreza y miseria. Según el informe PNUD 2010, aproximadamente el 30% de la población vive bajo los limites nacionales de pobreza, alrededor del 6% vive con menos de un 1,25 US$ al día. El desempleo y el subempleo afectan al 50% de la población laboral, sobre todo en el campo. Según el informe PNUD 2010, de 100 salvadoreños con capacidad laboral, 44 están subempleados y 7 no tienen trabajo. Solamente el 47,6% de las mujeres aptas para el trabajo tiene un empleo fijo. El promedio de los salvadoreños no alcanza a terminar la escuela primaria. El 40% de los enfermos no recibe asistencia médica y solamente el 20% goza de una u otra forma de seguridad social. El 68,9% de la población vive en condiciones habitacionales deplorables. El 21,3% de las viviendas no tiene agua potable y el 9% no tiene luz eléctrica. En el informe PNUD, que dicho sea de paso fue firmado por el candidato a la Presidencia por parte del FMLN, el antiguo comandante guerrillero y primer responsable de las Fuerzas Populares de Liberación Farabundo Martí (FPL-FM) Salvador Sánchez Cerén (cp. Leonel González), se postula por un modelo nuevo de desarrollo capitalista. Esta es la realidad salvadoreña, más allá de la campaña electoral.

Si usted, apreciado lector, ha tenido la oportunidad de recorrer los bellos parajes de El Salvador de Norte a Sur, de Oriente a Occidente, habrá comprado que hay extensiones de tierras fértiles ociosas. Sin embargo, habrá constatado que el “Pulgarcito de América” está abarrotado de centros comerciales tan o más lujosos y elegantes – los famosos Malls norteamericanos – que ni siquiera en Berlín, Londres, Paris, Roma o Madrid los encontrará. Un cuadro surrealista de la época moderna neoliberal en El Salvador.

¿Cuáles son entonces las alternativas que tiene el pueblo salvadoreño? ¿Qué partido político puede impulsar una verdadera política socio-económica que solucione los problemas existenciales de las grandes mayorías? ¿Qué modelo capitalista puede ser socialmente justo?

Pero hay que considerar, que las cifras estadísticas y los números son relativos, puesto que siempre tienen un grado de contaminación. Más allá de los indicadores de pobreza y/o riqueza, más allá de las ideologías y economías políticas, lo más importante y decisivo durante la campaña electoral y sobre todo, en el momento de entregar el voto secreto, es si el ciudadano cree o no en las promesas planteadas por los partidos políticos. Es decir, el sufragio universal en El Salvador más que un derecho civil es un acto de fe.
En la lucha política como en la vida todo es relativo, incluso los conceptos de izquierda o derecha, pobreza o riqueza. Por eso cuando los súbditos guanacos le comentaron a Doña Oligarquía Salvadoreña que el pueblo tenía hambre y no tenía ni siquiera tortillas de maicillo para comer, ésta, altanera y socialmente desubicada, contestó: ¡Entonces que les den cemita de piña!

No son muchas las alternativas que tiene el pueblo salvadoreño: El FMLN (sólo o en alianza con la burguesía moderada y modernista) o el partido Alianza Republicana Nacionalista (ARENA).

Juan Pueblo tendrá que elegir el 2 de febrero del 2014 entre Salvador Sánchez Cerén, el ex comandante guerrillero o Norman Quijano, representante del sector ultraconservador de la clase dominante.


[1] Principio número siete
[2] Pandillas criminales

sábado, 3 de agosto de 2013

La pax americana o todo lo que el imperialismo norteamericano emprende para desplumar la paloma de la paz en América Latina

La impronta animal del imperialismo norteamericano
Cuarta y última parte


¿Ha visto Usted alguna vez, estimado lector, algún aligátor o cocodrilo bailando rock and roll o una cumbia barranquillera en algún circo?

Los cocodrilos de carne y hueso son reptiles depredadores que reaccionan impulsados única y exclusivamente por los instintos. Dichas bestias no se dejan domesticar. Provistos de un cerebro tan pequeño como una nuez, los cocodrilos o caimanes están capacitados para atacar de manera explosiva a su “victima”, sujetarla con sus feroces fauces y devorarla en un santiamén. Con un sentido auditivo extremadamente sensible que les permite escuchar “a escondidas” a sus “enemigos”– cualquier ser viviente u objeto inanimado –, los cocodrilos viven en permanente estado de vigilia. Son tantos los símiles que se podría encontrar entre el comportamiento animal del gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica y estos vertebrados, filogenéticamente más cercanos a las palomas que a las víboras, que sería necesario inventar una nueva rama de las ciencias políticas para profundizar su estudio. Por ejemplo: Teoría Política-Psicológica y Práctica Político-Zoológica del imperialismo norteamericano en la edad contemporánea.

¿Una exageración marxista?

En las estanterías de cualquier biblioteca municipal se puede encontrar abundante información al respecto y sí no le es suficiente, estimado internauta, allí, en la red global, están a su disposición los archivos virtuales. La historia política de los Estados Unidos de Norteamérica es la historia de guerras, intervenciones político-militares, destrucción y exterminio.

La historia comenzó en 1763 con la revolución “americana”, que culminó oficialmente el 4 de julio 1776, con la independencia de las trece colonias británicas en Norteamérica. No obstante, ante la negativa de Gran Bretaña de reconocer legalmente el acta de independencia, el bisoño “estado emancipado”, continuó guerreando hasta septiembre de 1783, fecha en que se firmó el acuerdo de paz entre las partes beligerantes. Pero el nuevo Estado independiente, en lugar de guardar los cañones y arcabuces en los polvorines de guerra y dedicarse a la reconstrucción y desarrollo pacífico de la nación norteamericana, comenzó con el exterminio sistemático de las comunidades indígenas y con la expropiación arbitraria de sus territorios. Este período histórico que duró de 1783 hasta 1890, es conocido como la “colonización del oeste” norteamericano, un desvergonzado eufemismo para explicar el genocidio de los pueblos indígenas. La matanza de indios se fue transformando en un entretenimiento para soldados y colonos. Ni siquiera las “pequeñas” y “grandes” guerras que estallaron durante el período de colonización, lograron interrumpir el genocidio. En 1812, la “pequeña” guerra contra Gran Bretaña y en 1817, contra la Corona española y los indios Seminolas en la península de La Florida. La “gran” guerra contra Méjico se desarrolló entre 1846-1848 y culminó con la ocupación yanqui de los territorios de Arizona, Nuevo Méjico y California. Sin pasar por alto que entre 1860 y 1865 se incrementó la esclavitud y estalló la guerra civil.

En el año 1890 concluyó oficialmente la guerra asimétrica contra la „nación indígena“. De esta inhumana manera, culminó el proceso de Colonización y “Civilización de los pueblos salvajes” por parte de los pioneros euro-norteamericanos. En el año 1898 estalló la guerra entre los Estados Unidos de Norteamérica y España, que finalizó con la conquista estadounidense de los territorios de Puerto Rico, Cuba y las Filipinas.
Años más tarde, 1914 y 1939, irrumpieron las guerras mundiales en Europa, en las cuales los Estados Unidos también intervinieron. El lanzamiento de las dos bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki el 6 y 9 agosto de 1945 es un ejemplo cruel e inolvidable de la brutalidad del imperialismo norteamericano, puesto que para ese entonces, el imperio japonés estaba ya derrotado. Después del conflicto bélico mundial, se sucedieron una tras otra las guerras de Corea, Vietnam, Irak y muchas otras más.
Esta es la triste historia sucinta de los Estados Unidos de Norteamérica, un imperio guerrero moderno, despiadado, cruel y sin parangón en la historia de la humanidad.

La reacción militar del imperialismo norteamericano en su “patio trasero” en los últimos cincuenta años.


Las intervenciones militares del gobierno de los Estados Unidos en América Latina han sido consideradas siempre una „causa justa“ por parte de – casi – todos sus presidentes, con la excepción de Jimmy Carter, cuyo gobierno nunca estuvo implicado en ninguna guerra ni sucia ni “limpia” en Latinoamérica.
Para el gusto de los generales del ejército norteamericano, todas las operaciones militares deberían llamarse “Causa justa”. No obstante, ese nombre se reservó para denominar la intervención militar en Panamá el 20 de diciembre de 1989. En dicha ocasión, 24000 marines entraron en la ciudad de Panamá con la intención de capturar al “malo de la película”, como ocurre en los largometrajes de Hollywood, – vivo o muerto[1] ––, y reestablecer la “paz” y “la democracia” en Panamá. El general Manuel Noriega fue hecho prisionero, después de una intensa búsqueda durante un par de días. Al parecer, los servicios de inteligencia no conocían con precisión las coordenadas del lugar donde se escondía el “Cara de Piña”, como se le apodaba al antiguo agente de la CIA. La intervención en Panamá no fue un caso aislado. Larga y variada es la lista de intervenciones militares norteamericanas en Latinoamérica. He aquí un par de ejemplos simbólicos.

Guatemala 1954. En el momento en que los intereses económicos de la United Fruit Company se vieron supuestamente en peligro debido a la reforma agraria planteada por Jacobo Arbenz Guzmán, el presidente constitucional guatemalteco, Dwight D. Eisenhower ni corto ni perezoso, ordenó la intervención militar inmediata en Guatemala. Jacobo Arbenz, cuya ideología podría considerarse en la actualidad como social-demócrata, fue catalogado de comunista y en su lugar se colocó al coronel Carlos Castillo Armas.

Cuba 1961: John F. Kennedy aprobó el plan de invasión de la CIA en bahía de Cochinos con el fin de derrocar al gobierno revolucionario. Más de 1500 mercenarios y cubanos exiliados desembarcaron el 17 de abril en playa Girón con la ayuda de la fuerza aérea y la marina de los Estados Unidos. Tres días más tarde, la intervención militar fue derrotada por las Fuerzas Armadas Revolucionarias, dirigidas personalmente por el líder de la revolución cubana, Fidel Castro. Esta derrota militar significó un contundente desastre político-militar para la administración Kennedy. Desde entonces y por ende, existe el bloqueo político-económico-financiero contra la República Socialista de Cuba.

República Dominicana 1965: El 28 de abril desembarcaron en Santo Domingo más de 45000 soldados norteamericanos y restablecieron el “orden constitucional” a punta de fusil y bayoneta calada.

Santiago de Chile 1973: Golpe de Estado perpetrado el 11 de septiembre contra el gobierno de la Unidad Popular, presidido por Salvador Allende. El general Augusto Pinochet con la “venia imperial” de la administración Nixon-Kissinger impuso una dictadura militar que duró hasta 1989.

Granada 1983: El 25 de octubre desembarcaron en territorio granadino tropas norteamericanas. Este operativo militar llevó el nombre de Operation Urgent Fury.

Todas estas grandes operaciones militares y otras, como la operación Phoenix en Viet Nam 1967-1973, El Cañón Dorado en Trípolis y en Bengasi 1986 o la Tormenta del Desierto en Irak 1991 no se pueden ocultar a la opinión pública, debido a la dimensión y carácter de las mismas. Por el contrario, este tipo de operativos militares es presentado a los televidentes con todo lujo de detalles y en vía directa, por las distintas cadenas de televisión. No está de más recordar que la “guerra al alcance de todos los hogares”, aparte de ser un negocio redondo, es un instrumento manipulativo de adoctrinamiento y propaganda.

Pero, ¿qué sucede con aquellas acciones militares de pequeña o mediana envergadura, acerca de las cuales los medios de comunicación, ya sea por falta de información o por negligencia, guardan un silencio sepulcral? La guerra sucia de los Estados Unidos se lleva a cabo en silencio, off the air, detrás de las pantallas de cristal líquido o de plasma.

¿Qué ha hecho el gobierno de los Estados Unidos por la paz mundial desde el 4 de julio de 1776?


¡Retóricamente, mucho! ¡En la práctica muy poco! A pesar de esta cruda verdad, el ciudadano norteamericano común y corriente está convencido que el poder económico y militar de los Estados Unidos contribuye a garantizar la paz y la libertad de la humanidad entera.
Los Estados Unidos se consideran a sí mismos, desde la declaración de independencia en 1776 y por la divina gracia, como los verdaderos portadores de la paz y la concordia en la tierra. Sin embargo, cuando se investiga minuciosamente cada capítulo de la historia político-militar de esa poderosa y rica nación, se concluye irremediablemente que los políticos y gobernantes de los Estados Unidos de Norteamérica son, sin duda alguna, los Señores de la guerra.

No obstante, y a pesar de la adicción a la guerra del gigante del norte, la declaración de independencia de los revolucionarios norteamericanos de 1776 es digna de emulación.

“Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad. La prudencia, claro está, aconsejará que no se cambie por motivos leves y transitorios gobiernos de antiguo establecidos; y, en efecto, toda la experiencia ha demostrado que la humanidad está más dispuesta a padecer, mientras los males sean tolerables, que a hacerse justicia aboliendo las formas a que está acostumbrada. Pero cuando una larga serie de abusos y usurpaciones, dirigida invariablemente al mismo objetivo, demuestra el designio de someter al pueblo a un despotismo absoluto, es su derecho, es su deber, derrocar ese gobierno y establecer nuevos resguardos para su futura seguridad. Tal ha sido el paciente sufrimiento de estas colonias; tal es ahora la necesidad que las obliga a reformar su anterior sistema de gobierno. La historia del actual Rey de la Gran Bretaña es una historia de repetidos agravios y usurpaciones, encaminados todos directamente hacia el establecimiento de una tiranía absoluta sobre estos estados. Para probar esto, sometemos los hechos al juicio de un mundo imparcial”.

Si los Estados Unidos concedieran los mismos derechos postulados por los próceres de la independencia norteamericana al resto de los pueblos del mundo y en especial de América Latina, entonces la paloma de la paz sí que tendría más oportunidades reales de anidar en todas las regiones del planeta. Desgraciadamente el imperialismo norteamericano está más empeñado, como se ha comprobado en este ensayo, en desplumar a la paloma de la paz en América Latina, que a protegerla y alimentarla.
Los Estados Unidos son los príncipes herederos del gran imperio británico.

¡De tal palo tal astilla!



[1] Operativos militares o paramilitares al estilo de Rambo o Django. Temas cinematográficos de ganancias pingües en la industria del celuloide. 

lunes, 15 de julio de 2013

La pax americana o todo lo que el imperialismo norteamericano emprende para desplumar la paloma de la paz en América Latina

La metamorfosis de la Escuela del Terror de las Américas

Tercera Parte


La Escuela de las Américas fue una de las bases militares en Panamá, cuya meta principal era formar a oficiales y suboficiales latinoamericanos en el marco de la doctrina de contrainsurgencia. En Fuerte Amador, lo que menos aprendieron los más de 60000 alumnos que entre 1946 hasta 1984 por allí pasaron, fue el amor al prójimo. Todo lo contrario, allí se les adiestró y entrenó en el “arte” de la tortura, en la guerra psicológica y en la lucha antiguerrillera. Definitivamente, en Fuerte Amador el amor por la justicia social-económica y la libertad de acción y pensamiento, brilló por su ausencia.

La Escuela de las Américas fue fundada en 1946 con el nombre de “Centro de Entrenamiento para Latinoamérica División Combate Terrestre” con sede en la zona del canal de Panamá y rebautizada con el nombre de “Escuela del Caribe” en 1950, cuando el centro de entrenamiento fue trasladado al Fuerte Gulick, ubicado en la parte atlántica de la zona del canal. La doctrina Truman iba viento en popa y a toda vela en América Latina y las aguas del océano Atlántico arrastraron la “guerra fría” europea a las cálidas costas del Gran Caribe. El imperialismo norteamericano se preparaba estratégicamente para combatir la “subversión comunista soviética” en su patio trasero. Cuba, convertida en el “burdel caribeño” de la mafia norteamericana, se transformó de la noche del 31 de diciembre de 1959 a la mañana del primero de enero de 1960, con el triunfo de la revolución cubana, en el enemigo número uno de la sociedad norteamericana. La revolución cubana es desde entonces, la espina clavada en el costado del gobierno de los Estados Unidos.

En Julio de 1963, el gobierno de los Estados Unidos decidió cambiarle nuevamente el nombre a la “Escuela del Caribe”; probablemente porque asumió que el “peligro comunista” no se limitaba solamente a la región de la Gran Cuenca del Caribe, sino que abarcaba la totalidad del continente americano. El nombre de “Escuela Militar de las Américas” calzaba mejor con el carácter y contenido continental y anticomunista del centro de entrenamiento militar. En 1984, luego de haberse firmado los acuerdos que reglamentaban el traspaso del canal de Panamá al gobierno panameño, la “Escuela de las Américas” fue trasladada al Fuerte Benning in Georgia/USA. Desde entonces la „School of the Americas“(SOA) dejó de existir y en su lugar apareció el Instituto de Cooperación para la Seguridad del Continente Americano (WHISC, en sus siglas en inglés). El Centro de entrenamiento de antaño no se transformó en una mariposa de colores con el traslado al Fuerte Benning in Georgia, todo lo contrario, siguió creciendo como una hidra de mil cabezas que solo piensa en matar, asesinar y torturar.

Existen dos períodos en la historia político-militar del gobierno de los Estados Unidos en Latinoamérica que influyeron esencialmente y condicionaron el fomento y desarrollo de la “Escuela de las Américas”. El primer período comienza con el estallido de la primera guerra mundial en 1914 y termina en 1960 con la derrota del dictador Fulgencio Batista en Cuba. El segundo período se extiende desde 1961, simbólicamente representado por la invasión mercenaria en playa Girón hasta el presente.

El interés especial de los Estados Unidos por América Latina, como se ha explicado anteriormente, data de principios del siglo XIX, pero con la inauguración del canal de Panamá en agosto de 1914, la zona de Centroamérica y el Gran Caribe se convirtió en área estratégica militar del gobierno de los Estados Unidos.
Fue precisamente John F. Kennedy, el presidente norteamericano que impulsó y estimuló de manera decidida y resoluta la doctrina de contrainsurgencia a partir de 1961. John Kennedy, quien estaba convencido que la guerra contra el “comunismo internacional” no solamente se debía combatir con medios militares, desarrolló un plan político-económico-ideológico que sería la base de la „revolución pacífica” en América Latina. La Alianza para el Progreso fue financiada por la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (United States Agency for International Development), pero pronto quedó al descubierto, que la famosa “alianza para el progreso”, servía solamente para estrechar la unidad entre la oligarquía latinoamericana, la casta militar y la iglesia católica. La Alianza para el progreso fue en realidad la unidad de la clase dominante en función de fomentar el retroceso de los países pobres del continente americano.

A pesar del plan económico profiláctico de la administración Kennedy, después de la revolución cubana, surgieron las primeras guerrillas en Venezuela y Colombia, como respuesta a la situación de pobreza y de extrema desigualdad social en que vivía la mayoría de la población pobre. En El Salvador a mediados del siglo XX el 67 % de las tierras fértiles estaba en manos de un 4% de la población, mientras que el 96% de todos los propietarios de tierra poseía el 33 % de las tierras cultivables. En Colombia la situación era parecida: Al 5 % de la población le pertenecía el 80 % del terreno cultivable, mientras que el 66% de la población poseía el 5% de las tierras. A esta desigualdad a nivel de propiedad de la tierra se sumaban la corrupción de los funcionarios, el sometimiento de los gobiernos nacionales a los lineamientos del gobierno de los Estados Unidos y como colofón, la brutalidad con que los cuerpos represivos y paramilitares castigaban a los campesinos y jornaleros.

Los planes de instrucción militar de la “Escuela de las Américas” fueron adaptados a la estrategia de contrainsurgencia de la administración Kennedy. Como paladines de la democracia occidental los militares aprendieron en la SOA que la tortura, la desaparición y muerte son los instrumentos idóneos para garantizar la “libertad y la paz” en los pueblos de América Latina.

Desde 1961 hasta 1990, alrededor de 36000 oficiales y suboficiales de Latinoamérica visitaron la Escuela de las Américas“. La mayoría de ellos eran colombianos (5827), salvadoreños (5642), peruanos (3465), panameños (3003), bolivianos (2669), venezolanos (2462), chilenos (1968), ecuatorianos (1869), hondureños (1550) y dominicanos (1700)[1].

La clasificación del número de egresados por país de la SOA, variaba según la coyuntura político-militar regional de América Latina. Fue así que en la época del Che Guevara en Bolivia, Venezuela, Bolivia, Panamá y Perú ocuparon los primeros cuatro lugares. A pesar de la derrota de la guerrilla del Che, los Estados Unidos mantuvieron el foco de atención en Suramérica, sobre todo en Perú. De tal manera que, Perú, Panamá, Bolivia y Venezuela ocuparon los primeros puestos en los años setenta.

A partir de 1981 hasta 1990 la situación en América Latina cambió radicalmente y el centro de atención se trasladó a El Salvador y Colombia, dos naciones con estructuras político-sociales parecidas. Ambos países no tienen solamente en común unos de los mejores cafés del mundo, un alto índice de pobreza y una violencia extrema, sino que además en sus territorios operaban los ejércitos guerrilleros más numerosos y mejor armados en toda la historia de la lucha político-militar en América Latina. No es extraño entonces, que Colombia y El Salvador ocuparan los dos primeros lugares en el número de egresados de la “Escuela de las Américas”.

Estas estadísticas reflejan el verdadero carácter y contenido ideológico de la “Escuela de las Américas”. En la actualidad, ni Venezuela ni Cuba representan un factor desestabilizador político-militar en la región del Gran Caribe, lo que preocupa en primera instancia al gobierno de los Estados Unidos es Colombia. O expresado de otra manera, son las FARC y el ELN los que se encuentran en el punto de mira de Washington.

Dentro de los alumnos destacados de la “Escuela de dictadores”, como también se conoce a la SOA, sobresalen[2]:

General Manuel Noriega, panameño: Antiguo agente de la CIA. Noriega fue condenado a prisión en 1992 por un tribunal de justicia de los Estados Unidos por tráfico de drogas, chantaje y conspiración. Desde entonces se encuentra en la cárcel[3].

General Efraín Ríos Montt, guatemalteco: Fue condenado el 10 de mayo de 2013 por genocidio y por crímenes de lesa humanidad a la pena de 80 años de cárcel. La sentencia fue revocada días más tarde.

General Hugo Banzer, boliviano: El dictador boliviano entre 1971 y 1978 quien desde 1988 ocupa un puesto de honor en el Hall of Fame de la Escuela de las Américas.

Coronel Roberto D'Aubuisson, salvadoreño: Fundador del partido ultraderechista ARENA y de los escuadrones de la muerte en los años 80. El ex embajador Robert White declaró en 1986 al Congreso de los Estados Unidos, que D’Aubuisson participó en la planificación y ejecución del asesinato de Monseñor Oscar Arnulfo Romero. Sin embargo, D’Aubuisson nunca fue acusado formalmente ante la justicia. Murió en la cama como el dictador Pinochet, sin haber pagado frente a la sociedad por los crímenes cometidos.

Coronel Natividad de Jesús Cáceres Cabrera, salvadoreño: Segundo al  mando del batallón Atlacatl, responsable de haber realizado la masacre de El Mozote. Cáceres Cabrera  es, junto con el Teniente-coronel Domingo Monterrosa y mayor José Armando Azmitia Melara (ambos ya fallecidos) responsables directos de dicha masacre.

Manuel Contreras, chileno: Fue director de la policía secreta chilena (DINA) durante la dictadura de del General Pinochet. Contreras fue condenado a 289 años de prisión por secuestro, desaparición y asesinato.

Resumiendo:
Durante la guerra fría, la Escuela de las Américas desempeñó un papel determinante en la formación militar en el marco del concepto estratégico de contrainsurgencia, guerra de baja intensidad y la guerra sucia, además en el adoctrinamiento anticomunista de miles de oficiales y suboficiales latinoamericanos.
Con la caída de la Unión Soviética en 1991 desapareció el “enemigo comunista”. En su lugar apareció el tráfico de drogas internacional, llamado también narcotráfico y el terrorismo musulmán. Con el nacimiento del “nuevo enemigo” de la sociedad occidental – aunque el tráfico de drogas siempre ha existido– el gobierno de los Estados Unidos se sacó de la manga el argumento político-militar para continuar manteniendo sus bases militares y centros de entrenamiento en todo el planeta. Es posible que el ciudadano común norteamericano esté mal informado, pero los políticos que gobiernan esa poderosa y gran nación – demócratas o republicanos, palomas o halcones –, son personas con gran educación y bien informados, quienes con toda seguridad, saben que mientras persistan las causas de la pobreza y la desigualdad social en América Latina, el peligro de las revoluciones sociales seguirá latente. Mientras el peligro de la revolución marxista se esconda en su “patio trasero”, la presencia militar de los Estados Unidos seguirá siendo una realidad inevitable.




[2] La lista es larga y los nombrados aquí han sido elegidos aleatoriamente.
[3] Estados Unidos, Francia y Panamá es el periplo carcelario de Noriega. 

domingo, 9 de junio de 2013

La pax americana o todo lo que el imperialismo norteamericano emprende para desplumar la paloma de la paz en América Latina

¿América Latina, el patio trasero de los Estados unidos?
Segunda parte


Parafraseando al presidente mejicano Porfirio Díaz (1830-1915), podría decirse, sin ofender y sin temor a equivocarse: Pobrecita América Latina, ¡tan lejos de Dios y tan cerquita de los Estados Unidos!

Las relaciones políticas de los Estados Unidos con la América India han estado históricamente marcadas por las asimetrías del poder político-económico-militar. Sin duda alguna, la independencia de los Estados Unidos en 1776 – la primera en el continente – y los inicios de la revolución industrial norteamericana en 1877 son factores de desarrollo político-social y económico que jugaron un papel determinante en la dinámica del desarrollo dialéctico desigual de las respectivas sociedades. No obstante, estas teorías desarrollistas – por muy interesantes que sean –, explican solamente aspectos parciales de las relaciones bilaterales asimétricas, no así, el comportamiento prepotente de los Estados Unidos a nivel político-militar, diplomático y comercial con América Latina.

Es un hecho incuestionable que las relaciones de los estados de Centro y Sur América con el gobierno norteamericano se desarrollaron siempre en un plano vertical, sobre todo durante el siglo 19 y el siglo 20. Esta relación jerárquica, cuyo carácter y contenido es imperialista, fue la que hizo posible la tristemente célebre metáfora del “patio trasero”. La doctrina Monroe demarcó el limes americanus.

En la Casa Blanca del Tío Monroe, unifamiliar y racista, América Latina era simplemente “el patio trasero“, el Gran Caribe la “alberca” y Panamá el “taller de armería”.

El especial interés de los Estados Unidos por Panamá, data de los tiempos de la guerra con España en 1898, cuando el gobierno norteamericano comenzó a dar los primeros pasos como nación aspirante a convertirse en imperio. La topografía del Istmo de Panamá presentaba todas las ventajas del terreno que una base estratégica de operaciones militares debe reunir. La construcción del canal interoceánico a principios del siglo veinte, no solamente acortó la ruta comercial intercontinental naviera, sino que también condicionó la instalación de bases militares para la “eventual” defensa estratégica del canal de Panamá y del espacio marítimo comprendido entre la Gran Cuenca del Caribe y el Pacífico Norte.

¿Cómo se convirtió Panamá en un campamento militar de los Estados Unidos?

Para explicar la presencia militar de los Estados Unidos en Panamá y su injerencia directa del gobierno en los asuntos internos del estado panameño es necesario tener en cuenta tres períodos históricos importantes en el devenir de la República de Panamá.

El primero está enmarcado a principios del siglo 19, cuando Tomas Jefferson – el presidente de turno en la Casa Blanca –, se entusiasmó con la idea de Alejandro de Humboldt de construir un canal interoceánico en el Istmo de Panamá. Este período finaliza en noviembre de 1902 con la ruptura definitiva de Panamá con Nueva Granada (la actual Colombia). El segundo período comienza en 1903, año en que Panamá se convirtió en República, azuzada y apoyada por el gobierno de Theodore Roosevelt. Esta etapa duró 33 años y terminó en 1936, cuando los Estados Unidos renunciaron al derecho de intromisión en los asuntos internos de Panamá, establecido en el artículo 136 de la constitución política de Panamá de 1904, que otorgaba al gobierno de los Estados Unidos el derecho a intervenir en cualquier parte de la república en aras restablecer la paz y el orden público. Los Estados Unidos se convirtieron tácitamente en el protector y celador de la independencia de Panamá.

De hecho existieron en este período dos Panamás: La hispanoamericana y la zona del canal. La primera, un protectorado con todas las de la ley, y la otra un enclave político-militar y comercial con un código de ley propio, aprobado por el congreso de los Estados Unidos el 19 de junio de 1934.

El último período comienza en 1939 con la entrada en vigor del tratado  Hull-Alfaro que oficializaba la renuncia explícita de los Estados Unidos a intervenir militarmente fuera de la zona del canal y además otorgaba a los panameños el derecho a transitar libremente por la zona del canal. Por otra parte, este tratado privaba al administrador del canal [los Estados Unidos] del derecho de expropiación. Esta etapa terminó el 31 de diciembre 1999, cuando el canal de Panamá quedó bajo la tutela del gobierno panameño. ¿El comienzo de una nueva era en Panamá?

Para garantizar la defensa estratégica del canal durante la segunda guerra mundial, los Estados Unidos montaron un cordón militar compuesto por bases militares aeronavales y fuerzas terrestres. El peligro del sabotaje al canal y las emboscadas marítimas por parte de la flota de submarinos hitlerianos en el Mar Caribe sirvieron de argumento político-militar para legitimar la existencia del cuartel general del Comando de Defensa del Caribe del ejército norteamericano en el Istmo de Panamá.

Después de finalizada la segunda guerra mundial, los Estados Unidos fortalecieron su presencia militar en Panamá, estableciendo con carácter permanente el cuartel general del Comando de Defensa Sur, el cual controla y dirige las operaciones defensivas estratégicas de Centroamérica, el Caribe y América del Sur. El cuartel general del Comando Sur del ejército norteamericano fue trasladado a Miami recién en 1997, es decir, cincuentaiocho años más tarde del estallido de la segunda guerra mundial. Las bases militares norteamericanas fueron clausuradas – oficialmente – dos años más tarde.

No obstante, el Istmo de Panamá continúa siendo catalogado por el departamento de defensa norteamericano como una base de operaciones militares estratégica en el marco de la “Seguridad Nacional”.

¿Entonces, ya no hay más bases militares en Panamá?

Sería ilusorio pensar que el departamento de defensa de los Estados Unidos se conformaría única y exclusivamente con el control vía satélite (GPS) de la Gran Cuenca del Caribe y del Istmo de Panamá. De ser verídica la información del Movimiento por la paz, la Soberanía y la Solidaridad entre los Pueblos (MOPASOL), en Panamá se encuentran funcionado 12 bases militares aeronavales.[1] Por otra parte, el ministro de seguridad panameño, José Raúl Mulino confirmó públicamente en octubre del 2012 la construcción de cuatro nuevas bases militares norteamericanas en suelo panameño. Lo cual significaría que en el territorio comprendido entre Panamá y Colombia estarían funcionando aproximadamente veinticinco bases militares modernas. Dado que muchas instalaciones militares son secreto de estado, es casi imposible conocer el número exacto de las bases militares operando en el Istmo de Panamá.

Bajo el manto de la guerra contra las drogas, los Estados Unidos justifican y mantienen su presencia militar en Centroamérica, el Istmo de Panamá y Colombia. El Plan Colombia es un proyecto económico-militar entre los gobiernos de Colombia y los Estados Unidos, concebido en 1998 y presentado oficialmente en 1999 por el presidente colombiano Andrés Pastrana, y que tiene como objetivos prioritarios aparentemente la erradicación de las causas socio-económicas de la pobreza, la violencia civil y la intensificación de la guerra contra el narcotráfico. Ciertamente, el consumo de drogas es un grave y serio problema social que afecta no solamente a la sociedad norteamericana, que dicho sea de paso, es la mayor consumidora de estupefacientes, sino que al mundo entero. Cabe preguntarse, si los medios militares son los idóneos para combatir eficaz y eficientemente la producción, el tráfico y el consumo de drogas.

El Plan Colombia comenzó en 1999 con un presupuesto de aproximadamente 7,5 mil millones de dólares, cuya finalización estaba planificada para el año 2005.

A la luz de los hechos, actualmente el Plan Colombia es solamente una mampara en función de la estrategia político-militar de la Seguridad Nacional. La guerra contra el “Narcoterrorismo” justifica de cara al Congreso y a la sociedad norteamericana, la presencia militar de los Estados Unidos en la región.

No obstante, tales programas socio-económicos, como el Plan para la Prosperidad y la paz en Colombia, concebidos y financiados por el gobierno de los Estados Unidos, están condenados al fracaso, puesto que estos seudo planes Marshalls no están dirigidos a erradicar verdaderamente los factores de pobreza y desigualdad socio-económica en los países donde la insurgencia es fuerte y organizada. Tanto el Plan Colombia, como el Bell Trade Act en las Filipinas en 1946 o la Alianza para el Progreso en 1961, son programas que forman parte de un plan global estratégico político-militar-económico de contrainsurgencia.

Es en función del concepto de Seguridad Nacional que los Estados Unidos desarrollan tácticas y estrategias de dominación. El establecimiento y consolidación de sus avanzadas militares, así como la formación político-militar e ideológica de sus “legionarios latinoamericanos” forman parte de ese plan defensivo estratégico. No es casual entonces, como se ha expuesto anteriormente, que Panamá fuera durante muchos años la sede de la Escuela Militar para las Américas, también conocida como la Escuela de los dictadores o Escuela de asesinos. Allí se formó y se entrenó la flor y nata de los personajes militares más oscuros y criminales de América Latina.

sábado, 1 de junio de 2013

La pax americana o todo lo que el imperialismo norteamericano emprende para desplumar la paloma de la paz en América Latina

La doctrina Monroe o la soberbia de un imperio
Primera parte

Para el quinto presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, James Monroe, las fronteras de su país comenzaban en el estrecho de Bering y se extendían hasta la tierra del fuego en Chile y Argentina. Entre el Rio Grande y la Patagonia existían, en el mejor de los casos, futuras colonias bajo el pendón de las barras y las estrellas o cuanto más, el “patio trasero” de los Estados Unidos.

La doctrina Monroe continua siendo – en esencia – el motor principal de la política internacional de los Estados Unidos en su relación con América Latina, la cual está tan enraizada en la conciencia de los ciudadanos norteamericanos, que creen que la injerencia político-militar de su gobierno en otras naciones del orbe, es para el bien de la humanidad, para el desarrollo de los pueblos y en aras de la democracia y la libertad.

El 2 de diciembre de 1823, James Monroe proclamó la quintaesencia de su doctrina frente al Congreso de los Estados Unidos : “Nuestra actitud con respecto a Europa, que se adoptó en una etapa temprana de las guerras que por tanto tiempo han agitado esa parte del globo, se mantiene sin embargo la misma, cual es la de no interferir en los asuntos internos de ninguna de esas potencias; considerar el gobierno de facto como el gobierno legítimo para nosotros; cultivar con él relaciones amistosas, y preservar esas relaciones con una política franca, firme y varonil, satisfaciendo siempre las justas demandas de cualquier potencia, pero no sometiéndose a injurias de ninguna. Pero con respecto a estos continentes, las circunstancias son eminente y conspicuamente diferentes. Es imposible que las potencias aliadas extiendan su sistema político a cualquier porción de alguno de estos continentes sin hacer peligrar nuestra paz y felicidad; y nadie puede creer que nuestros hermanos del Sur, dejados solos, lo adoptaran por voluntad propia. Es igualmente imposible, por consiguiente, que contemplemos una interposición así en cualquier forma con indiferencia. Si contemplamos la fuerza comparativa y los recursos de España y de esos nuevos Gobiernos, y la distancia entre ellos, debe ser obvio que ella nunca los podrá someter. Sigue siendo la verdadera política de los Estados Unidos dejar a las partes solas, esperando que otras potencias sigan el mismo curso...”

La doctrina Monroe implica dos axiomas:
1)      El principio de autodefensa
2)      El principio de la autodeterminación.
James Monroe supuso de manera soberbia, que las antiguas colonias españolas asumían como propia su doctrina, considerándose él mismo o su gobierno, el protector e interlocutor legítimo de las repúblicas independientes en América Latina y el Caribe. Pero en lugar de darles verdadera protección a los mestizos y a la población indígena de Hispanoamérica el gobierno de los Estados Unidos estimuló – con el ejemplo de los pioneros europeos en Norteamérica – su explotación y exterminio. Ni siquiera supo proteger a la población indígena de su propio país, que fue víctima de la política de expansión del gobierno Yanqui. De esta manera, los pueblos originarios, como los Sioux, Cheyenes, Cherokees, Apaches, Irokeses y muchos otros más, fueron expulsados de sus territorios, discriminados, masacrados y asesinados, y los que sobrevivieron este genocidio, fueron recluidos en reservas indígenas. ¿Quién defendió a estos pueblos del exterminio masivo? ¿Qué nación europea se atrevió a impedir el genocidio? Si fueron colonos europeos los que con engaño, hurto y violencia explotaron y vilipendiaron a las grandes mayorías étnicas, muchas veces con el aval de los correspondientes gobiernos.

“Has lo que yo digo, pero no lo que yo hago”, parece ser la filosofía del gobierno de los Estados Unidos. Quien se erige como juez del mundo, blande mentalmente desde ya la espada de Iustitia, la diosa romana.
Los diferentes gobiernos estadounidenses a lo largo de los siglos diecinueve y veinte han demostrado llanamente que la aspiración al poder mundial – Teoría – y la dedicación por lograrlo – Práctica –, son las dos caras de la moneda imperial. Los Estados Unidos lograron su propósito imperial después de la segunda guerra mundial convirtiéndose en una nación más poderosa que el imperio romano de Julio Galius César y el Emperador Augusto [Octaviano], que comprendió un territorio habitado por más de 50 millones de mujeres, hombre, ancianos y niños, y que se extendió desde el actual Irak hasta las islas británicas. Nunca antes en la historia universal existió un imperio más poderoso que los Estados Unidos de Norteamérica.

Y así, con bombos y platillos, a la manera imperial, anunció Harry S. Truman la política internacional norteamericana de la posguerra ante las dos cámaras del Congreso de los Estados Unidos el 12 de marzo de 1947: “En la presente etapa de la historia mundial casi todas las naciones deben elegir entre modos alternativos de vida. Con mucha frecuencia, la decisión no suele ser libre. En varios países del mundo, recientemente, se han implantado por la fuerza regímenes totalitarios, contra la voluntad popular. El gobierno de los Estados Unidos ha levantado frecuentes protestas contra las coacciones y las intimidaciones realizadas en Polonia, Rumanía y Bulgaria, violando el acuerdo de Yalta. Debo afirmar también que en otros países han ocurrido hechos semejantes. Uno de dichos modos de vida se basa en la voluntad de la mayoría y se distingue por la existencia de instituciones libres, un gobierno representativo, elecciones limpias, garantías a la libertad individual, libertad de palabra y religión y el derecho a vivir sin opresión política.
El otro se basa en la voluntad de una minoría impuesta mediante la fuerza a la mayoría. Descansa en el terror y la opresión, en una prensa y radio controladas, en elecciones fraudulentas y en la supresión de las libertades individuales. Creo que la política de los Estados Unidos debe ayudar a los pueblos que luchan contra las minorías armadas o contra las presiones exteriores que intentan sojuzgarlos. Creo que debemos ayudar a los pueblos libres a cumplir sus propios destinos de la forma que ellos mismos decidan. Creo que nuestra ayuda debe ser principalmente económica y financiera, que es esencial para la estabilidad económica y política. El mundo no es estático y el statu quo no es sagrado. Pero no podemos permitir cambios en el statu quo que violen la Carta de las Naciones Unidas por métodos como la coacción o subterfugios como la infiltración política. Ayudando a las naciones libres e independientes a conservar su independencia, Estados Unidos habrá de poner en práctica los principios de la Carta de las Naciones Unidas.”

La Doctrina-Truman estaba dirigida en primera instancia a contrarrestar el “peligro de la revolución comunista mundial” y constituyó la piedra de toque de la guerra fría. En cierta medida, la doctrina de Truman puede considerarse como la adaptación de la doctrina Monroe a la nueva coyuntura política mundial. El mundo después de la segunda guerra mundial se convirtió en bipolar. Para Truman la Unión Soviética representaba sin discusión alguna el “reino del mal”, lo cual infería que los Estados Unidos eran por conclusión, el paraíso terrenal.

En este contexto internacional, la administración Truman desarrolló a partir de 1947 un nuevo concepto estratégico de Seguridad Nacional. La ley del 26 de Julio 1947, conocida como National Security Act, tiene una importancia histórica posguerra, puesto que representa la base jurídica del poderío militar de los Estados Unidos en el mundo entero. Esta ley dictaminó la creación del ministerio de defensa, de la Fuerza Aérea, del Consejo de Seguridad Nacional y de la Central de Inteligencia.

Las interpretaciones del concepto Estratégico de Seguridad Nacional varían un poco en dependencia del presidente de turno y la coyuntura política internacional. La doctrina que cobró popularidad e importancia por su carácter abiertamente imperial es la conocida como “doctrina Bush”, elaborada a raíz del ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001 contra las torres gemelas en Nueva York. El concepto de Estrategia de Seguridad Nacional hecho público por el mismo presidente George W. Bush el 17 de septiembre del 2002, decía lo siguiente en el capítulo dedicado a la transformación de las instituciones de seguridad nacional de Norteamérica para enfrentar los retos y oportunidades del Siglo XXI: “…La presencia de fuerzas norteamericanas en el extranjero es uno de los símbolos más profundos del compromiso estadounidense con nuestros aliados y amigos. Mediante nuestra voluntad de usar la fuerza en nuestra propia defensa y en defensa de otros, Estados Unidos demuestra su determinación de mantener un equilibrio del poder que favorece la libertad. Para bregar con la incertidumbre y enfrentar los muchos retos de seguridad que encaramos, Estados Unidos necesitará bases y estaciones dentro y más allá de Europa Occidental y el nordeste de Asia, como así también arreglos de acceso temporal para el despliegue de las fuerzas de Estados Unidos a gran distancia.”

¡Dadme una base militar, para que pueda intervenir y devastaré la tierra! Así sonó el grito de guerra de Bush en aquellos días. La injerencia militar los Estados Unidos en los asuntos internos de otras naciones  ha seguido siempre el mismo patrón: 1) Protección a los ciudadanos norteamericanos, 2) La defensa de los intereses norteamericanos en el respectivo país, 3) Conservación de la democracia, 4) Captura – vivo o muerto – del bandido de turno.

Tanto la pax americana, como la pax trumanica, así como la pax bushica han provocado más guerras – abiertas o encubiertas – en el mundo que cualquier otro imperio anterior. Todo lo contrario a lo que ocurrió durante la pax augusta – si se confía en los libros de historia universal –, período en que al parecer a partir del año 27 AC hasta el 14 DC se logró durante 200 años paz, estabilidad, seguridad y bienestar de la comunidad de pueblos que habitaban en el imperio romano. El imperialismo norteamericano, por su parte, ha constatado motu proprio y manu militari, algo que Marx, Engels, Lenin y muchos otros filósofos ya sabían, ciertamente que: La paz de un imperio significa siempre, independientemente del grado de “bondad” y del “sentido de justicia” del emperador, el sometimiento militar de los pueblos y la voluntad intrínseca de expansión y ocupación de otros territorios.

Las diferentes doctrinas están siempre en función de intereses ideológicos, político-militares, comerciales y culturales de la nación poderosa. Imperios sin guerras nunca han existido ni existirán.
La guerra es un negocio redondo para el gran capital industrial y financiero, con un margen elevado de ganancia, sobre todo, si se consideran las tres dimensiones del fenómeno llamado guerra: Preparación, Ejecución y Prevención. La guerra es un producto que algunas veces se envuelve con papel celofán ideológico o geopolítico, otras veces, las represalias militares se envuelven en papel regalo.

La dialéctica de las guerras imperiales favorece a la industria del armamento y a la industria de la construcción. La guerra significa armas y destrucción, y la paz, construcción y rearme. Según el Instituto de Investigación de la paz en Estocolmo (SIPRI, siglas en inglés), de 100 compañías vinculadas con la producción y comercio de armamento, 46 son empresas norteamericanas con un volumen de ventas en el año 2000 de más de 96 mil millones de dólares americanos.

En el presente la doctrina Monroe ya no existe en su forma antigua. Su lugar lo ocupó la doctrina Truman. Pero la pax trumanica ha resultado ser una pax traumática, especialmente en América Latina y después del 11 de septiembre del 2001, también en los países árabes o musulmanes.